Gritando.

Porque llevamos tres meses sin ver el sol, que cada día cuando me levanto me acuerdo de aquel episodio de «Doctor en Alaska» en el que llevaban lámparas a modo de visera para atenuar los efectos negativos de la falta de luz.

Porque llevamos tres meses que el color del cielo sólo conoce la gama que va desde el gris marengo al «más negro que los cojones de un borrico».

Porque en tres meses ha caído agua como para que no tengamos que preocuparnos de la sequía hasta la próxima generación (o la siguiente).

Porque en tres meses el día que no hacía temporal de poniente es porque lo hacía de norte, y cuando no, la ventolera soplaba de los cuatro puntos cardinales a la vez.

Porque en tres meses poner una lavadora era jugar a una primitiva en la que el premio gordo era que la ropa llegase a secarse.

Porque llevamos tres meses en los que el paraguas era un complemento directo de la frase «voy a la calle».

Porque en estos tres meses ni esto ha sido costa y mucho menos de la Luz.

Porque no se salvaron las vacaciones de navidad ni los carnavales del jarreo constante de lluvia.

Por todo eso, y porque hoy, cuando he salido a la calle he visto un cielo inusitadamente azul, con una luna en cuarto menguante a punto de desaparecer, ahí arriba, como vigilando que todo estuviera bien; y los pájaros cantaban y las gaviotas los jaleaban; y las únicas nubes que se veían eran pequeños jirones rosados como un algodón de azúcar en un día de fiesta, hoy tengo que gritar:

¡¡hace un día precioso!!

Velada.

Lo confieso, en casa somos unos frikis. Un poco sólo, no mucho. Por eso, esta noche nos vamos los tres (Lorah, Beaumont y yo) a ver a Chiquito de la Calzada, por la gloria de mi madre.

En mi descargo (o no), diré que también actúa Joaquín Reyes. Así, sin anestesia. Los dos juntos en el mismo espectáculo.

Puede ser un momento histórico. Ya os contaré.

Marzo.

Como quiera que sea que los problemas técnicos (que no han sido más que el toque de atención que tuvo a mal darme este cuerpecillo donairoso del que hago gala) se han alargado más de lo imprevisto y ya nos encontramos metidos y bien metidos en el mes de marzo, y por más que sea tardona reconocida y posteadora tardía, no me parece ya de recibo colgar un post con el nombre de un mes que ya ha pasado de largo (y déjelo estar, donde quiera que haya ido, aunque sean sus últimos días). Así que mejor nos saltamos Febrero, digamos que por chiquitajo y carnavalero, y damos paso así a Marzo, aprovechando además para que este post mensual pase a estar en una fecha más lógica y deje de parecerse a una nómina cualquiera, apareciendo por meses vencidos.

En fin, que sin más preámbulo, aquí tenemos el cuadro que honra a estos treinta y un días, en uno de los cuales, suponemos, empezará (san Edelmiro nos oiga) la primavera. Se trata de un retrato de Jeanne Hébuterne, también pintora, bellísima modelo, última amante, madre de su única hija y amor trágico de Modigliani, aquí con gran sombrero, realizado en óleo sobre lienzo y que actualmente pertenece a una colección privada. En él, claro, los rasgos carácterísticos de la pintura de Modi, que hacen que, a pesar de que los modelos son perfectamente individuales y reconocibles, parezcan arquetipos.

Los libros que me han acompañado durante el último mes (y sobre todo, durante sus últimos días) han sido dos, ambos de Albert Cohen. Hace ya algún tiempo que leí Bella del Señor, de este autor, y desde entonces, en prácticamente todas las incursiones que he efectuado a la que puede que sea la mejor librería de este rinconcito del mundo (quizá sea cierto que es la mejor, pero su modo de ordenar los volúmenes no llega a mi comprensión y termino casi siempre desesperada allí dentro) he buscado cualquiera de sus novelas (tiene cuatro, incluyendo Bella) con el mismo resultado: venirme con las manos vacías o con cualquier otro libro. Pero bendito el día en que me hice fan de las compras por internet y mi librero se ha convertido en un mensajero con casco que se empeña en dejarle mis libros a mi vecina porque siempre aparece cuando no estoy. Gracias a él, esos dos libros ha sido Solal y Comeclavos. En la estantería espera pacientemente Los Esforzados, que completará la serie.

Solal, el primero, recibe el nombre y cuenta los amores de su protagonista, Solal de los Solal, joven y hermoso judio de Cefalonia.

Comeclavos fue el segundo. Comeclavos es miembro de los Esforzados de Francia, grupo de judios cefalonios tíos de Solal y que protagonizan, en esta novela, quizá las situaciones más desternillantes que he dado en leer nunca. Como dice Cohen en la propia novela, «Ah, ojalá pudiera escribir un libro en el que, sin necesidad de seguir una acción, contara infinitas historias esforzadas sin hilazón las unas con las otras». Y ojalá que sí hubiera podido hacerlo, porque las hilarantes historias contadas en este libro me han regalado infinidad de carcajadas.

Aquí, para terminar de convenceros, tenéis un artículo que escribió en mayo del año pasado Enric González sobre este libro en El País.

El mes que viene, más.

Primavera.

La necesito ya. Con urgencia. Con insistencia. Encarecidamente. A ella o al menos un atisbo que me otorgue cierta esperanza. Una tregua del mal tiempo, del frío, de la lluvia, del viento incesante. No está hecho para mí este clima. Al menos durante tanto tiempo. Tantos días sin ver el sol ni por una rendija..

Me ha salido otro orzuelo. Y van… Yo creo que va a ser todo de lo mismo. Que en realidad no es un orzuelo, sino una nube que se me ha metido en el ojo. O que del tic que me entra cada vez que empieza a llover se me ha quedado el lagrimal perjudicado. O de las lloreras que me entran cada vez que veo que se me arruina otra vez la colada y que tengo que empezar con el trasiego de ropa de un lado a otro, poniendo la casa como Zara a la hora del cierre el primer día de rebajas, y total para nada, porque todo tarda tanto en secarse que hay que volver a lavarlo, por no hablar de los líquenes que le están saliendo ya a los jerseys y a las toallas.

Por otra parte, debo estar contenta. He descubierto las fuentes del Nilo (¡toma, Speke!). Y no están en el lago Victoria, no. Está en mi lavadero. Bueno, no, está en el de mi vecina de arriba y cae directamente al mío a través del techo. Había pensado hacer allí una piscina para los gatos, si no fuera porque mis mininos son poco de bañarse y mucho de lamerse, y si pongo un estanque, las carpas doradas no iban a durar mucho. Además, que a ver dónde pongo la lavadora entonces. Aunque si no puedo lavar porque no para de llover, tampoco me hace demasiada falta..

¿Veis como sí voy necesitando ya un poco de primavera??

Catorce de febrero.

Domingo catorce de febrero. De una pequeña iglesia de barrio sale una preciosa jovencita de sonrisa tímida del brazo de un caballero del norte con apostura de galán. Acaban de celebrar su boda, entre la gente a la que quieren y los quieren. Fotografías en tonos sepia, las primeras del álbum familiar.

Domingo catorce de febrero, cincuenta años después. La misma pareja celebra su aniversario de bodas, sus bodas de oro, entre la gente a la que quieren y los quieren. No son las mismas personas, incluso muchas de ellas ni siquiera están ya. Pero su felicidad sigue siendo la misma. Y no debe ser fácil mantenerla. No debe ser fácil cuando pasas la mayoría de esos años tragando saliva cada vez que él sale por la puerta para ir a trabajar, cuando sabes que al beso de despedida seguirán muchos días de rogar al mar que no demore el beso de bienvenida. Como no debe ser fácil leer las cartas de la amada entre los ruidos de un motor y el olor acre de la máquina inundándolo todo.

No debe ser fácil pasar los meses viviendo un amor a través de miles de kilómetros cruzando océanos. No debe ser fácil ver crecer a tus hijas reconociendo cómo mejora su caligrafía en las líneas que esperas cada vez que recibes noticias de casa. No debe ser fácil escribir una carta cada semana, cuando lo que deseas es un abrazo a cada momento.

Pero los años pasan, y vosotros supisteis sacar vuestras fuerzas de esos momentos. Y llegó el día en el que el mar no os volvió a separar, en el que a la alegría de ver crecer a las hijas sucedió la dicha de ver nacer a los nietos.

Por eso estamos aquí, cincuenta años después de ese catorce de febrero, otro día de los enamorados al que vosotros dais nombre. Aquí estáis vosotros, espejo en el que queremos mirarnos los que estamos hoy aquí para celebraros, los que somos hijas, hermanas, nietos, yernos gracias a vosotros. Porque los dos juntos sois nuestra felicidad, igual que sabemos que la vuestra es seguir viéndonos a todos, ver cómo vuestra mesa crece cada vez un poco más y poco a poco hay que ir añadiendo más platos. Porque la familia, aquélla que vosotros quisisteis crear un catorce de febrero hace cincuenta años, sigue creciendo, y eso, sólo vosotros lo habéis hecho posible.
Dice el tango que veinte años no son nada. Cincuenta son algo más que nada, mucho más, y vosotros lo demostráis, después de esos cincuenta años, día a día.

Hoy la fotografía es en color, la felicidad es más grande. Cada uno de estos cincuenta años, cada uno de sus días es motivo suficiente para ello. Brindemos para que estos cincuenta años sean sólo los primeros.

Hoy son las bodas de oro de mis padres. Este es mi pequeño homenaje para ellos. ¡Felicidades!

Interneeeeeeeeeeeeeeé (2)

Ya estamos liaos otra vez. Ha vuelto a petar el internet en casa. Y aquí estoy, en la oficina, usando y abusando de la media red que tenemos (media sólo porque está más capada que Farinelli) para visitaros y daros norte de mí (que esto último tampoco es que haga falta, que me paso los días y los días sin escribir y no me echáis de menos ni ná, malísimos), y es que estoy como el Enjuto ese, con mono de internet… que se fue anoche y esta mañana todavía no había vuelto, la mala pécora, a ver dónde se ha metido!! Pero si esta mañana he tenido que salir a la calle sin poder ver la prensa, a pique de que hubiera ocurrido un cataclismo mundial y yo no me hubiera enterado!! Eso sí, para huevos, los míos, que incluso he salido sin paraguas sin saber lo que me esperaba fuera…

Tampoco he podido darle de comer a mis gatitos virtuales. A los otros sí, que cualquiera pone un pie en la cocina por la mañana sin rellenarles los bols de cat chow… Pero los virtuales me temo que me van a saltar al cuello en cuanto consiga volver a entrar. Y se me van a echar a perder todos los Valentine Cakes que estaba preparando en mi cocinita del Facebook. Pero lo peor no es eso, que más o menos voy paliando el mono con lo que puedo ver desde la red del curro: !pero es que hoy es viernes! ¡y tengo por delante un laaaargo fin de semana!! No sé si podré soportarlo…

El simpatiquísimo operador de mi empresa distribuidora de interneses que atendió ayer a Beaumont (que sí, simpatiquísimo, pero cuando lo llamamos lo que no funcionaba era el wifi… después de sus comprobaciones ya no funcionaba nada) le aseguró que hoy vendría un técnico a casa a darle un machetazo al intentar reconfigurar el router. Sólo espero que vaya esta mañana, para que pille a Beaumont en casa, que él es muy apañado para estas cosas (y para muchísimas más 😉 ) y se entera cuando le hablan de wireless, firewalls y demás cosas de esas… como vaya esta tarde, mejor será que le dé el machetazo directamente.

 

Seguiremos informando. O no.

Interneeeeeeeeeeeeeeé (2)

Ya estamos liaos otra vez. Ha vuelto a petar el internet en casa. Y aquí estoy, en la oficina, usando y abusando de la media red que tenemos (media sólo porque está más capada que Farinelli) para visitaros y daros norte de mí (que esto último tampoco es que haga falta, que me paso los días y los días sin escribir y no me echáis de menos ni ná, malísimos), y es que estoy como el Enjuto ese, con mono de internet… que se fue anoche y esta mañana todavía no había vuelto, la mala pécora, a ver dónde se ha metido!! Pero si esta mañana he tenido que salir a la calle sin poder ver la prensa, a pique de que hubiera ocurrido un cataclismo mundial y yo no me hubiera enterado!! Eso sí, para huevos, los míos, que incluso he salido sin paraguas sin saber lo que me esperaba fuera…

Tampoco he podido darle de comer a mis gatitos virtuales. A los otros sí, que cualquiera pone un pie en la cocina por la mañana sin rellenarles los bols de cat chow… Pero los virtuales me temo que me van a saltar al cuello en cuanto consiga volver a entrar. Y se me van a echar a perder todos los Valentine Cakes que estaba preparando en mi cocinita del Facebook. Pero lo peor no es eso, que más o menos voy paliando el mono con lo que puedo ver desde la red del curro: !pero es que hoy es viernes! ¡y tengo por delante un laaaargo fin de semana!! No sé si podré soportarlo…

El simpatiquísimo operador de mi empresa distribuidora de interneses que atendió ayer a Beaumont (que sí, simpatiquísimo, pero cuando lo llamamos lo que no funcionaba era el wifi… después de sus comprobaciones ya no funcionaba nada) le aseguró que hoy vendría un técnico a casa a darle un machetazo al intentar reconfigurar el router. Sólo espero que vaya esta mañana, para que pille a Beaumont en casa, que él es muy apañado para estas cosas (y para muchísimas más 😉 ) y se entera cuando le hablan de wireless, firewalls y demás cosas de esas… como vaya esta tarde, mejor será que le dé el machetazo directamente.

 

Seguiremos informando. O no.

Damián.

Después de más de veinte años trabajando en el hospital, Damián R. por fin había conseguido el puesto de su vida, el que le hacía feliz, con el que sin duda se iba a sentir completamente realizado. El tiempo que estuvo destinado en la UCI había estado bien, pero aquéllo era infinitamente mejor. Además, todavía le quedaban bastantes años para disfrutarlo, seguro. Sus jefes estaban encantados con él. No iban a estarlo, si después de una semana allí se había presentado en el departamento de recursos humanos para pedir una ampliación de horario y cuando le dijeron que no podía ser y que además las horas extras no estaban contempladas en el convenio, se había ofrecido a trabajar más horas, a doblar turno si hacía falta aún sin cobrar. Aún sonreía cuando recordaba la cara de estupefacción de Maripili, la administrativa, cuando hizo ese ofrecimiento. ¡Qué sabría ella! Lo peor es que le dieron las gracias por su generosidad y su abnegación, pero declinaron la oferta. Eso sí, consiguió la promesa de que lo mantendrían fijo en el turno de noche.

Damián R. se conformó. Llegando mucho más temprano de la hora en la que debiera relevar al compañero del turno anterior, y remoloneando un poco cuando terminara el suyo, conseguiría arañar una hora más. Quizá hora y media. Cualquier cosa por estar allí. Cualquier cosa por no estar fuera de allí. Fuera había demasiado ruido. ¡Pero si ni en su propia casa podía estar tranquilo! Por eso amaba aquel lugar que, aunque lleno de gente, era tan tranquilo y silencioso. Sí, definitivamente, Damián R. había encontrado su lugar en el mundo como auxiliar del turno de noche en el depósito de cadáveres del hospital comarcal.

Dedicado, con todo el cariño, al vecino que amablemente nos hace saber que no le dejamos dormir la siesta… a las diez de la mañana.