La anciana abrió por fin el periódico, leyó las necrológicas y se extrañó de que no apareciese ningún nombre conocido. Le resultaba no poco grato decir: «Pobre amigo, espero que haya tenido un dulce tránsito». Prosiguió y dedicó su atención, movida por un oscuro objetivo de propaganda moral, a los acontecimientos de apariencia catastrófica. Enumeró, meneando la cabeza, las distintas maniobras del espíritu maligno: atracos, incendios de fábricas californianas, ciclones y tifones, combates de boxeo, granizadas sobre los viñedos, divorcios, reuniones socialistas.
Una vez concluida la lectura, con gran alivio de los novios, se fue a su habitación donde consultó el termómetro para saber si debía tener frío. Como marcaba doce grados, se estremeció y se puso otra vez la chaqueta. A continuación recortó cupones Ciudd de Berna 1905. Suspiraba y le resultaba latoso aquel trabajo. De tanto manipular las tijeras le había salido un callo en el dedo pulgar a la pobre señora que suspiraba. Y los obreros convencidos de que las personas acomodadas lo tienen todo del color de rosa. ¡Ah -pensaba la señora Sarles-, aquí me gustaría verlos!.