En el cafetal molón somos muchos los que trabajamos y cada uno tiene su pelaje y sus cosas. En los últimos días he descubierto que un compañero está estudiando inglés. No me lo ha dicho (directamente), ni le he visto cargando los libros, pero cuando cree que nadie le escucha, hace ejercicios de lectura tal que si fuera sir Laurence Olivier declamando Hamlet, al volumen que lo haría para la última butaca del Old Vic.
Como digo, cada uno tenemos nuestras cosas. Hay, por ejemplo, quien piensa que los triangulitos enfrentados que hay en la regleta de la parte superior de la pantalla de word están ahí porque quedan monos. Y que a pesar de tener por oficio principal el de escribir, te coloca un texto en la mitad derecha de la pantalla ¡¡llevándolo hasta allí a base de barra espaciadora!! Ni siquiera al tabulador, no, esas flechas están ahí también para hacer bonito. ¿Habéis visto el primer capítulo de The IT crowd, donde contratan a Jenn? Pues sí, queridos amigos, la realidad supera la ficción.
Los que tenemos gatos notamos cuando llega el frío primero, y como el resto de los mortales, porque lo sentimos en nuestras carnes, y segundo, porque vemos que los gatos pasan muuuuucho más tiempo durmiendo (sí, es posible), que buscan el lugar más cálido de la casa y que se acurrucan como una ensaimada para pasar las horas. Los míos, que además están viejunillos ya, se pasan el día metidos en su caseta para salir un ratín por las tardes (casualidad, a la hora en la que les pongo comida fresca). A Wey, además, le ha dado ahora por seguirme allá donde me muevo, parárseme delante, mirarme con ojillos arrebatados y soltarme maullidos lastimeros para que lo coja. Como ejemplo, sirva decir que esto lo estoy escribiendo con él cortándome la circulación de las piernas. Eso sí, pasan el día durmiendo, juntos, a ser posible, para darse más calor. Pero todo es que llegue la hora de acostarnos, apagar las luces y cerrar la puerta del dormitorio, para que formen unos pitotes que solo pueden ser despejados a base de remojones.
Con mi vecina de arriba no tengo demasiada relación. Llamadme espabilá, pero creo que es porque no le sentó demasiado bien que le ganásemos una demanda por inundar nuestra terraza. Y creo que tampoco le agradó mucho que le mandásemos a la policía una noche en la que hicieron fiesta y en la que, ya a las cinco de la mañana, cantaban el ‘Vaporcito’ dando saltos encima de nuestro dormitorio. Hace tres días encontré un calcetín suyo caído en mi tendedero. Como buena vecina, lo dejé ahí, enganchado con una pinza, para que pueda ver que lo tengo yo y que venga a buscarlo. Se aceptan apuestas.
A este blog, aunque no lo veis (gracias a 3nity, master and commander de esta página), también llega spam. Y es curioso, porque va por tandas. Si hace un tiempo sólo llegaban mensajes de casinos virtuales, ahora sólo me llegan para que compre bolsos de Prada, de Louis Vuitton, Gucci, Burberry… Sin lugar a dudas, añadir a la guapísima Adela a los enlaces de recomendaciones encarecidas en la columnita de la derecha, le ha dado un plus de glamour a ca’Ampharou.










