Cinco tonterías por minuto

En el cafetal molón somos muchos los que trabajamos y cada uno tiene su pelaje y sus cosas. En los últimos días he descubierto que un compañero está estudiando inglés. No me lo ha dicho (directamente), ni le he visto cargando los libros, pero cuando cree que nadie le escucha, hace ejercicios de lectura tal que si fuera sir Laurence Olivier declamando Hamlet, al volumen que lo haría para la última butaca del Old Vic.

Como digo, cada uno tenemos nuestras cosas. Hay, por ejemplo, quien piensa que los triangulitos enfrentados que hay en la regleta de la parte superior de la pantalla de word están ahí porque quedan monos. Y que a pesar de tener por oficio principal el de escribir, te coloca un texto en la mitad derecha de la pantalla ¡¡llevándolo hasta allí a base de barra espaciadora!! Ni siquiera al tabulador, no, esas flechas están ahí también para hacer bonito. ¿Habéis visto el primer capítulo de The IT crowd, donde contratan a Jenn?  Pues sí, queridos amigos, la realidad supera la ficción.

Los que tenemos gatos notamos cuando llega el frío primero, y como el resto de los mortales, porque lo sentimos en nuestras carnes, y segundo, porque vemos que los gatos pasan muuuuucho más tiempo durmiendo (sí, es posible), que buscan el lugar más cálido de la casa y que se acurrucan como una ensaimada para pasar las horas. Los míos, que además están viejunillos ya, se pasan el día metidos en su caseta para salir un ratín por las tardes (casualidad, a la hora en la que les pongo comida fresca). A Wey, además, le ha dado ahora por seguirme allá donde me muevo, parárseme delante, mirarme con ojillos arrebatados y soltarme maullidos lastimeros para que lo coja. Como ejemplo, sirva decir que esto lo estoy escribiendo con él cortándome la circulación de las piernas. Eso sí, pasan el día durmiendo, juntos, a ser posible, para darse más calor. Pero todo es que llegue la hora de acostarnos, apagar las luces y cerrar la puerta del dormitorio, para que formen unos pitotes que solo pueden ser despejados a base de remojones.

Con mi vecina de arriba no tengo demasiada relación. Llamadme espabilá, pero creo que es porque no le sentó demasiado bien que le ganásemos una demanda por inundar nuestra terraza. Y creo que tampoco le agradó mucho que le mandásemos a la policía una noche en la que hicieron fiesta y en la que, ya a las cinco de la mañana, cantaban el ‘Vaporcito’ dando saltos encima de nuestro dormitorio. Hace tres días encontré un calcetín suyo caído en mi tendedero. Como buena vecina, lo dejé ahí, enganchado con una pinza, para que pueda ver que lo tengo yo y que venga a buscarlo. Se aceptan apuestas.

A este blog, aunque no lo veis (gracias a 3nity, master and commander de esta página), también llega spam. Y es curioso, porque va por tandas. Si hace un tiempo sólo llegaban mensajes de casinos virtuales, ahora sólo me llegan para que compre bolsos de Prada, de Louis Vuitton, Gucci, Burberry… Sin lugar a dudas, añadir a la guapísima Adela a los enlaces de recomendaciones encarecidas en la columnita de la derecha, le ha dado un plus de glamour a ca’Ampharou.

La cima.

Ni estaba muerta, ni estaba de parranda, ni me había olvidado de vosotros (¡válgame dior!). Sólo he estado un poco atareada con los vastos y gloriosos fastos que hemos tenido por aquí el pasado fin de semana. Pero ya pasaron (ea, ea, ya pasó, mi niña, ya pasó).

¿Que no os habéis enterado? Hemos tenido la gran fiestuki de todos los cafetales del mundo mundial. Sí señores, han venido casi todos: Juan Valdés (sin borrico ¿o lo traía?), Clooney y Malkovich, el coffee master de Starbucks… entre los pocos que han faltado, Carmen Maura, que por lo visto no le salían las cuentas con las tacitas. Ha sido todo un éxito la fiestuki. Se ha hablado y mucho, principalmente de si al café solo hay que ponerle azúcar o no, o de si al torrefacto se le puede seguir llamando café. Algunos abogaban por volver a introducir la achicoria en el mercado mientras la mayoría se echaban las manos a la cabeza ante semejante idea. Al final, todos se han dado la mano, palmaditas en la espalda y se han ido por donde han venido (más o menos directamente) prometiendo verse el año que viene para volver a hablar de lo mismo o no. Se han hecho muchas fotos. La cafetalista (¿o es cafetera?) principal ya ha dicho que la fiestuki  nos ha quedado chupendi lerendi y que muchas gracias por venir a los que vinieron y por estar a los que ya estábamos, aunque menos.

En fin, que tras semanas de ajetreo en los que parecía que no salía del cafetal, ni levantaba la cabeza de los miles de capsulitas que amenazaban con ahogarme, tras episodios de pánico varios y estrés continuo, parece que llegan tiempos más calmados, en los que, al menos, recuperaré un poco de sosiego y dejaré de soñar con capuchinos y cafe au lait varios. Hasta los próximos fastos. Nos leemos.

Detestaciones (IV)

No me gustan los teléfonos. Bueno, los aparatos sí, sobre todos esos antiguos de pared, negros, pesadísimos, con el cordón forrado en tela. Y los de góndola, tan kitsch, lo que molaba el que teníamos en casa… ¡si hasta recuerdo el número!

A ver, que me disperso. Lo que no me gusta es hablar por teléfono. Pero nada de nada. Lo cual es bastante extraño, porque me paso media vida colgada de uno. La media vida laboral, claro (aunque ya más que media es tres cuartos, como los chaquetones. El otro cuarto lo utilizo para dormir -mal-, comer, ducharme y poco más). Pero bueno, tampoco puedo quejarme. Al fin y al cabo, en esto de los cafetales empecé como telefonista, aunque no duré demasiado, no porque no fuese buena en ello, sino porque era mejor en otras cosas. Y ahora mismo, en el cafetal molón, casi todo lo que hago es a través del teléfono. Pero estoy intentando cambiar el método y que se utilice más el correo electrónico. Es más directo, tú expones tus ideas, lo que quieres, lo que necesitas, los hechos, tus propuestas, lo que sea, y le das a enviar. El otro lo recibe, lo lee y te contesta con una afirmación, negación, contraoferta, contraopinión o lo que proceda. Listo. Te ahorras un montón de memeces y, en el mejor de los casos, una sarta de ‘ajás’ que no llevan a ningún lado. Todo queda por escrito y no caben los ‘tú me dijiste’, siempre puedes darle a un compañero/jefe/cliente cabrón con un folio impreso en los hocicos. Y eso en los cafetales es muy importante. Además, y lo que es más importante, te ahorras que pongan tu llamada en espera. Que tú dices que quieres hablar con fulano, y la señorita al otro lado te dice que esperes un momento. Y entonces, con un poco de suerte, durante unos instantes no sonará nada. Pero en otras ocasiones sonará el Para Elisa tocado con el casiotone, o medio movimiento del Concierto para piano y orquesta nº 21 de Mozart en un bucle absurdo que hará que te acuerdes de Graham Bell, Graham Greene, Heather Graham, y toda su estirpe. Eso cuando no suena ya absolutamente deformado, cascado por años y años dedicado a la tortura y te dan ganas de arrancarte las orejas y clavarte un boli bic roído en el hueco que queda. Estos teléfonos quedan en el número dos del ranking de comunicaciones infames. El dudoso honor del número uno es para aquéllos en los que nada más marcar te salta una locución, que en el mejor de los casos la habrá hecho alguien que sabe leer y modular la voz, que te indica el lugar al que has llamado pero que si quieres hablar con el departamento tal, deberás marcar el uno; con el cual, un dos, y así hasta que se acaben los departamentos o los números, lo que suceda primero. Cuando os suceda esto, queridos niños, rogad por vuestra conexión wifi para que los números sean correlativos y del uno al cero, porque sabed que hay lugares a los que llamas y te dicen ‘si quiere hablar con el servicio de las causas perdidas, marque quinientos treinta y dos, para el de cosas por hacer, doscientos sesenta y siete, para el de ingenierías imposibles, trescientos cuarenta y ocho…’, que te ves tú anotando todos los números como para comprobar si te ha tocado la pedrea porque no tienes claro si el tema que quieres solucionar lo llevan en ingenierías por hacer o en causas imposibles.

En fin, horas y horas perdidas al teléfono… si algún día pasáis por el cafetal molón y veis uno colgando del balcón, que sepáis que es el mío.

La lavadora

A principio de los años setenta mi madre tenía una lavadora de turbina. No la recuerdo mucho, los menesteres de la colada no me interesaban demasiado, y pocas veces creo que la viera funcionando (mi madre, con buen criterio, creo que prefería mantenerme lejos de la lavadora mientras lavaba. Por no tenerme que sacar de ella con la boca llena de espuma, más que nada), pero sé que allí estaba, esmaltada en blanco y con el interior azul, con su tapa puesta y  su goma de desagüe gris estriada, justo delante del inodoro, supongo que precisamente por eso, porque en algún lado había que enchufar esa goma cuando había que vaciarla.

Por lo que ahora sé, esa lavadora hacía poco más que mover la ropa dentro del agua jabonosa. No sé si habría que enjuagarla después, pero desde luego sí que había que escurrirla a base de biceps y juego de muñeca, porque de centrifugado nada de nada.

Mi madre también tenía, en la terracita pegada a la cocina, en lo que viene a ser el lavadero, vamos, un pilón de granito con una tabla de madera. Allí es donde lavaba la ropa blanca sobre todo, porque claro, la lavadora no podía competir con unos buenos restregones y su jabón lagarto.

Mi padre le propuso comprar una lavadora automática. Mi madre se negó. Ella tenía suficiente con la suya, el pilón y sus brazos. Ninguna lavadora iba a dejar la ropa tan limpia, eso es seguro. Por lo que me han contado, él insistía, sobre todo cuando la veía doblada sobre la tabla de madera peleando con kilos de tela mojada. Ella, hija de gallego, seguía negándose. Hasta que supongo que mi padre, gallego de nacimiento, la dejó por imposible, se fue a la tienda, y compró de todas formas la lavadora automática.

Mi madre al principio la miraba con recelo. No se fiaba un pelo de ella. ¿Y si no se tragaba el detergente? ¿Y si no entraba a tiempo el suavizante? La vigilaba en cada una de sus vueltas. Hasta que la lavadora, a fuerza de sacar la ropa limpísima, suavísima y, sobre todo, escurridísima, la convenció. Desde entonces ambas (mi madre como única y la lavadora como genérica, englobando a la primera y a las que llegaron después), han vivido una eterna luna de miel.

Hace unos días me llegó (por fin) el libro del que os había hablado. Mil diecisiete páginas de tamaño poco mayor que media cuartilla con un tamaño de letra igualito que el de las etiquetas de los champús. Que lo he abierto y se me han juntado al menos diez líneas en una. Me lo advirtió Beaumont cuando me dijo que había llegado a casa: te vas a quedar ciega. Y ciega no sé, pero que voy a criar dioptrías como si fueran calabazas, seguro. Es mismo día, Beaumont se descargó el libro, en la misma traducción, en su ebook. ‘Pruébalo, léelo y ya me cuentas’. En realidad, está intentando que lo pruebe desde que se lo trajeron los reyes. Yo me resisto. No quiero que me guste, no quiero dejar de leer mis libros, en libros, llenos de páginas, de letras impresas. No quiero dejar el olor de los libros nuevos, el de los más sobados. No quiero dejar de volver a mis viejos libros, y descubrir, por casualidad, una anotación olvidada, o algún trozo de papel que me recuerde el tiempo en el que lo leí por primera o por última vez.

Yo, hija de gallego, cada vez me parezco más a mi madre.

 

Ampharou’s library: octubre.

Seguimos con Mucha. El editor del almanaque insiste con los carteles (en este caso, es el realizado en 1897 para la compañía de ferrocarriles Chemins de fer P.L.M., titulado Mónaco-Montecarlo, como se lee en el cartel original, aunque la reproducción en el calendario haya omitido la grafía), lo cual es una lástima, no porque no sean preciosísimos y preciosistas todos, sino porque nos impide disfrutar de su ‘otra’ obra, sus cuadros no dedicados a la publicidad, sus esculturas, sus vidrieras, sus joyas… Entre los primeros, por supuesto, la gran Epopeya eslava, veinte lienzos de (muy) gran formato donde se cuenta la historia de ese pueblo (aquí está magníficamente explicado, y aquí os podéis hacer una idea del tamaño de los cuadros), y los retratos, como el de su hija Jaroslava, del que me enamoré perdidamente en aquella exposición que tuve la inmensa suerte de ver en Madrid.

Sobre la lectura, me ha invadido una flojera enorme: no flojera por leer, sino por cargar con el tomo del cual tenéis la portada ahí, a la derecha, un poco más abajo. Llevo un mes leyéndolo y sólo hace tres días que cargo con él a todos lados, con gran regocijo por parte de mi escoliosis. He estado llevándome un pequeñito libro con relatos de Oscar Wilde, que me ha encantado y divertido a partes iguales, pero me resistía a cargar con Sherlock Holmes, prometiéndome leerlo en casa. Lo que pasa es que están siendo unos tiempos un poco frenéticos desde que volví de las vacaciones: los actos y fastos que se celebran este año en este cachito del mundo me llevan fané y escangallá toda la semana, así que ahí lo tengo, pobrecillo, atascaíto perdido, porque todo es querer ponerme a leer y, sin pasar la primera página, caer como una bendita.

De pelis, nada de nada. Y de series, terminamos con Parade’s End (me ha gustado, pero creo que está un poco deslavazada. Estoy deseando que me llegue el libro para comprobarlo), empezamos con la tercera temporada de Boardwalk Empire (magnífica. Otra vez) y yo, por mi cuenta y riesgo, me empapé la sexta temporada de Dexter en tres días y ya han caído también los cuatro emitidos hasta la fecha de la séptima. Ah, sí. También he visto un par de capítulos de Elementary, la nueva versión de Sherlock Holmes (y van…?), también ambientada en la actualidad y con la particularidad de que John Watson es clavadito a Lucy Liu. Entretenida sin pretensiones, se deja ver sin más.

Seguiremos informando.

Au revoir!

Casi media vida juntos, y precisamente ahora, me tienes que dejar. En mitad de un puchero, además (aunque pensándolo bien, no hay mejor alegoría para tu marcha). Sin decir adiós, sólo con un ‘puff’ como despedida. De todas formas, era algo que esperaba desde hacía tiempo. Esperaba y temía. No es normal que los de tu clase duren tanto tiempo, pero claro, tú te pasaste tu obsolescencia programada por el forro de los circuítos.

Durante tu vida útil has calentado agua como para llenar seis pantanos, leche como para bañar durante dos vidas a todas las reinas de Egipto. Has calentado potitos y papillas. Has desinfectado biberones y chupetes. Juntos hemos hecho bizcochos para siete comas diabéticos… y qué ricos te salían, tan mulliditos, tan esponjosos que Lorah empezó a no querer llevárselos para el desayuno del cole porque todos le pedían y ella se quedaba sin desayunar (ese ‘dame algo menos rico’ llegó a mi alma de repostera frustrada). También madalenas, tartas, galletas y strúdeles varios. Hemos cocinado gran variedad de animales, terrestres y acuáticos; descongelado, asado y/o cocido media huerta murciana. Sobreviviste a algunos mucho mayores que tú, a otros más pequeños que habitaban en la cocina, donde tú tenías tu huequito hecho a medida, como todo un señor. ¡Cuántos desayunos y meriendas hemos compartido! ¡Cuántos almuerzos y cenas! Bien es cierto que de un tiempo a esta parte chocheabas un poco, que cuando llegaba el invierno y sus frías madrugadas te quejabas con un pitido lastimero y que sólo te callabas cuando te dábamos un poco de calor. Manías de viejo, supongo. Siempre estabas ahí, día a día, todos los minutos que marcaba tu display verde.

Te echaré de menos, querido Dimensión4.

 

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La caña.

Pijoperfumería de las de toda la vida, de esas que, al pasar por delante, tienes que aguantar la respiración por dos motivos. El primero: el aroma de coupage de perfumes con solera puede llevar a la muerte. El segundo: ellos cobran por respirarlo.

Dime, cariño…
(¿Cariño? Es la segunda vez que te veo en mi vida!) Venía buscando un regalo para una compañera…
Ah, bien, dime qué presupuesto tienes…
(Juer, ¿tanta pinta de pobre tengo? Normalmente, me preguntarían si tengo alguna idea..) Pues bueno, depende de lo que me guste. Estaba pensando en una pulsera o unos pendientes.
Claro, porque un anillo es algo muy personal si no tienes las medidas…
(Hombre, más que algo muy personal es que es una estupidez comprarlo sin saber si se lo tendrá que poner ridículamente en el dedo meñiq…. ah, espera, que tú llevas un sello en el dedo meñique!!) . . .
Mira, éstos que tengo aquí son la caña (una rosa de porcelana turquesa con una bola de discoteca debajo. En serio, brillaba tanto que perdí toda mi capacidad de visión espacial. O igual es que tengo las lentillas sucias. O presbicia)
Uff, es que es un poco… ¿demasiado brillante?
(Mirándome con cara de asco y cogiendo otro par de pendientes de una estantería que parece un retablo rococó) Estos son un poco más apagados, si te gustan más (eran iguales, pero la flor era blanca y la bola de discoteca un lagrimón negro brillante)
Ah, estos me encantan (no son feos. Yo no me los pondría ni aunque me arrancaran un brazo, pero conozco los gustos de la regalada)
Claro que te encantan, son la caña. Look Chanel total. Me los voy a probar, porque así en la mano, no puedes apreciar toda su belleza…
(Claro, y por eso te los vas a probar tú, que vas pintada como una puerta, para que yo me haga una idea de lo perfectos que son) ¡¡Te quedan divinos!! (o jugamos todos, o la puta al río) ¡Estás taaaaaaaaaan guapa con ellos!

En este momento, creo que piensa que no soy merecedora de los pendientes look Chanel total, y empieza a enseñarme medio escaparate (tan rococó como el retablo la estantería de antes), a sacarme anillos (¿no quedamos en que era algo muy personal?) del mostrador, de un metal maravilloso que cuanto más te lo pongas, más brilla, con unas resinas espectaculares y de los que, casualmente, cada vez que muestro interés por alguno, es el último que le queda, porque en la última semana/mes, ha tenido que reponer/vendido todo menos éste. Y todos, por supuesto, son la caña.

Cuando le digo que no, que me he decidido por los primeros pendientes que me enseñó, tiene todo el mostrador lleno de broches, pendientes y anillos de distintas formas, colores y materiales (ojito, yo no le he pedido nada. Ha sido totalmente iniciativa suya). Lo aparta todo y, para envolver los pendientes, busca una cajita que es la caña. Envuelve el paquete con la parsimonia (y la cantidad de maquillaje) de una geisha sirviendo el té. Cuando acaba, abre mucho los ojos, se me acerca y me dice que me va a dar una muestra de maquillaje para la piel tan sumamente graaaaaaasa (mohín de repelús) que tengo. Estoy a punto de decirle que me lavo la cara con Fairy, pero creo que no va a entender la broma. Saca millón y medio de paquetitos de muestras, uno son de crema de día, de mascarilla… va anotándomelo todo a boli en cada paquetito, hasta que le digo que no se moleste, que mi madre me llevó al colegio y todo y que sé hasta leer, nosotros los pobres somos así de sorprendentes a veces. Por lo que me va dando, debo tener la cara hecha un asco… Me enseña un bote que es… ¿adivináis?… ¡¡sí!! ¡¡es la caña!! y, ¿volvéis a adivinar? exacto, es el último que le queda, de un producto para flojillas, porque es limpiadora, tónico e hidratante a la vez.

Ahora es que me pilla fatal, pero de la semana que viene no pasa sin que venga a por la crema esta y por el anillo ese tan ideal, sí, el decimoquinto o decimosexto que me enseñaste…
(No se lo ha tragado) Muy bien, estaremos encantados de que vuelvas. (Haciendo el ticket) Entonces, los pendientes serían ksjoiaue eurillos nada más…

Ya les he hecho prometer a mis compañeras que el próximo día que tengamos que comprar un regalo, van ellas, que yo no vuelvo a pisar la caña…

La caña.

Pijoperfumería de las de toda la vida, de esas que, al pasar por delante, tienes que aguantar la respiración por dos motivos. El primero: el aroma de coupage de perfumes con solera puede llevar a la muerte. El segundo: ellos cobran por respirarlo.

Dime, cariño…
(¿Cariño? Es la segunda vez que te veo en mi vida!) Venía buscando un regalo para una compañera…
Ah, bien, dime qué presupuesto tienes…
(Juer, ¿tanta pinta de pobre tengo? Normalmente, me preguntarían si tengo alguna idea..) Pues bueno, depende de lo que me guste. Estaba pensando en una pulsera o unos pendientes.
Claro, porque un anillo es algo muy personal si no tienes las medidas…
(Hombre, más que algo muy personal es que es una estupidez comprarlo sin saber si se lo tendrá que poner ridículamente en el dedo meñiq…. ah, espera, que tú llevas un sello en el dedo meñique!!) . . .
Mira, éstos que tengo aquí son la caña (una rosa de porcelana turquesa con una bola de discoteca debajo. En serio, brillaba tanto que perdí toda mi capacidad de visión espacial. O igual es que tengo las lentillas sucias. O presbicia)
Uff, es que es un poco… ¿demasiado brillante?
(Mirándome con cara de asco y cogiendo otro par de pendientes de una estantería que parece un retablo rococó) Estos son un poco más apagados, si te gustan más (eran iguales, pero la flor era blanca y la bola de discoteca un lagrimón negro brillante)
Ah, estos me encantan (no son feos. Yo no me los pondría ni aunque me arrancaran un brazo, pero conozco los gustos de la regalada)
Claro que te encantan, son la caña. Look Chanel total. Me los voy a probar, porque así en la mano, no puedes apreciar toda su belleza…
(Claro, y por eso te los vas a probar tú, que vas pintada como una puerta, para que yo me haga una idea de lo perfectos que son) ¡¡Te quedan divinos!! (o jugamos todos, o la puta al río) ¡Estás taaaaaaaaaan guapa con ellos!

En este momento, creo que piensa que no soy merecedora de los pendientes look Chanel total, y empieza a enseñarme medio escaparate (tan rococó como el retablo la estantería de antes), a sacarme anillos (¿no quedamos en que era algo muy personal?) del mostrador, de un metal maravilloso que cuanto más te lo pongas, más brilla, con unas resinas espectaculares y de los que, casualmente, cada vez que muestro interés por alguno, es el último que le queda, porque en la última semana/mes, ha tenido que reponer/vendido todo menos éste. Y todos, por supuesto, son la caña.

Cuando le digo que no, que me he decidido por los primeros pendientes que me enseñó, tiene todo el mostrador lleno de broches, pendientes y anillos de distintas formas, colores y materiales (ojito, yo no le he pedido nada. Ha sido totalmente iniciativa suya). Lo aparta todo y, para envolver los pendientes, busca una cajita que es la caña. Envuelve el paquete con la parsimonia (y la cantidad de maquillaje) de una geisha sirviendo el té. Cuando acaba, abre mucho los ojos, se me acerca y me dice que me va a dar una muestra de maquillaje para la piel tan sumamente graaaaaaasa (mohín de repelús) que tengo. Estoy a punto de decirle que me lavo la cara con Fairy, pero creo que no va a entender la broma. Saca millón y medio de paquetitos de muestras, uno son de crema de día, de mascarilla… va anotándomelo todo a boli en cada paquetito, hasta que le digo que no se moleste, que mi madre me llevó al colegio y todo y que sé hasta leer, nosotros los pobres somos así de sorprendentes a veces. Por lo que me va dando, debo tener la cara hecha un asco… Me enseña un bote que es… ¿adivináis?… ¡¡sí!! ¡¡es la caña!! y, ¿volvéis a adivinar? exacto, es el último que le queda, de un producto para flojillas, porque es limpiadora, tónico e hidratante a la vez.

Ahora es que me pilla fatal, pero de la semana que viene no pasa sin que venga a por la crema esta y por el anillo ese tan ideal, sí, el decimoquinto o decimosexto que me enseñaste…
(No se lo ha tragado) Muy bien, estaremos encantados de que vuelvas. (Haciendo el ticket) Entonces, los pendientes serían ksjoiaue eurillos nada más…

Ya les he hecho prometer a mis compañeras que el próximo día que tengamos que comprar un regalo, van ellas, que yo no vuelvo a pisar la caña…

Felicidades, princesa.

Hace diecinueve años, en un día como hoy (un poco mejor que el de hoy: era viernes y puente) sólo que un poco más lluvioso y más fresco, a esta hora más o menos, una comadrona me ponía un cuerpecillo sucio y pegajoso sobre la tripa, una tripa que había descendido considerablemente en cuestión de minutos. Aquel cuerpecillo saludó al mundo con un sonoro llanto y haciéndose pis encima (de su madre, claro. ¡Puñetera!), demostrando así, desde el primer aliento, que venía pisando fuerte.

Diecinueve años como diecinueve soles. ¡Y cómo me gusta la mujer que ya está siendo!

Lluvia y sabores

Una de las quejas (una de mil, que yo era un trasto) que mi madre tenía de mí cuando era pequeña es que era un absoluto incordio a la hora de comer. No porque no me gustara nada, que sí, había cosas que no me gustaban, pero decirlo no era una opción en mi casa, donde se comía lo que te ponían en la mesa sí o sí, sino porque era sumamente lenta comiendo. Podíamos sentarnos todos a la mesa, que cada uno acabara, que recogieran y que mi madre fregara los cacharros que yo todavía estaba decidiendo si meterme la primera cucharada en la boca. En tiempo de colegio, claro, mi madre lo solventaba rápidamente agarrando ella misma la cuchara y despachándome el plato en un pis pas para que no llegara tarde a las clases de la tarde, pero en vacaciones me daba por imposible: así recuerdo larguísimas tardes sentada en la mesa de la cocina, con el plato sobre aquel hule de rosas rosas y grecas verdes, hasta que a mi madre le entraba la vena negociadora, me enseñaba lo que había de postre y yo me terminaba el plato en un visto y no visto. No es que no me gustase la comida, es que me aburría tremendamente.

Sin embargo, a pesar de este aburrimiento, muchos de mis recuerdos de niña están asociados a sabores: el del bizcocho casero que hacía mi madre, contundente, pero rico hasta el infinito; el del hígado (marujita ura-ura, ¿quién se comió tu asadura?) que me obligaban a comer porque tenía muchas vitaminas y no he vuelto a probar; el del puchero de mi abuela, con fideos, no con arroz como lo hacía mi madre, y su matita de hierbabuena; el de los migotes del desayuno en su casa, hechos como los hacía mi madre en la nuestra, pero que sabía tan distinto.. Todos esos sabores tienen una historia aparejada.

Hoy, mientras chafardeaba en el ordenador al lado de la ventana, este día que tenemos, totalmente gris, con la lluvia goteando por los patios y las azoteas, y esta luz mortecina, me ha traído otro sabor: ¿recordáis aquellos chicles con forma de botellita de cocacola, con el mismo sabor y duros como el demonio, que tenían azúcar dentro que crujía cuando los masticabas? Ese sabor es el de una vuelta del cole, un día de lluvia, con mis botas de agua (las pocas veces que pude ponérmelas: pies delicados). Mi hermana nos llevaba y nos traía del colegio a mí y a la vecina de la puerta de enfrente, Mariló, poco más pequeña que yo. Aquel día, Mariló se había quedado en casa porque estaba malita, y yo iba a ir a verla en cuanto llegara a casa. En el camino, nos habíamos parado a comprar chuches en el ‘puestecito rojo’ y yo decidí que aquellos chicles que había comprado, pero que no había visto ni probado hasta entonces, serían para mi vecina, pobrecilla, que estaba pachucha. Mientras subíamos por las escaleras (el portero no nos dejaba subir a los niños en el ascensor solos), pensé que a Mariló no le importaríal que probara un cachito pequeñito de aquella golosina, ya que ella se iba a quedar con todo el resto. Pero mi generosa determinación se terminó en el mismo momento que di el primer bocado, el azúcar crujió entre mis dientes y el sabor me llenó la boca: antes de llegar al quinto, la llevaba llena de chicles y vacía la bolsa que iba a ser para mi amiga. Ella nunca lo supo, claro. Simplemente se alegró de que yo llegara a jugar un rato después de lo que había sido para ella un largo y aburrido día de lluvia.