Una de las quejas (una de mil, que yo era un trasto) que mi madre tenía de mí cuando era pequeña es que era un absoluto incordio a la hora de comer. No porque no me gustara nada, que sí, había cosas que no me gustaban, pero decirlo no era una opción en mi casa, donde se comía lo que te ponían en la mesa sí o sí, sino porque era sumamente lenta comiendo. Podíamos sentarnos todos a la mesa, que cada uno acabara, que recogieran y que mi madre fregara los cacharros que yo todavía estaba decidiendo si meterme la primera cucharada en la boca. En tiempo de colegio, claro, mi madre lo solventaba rápidamente agarrando ella misma la cuchara y despachándome el plato en un pis pas para que no llegara tarde a las clases de la tarde, pero en vacaciones me daba por imposible: así recuerdo larguísimas tardes sentada en la mesa de la cocina, con el plato sobre aquel hule de rosas rosas y grecas verdes, hasta que a mi madre le entraba la vena negociadora, me enseñaba lo que había de postre y yo me terminaba el plato en un visto y no visto. No es que no me gustase la comida, es que me aburría tremendamente.
Sin embargo, a pesar de este aburrimiento, muchos de mis recuerdos de niña están asociados a sabores: el del bizcocho casero que hacía mi madre, contundente, pero rico hasta el infinito; el del hígado (marujita ura-ura, ¿quién se comió tu asadura?) que me obligaban a comer porque tenía muchas vitaminas y no he vuelto a probar; el del puchero de mi abuela, con fideos, no con arroz como lo hacía mi madre, y su matita de hierbabuena; el de los migotes del desayuno en su casa, hechos como los hacía mi madre en la nuestra, pero que sabía tan distinto.. Todos esos sabores tienen una historia aparejada.
Hoy, mientras chafardeaba en el ordenador al lado de la ventana, este día que tenemos, totalmente gris, con la lluvia goteando por los patios y las azoteas, y esta luz mortecina, me ha traído otro sabor: ¿recordáis aquellos chicles con forma de botellita de cocacola, con el mismo sabor y duros como el demonio, que tenían azúcar dentro que crujía cuando los masticabas? Ese sabor es el de una vuelta del cole, un día de lluvia, con mis botas de agua (las pocas veces que pude ponérmelas: pies delicados). Mi hermana nos llevaba y nos traía del colegio a mí y a la vecina de la puerta de enfrente, Mariló, poco más pequeña que yo. Aquel día, Mariló se había quedado en casa porque estaba malita, y yo iba a ir a verla en cuanto llegara a casa. En el camino, nos habíamos parado a comprar chuches en el ‘puestecito rojo’ y yo decidí que aquellos chicles que había comprado, pero que no había visto ni probado hasta entonces, serían para mi vecina, pobrecilla, que estaba pachucha. Mientras subíamos por las escaleras (el portero no nos dejaba subir a los niños en el ascensor solos), pensé que a Mariló no le importaríal que probara un cachito pequeñito de aquella golosina, ya que ella se iba a quedar con todo el resto. Pero mi generosa determinación se terminó en el mismo momento que di el primer bocado, el azúcar crujió entre mis dientes y el sabor me llenó la boca: antes de llegar al quinto, la llevaba llena de chicles y vacía la bolsa que iba a ser para mi amiga. Ella nunca lo supo, claro. Simplemente se alegró de que yo llegara a jugar un rato después de lo que había sido para ella un largo y aburrido día de lluvia.








