Ampharou cocinillas (II)

Si a la vuelta de las vacaciones (cuidadín, yo todavía no he vuelto) habéis podido comprobar que el universo se expande y vosotros con él, y que os estáis enjamonando a base de bien, y no precisamente como Sofía Vergara, sino más bien como Robert Baratheon, y decidís que queréis fustigaros, además de volviendo al trabajo, haciendo dieta (no mucha, sólo lo justo. Al fin y al cabo, vamos para el invierno, no tendremos que mostrar las lorzas en la playa y, como dice mi madre, una buena capa todo lo tapa, al menos, hasta la primavera que viene donde ya nos plantearemos la dieta del bikini más seriamente), aquí os dejo una receta riquísima, sin chicha, con las calorías justas para que no fenezcáis en el intento.

Ensalada tibia de judías verdes:

Vais a necesitar, para dos personas con hambre:

Medio kilo de judías verdes.
Cuatro tomates en rama (son los que encuentro más gustosos. Los de pera también, calculad el peso de unos y tomad el mismo de los otros).
Unos ciento cincuenta gramos de rulo de cabra.
Aceite.
Albahaca.
Sal y pimienta.

Para preparar esta deliciosa ensalada (más que tibia es caliente, aunque también está rica fría), debéis cocer las judías verdes un puntito antes que al dente. Mientras se cuecen, pelad los tomates (podéis hacerlo más fácilmente si antes los escaldáis en agua caliente) y cortadlos en dados pequeños.

Una vez cocidas las judías, poned un chorrito de aceite en una sartén (lo justo para engrasar el fondo), y cuando esté caliente, hechad dentro las judías. Salpimentad a gusto y rehogad un poco. A continuación, incorporad los tomates. Empezarán a soltar el jugo, así que añadid la albahaca (no seáis tacaños con ella), removed y dejad que reduzca un poco el líquido. Será el momento de agregar el rulo de cabra, cortado en dados también (si tenéis más maña que yo cortándolo) o en trozos y apartad del fuego. Dejad reposar unos instantes, para que el rulo empiece a tomar temperatura y a derretirse y ya podéis servir.

De verdad que está riquísimo. Eso sí, mientras estéis a dieta, no se vale lo de mojar pan en la salsita (poca) que queda.

Ampharou’s library: septiembre

Septiembre siempre me ha parecido un mes dulce. Vosotros me diréis: claro, cabrona, como que estás de vacaciones… pero no, no es ahora, es desde que tengo uso de razón (o razón a secas, que uso le doy poco), o desde que septiembre dejó de tener los colmillos de la vuelta al cole. Me parece un mes amable, como os digo, al menos en este rinconcito del mundo donde no hay que irse demasiado lejos para tener sensación de vacaciones. Me gusta este mes porque todavía hace una temperatura agradable sin los agobios de meses atrás, porque los días todavía son largos y porque… que sí, hombre, que sí, ¡porque todavía estoy de vacaciones!

Pero en fin, que aunque lo esté no descuido mis obligaciones y aquí vengo con el post mensual de libros y cine/series. Aunque no tengo mucho que contar, ya veréis.

La ilustración que veis arriba es una de las versiones que Alphonse Mucha hizo de Las cuatro estaciones. Si buscáis por ahí (san google, of course), comprobaréis que son varias las que tiene. Ésta, concretamente, es de mil novecientos. Ya os he hablado otras veces del gusto de Mucha por realizar series de un mismo tema, y éste es un buen ejemplo, que continúa con las características de la cartelería del autor: elementos femeninos, mujeres altivas y etéreas, profusión de adornos, sobre todo vegetales (hasta las joyas recuerdan flores y plantas), todo muy al gusto art noveau.

Aquí veis el panel completo, aunque en mi calendario sólo aparecen la Primavera y el Invierno (señor editor, vamos a tener que hablar seriamente de su medicación) en pose de diosas, de glorias, de triunfos. Que me va a faltar pared en el salón para tanto panel, creo…

Vamos a los libros. Al libro, mejor dicho, porque sólo ha sido uno: el de Harold Bloom de el que os hablé el mes pasado, La anatomía de la influencia. Y menos mal que lo he terminado: me harían falta un par de vidas más para leer todo lo que él nombra y otras cien para  llegar a tener la comprensión que este hombre tiene de cada obra de la que habla. Una lástima, porque, aunque es un verdadero placer reencontrarse con don Harold, siempre que lo leo tengo la sensación de que dejo de aprender mucho de lo que debiera con él (aunque también está el consuelo de que algo queda).

De cine andamos cortitos, ni aún en casa hemos visto apenas nada. Destacable, A sangre fría, la peli del libro de Truman Capote, que como  película está bien… y ahí lo dejo para no entrar en el estéril discurso de si es mejor la película o la novela.

También revisionamos los Batmans de Chris Nolan. El primero y el segundo, que la última entrega la tenemos demasiado reciente y tampoco es para tirar cohetes. Y aparte de Brave, que la vimos en el cine, y de la que ya os hablé en este post, nada más que añadir.

Vamos ahora con las series: se nos terminaron las temporadas de las que nos quedaban por terminar, es decir, de Breaking Bad (¡¡bestial!!) y The Newsroom. Ahora nos toca esperar hasta el año que viene para ver las siguientes temporadas de todas las que seguimos, a saber, las dos que acabo de nombrar, Mad Men, Juego de Tronos, Luther, Sherlock, Boardwalk Empire (sí, nos acabamos de enterar que tendrá una tercera temporada). Mientras tanto, hemos empezado con Parade’s End, con la BBC haciendo lo mejor que sabe hacer: dramas de época. Aquí se trata de la adaptación de una tetralogía de Ford Madox Ford (que ya tengo encargadita a una librería de segunda mano) con Benedict Cumberbatch (nuestro Sherlock favorito) de protagonista. Y si digo BBC, poco más tengo que decir.

Seguiremos informando.

De vuelta

Sí, regresamos (en realidad, volvimos hace un par de días) de una semana maravillosa en Barcelona y alrededores. Una semana de reencontrar, de conocer y de dar la bienvenida a personas queridas, que nos esperaban y se alegraron de vernos y de poder pasar un rato con nosotros hasta la próxima vez, que vaya usted a saber cuándo será, igual que nos alegramos nosotros, que subíamos con ilusión y con ganas, muchas ganas.

Una semana de tremendo calor, de disfrutar de la hospitalidad de un amigo que nos ofreció su (preciosísima) casa, y de la de otros tantos que nos abrieron sus puertas. No paramos durante el tiempo que hemos estado allí: ni de movernos, trenes arriba, metro abajo; ni de reírnos, ni de comer, ni de beber… Incluso ha habido tiempo para un cambio de look, de los extremos de verdad, no de los de cambiar el color de la sombra de ojos…

Siguen las vacaciones, por supuesto, pero ahora ya por aquí, con ganas de descansar, un poco más conectada (sólo un poco), cargando pilas poco a poco, que el invierno promete ser largo y crudo.

Vacaciones

Ni el viernes ni el fin de semana. Hoy ha sido cuando he empezado mis vacaciones. Las tengo recién estrenadas, llenita de días por disfrutar, de reencuentros con gente de esa que sonríen cuando te ven y se alegran de tenerte a su lado. Sin duda, es lo mejor de las vacaciones, esa promesa como un bote lleno de caramelos que irás saboreando poco a poco.

La imagen, de aquí.

Santiago

Debía ser el verano de mis cuatro o cinco años. Mi padre estaba en casa, de vacaciones, lo cual era todo un acontecimiento, ya que  las campañas del barco en el que trabajaba, en lugares que parecían tan lejanos y exóticos como Angola o el Congo, duraban seis, ocho o hasta doce meses. Sus  permisos, su tiempo de vacaciones, eran nuestro tiempo de fiesta.

Como digo, era verano, después de comer. Se suponía que yo tenía que dormir la siesta, así que mi padre me entretenía en la cama con la perspectiva de que me quedara dormida y poder dormirla él también. Mientras tanto, me enseñaba que el pequeño portamonedas que me habían regalado, amarillo y con un trozo de piel de conejo imitando una carita peluda era un monedero, porque servía para guardar monedas, y no un modenero como yo me empeñaba en llamarlo.

También me explicó por qué el joyero de mi madre, aquél de porcelana con rosas pintadas y que adornaba la cómoda de aquella habitación, no era un ‘mete-orito’ como yo creía.

Entonces pedí que me contara un cuento. Él se sabía dos, el de los siete cabritillos y el de Isabel, que iba alternando y que ya me había contado (y me contaría después) cientos de veces. Aquella tarde de verano le tocó a Isabel.

Había una vez un pescador  muy pobre que estaba casado con una mujer muy pobre llamada Isabel.
Una vez que fue a pescar, cogió un pescado muy grande. El pescador se puso muy contento, pero cuando ya le había quitado el anzuelo, el pescado le dijo que si lo soltaba, podría darle lo que él quisiera.

El pescador, asustado porque le hablara el pez, lo soltó, diciéndole que no hacía falta que le diera nada.

Cuando volvió a su casa y le contó a Isabel lo que le había pasado, ésta lo llamó tonto, y lo mandó de nuevo a buscar al pescado para que les diera una casa grande y joyas y dinero.

El pescador hizo caso a Isabel, buscó al pescado y le pidió lo que Isabel le había dicho. Cuando volvió a su casa, ésta ya no era la choza pobre y vieja de antes, sino una mansión, y su mujer estaba vestida elegantemente y muy enjoyada.

Al día siguiente, Isabel, protestando, le dijo al pescador que habían sido muy tontos, que al pescado no le había costado nada lo que les había dado y que ellos podían haber pedido mucho más. Mandó al marido de nuevo junto al pescado para que esta vez le pidiera un castillo.

El pescador obedeció, buscó al pescado y le pidió lo que Isabel le había dicho. Cuando volvió a su casa, ésta ya no era una mansión, sino un castillo de altas murallas.

Al día siguiente, Isabel de nuevo estaba enfadada. Quería ser reina, y el pescado era el único que podía conseguirlo. Total, a él no le costaba nada. Envió al pescador a buscar de nuevo al pescado para que la hiciera reina de todo el territorio.

El pescador hizo caso a Isabel, buscó al pescado y le pidió lo que Isabel le había dicho. Cuando volvió al castillo, vio a su mujer ricamente vestida y con una corona llena de piedras preciosas.

Al día siguiente, Isabel estaba de nuevo enfadada. Ser reina le parecía muy poco, ella quería ser emperatriz. Total, el pescado podía conseguirlo todo y no le costaba nada. Ordenó al pescador que buscase al pescado para que la hiciera emperatriz.

El pescador hizo caso a Isabel, buscó al pescado y le pidió lo que Isabel le había dicho. Cuando volvió a su casa, vio a su mujer tan pobre como siempre había sido, a la puerta de la vieja y ruinosa choza.

Era mi cuento preferido. Lo sigue siendo. A mi padre le encantaba contárnoslo y a nosotras nos encantaba que nos lo contara. Hoy mi padre cumple ochenta años. Hoy quiero ser yo la que se lo cuente a él. No quiero olvidarlo. No quiero que lo olvide.

Los carga el diablo…

Camino detrás de un padre y un hijo. El crío no debe pasar de los cinco años. No puedo evitar oír la conversación:

Papá, la carne, ¿cómo se hace?

Bueno, ¿cómo te la hace mamá? unas veces la comes frita, otras veces a la plancha, picada con los macarrones, guisada con patatas… ¡Hay muchas formas de hacerla!

No, no, eso no… no te digo cómo se cocina, sino cómo se hace.. la carne ¿de dónde sale?

¡Glup! En ese momento, no me hubiese cambiado por el padre de este vegetariano en potencia.

 

Alegrando la mañana.

Hace calor. No es exagerado: todavía, en esta ciudad al menos, podemos respirar sin mucha dificultad.

Además, no vengo a informaros de lo obvio, como hacen los telediarios en esta época, que siempre sacan a una abuela muy graciosa de Sevilla diciendo que no se puede dormir por la noche de la caló que hase, para seguir con un plano de un termómetro callejero que marca cincuenta y dos grados. Por otra parte, es normal que lo haga: es agosto y estamos en el hemisferio norte.

Todo esto viene a que es un fastidio pensar cada día qué te vas a poner (al menos hasta las vacaciones, claro). Algo para ir mona, arreglada, que no sea demasiado corto, ni demasiado escotado… y que no dé demasiado calor, claro. Lo difícil es conservar el frescor de recién salida de la ducha al menos toda la mañana. Así que hoy, aunque en realidad lo único que me apetecía ponerme era una coleta bien alta para que no me molestase el pelo, he optado por una camiseta mínima y la falda más ligera que tengo en el armario, y unas sandalias que son las tiras justas para mantener la suela pegada al pie.

Total, con el pelo mojado todavía, prescindiendo del perfume habitual para utilizar uno fresco de Lorah con aroma a vainilla, he salido de casa, oliendo como una madalena recién hecha.

Primer problema: ascensor ocupado. Para justo en el piso de abajo, y oigo cómo los obreros de la construcción que están echando abajo tooooooodo el piso de la vieja vecina mayor que era dueña de medio bloque (algún día os tendré que hablar de ella) están sacando materiales. Pasa el tiempo, yo paso de bajar por las escaleras y llegar sudando abajo, así que juro en arameno. Pasa otro poco, y ya, sopesando que me he levantado tarde y que cuando vaya a llegar a trabajar ya han enviado a la guardia civil a buscarme, me aventuro por las escaleras, muy despacito, eso sí. Los jodíos obreros estaban aprovechando el viaje del ascensor para enviarlo hacia abajo lleno de escombros, así que doy los buenos días enfurruñada y casi me tropiezo con uno que salía de espaldas. Sigo el camino, dejando volar la vaporosa falda detrás de mí y dos pisos más abajo oigo: “¡Qué bien huele esa chiquilla!”, seguido de “que olía mu bien la chiquilla que va pa’bajo”.

Inmediatamente, por supuesto, he perdonado a los albañiles la afrenta de hacerme perder el tiempo y de ocupar el ascensor tanto rato haciéndome bajar las escaleras: que huelo bien ya lo sabía… ¡¡pero que me llamen chiquilla!!

Alegrando la mañana.

Hace calor. No es exagerado: todavía, en esta ciudad al menos, podemos respirar sin mucha dificultad.

Además, no vengo a informaros de lo obvio, como hacen los telediarios en esta época, que siempre sacan a una abuela muy graciosa de Sevilla diciendo que no se puede dormir por la noche de la caló que hase, para seguir con un plano de un termómetro callejero que marca cincuenta y dos grados. Por otra parte, es normal que lo haga: es agosto y estamos en el hemisferio norte.

Todo esto viene a que es un fastidio pensar cada día qué te vas a poner (al menos hasta las vacaciones, claro). Algo para ir mona, arreglada, que no sea demasiado corto, ni demasiado escotado… y que no dé demasiado calor, claro. Lo difícil es conservar el frescor de recién salida de la ducha al menos toda la mañana. Así que hoy, aunque en realidad lo único que me apetecía ponerme era una coleta bien alta para que no me molestase el pelo, he optado por una camiseta mínima y la falda más ligera que tengo en el armario, y unas sandalias que son las tiras justas para mantener la suela pegada al pie.

Total, con el pelo mojado todavía, prescindiendo del perfume habitual para utilizar uno fresco de Lorah con aroma a vainilla, he salido de casa, oliendo como una madalena recién hecha.

Primer problema: ascensor ocupado. Para justo en el piso de abajo, y oigo cómo los obreros de la construcción que están echando abajo tooooooodo el piso de la vieja vecina mayor que era dueña de medio bloque (algún día os tendré que hablar de ella) están sacando materiales. Pasa el tiempo, yo paso de bajar por las escaleras y llegar sudando abajo, así que juro en arameno. Pasa otro poco, y ya, sopesando que me he levantado tarde y que cuando vaya a llegar a trabajar ya han enviado a la guardia civil a buscarme, me aventuro por las escaleras, muy despacito, eso sí. Los jodíos obreros estaban aprovechando el viaje del ascensor para enviarlo hacia abajo lleno de escombros, así que doy los buenos días enfurruñada y casi me tropiezo con uno que salía de espaldas. Sigo el camino, dejando volar la vaporosa falda detrás de mí y dos pisos más abajo oigo: “¡Qué bien huele esa chiquilla!”, seguido de “que olía mu bien la chiquilla que va pa’bajo”.

Inmediatamente, por supuesto, he perdonado a los albañiles la afrenta de hacerme perder el tiempo y de ocupar el ascensor tanto rato haciéndome bajar las escaleras: que huelo bien ya lo sabía… ¡¡pero que me llamen chiquilla!!

Cry, Ampharou, cry.

No me recuerdo llorando de niña, con lo cual debí tener una infancia feliz. Cabezota sí era, arrebatos de cabezazos contra el suelo sí que guardo en la memoria. Sobre todo el último, claro, que fue el que dolió y el que me movió a dejar de manifestar mis malestares de esa forma. Pero no recuerdo ninguna llantina, como sí recuerdo el de otras niñas, cercanas a mí, con pataletas abominables tiradas en el suelo provocando vergüenza ajena y pintas rosadas en las propias caras de puro berrinche. Ni siquiera recuerdo una llantina incontrolada el primer día de cole, tan típica, sino más bien un estado de estupefacción por no entender por qué lloraban las demás.

De mayor sí he llorado. Mucho. Unas veces de pena negra, otras de rabia, muchas de impotencia. Esos son llantos de cosas importantes, y no son los que os vengo a contar hoy, porque esos llantos son hacia dentro, acurrucada contra la almohada o sobre un hombro (y solo uno) sabio y tierno. O en la ducha: la rabia se cura mejor si las lágrimas desfilan por el desagüe disimuladas.

Lo que quiero contaros son mis lloreras: llantos sin importancia, por las cosas más nimias. Todavía recuerdo, no sin cierto sonrojo, la media hora después de salir del cine de ver Cinema Paradiso, cuando yo todavía seguía con un llanto sin consuelo adornado de hipidos varios. Ahí es donde creo que empezó mi carrera de sensiblera de tomo y lomo, de la que, últimamente, me estoy graduando cum laudem. Porque siempre han habido situaciones en las que, cuando se producían, todos los ojos se volvían a los míos esperando verlos como los de Candy Candy: cuando sonaban los primeros compases del anuncio del gordo de navidad, aquél que hacía el calvo (¿gordo? ¿calvo?) con la versión del «Interior Student Cafe» de Doctor Zivago, o cuando suena la que para mí es la pieza de música más hermosa, la Suite para cello nº 1 de Bach (¡pero si hasta vi Master and Commander, con mi odiado Russell Crowe, sólo porque me dijeron que sonaba en una parte de la película!): aquí las lágrimas ya ruedan sin contención posible. He llorado al ver muchas películas, anuncios, reportajes… he llorado leyendo, unas veces de tristeza, otras de puro Stendhal, derrotada por la hermosura, que fue de lo que lloré al entrar en la Mezquita cuando estuve hace tres años…

Pero lo de este verano ya está empezando a ser preocupante. Lloré cuando fui al cine a ver Batman, pero no por esa película, claro está, que una es llorona, pero con criterio: fue con el trailer de Lo imposible, algo que está por estrenar y que debe ser lo más parecido a lo que ponen en Antena3 los domingos después de comer, pero con Ewan McGregor (por lo menos tiene vistas privilegiadas): si lloré como lloré con el trailer, no quiero ni pensar los ríos que puedo provocar con la película.

Lloré con las olimpiadas, a mí que ya sólo la palabra deporte me da sarpullido. Pero claro, pasarse diecisiete días con los juegos en la tele a tiempo completo es lo que tiene, que terminas empatizando. Y ver a ese hombre como un trinquete que es Tyson Gay llorando cuando quedó cuarto en la final de cien metros, a Félix Sánchez cómo le dedicaba la medalla a su abuela o a Mohamed Farah con un nudo en la garganta mientras el estadio cantaba el God save the Queen, despertaron mis lloreras guión moqueras tanto como Kenneth Branagh con su Caliban de La Tempestad en la ceremonia de inauguración.

Pero el momento estelar tuvo lugar la semana pasada: fui al cine con Lorah y Beaumont a ver Brave. Varios trailers antes de la película, con los que nos morimos de risa (¡que estrenen Monstruos S.A.-2 ya!) y, como en cada película Pixar que se precie, un corto. La luna, se llama éste. No os voy a decir nada para que lo veáis con ojos nuevos, pero allí estaba yo, mirando a la pantalla, sin un pañuelo que llevarme a la nariz, dejando que las lágrimas corrieran por mi cara aún sabiendo que el maquillaje se me estaba yendo al garete y un nudo de pura bonitura apretándome la garganta. Que ya había empezado la película propiamente dicha, y yo todavía estaba intentando despejarme de la cara el agua que me sobraba (después vendría más, claro, pero con un poco más de mesura).

En fin, que por lo visto me estoy haciendo mayor y me estoy ablandando más todavía. Que lloro con cualquier powerpoint de perritos que se me ponga delante, para júbilo y carcajeo general de los que me rodean, eso sí. Lo malo es que me parece que esto va a más y sin remedio, así que tendré que ir cargada de kleenex allá a donde vaya.

Ampharounoias

Hasta ahora no se había percatado. Todos los años que tenía, y nunca, siquiera, había pensado en ello. Había sido una insulsa compañera en una conversación banal la que le había dado la pista. ‘No me acuerdo de lo guapa que soy hasta que no me miro a un espejo’, había dicho ella. Y entonces se dio cuenta de que ella tampoco sabía cómo era si no se miraba a un espejo. Intentó recordar su cara, mientras la sosa seguía con sus autoalabanzas, pero no pudo imaginársela. Se veía en fotos, eso sí, esa que te recibía al llegar a su casa, sonriente, al lado de su chico guapo. O la que tenía colgada debajo de la de su hija, tan joven.. Su hija… sí, a ella sí podía recordarla, no sólo en fotos. Tenía grabada su cara desde el mismo momento en la que, todavía pringosa y con los ojitos hinchados, se la pusieron sobre la tripa. Podía recordar esa cara en cualquier momento, hasta la edad que ahora tenía, sin dificultad ninguna, igual que podía recordar la de sus padres desde que los conociera allá a principios de los setenta. Podía contar cada arruga que se había ido instalando en sus caras, evocarlos cuando aún no tenían el pelo blanco…

Siguió probando: veía la cara de la gente a la que quería. Reconocía sus gestos, recordaba situaciones y les ponía el rostro que tenían en cada momento.. Quiso ir más allá y traer a la memoria a las personas que hacía tiempo que no estaban: sonrió al imaginar la piel perfecta de su abuela, el gesto adusto de su querida amiga… Bien, los quería, por eso podía verlos ¿y con gente que simplemente había pasado por su vida, sin dejar más huella que haber compartido el pasillo de un instituto o un saludo de vez en cuando? ‘Conocer de vista’ se llama eso, y sí, conocía de vista a mucha gente y podía rememorar la cara de tantos que hasta daba susto. Volvió a la suya: ¿qué aspecto tendría ahora mismo? Se había mirado esta mañana en el espejo, mientras se lavaba los dientes, mientras se peinaba. Se había mirado muy de cerca: tanto, que había vuelto a dibujar sus labios, una vez con el perfilador, otra con el lápiz labial, en un gesto que repetía cada mañana (y algunas noches) desde hace ¿cuánto? Conocía perfectamente sus labios, casi podía pintárselos sin mirarse al espejo, conocía la forma que tenían y aquel lunarcillo casi inapreciable que había aparecido hacía algún tiempo. También conocía sus ojos, el color cambiante, las manchas casi mágicas de sus iris, el largo de sus pestañas. También llevaba décadas pintándolos cada mañana: había variado la moda, pero los ojos seguían siendo los mismos. Sabía cómo era su nariz, descendiente directo de la de su padre, cómo sus cejas, que para eso había pasado tanto tiempo perfilándolas hasta que tomaron el arco justo que le gustaba. Sin mirarse, podía señalar perfectamente dónde estaba el lunar que le pintaba el pómulo y sabía que el contorno de su rostro ya no tenía la tersura de otros tiempos.. pero era incapaz de evocar todo eso en uno, todo el rostro completo, era incapaz de verse a sí misma desde fuera.

El siguiente pensamiento le dio miedo: si se viera por la calle, seguramente pasaría por su lado sin reconocerse.