Ampharou cocinillas

Un postre fresquito para un día de calor. Sin demasiadas complicaciones, siempre que tengas una batidora, y a juzgar por lo que dura en casa, debe estar rico a morir.

Es una reinterpretación de una receta que encontré en Directo al paladar, usando frutos rojos en lugar de cerezas y cambiando un poco las cantidades. Aquí os la dejo tal como la hice:

Ingredientes (para seis vasos):

3 bizcochitos de soletilla (también se puede usar madalenas o cualquier otro tipo de bizcocho)
400 ml. de nata para montar (de 35%, si no, no hay dior que la monte)
250 gramos de queso mascarpone (una tarrina)
3 cucharadas de azúcar glas
450 gramos de frutos rojos (en algunos supermercados los venden congelados. Son los que yo utilizo)
2 cucharadas de azúcar moreno

Elaboración:

Dejamos descongelar los frutos rojos (no hace falta seguir las instrucciones del paquete, no los vamos a utilizar enteros). A continuación los ponemos en un cazo con el azúcar moreno y calentamos a fuego medio hasta que el azúcar esté disuelto (no demasiado, no queremos puré de frutillas).

Montamos la nata (que debe estar muy fría, si no, no hay forma) con el azúcar glas y batimos con el queso mascarpone.

Para montar el postre, empezamos poniendo medio bizcochillo en el fondo de un vaso, sobre él vamos repartiendo los frutos rojos que hemos preparado. Encima repartiremos la mezcla de la nata con el mascarpone.

Encima, para decorar, habremos dejado enfriar bien el jugo que han soltado los frutos rojos, que habrá espesado, y le pondremos un par de cucharaditas de esa jalea.

Enfriar bien y, si tenéis paciencia, dejar reposar mejor de un día para otro.

Ampharou’s library: agosto

Agosto. Ya queda menos para las vacaciones (¡septiembre, glorioso septiembre!). Mientras tanto, seguimos con don  Alphonse. Este mes toca el Mucha de los carteles publicitarios, con éste de 1898 para F. Champanois, imprimeur-editeur. Mucho ha llovido en publicidad desde entonces, pero viendo algunos anuncios de ahora, dan ganas de darle al publicista con el marco de este cartel en la boca y ponerle a escribir mil veces ‘caca no’.

Seguimos en este cartel con las señoras ‘Mucha’, señoras sobrenaturales, etéreas, enmarcadas en las joyas que lucen, en sus propios cabellos, en la voluptuosidad de sus vestidos que se enredan con el fondo de flores y figuras geométricas. Señoras que convencen porque miran fijamente y con franqueza. Además, ¿quién puede negarse a la dulzura de esos rostros?

Las lecturas, igual que durante el resto del año, han estado escasas. Pero tiene su motivo: empecé a leer la Anatomía de la influencia, de Harold Bloom. Para los que no lo sepáis, Bloom es un crítico literario que, además, es la persona que yo quisiera ser de mayor (ya soy mayor, así que yo quiero ser como él ¡ya!). Harold Bloom tiene ochenta y dos años, lleva siendo profesor de literatura en Yale desde los veinticinco y el libro que estoy leyendo ahora lo escribió el año pasado. Bloom es un señor que aprendió a hablar nosecuántos idiomas sólo por el placer de leer en su lengua original cada obra. Harold Bloom, en definitiva, contagia su amor por la literatura al que se acerca a su obra y te hace querer leer cuanto antes todos los títulos de los que habla y conocer a cada autor de su mano.

Bien, pues como os digo, leo su Anatomía de la influencia. En los primeros capítulos habla de Shakespeare, y nombra y renombra al Rey Lear. Y yo, que hace mil que lo leí, lo busco ufana en mi estantería, aparco la Anatomía y me pongo con Lear. Sigue hablando de Milton. Y yo, que no tengo ningún libro suyo, me pongo a buscar fragmentos de El paraíso perdido, para comprobar la maravilla de personaje que es Satán, del que Bloom se declara enamorado. Sigo con la Influencia, y ahora habla de Whitman… y estoy deseando llegar a casa, coger mis Hojas de hierba y buscar La última vez que florecieron las lilas en el huerto… Así que creo que el libro me durará hasta el año que viene por estas fechas, pero, desde luego, tengo el disfrute asegurado.

Seguimos con las series: The Newsroom, de la que ya os hablé en julio, progresa adecuadamente y cada capítulo es mucho mejor que el anterior. Una vez que te has acostumbrado al ritmo de metralleta de sus diálogos, sólo queda engancharte a los planteamientos de cada tema.

También continuamos con la quinta temporada de Breaking Bad. ¿Qué os puedo decir que no os haya dicho ya, y que no os la chafe, de esta serie? Sigue siendo maravillosa, y Walter White quedará elevado por siempre al cielo de los grandes personajes del mundo mundial.

Y en cuanto a cine, pues poca cosa. Fuimos a ver, porque queríamos comprobar si estaba a la altura de la anterior y para huir de los fastos pueblerinos de la más grande efeméride que ha vivido esta ciudad en toda su historia, la última de Batman. Entretenida, sin más, sin efusiones de ningún tipo, sin nada que sobresalga (a no ser que nos fijemos en los trapecios de Bane, que qué lástima, cómo se estropean los cuerpos). Para pasar un rato entre fuegos de artificio.

Y hoy no me despido sin dejaros esto que he encontrado mientras buscaba la ilustración de hoy: puzzles para formar de obras de arte (India, he pensado que a tus chikitajus quizá les guste. Yo me he pasado un buen rato entretenida!)

 

Mi primer Ikea, chispas

Hace dos noches se nos rompió el espejo del cuarto de baño. No os preocupéis, no hubo heridos. Ni siquiera el propio espejo, porque de hecho, lo que se rompió fue lo que lo sujetaba a la pared. Eso sí, después del estruendo (que agradecimos fervientemente que se produjera a las doce de la noche, que aún estábamos levantados, y no a las tres de la mañana, que nos habría dado un susto de muerte), cuando llegamos al baño, los diez mil botecitos de todo que se acumulaban felizmente en la repisa del propio espejo, rodaban libres por el suelo. Después de acomodar el espejo en lugar seguro, recogerlo todo y dejar los cables en una situación segura, nos acostamos, no sin agradecer de nuevo la deferencia del espejo de no tirarse de la pared a altas horas de la madrugada.

Así que ayer tocaba comprar espejo nuevo. Más que nada, porque con el chiquitito que nos apañamos (porque no tenemos más remedio) es un rollo. Que sólo te ves la mitad de la cara. Que me tengo que maquillar de oído. Que dejo a la intuición el ir bien peinada. Y que además, no hay luz suficiente para todo lo anterior. Por la mañana me puse a buscar en internet dónde venden espejos BBB. Me metí en la página del lugar ese del triangulito verde más que nada por cercano y global. Y casi se me cayeron las rayas de los ojos que tanto me había costado pintarme por la mañana: espejos de quinientos leiros y más. Que digo yo que me miro en un espejo de esos y el reflejo tiene que ser por lo menos el de Natalie Portman arreglada para salir, porque si no, no lo entiendo. También los había más baratos, claro, pero ya se me quitaron las ganas. Así que me fui a la página del sitio sueco de letras amarillas, éste por global, pero no por cercano, y allí encontré cosas más acordes con mi comatoso estado financiero.

Decidimos pues, después de comer y con el sabor de los calamares todavía pegado a la campanilla, hacer una excursión a ese bonito pueblo de la provincia de Cádiz donde hace tanto fresquito en agosto. Cogimos el tren (por los pelos) y al salir de él en la estación de Jerez, alguien nos dio una bofetada ardiente que no se nos pasó hasta que entramos en un taxi con aire acondicionado. Y de pronto, allí estaba yo, en la puerta del gigante sueco ¡por primera vez! Como sólo íbamos a por el espejo y queríamos volver cuanto antes por si nos daba tiempo a colocarlo, Beaumont me arrastró por los pasillos, obligándome a no mirar, hasta que llegamos al departamento de baños. Elegimos, y como nos salía más barato de lo que esperábamos, decidimos llevarnos también una estantería. Una chica muy amable nos indicó dónde podíamos encontrarla, porque al ser de oferta, no estaba colocada en el almacén. Aún así, cuando llegamos al sitio, tampoco la vimos, con lo que, mientras Beaumont se quedaba con el espejo que ya habíamos encontrado, me dirigí a un señor con pinta de trabajar allí para que me indicara. Yo, que a estas alturas ya estaba hiperventilando y tenía los calamares haciendo estragos en mi tripa, me atropellaba diciéndole al hombre que estaba buscando la estantería MOLGER, pero la de colgar, no la otra, que una chica nos había dicho que estaba allí, pero que no.. El tipo me miraba sin mover una pestaña, y yo seguía hablando como si no hubiera mañana. Hasta que paré para coger aire y el señor me espetó un seco ‘pasillo veinte’ con acento del norte de Europa. Fui hasta donde me dijo, al final para nada, porque se les habían acabado las estanterías de supermegaoferta. Salir de la tienda fue como cruzar el Yunque del Infierno, otra vez, y llegar de nuevo a Cádiz fue de un alivio casi pecaminoso.

Ahora sólo nos queda colocar el espejo. Pero eso deberá ser contado otro día.

Historias de cafetería

Como una Medusa hipnótica, lo tenía acorralado con la mirada. Con la mirada y con las piernas, que para eso anclaba el taburete en el que estaba sentado con el puente de los altísimos tacones. Así se aseguraba que no pudiera huirle. Así lo tenía a su merced y podía susurrarle al oído a su antojo, a pesar de que el inexistente público de la cafetería a aquella hora no impedía la charla a un tono normal.

Las veces que se alejaba más de cinco centímetros de su cara, era para mirarlo directamente a los ojos, o a la boca, con avidez de hambriento. A él no parecía molestarle, pero su papel era el de cachorro indefenso y lo interpretaba a la perfección mientras dejaba que ella le marcara en el brazo una línea blanca con la uña del dedo índice.

Se lo comía con los ojos, con el canto de sirena que era su voz. Ella, que nunca se había sabido bonita y que, ahora que ya no volvería a cumplir los cincuenta, había dejado de pretender serlo. Pero sabía resplandecer como ninguna. Él era un hombre de mediana edad, ni feo ni guapo sino todo lo contrario, un hombre gris al que, sin embargo, le brillaban los ojos como a un adolescente enamorado, y que se sorprendía a cada instante de lo mucho que llegaba a amar a esa mujer. Al fin y al cabo, llevar casi treinta años juntos no es cualquier cosa.

La ilustración, de Geroca.

Historias de cafetería

Como una Medusa hipnótica, lo tenía acorralado con la mirada. Con la mirada y con las piernas, que para eso anclaba el taburete en el que estaba sentado con el puente de los altísimos tacones. Así se aseguraba que no pudiera huirle. Así lo tenía a su merced y podía susurrarle al oído a su antojo, a pesar de que el inexistente público de la cafetería a aquella hora no impedía la charla a un tono normal.

Las veces que se alejaba más de cinco centímetros de su cara, era para mirarlo directamente a los ojos, o a la boca, con avidez de hambriento. A él no parecía molestarle, pero su papel era el de cachorro indefenso y lo interpretaba a la perfección mientras dejaba que ella le marcara en el brazo una línea blanca con la uña del dedo índice.

Se lo comía con los ojos, con el canto de sirena que era su voz. Ella, que nunca se había sabido bonita y que, ahora que ya no volvería a cumplir los cincuenta, había dejado de pretender serlo. Pero sabía resplandecer como ninguna. Él era un hombre de mediana edad, ni feo ni guapo sino todo lo contrario, un hombre gris al que, sin embargo, le brillaban los ojos como a un adolescente enamorado, y que se sorprendía a cada instante de lo mucho que llegaba a amar a esa mujer. Al fin y al cabo, llevar casi treinta años juntos no es cualquier cosa.

La ilustración, de Geroca.

Ana

Llevo el nombre de mi abuela materna. La única abuela que conocí, a la que mis primos, compañeros de juegos, llamaban ‘abuela la vieja’, y que, en realidad, era su bisabuela. Yo no podía llamarla así, aunque cuando yo naciera ella ya tuviera setenta y dos años y pareciera que tenía al menos veinte más (¡qué distintos los abuelos de antes a los de ahora!). Heredé su nombre y, según mi madre, también su genio y el tricornio de su primer marido. Murió cuando yo tenía trece, y todavía recuerdo su olor a jabón y los besos que me daba, apretados, como corresponde a cualquier abuela que se precie, que duraban todo el día. La veo, sentada en su butaca de caña, con el pelo recogido en un eterno moño blanco (qué sorpresa el día que la vi peinándose, con el cabello suelto), su hábito de carmelita de quien pasa media vida de luto sobreviviendo a maridos e hijos, y sus ojos nublados y casi ciegos.

Llevo el nombre de mi abuela materna, quizá lo único que me acompañará toda la vida, quizá lo único que sea yo cuando ya no esté aquí. Ana, la agraciada.

La ilustración, maravillosa, es de Nicoletta Ceccoli.

Detestaciones (III)

Desde que éramos pequeñas, mi madre nos inculcó a mis hermanas y a mí la necesidad del respeto a los demás, y el tema de los ruidos, en esa cuestión, era prioritario,sobre todo en casa. Sufría cuando alguna arrastrábamos una silla o cualquier otro objeto un poco pesado, cuando dábamos un portazo reliado en nuestros juegos. Su mantra era ‘que abajo vive gente’ para tenernos prohibido jugar a la pelota en casa y los patines y sucedáneos estaban totalmente descartados. Alguna vez que pude colarme en su habitación y calzarme sus preciosas plataformas naranjas (para mí eran un tesoro, y supongo que para Herman Monster también), era interceptada inmediatamente en el pasillo, mientras yo paseaba contoneando (más por falta de equilibrio y por llevar un piececito de niña arrastrando un zapato de mujer) mi alter ego de princesa. Las zapatillas eran obligatorias nada más entrar en casa y de lo de gritar gratuitamente, ya ni hablamos.

Cuando éramos niñas, claro está, todo esto era un fastidio, pero el trabajo de mi madre en adiestrarnos en todo ello no cayó en saco roto. Ahora es a mí a quien fastidian los portazos y el arrastrar de muebles, la que se cambia de calzado nada más llegar a casa, se pone los zapatos justo antes de salir por las mañanas e incluso entra con los zapatos en la mano la noche que se me ha ocurrido salir con tacones. Hago lo posible por no molestar, algo que considero imprescindible para la buena convivencia. Pero claro, mi madre es mi madre, y cada uno de mis vecinos tendrá la suya, seguramente igual de honorable y buena persona que la mía, aunque sus hijos sean unos.. , y la gota malaya de la buena educación no debió hacer mella en cada uno de ellos. Por lo menos no en los vecinos de abajo, que son de cine, y discuten, se insultan, gritan y dan portazos en cuatro sesiones diarias, matiné aparte, cuando no lo hacen en sesión continua. Tampoco debió calar en la vecina que se dedica a tender a partir de la una de la madrugada. Que no es que a mí me importe que nadie tienda cuando le pete, pero lo mínimo que podrían hacer, más que nada para que no parezca que están desollando a una piara de cochinos, es ponerle un poco de tres en uno a las carruchas. Y no sé si es la misma u otra distinta la que a tan oportunas horas se pone a recoger la cocina, aunque parece más que tiene montada una bolera delante del lavavajillas, y la que organiza tertulias a la fresquita de la ventana, dos por debajo de la mía, recreando sálvamedeluxes varios y demás abominaciones por el estilo.

No es que yo pretenda vivir en una cabina de audiometría ni mucho menos. Mientras escribo esto, unos niños juegan y ríen en el patio, Beaumont escucha música mientras lee en la habitación de al lado y por el otro patio se oye al delicioso chihuahua del piso de arriba ladrando y a su compañero bugdoll dándole la réplica mezclado con sonidos domésticos. Lo que viene a ser una delicia de tarde.

Ampharou’s library: julio

Me salto junio, ea. Primero porque sí, porque hoy no os voy a contar nada distinto a ayer. Segundo, porque la ilustración del mes pasado en mi calendario Mucha era el Otoño de sus Cuatro estaciones, y, además que ya había utilizado esa ilustración en el blog, no me parecía de recibo ponerla cuando tenemos este verano recién estrenado y casi todavía echan humo las ascuas de San Juan.

Así que pasamos directamente a julio y os traigo las Cabezas bizantinas (la rubia, la morena podéis verla aquí), de nuevo unos paneles gemelos que cualquiera querría en la cabecera de su salón. De nuevo el gusto oriental, estas magníficas cabezas adornadas con profusión de unas joyas que se prolonga hasta el fondo y el marco de los medallones.

Este mes por fin os puedo contar algo de mis lecturas: conseguí terminar La vida y opinones del caballero Tristram Shandy, de Laurence Sterne, con traducción de Javier Marías, al que llegué gracias a la película de Michael Winterbottom y  no pocas tribulaciones: resulta que hace ya bastante tiempo enganché la película un día que zapeaba. La pesqué empezada, y lo que vi me pareció hilarante,así que no quise seguir viéndola para poder verla tranquilamente y entera. Pero empecé a buscar información del tal Tristram Shandy y me empeñé en leer el libro. El único problema es que el libro estaba descatalogado. Empecé a buscar en librerías de segunda mano, pero no encontraba ningún ejemplar en castellano (mi inglés no da ni para leer el título), y mucho menos la traducción de Marías, considerada de referencia. Compré la película, eso sí, pero la dejé aparcada y casi me olvidé. Hasta que un día, cotilleando en mi librería favorita, vi el lomo de un libro que me sonaba: allí estaba Tristram, guiñándome desde la estantería. Lo habían vuelto a editar, y se vino a casa conmigo. Habéis sido testigos de lo que me ha costado leerlo, pero aún así ha merecido la pena. Es un libro divertidísimo, que, desde luego, no se parece a nada que haya leído antes.

También me ha dado tiempo a leer El barón rampante, de Italo Calvino. Todavía sigo con la boca abierta con la poesía de esta fábula que me he bebido en cuatro días, y que no creo que tarde en releer, tal es como la he disfrutado. La historia de un niño que un día decide subirse a un árbol y no bajar nunca más. Ahí lo dejo, para los que no lo hayáis leído.

Y como terminé Tristram Shandy, vi la película: tan desternillante como el libro. Para adaptarlo, Winterbottom acude al recurso de hacer una película dentro de una película (y dentro de una película). Divertidísima.

Aprovechando que en verano no curro (presuntamente) por las tardes, además de tener más tiempo para leer, también lo tengo para ver películas; y a la de Shandy siguió El cielo protector, que también tengo yo delito de no haberla visto antes. Me gustó, pero por encima. Aparte de los paisajes, nada consiguió meterme en la película: diálogos fríos y como metidos a presión, personajes impostados. Eso sí, ha conseguido que ahora tenga unas ganas horrorosas de leerme el libro de Bowles.

Y en el apartado series, terminamos todas las temporadas que teníamos empezadas (Mad Men, The Killing, Juego de Tronos, Breaking Bad). Seguimos con la cuarta de esta última, de la que nos quedan tres capítulos y que va mejorando (sí, es posible) por momentos.

También empezamos a ver The Newsroom (la nueva de Sorkin), que promete muchísimo, y tenemos en parrilla de salida a Inside men, de la que solo tengo buenas referencias.

Seguiremos informando.

 

Moreno absurdo

El fin de semana pasado, concretamente el sábado, me llevaron (llevaron del verbo arrastrar) a un paseo por el Guadalquivir. Como mi relación con los barcos es de odio-odio (ellos me marean y yo les poto encima), y ante la poca previsión existente de que se desencadenara la tormenta perfecta en el delta que hiciese que nos quedásemos felizmente en tierra, me apertreché de biodraminas en cantidades industriales. Como también se esperaba un sol de justicia para ese día, hice acopio de crema factor 50, que una ya está muy mayor para tener que lidiar con un melanoma y bichos similares.

El sábado, resignada ya como estaba a pasar calor y marearme sí o sí, me puse mi sailing look, a saber: unos pantalocitos cortos en tono coral, una camiseta blanca de tirantes y sisa nadadora (¿se llama así de verdad?) y unas sandalias romanas también en tono coral. Fantástica de la muerte.

Una vez en el puerto de Chipiona, mientras esperábamos para saltar al barco, decidimos tomar un café. Yo aproveché el momento para tomarme un doble de biodramina y, mi visita al baño de la cafetería, para embadurnarme la cara de FP.50. Las demás partes expuestas ya las embadurnaría una vez estuviéramos en el barco, pensé.

Así, una vez instalados en la cubierta nosotros y todas las viandas, y arrancados los motores, pensé que era la hora, antes de estar demasiado ocupada echando las tres últimas cenas descolgada en la popa del barco, de seguir con el proceso anti achicharramiento. Abrí el bolso dispuesta a sacar el protector, miré, rebusqué, removí, empecé a sacar tiestos y salió prácticamente de todo… menos el bote de crema, por supuesto. De pronto lo visualicé saliendo a vivir su vida, ahora libre, desde el lavabo de la cafetería del puerto deportivo de Chipiona.

En fin, que el resto lo podéis imaginar. Cuando bajamos del barco, a la hora de comer, ya lucía yo un hermoso color centollo gallego. Cuando llegamos a casa y me quité la ropa para darme una ducha, comprobé que, lógicamente, el color centollo no llegaba más allá de los bordes de la camiseta y el pantalón, así que ahora mismo luzco un moreno veinteañero. Pero no el de una joven de veinte años, de tanga y topless, sino el que lucían nuestros abuelos cuando iban a tomar las aguas a la playa en los años veinte.

Conversaciones bizarras: Ampharou y la Eurocopa

Tres de la tarde. Interior de un coche. Avenida de Cádiz.

¿Viste cómo le ganamos a Francia?

Ahá (le ganaron ellos. Yo es que salí el viernes y el sábado Vicente no me puso de titular)

Ahora quisiera ver yo los muñecos del guiñol… de Francia.

Mmmmm (sí, deben estar ahora mismo todos los franceses tragándose sus palabras)

Y ahora, ¡la final!

Bueno, todavía tienen que jugar con Portugal.. con Cristiano Ronaldo.

¡Es que Ronaldo no debería jugar!

Ya, claro… no lo van a sacar… como no es el mejor jugador que tienen… y con lo mariangustias que es, suerte tendrán si no juega algún minuto.

Claro, pero el muchacho no va a querer marcar goles contra su país.

¿Cómo?

Claro, él es portugués, ¿no? ¡No va a querer marcarle goles a Portugal!

Bueno no… el único detalle es que ÉL juega con Portugal…


PD1:Aunque parezca mentira, la líneas verdes son las que decía yo.

PD2: Sí, el post es una excusa para meter una foto de Xabi Alonso, ¿qué pasa?