Hasta ahora no se había percatado. Todos los años que tenía, y nunca, siquiera, había pensado en ello. Había sido una insulsa compañera en una conversación banal la que le había dado la pista. ‘No me acuerdo de lo guapa que soy hasta que no me miro a un espejo’, había dicho ella. Y entonces se dio cuenta de que ella tampoco sabía cómo era si no se miraba a un espejo. Intentó recordar su cara, mientras la sosa seguía con sus autoalabanzas, pero no pudo imaginársela. Se veía en fotos, eso sí, esa que te recibía al llegar a su casa, sonriente, al lado de su chico guapo. O la que tenía colgada debajo de la de su hija, tan joven.. Su hija… sí, a ella sí podía recordarla, no sólo en fotos. Tenía grabada su cara desde el mismo momento en la que, todavía pringosa y con los ojitos hinchados, se la pusieron sobre la tripa. Podía recordar esa cara en cualquier momento, hasta la edad que ahora tenía, sin dificultad ninguna, igual que podía recordar la de sus padres desde que los conociera allá a principios de los setenta. Podía contar cada arruga que se había ido instalando en sus caras, evocarlos cuando aún no tenían el pelo blanco…
Siguió probando: veía la cara de la gente a la que quería. Reconocía sus gestos, recordaba situaciones y les ponía el rostro que tenían en cada momento.. Quiso ir más allá y traer a la memoria a las personas que hacía tiempo que no estaban: sonrió al imaginar la piel perfecta de su abuela, el gesto adusto de su querida amiga… Bien, los quería, por eso podía verlos ¿y con gente que simplemente había pasado por su vida, sin dejar más huella que haber compartido el pasillo de un instituto o un saludo de vez en cuando? ‘Conocer de vista’ se llama eso, y sí, conocía de vista a mucha gente y podía rememorar la cara de tantos que hasta daba susto. Volvió a la suya: ¿qué aspecto tendría ahora mismo? Se había mirado esta mañana en el espejo, mientras se lavaba los dientes, mientras se peinaba. Se había mirado muy de cerca: tanto, que había vuelto a dibujar sus labios, una vez con el perfilador, otra con el lápiz labial, en un gesto que repetía cada mañana (y algunas noches) desde hace ¿cuánto? Conocía perfectamente sus labios, casi podía pintárselos sin mirarse al espejo, conocía la forma que tenían y aquel lunarcillo casi inapreciable que había aparecido hacía algún tiempo. También conocía sus ojos, el color cambiante, las manchas casi mágicas de sus iris, el largo de sus pestañas. También llevaba décadas pintándolos cada mañana: había variado la moda, pero los ojos seguían siendo los mismos. Sabía cómo era su nariz, descendiente directo de la de su padre, cómo sus cejas, que para eso había pasado tanto tiempo perfilándolas hasta que tomaron el arco justo que le gustaba. Sin mirarse, podía señalar perfectamente dónde estaba el lunar que le pintaba el pómulo y sabía que el contorno de su rostro ya no tenía la tersura de otros tiempos.. pero era incapaz de evocar todo eso en uno, todo el rostro completo, era incapaz de verse a sí misma desde fuera.
El siguiente pensamiento le dio miedo: si se viera por la calle, seguramente pasaría por su lado sin reconocerse.








