
Agosto. Ya queda menos para las vacaciones (¡septiembre, glorioso septiembre!). Mientras tanto, seguimos con don Alphonse. Este mes toca el Mucha de los carteles publicitarios, con éste de 1898 para F. Champanois, imprimeur-editeur. Mucho ha llovido en publicidad desde entonces, pero viendo algunos anuncios de ahora, dan ganas de darle al publicista con el marco de este cartel en la boca y ponerle a escribir mil veces ‘caca no’.
Seguimos en este cartel con las señoras ‘Mucha’, señoras sobrenaturales, etéreas, enmarcadas en las joyas que lucen, en sus propios cabellos, en la voluptuosidad de sus vestidos que se enredan con el fondo de flores y figuras geométricas. Señoras que convencen porque miran fijamente y con franqueza. Además, ¿quién puede negarse a la dulzura de esos rostros?
Las lecturas, igual que durante el resto del año, han estado escasas. Pero tiene su motivo: empecé a leer la Anatomía de la influencia, de Harold Bloom. Para los que no lo sepáis, Bloom es un crítico literario que, además, es la persona que yo quisiera ser de mayor (ya soy mayor, así que yo quiero ser como él ¡ya!). Harold Bloom tiene ochenta y dos años, lleva siendo profesor de literatura en Yale desde los veinticinco y el libro que estoy leyendo ahora lo escribió el año pasado. Bloom es un señor que aprendió a hablar nosecuántos idiomas sólo por el placer de leer en su lengua original cada obra. Harold Bloom, en definitiva, contagia su amor por la literatura al que se acerca a su obra y te hace querer leer cuanto antes todos los títulos de los que habla y conocer a cada autor de su mano.
Bien, pues como os digo, leo su Anatomía de la influencia. En los primeros capítulos habla de Shakespeare, y nombra y renombra al Rey Lear. Y yo, que hace mil que lo leí, lo busco ufana en mi estantería, aparco la Anatomía y me pongo con Lear. Sigue hablando de Milton. Y yo, que no tengo ningún libro suyo, me pongo a buscar fragmentos de El paraíso perdido, para comprobar la maravilla de personaje que es Satán, del que Bloom se declara enamorado. Sigo con la Influencia, y ahora habla de Whitman… y estoy deseando llegar a casa, coger mis Hojas de hierba y buscar La última vez que florecieron las lilas en el huerto… Así que creo que el libro me durará hasta el año que viene por estas fechas, pero, desde luego, tengo el disfrute asegurado.
Seguimos con las series: The Newsroom, de la que ya os hablé en julio, progresa adecuadamente y cada capítulo es mucho mejor que el anterior. Una vez que te has acostumbrado al ritmo de metralleta de sus diálogos, sólo queda engancharte a los planteamientos de cada tema.
También continuamos con la quinta temporada de Breaking Bad. ¿Qué os puedo decir que no os haya dicho ya, y que no os la chafe, de esta serie? Sigue siendo maravillosa, y Walter White quedará elevado por siempre al cielo de los grandes personajes del mundo mundial.
Y en cuanto a cine, pues poca cosa. Fuimos a ver, porque queríamos comprobar si estaba a la altura de la anterior y para huir de los fastos pueblerinos de la más grande efeméride que ha vivido esta ciudad en toda su historia, la última de Batman. Entretenida, sin más, sin efusiones de ningún tipo, sin nada que sobresalga (a no ser que nos fijemos en los trapecios de Bane, que qué lástima, cómo se estropean los cuerpos). Para pasar un rato entre fuegos de artificio.
Y hoy no me despido sin dejaros esto que he encontrado mientras buscaba la ilustración de hoy: puzzles para formar de obras de arte (India, he pensado que a tus chikitajus quizá les guste. Yo me he pasado un buen rato entretenida!)