Una parte (ínfima) de mi faena de todos los días es copiar el texto de documentos que me envían de diversos organismos, unificarlos en uno solo, y reenviarlo a su vez a otro lugar. Sería tarea fácil, Ctrl+C-Ctrl+V y vámonos que nos vamos, a otra cosa, mariposilla, que tienes mucho que hacer. Pero no, no puede ser así, porque a mí me da vergüenza que alguien, me conozca o no, reciba de mí un documento en el estado que sería el resultante de ese copiar y pegar. Así que una vez que lo tengo todo recopilado, tengo que corregirlo. No para que cuadren todos los estilos, no, qué más quisiera: corregirlo ortográficamente. Porque vale que con las prisas que hacemos las cosas, a todos se nos ha escurrido un dedo en una tecla y metemos letras donde no son. Vale también que la ‘b’ y la ‘v’ están una al lado de la otra en el teclado, aunque al leer el resultado te sangren los ojos, pero que alguien que se supone que tiene estudios (con que haya acabado primaria ya tendría que valer) pase de las tildes como si fueran una creación del demonio, escriba repetidamente ‘Vicentenario’ u ‘hoya’ como el recipiente donde se preparan las comidas, por sólo poner algunos ejemplos, y no de los más sangrantes, es para darse cabezazos contra la esquina del monitor. Que estoy pensando en demandarlos por daños y perjuicios por cómo me aumentan las dioptrías al leer según qué cosas, o, y quizá esto sí que lo haga, devolverles los escritos corregidos con boli rojo y un cero en el encabezamiento.
Y no es sólo en el curro, claro. Navegas por la red, entras en FB, lees cosas y te entran ganas de arrancarte los ojos. Ves la tele, lees subtítulos y sólo los perdonas porque te tienen listo el capítulo apenas doce horas después de su estreno, pero das un respingo cuando encuentras una ‘g’ donde tenía que ir ‘j’, o un (mi favorito) ‘a ver’ por ‘haber’.
No es que yo vaya buscando las faltas de ortografía, es que en serio que me saltan solas a los ojos y hacen que se me encojan mis pobres lentillas de pura angustia.








