Detestaciones (II)

Una parte (ínfima) de mi faena de todos los días es copiar el texto de documentos que me envían de diversos organismos, unificarlos en uno solo, y reenviarlo a su vez a otro lugar. Sería tarea fácil, Ctrl+C-Ctrl+V y vámonos que nos vamos, a otra cosa, mariposilla, que tienes mucho que hacer. Pero no, no puede ser así, porque a mí me da vergüenza que alguien, me conozca o no, reciba de mí un documento en el estado que sería el resultante de ese copiar y pegar. Así que una vez que lo tengo todo recopilado, tengo que corregirlo. No para que cuadren todos los estilos, no, qué más quisiera: corregirlo ortográficamente. Porque vale que con las prisas que hacemos las cosas, a todos se nos ha escurrido un dedo en una tecla y metemos letras donde no son. Vale también que la ‘b’ y la ‘v’ están una al lado de la otra en el teclado, aunque al leer el resultado te sangren los ojos, pero que alguien que se supone que tiene estudios (con que haya acabado primaria ya tendría que valer) pase de las tildes como si fueran una creación del demonio, escriba repetidamente ‘Vicentenario’ u ‘hoya’ como el recipiente donde se preparan las comidas, por sólo poner algunos ejemplos, y no de los más sangrantes, es para darse cabezazos contra la esquina del monitor. Que estoy pensando en demandarlos por daños y perjuicios por cómo me aumentan las dioptrías al leer según qué cosas, o, y quizá esto sí que lo haga, devolverles los escritos corregidos con boli rojo y un cero en el encabezamiento.

Y no es sólo en el curro, claro. Navegas por la red, entras en FB, lees cosas y te entran ganas de arrancarte los ojos. Ves la tele, lees subtítulos y sólo los perdonas porque te tienen listo el capítulo apenas doce horas después de su estreno, pero das un respingo cuando encuentras una ‘g’ donde tenía que ir ‘j’, o un (mi favorito) ‘a ver’ por ‘haber’.

No es que yo vaya buscando las faltas de ortografía, es que en serio que me saltan solas a los ojos y hacen que se me encojan mis pobres lentillas de pura angustia.

Como te digo una cosa, te digo la otra.

Ya que me habéis aguantado los cambios y recambios de curro, las pataletas que me daban en el cafetal chungo y los cantos de las bondades del cafetal molón, es de ley que os cuente la buena nueva que tuvo lugar el viernes pasado.

Fue hace casi dos años cuando un día que llegaba arrastrándome al cafetal chungo, después de haberle asegurado mil veces a Beaumont que me dolía la tripa y que no quería ir, me encontré allí a J., esperándome. J. es un compañero con el que había trabajado hacía mil años, el mejor sin duda de todos los que he tenido hasta ahora. Venía a hacerme una proposición (decente). Él llevaba algún tiempo trabajando en el cafetal molón y la compañera que tenía por aquél entonces, se iba. Como es un lugar donde hace falta dos personas sí o sí (cuando no tres), él había propuesto mi nombre como sustituta de esa chica. Antes de que me contara las condiciones, yo ya me veía con las maletas hechas. Ya había trabajado antes repartiendo cápsulas de café, y eso me encantaba. Además, podría perder de vista a la panda de oligofrénicos que tenía por compañeros.

En fin, por supuesto que tuve que entrevistarme con los dueños del cafetal molón, que parecieron muy contentos con que me mudara allí. Los que no lo parecieron tanto fueron los dueños del cafetal chungo, que pusieron todas las trabas que pudieron y alguna más que se inventaron. Sólo tenía una salida, y como una Scarlett O’Hara cualquiera, poniendo a Visnú por testigo, renuncié a mi plaza allí para poder marcharme. Cogí mi orquídea, y sin mirar atrás, me encajé en mi nuevo destino.

Y digo bien, me encajé. Porque allí tenía mi mesa, mi silla, mi ordenador, mi balcón a la calle, a mi querido J. enseñándome y haciéndome el trabajo más fácil y agradable… pero no tenía plaza. Estaba en el limbo de los funcionarios, que es un lugar que, además, parece ser que ahora no existe. Y allí estaba yo, contenta como una perdiz, pero de prestado. J. se fue, o lo fueron (y todavía lo echo de menos. Mil.), llegó T. y consiguió su silla en propiedad mientras que yo seguía con la mía prestada… hasta este viernes, que he salido en unos papeles que dicen, por fin, que yo soy yo y mi circunstancia. Que al fin y al cabo es lo mismo, porque voy a cobrar igual, voy a seguir repartiendo las mismas cápsulillas de café, haciendo más horas que un cuco y teniendo los mismos compañeros. Y que el día que dé mal las vueltas, me van a echar igual, porque aquí firmas el nombramiento y la patada en el culo el mismo día, pero qué queréis que os diga: a mí es que me mola ser yo.

Actores que me ponen de mal humor.

Es extraño el mundo de las filias y las fobias, y más extraño aún cuando lo aplicas a las personas: ¿por qué alguien te cae bien nada más conocerlo? ¿por qué algunas personas, sin tener que cruzar con ellas una palabra siquiera, producen en nosotros el más profundo rechazo? Gracias a Tutatis, muchas veces, cuando empiezas a conocer a esas personas más a fondo, te deshaces de esa idea preconcebida y a quien en un principio hubieses vomitado encima, termina siendo un ser encantador y tu amigo del alma. La contrapartida es que puede suceder que a quien fue adorable en un principio, acabes queriendo sacarle los ojos a la primera de cambio.

Eso nos sucede con personas de carne y hueso, que tenemos delante, a las que podemos ver, oler, pellizcar, de las que vemos gestos y manías. ¿Y a las que vemos detrás de una pantalla, a los que no pertenecen ni gestos ni muecas sino que sólo son un personaje detrás de otro? Pues bien, hoy, copiando absoluta y descaradamente el título de una de las secciones de la revista Esquire, os presento a mis actores ‘favoritos’, como los llama Beaumont, es decir, actores de los que basta su nombre en los créditos de una película para que le eche la cruz y prefiera dejar que me hagan una endodoncia antes que verla. No es cuestión de que sean guapos o feos, da igual la nacionalidad, la edad o el color de los ojos: hubo un momento en el que dije ‘no lo soporto’ y hasta ahí llegamos.

En esta lista, por cierto, no incluyo ni a Steven Seagal ni a Chuck Norris. Es una lista de actores, recordáis?

Kurt Russell: No puedo con él, lo siento. Y eso que Stargate es una película que me gustó bastante cuando la vi. La única de todas las que sale que he visto, por cierto. Después no he querido volver a tentar la suerte. Es engancharlo en un zapping y que se me mueva el pulgar como si estuviese poseído.

Colin Farrell: Más conocido como Falín, ¡Corre!. De él he visto poquitas, en las que además, salía casi nada. Ah, sí, y Alejandro Magno, que de por sí, ya me parece infumable. Memorable el pelucón absurdo que lleva.

Nicolas Cage: El horror. Con menos expresión que un ladrillo, tiene, además, un severo problema capilar (¿quién demonios se queda calvo empezando por las patillas?). ¡Y mira que en Hechizo de luna me parecía atractivo! (claro que la película también me encantaba, muestra de la falta de criterio que tiene una).

Russell Crowe: Un momento… empiezo a creer que el verdadero problema lo tengo con las ‘elles’ y las dobles ‘erres’ en una misma palabra… No, no puede ser eso. Mi querido Russell, lo siento, es al que menos puedo soportar. Ya sé que tiene club de fans, que mucha gente tiene a Gladiator como su película de cabecera, pero a mí me da repelús sólo con oír su nombre. Es monogesto, y su mirada acero azul de perdonavidas me da una grima horrorosa. Confieso que vi Gladiator y que me reí bastante (no creo que ese fuera el propósito de Ridley Scott), que vi Master and Commander sólo porque me dijeron que aparecía la Suite para cello de Bach (y, quitando esa pieza, también me reí con la peli) y que, en un arrebato de pasión por las comedias románticas de mi partenaire, también vi Un buen año: solo me sirvió para reafirmarme en el pensamiento de que hay canguros que me provocan más ternura que este señor (por aquello de compararlo con otro australiano).

Estos son algunos de ellos. Los que se me ocurren ahora, vamos. Pero id tirando, id tirando de la manta con los comentarios, que seguro que se me ocurren una veintena más.

Ampharou’s library: mayo

Me salté el mes de abril, lo siento. Y casi el de mayo, al que ya le quedan pocas horas, pero aquí estoy, para contaros las pocas novedades de mi library.

Seguimos con Mucha. Ésta que corona el post es la ilustración que correspondía al mes de abril en mi calendario. No la puse en su día y me gusta más que la que aparece en mayo. Con ella seguimos con los paneles de series que elaboraba el artista, ya que esta obra, ‘Hiedra‘ es pareja a una llamada ‘Laurel‘ . Seguimos con los cuadros joya, con las recreaciones de caracteres clásicos, con la voluptuosidad de las formas y los adornos. Mujeres impresionantes en medallones de gusto heleno. ¿Quién no quisiera una pareja de éstas adornando su salón?

Poco tengo que contaros sobre mis lecturas. Sigo con el Tristram Shandy de Sterne. Lo estoy disfrutando muchísimo, pero, aunque ya estoy casi terminándolo, se me está haciendo eterno. Tener apenas veinte minutos al día para dedicárselos, siendo un libro de casi novecientas páginas, está haciendo que me dure lo que me está durando: una eternidad y media. Y estoy deseando acabármelo para poder hablaros de él, de mis cuitas con él, para ver la película y comentárosla también.

En cuanto a películas, en estos dos meses, poca cosa también. Enganchamos un día, mientras hacíamos zapping, Watchmen. No soy muy amante de los comics (salvo los Mortadelo de mi infancia), pero Beaumont insiste en que debería leerme la obra de Alan Moore. La película (bajo mi escaso interés por este género) me pareció un divertimento con mensaje (o moralina). Curiosa cuanto menos.

También, en otro zappeo, nos quedamos viendo Syriana. Cada vez me gusta más George Clooney, aunque salga gordo  y con barba. Me gusta el tipo de la imagen que da. Me gusta que se atreva con críticas como ésta, o como la fantástica ‘Los idus de marzo’, que ya hace meses que vimos.

Otra de las que vi en televisión (ya veis que el cine lo pisamos poco) fue Me enamore de una bruja: encantadora (en todos los sentidos) Kim Novak y su Pyewacket.

Y bueno, el no tener tiempo para lecturas ni para cine será por algo: series. Que no se puede estar en todo, oigas, y nosotros estamos en casi todas. Seguimos con la tercera de Breaking Bad, aunque la pobre la vemos cuando ya hemos agotado todos los capítulos de las demás, y eso que es maravillosa (cuando la hayamos terminado y la vea con perspectiva, comentaré más de ella). Seguimos con la quinta de Mad Men, cada día mejor. Seguimos con la segunda de Juego de Tronos, que cada día me gusta más (Lovely: ¿Drogo o Tyrion?). Seguimos con la segunda de The Killing, que a pesar de que avanza y avanza, no consigo verle el final a la trama.  Y vimos Black Mirror, por recomendación encarecida de Endora, aunque esto merece un punto y aparte.

Black Mirror es una miniserie británica de tres capítulos, cada uno de ellos autoconclusivo. El black mirror del título hace referencia a las pantallas, y de eso va, de cómo incide, o incidirá, en nosotros la tecnología. El planteamiento es brutal, sólo hay que ver los primeros diez minutos del primer capítulo, y las conclusiones que se sacan de cada uno de ellos, demoledoras. Absolutamente recomendable. Eso sí, no me hago cargo del mal rollito que se os quede a cada uno después de verla.

Seguiremos informando.

 

Pequeños relatos

Pero…

Por fin, allí estaba. Hacía un cuarto de hora que estaba sentado en aquella oficina, en el sillón de cuero enfrente de su jefe. Y éste llevaba ese mismo tiempo cantando el buen hacer y la profesionalidad de Felipe durante todos los años que hacía que trabajaba allí. Felipe sabía que tanta cera no podía ser buena, y que en algún momento de aquel discurso terminaría por llegar el ‘pero’. De todas formas, hacía días que lo esperaba, aquello no podía durar, su fantasía tenía los días contados desde el principio.

Felipe se esforzaba en mirar a la cara de su jefe mientras éste le iba diciendo que no podía seguir así, que ya habían recibido muchas quejas, que las comunidades de propietarios de la calle Alborán estaban dispuestas a llegar a mayores si no se ponía remedio. Y de veras que miraba aquel rostro familiar, pero lo que veía, a través de él, no era sino esa callecita, el paso entre dos avenidas, demasiado estrecha para ser una vía importante. Si ni siquiera había un solo comercio, sólo un par de despachos profesionales y tres o cuatro entradas a viviendas. Pero era una hermosura de calle, en la que sólo entraba el sol oblicuo de las primeras horas de la mañana. Una calle fresca, expuesta a la brisa del mar, pero, y eso es lo que la hacía especial, cuajada de lilos.

El jefe seguía con su sermón, que no era más que una llamada de atención disfrazada de disculpas encadenadas a las que le llevaba el aprecio que le tenía a Felipe. Quería solucionar esto con él sin tener que tomar una determinación drástica. Quería que comprendiera que no estaba bien lo que estaba haciendo, que fuera él mismo el que desistiese de su fútil empeño.

Felipe escuchaba pero no atendía. Sólo oía el rumor de las hojas de los árboles mecidas por la brisa constante en Alborán. Podía sentir la sombra en su piel, ver la lluvia de pequeñas flores que desencadenaba cada soplo de aire, oler la fragancia intensa de las diminutas lilas que formaban una espesa alfombra por toda la calle, llenando los alcorques, dibujando las aceras e inundando los capós de los coches aparcados. Un suelo cuajado de flores. Poco le importaban a él los envoltorios arrugados, las colillas y hasta las cacas de perro. Poco le importaba la suciedad de los humanos, si quitarla significaba hacer desaparecer también las flores y el aroma que emanaban.

El jefe había ido dejando atrás la voluntad de entendimiento y había atajado hacia la suspensión de empleo y sueldo si Felipe no recobraba la razón y dejaba, al día siguiente, la calle Alborán tan limpia como las demás de su zona.

Felipe se levantó, abrió la puerta y, ahora sí, mirando a su jefe, se despidió hasta el fin de la primavera.

Pequeños relatos

Pero…

Por fin, allí estaba. Hacía un cuarto de hora que estaba sentado en aquella oficina, en el sillón de cuero enfrente de su jefe. Y éste llevaba ese mismo tiempo cantando el buen hacer y la profesionalidad de Felipe durante todos los años que hacía que trabajaba allí. Felipe sabía que tanta cera no podía ser buena, y que en algún momento de aquel discurso terminaría por llegar el ‘pero’. De todas formas, hacía días que lo esperaba, aquello no podía durar, su fantasía tenía los días contados desde el principio.

Felipe se esforzaba en mirar a la cara de su jefe mientras éste le iba diciendo que no podía seguir así, que ya habían recibido muchas quejas, que las comunidades de propietarios de la calle Alborán estaban dispuestas a llegar a mayores si no se ponía remedio. Y de veras que miraba aquel rostro familiar, pero lo que veía, a través de él, no era sino esa callecita, el paso entre dos avenidas, demasiado estrecha para ser una vía importante. Si ni siquiera había un solo comercio, sólo un par de despachos profesionales y tres o cuatro entradas a viviendas. Pero era una hermosura de calle, en la que sólo entraba el sol oblicuo de las primeras horas de la mañana. Una calle fresca, expuesta a la brisa del mar, pero, y eso es lo que la hacía especial, cuajada de lilos.

El jefe seguía con su sermón, que no era más que una llamada de atención disfrazada de disculpas encadenadas a las que le llevaba el aprecio que le tenía a Felipe. Quería solucionar esto con él sin tener que tomar una determinación drástica. Quería que comprendiera que no estaba bien lo que estaba haciendo, que fuera él mismo el que desistiese de su fútil empeño.

Felipe escuchaba pero no atendía. Sólo oía el rumor de las hojas de los árboles mecidas por la brisa constante en Alborán. Podía sentir la sombra en su piel, ver la lluvia de pequeñas flores que desencadenaba cada soplo de aire, oler la fragancia intensa de las diminutas lilas que formaban una espesa alfombra por toda la calle, llenando los alcorques, dibujando las aceras e inundando los capós de los coches aparcados. Un suelo cuajado de flores. Poco le importaban a él los envoltorios arrugados, las colillas y hasta las cacas de perro. Poco le importaba la suciedad de los humanos, si quitarla significaba hacer desaparecer también las flores y el aroma que emanaban.

El jefe había ido dejando atrás la voluntad de entendimiento y había atajado hacia la suspensión de empleo y sueldo si Felipe no recobraba la razón y dejaba, al día siguiente, la calle Alborán tan limpia como las demás de su zona.

Felipe se levantó, abrió la puerta y, ahora sí, mirando a su jefe, se despidió hasta el fin de la primavera.

Detestaciones.

Perdón por la palabra, pero no se me ocurría otra para la serie que hoy comienzo. Iba a ser al principio ‘Cosas que detesto’, pero la mayoría no son cosas, sino actitudes o situaciones. Tampoco podía llamarlas ‘Detestables’, porque es algo personal y, por tanto, subjetivo, y a lo mejor vosotros no estáis de acuerdo con esa consideración. Tampoco son odios. Odio es una palabra muy grande, y desde luego, la guardo para cosas mayores que éstas.

Una de mis detestaciones es esa gente que van diciendo de sí mismas ‘Yo es que soy una persona… ‘ (rellenar los puntos suspensivos con la coletilla apropiada para cada vez), y de entre ellas, mis favoritas son las que terminan la frase con un ‘muy sincera’. Veamos el por qué de esta detestación: para empezar, ¿se puede ser muy sincera o poco sincera? Si eres sincero, lo eres, ya está, no hay gradación en eso. Si no lo eres, no eres ‘poco sincero’, sino directamente un mentiroso. Y después, ¿qué me quieres contar con esa aseveración? ¿es una amenaza? ¿una advertencia? ¿quieres decir que tú lo eres en contraposición a que yo no lo soy? ¿tú la tienes más larga (la sinceridad)?… No. En realidad, cuando alguien, hinchando el pecho como un palomo y mirándote como si acabara de poner un huevo, te suelta la frasecita, lo que deberíamos escuchar es ‘mira, chavalín, éste es el trato: en esto que nos traemos entre manos, tú me vas a contar toooooooodo lo que sabes/descubras/aprendas, y a cambio, yo te contaré lo que me interese que sepas, que será verdad, por supuesto, aunque no toda, y que tú tomarás como dogma de fe, recuerda que soy yo el que te lo digo, una persona muy sincera. Ah, y para que no queden dudas, que sepas que si algún día hay que salvar un culo con lo que entre tú y yo sabemos, el mío siempre va a quedar arriba y bien tapadito, que para eso voy enarbolando lo sincero que soy como un estandarte de bonhomía’.

Las personas que son… rara vez terminan la frase con algo negativo. El ego inflado es lo que tiene, y hasta de los defectos saben sacar virtudes que pretenden refregar por los pasmados morros de quienes los escuchan. Si por ejemplo entonan la frasecita para decir que no tienen ni pajolera idea de algo, a tus oídos sonará como si ese conocimiento que a ellos les falta y que tú sí tienes, fuera la peste, que por nada en el mundo se rebajarían a poseerlo y mucho menos a intentarlo, pero eso sí, ya que tú lo tienes y a ellos les hace falta, a partir de ese momento pasas a ser su esclavo  con contrato indefinido.

Las personas que son… pueden ser muchas cosas a la vez, y te sorprenderán con la revelación contándotela como si fuera un secreto. Claro que te sorprenderán la primera vez, porque la repiten como un estribillo reggaetonero, y pronto descubrirás que tampoco es un secreto, o que lo es a voces, porque la misma cantinela con la que quiere convencerte a ti se la canta a quién quiera escucharlo.

Porque tú la primera vez que te encuentras con una persona que es… te lo crees. Incluso la admiras por abrirse a ti a la segunda palabra que intercambiáis. Hasta que descubres que es un camelo tan grande como la península escandinava, que esa sinceridad, honestidad, y que todas las ‘dad’ molonas que proclaman como propias y exclusivas sólo esconden la puñalada que te vas a llevar.

La ilustración es de Fernando Rossia, magnífico descubrimiento de un tesoro.

Printemps

La primavera ha llegado. Lo saben las golondrinas, que ya revolotean al salir y ponerse el sol, haciendo unos quiebros fantásticos en el aire. También lo sabe el mirlo que es el dueño en estos meses de la acacia triste de la avenida. Lo sabe la propia acacia, que vuelve a retoñar en verdes las hojas perdidas por el ficus. Lo saben las enredaderas de un colegio de monjas cercano, con su profusión de amarillo… todos ellos lo llevan escrito en algún lugar, todos son herederos de otros que fueron antes que ellos.

Pero nosotros no lo sabemos. Nosotros miramos por la ventana y vemos un cielo cubierto y un viento endiablado que nos impide soltar las prendas de abrigo. Pasan los días en el calendario, los escaparates se visten de colores y ropas más frescas y yo sigo tirando de botas cuando me visto por las mañanas. Este año, cuando nos adentremos en el verano, ni las pijis ni los erasmus estarán morenos a no ser que tiren de rayos uva… porque a ver quién es el guapo que expones sus carnes a este temporal continuo. La semana santa se puso farruca y así continuamos, con una lluvia que quiere y no puede, las peluquerías en crisis y yo arrancando jirones de unas banderas que ya no saben dónde agarrarse.

Pero, primero, porque me dio envidia esta entrada de Exter (aunque yo sea mujer de una sola planta), segundo porque todavía no había puesto la tradicional foto este año,  tercero, porque como espere a que el nombre de la estación acompañe, posiblemente la pobre ya no esté tan resultona, reventona y rechulona, y cuarto, para paliar un poco el aire apocalíptico que se le había quedado suspendido a este blog desde la última entrada, aquí os dejo la fotito de mi phalaenopsis (phala para los amigos), para que la añadáis a su time line:

Pompas

Recuerdo cuando era pequeña, muy pequeña, que jugaba con mis primos o con la vecinita de la puerta de enfrente (bueno, yo jugaba con ella y ella me sufría), que uno de los pasatiempos favoritos era hacer pompas de jabón. Para ello, debíamos ponernos muy pesados (cosa que debía ser día sí y día también) hasta que a mi madre, por tenernos un rato entretenidos, llenaba medio vaso de agua, le echaba un chorreón de Mistol y nos lo daba junto a un boli Bic al que le había sacado la mina y quitado el tapón y el capuchón. Bajo amenaza severa para que no saliéramos de allí y le empercocháramos toda la casa, nos desterraba a la terraza en esas tardes interminables de verano, sin saber que ese era el mejor lugar para hacer pompas, porque, en su suelo de losas de barro, era donde mejor quedaban dibujados los esqueletos de las burbujas muertas.

El juego se dividía entre el que tenía la cánula y fabricaba las pompas, cuyo mayor propósito era hacer que salieran el mayor número posible de cada soplido, y los que esperábamos turnos, que nos dedicábamos, como pequeños cabrones, a explotar rápidamente todas las burbujas antes de que llegaran al suelo. Pero una vez sofocado el primer fragor, cuando era tiempo de pasar a un nuevo juego, yo prefería quedarme, dueña absoluta, ahora sí, de los restos del agua jabonosa y del boli bic, y hacerlas tranquila, sin competiciones, dejándolas reposar con cuidado sobre una superficie lisa. El objetivo era hacerlas lo más grande posibles y entonces observarlas. Llegué convertirme en una experta del ciclo vital de las pompas de jabón: sabía que, recién hechas, reflejan los colores del arcoíris perfectamente concéntricos, perfectamente alineados, para, al poco tiempo, y sin que medie influencia exterior, pero como movidas por una suave brisa, el centro imaginario (¿acaso no lo era todo?) de esos círculos desaparece y los colores empiezan a ondularse como a ritmo de latidos, hasta que ¡oh!, aparecen unas manchas negras. Estas manchas son al principio apenas unos puntos minúsculos que hacen que los colores se retuerzan en torno a ellos, en espirales que se mueven rápidamente lo mismo hacia un lado como hacia el otro. Luego lo negro va creciendo, y el espectro comienza a diluirse poco a poco en esa superficie líquida. Cuando ya no queda nada de color, la pompa explota, por mucho cuidado que pongas, por mucho que trates de evitarlo, en cien mil o más pequeñísimas gotas de agua, dejando un círculo en el lugar que fue.

Me he acordado mucho los últimos días de estos juegos infantiles. Y me he acordado porque he vuelto a vivirlos. Sin pompas, eso sí, sin agua jabonosa, sin boli bic. Ampharou, la que veía colores a la hora de dormir, la de los remansos de agua cuando cerraba los ojos, ahora sólo ve espirales de manchas negras que giran y se retuercen, que bailan una danza macabra que funde en negro cuando aprieto los ojos. Son malos tiempos para la lírica, y hasta las pompas lo saben.

 

Ampharou’s library: marzo

Continuamos con el año Mucha. Marzo corresponde a las flores (ya os dije que el editor del almanaque debía tener los meses cambiados, el hombre), y aunque aquí os dejo el panel completo, en mi calendario sólo aparecen las rosas y las azucenas. También había comentado que Mucha trabajaba bastante este tipo de composiciones, mostrando los todos de cuatro en cuatro partes (las estaciones, las fases de la luna, las flores, las horas del día…), siempre con decoración y colores naturales, y líneas sensuales y vaporosas.

Navegando por estos mundos virtuales en busca de la ilustración que correspondía, he encontrado el dossier de prensa de la exposición que tuve la enorme suerte de ver hace ya cuatro años, en el CaixaForum de Madrid: Mucha, seducción, modernidad y utopía. Si tenéis curiosidad (y paciencia) y le echáis un vistazo, comprobaréis que el título de la exposición no podía encajar mejor en este artista, y así podréis conocer también la faceta de patriota que espero que el almanaque nos dé la oportunidad de conocer a través de su obra.

Y ahora es cuando me entra la vergüenza: al confesar que me he quedado atorada con el libro que me estoy leyendo y que lo llevo fatal. Y no es por él, es por mí, que entre que tengo poco tiempo, que el poco que tengo lo pierdo miserablemente, que el libro tiene un formato “tocho inmundo” y que se me ha partido un bolso y en el que me ha quedado (negro) no me cabe, el caso es que, aunque estaba deseando leerlo (cuando lo termine contaré mis cuitas con él) y es sumamente divertido, al final me voy a ver la película antes de acabarlo.

Y hablando de película. Que corría el año 1982 cuando yo veía de estreno, en el Teatro Andalucía de Cádiz, Blade Runner. Y me impactó, claro, que yo entonces era muy joven, la historia, la estética, la oscuridad, el agua cayendo continuamente… y Rutger Hauer. Y hace un par de sábados solamente, y más que nada por escuchar una frase, volvimos a verla.  Me encantó más todavía, y Roy me terminó de enamorar. Delito tengo yo de no haberla vuelto a ver en ¡treinta años!

Y en cuanto a series, que Vinti me pedía novedades el otro día, seguimos con Breaking Bad, royéndonos las uñas, eso sí, porque el domingo pasado se estrenó la nueva temporada de Mad Men (no sé lo que hacer con los dos capítulos que ya tenemos, si verlos ya o esperar a que termine la temporada y verla de tirón) y el próximo se estrena la segunda de Juego de Tronos. Como le decía el otro día a mi querido Lovely, ¡se me acumula la faena!