Kato

Llevo días retrasando este post. Incluso hoy, cuando ya había decidido escribirlo, he dado mil vueltas antes de ponerme a ello, pero como desde que lo adoptamos ha sido un tema recurrente en este blog, es de justicia que lo sepáis también.

Ya os conté que estaba pachucho. En realidad, algo más que pachucho. Una enfermedad que es bastante letal para los mininos. Y Kato peleó con uñas y dientes. Aguantó hasta más allá de la explicación del veterinario. Aparte de ser malísimo, era un campeón y eso se notaba.

No voy a hacer un post lacrimógeno de enfermedades y muerte ni de exaltación de la bondad de las mascotas en general y de Kato en particular. Los que tenéis o habéis tenido animales ya lo sabéis.

Podía contaros muchas más cosas de él, pero eso ya queda para nosotros, los humanos y los felinos que tuvimos la suerte de compartir su espacio vital estos veinte meses.

El sábado pasado lo llevamos por última vez al veterinario. Ahora estará haciéndole emboscadas a otros gatos en cualquier otro lugar.

Tensión.

Ese momento tenso en el que tú has comprado una loción antiacné y la señorita dependienta de la tienda de cosmética, pintada como una puerta, con el perfilador de labios doce tonos por encima del color del lápiz labial, después de decirte que hay un veinte por ciento de descuento en la ‘gabina’ de estética, te mete en la bolsa fantástica, ecológica, sostenible y reutilizable, dos muestras de rellenador de arrugas y de crema efecto lifting.

Tensión.

Ese momento tenso en el que tú has comprado una loción antiacné y la señorita dependienta de la tienda de cosmética, pintada como una puerta, con el perfilador de labios doce tonos por encima del color del lápiz labial, después de decirte que hay un veinte por ciento de descuento en la ‘gabina’ de estética, te mete en la bolsa fantástica, ecológica, sostenible y reutilizable, dos muestras de rellenador de arrugas y de crema efecto lifting.

Lola

Lola paseaba alrededor de la urbanización con Truco, el viejo cocker spaniel que había muerto cuando ella tenía trece años. Más valía que se diese prisa si quería llegar a tiempo, pero es que así, de noche, todas las casas le parecían iguales. Bueno, no las casas, que no llegaba a verlas detrás de aquellas tapias tan altas y esa profusión de adelfas, jazmines y buganvillas. Acertó a pasar por una que tenía el portón abierto. Dentro, parecía que se celebraba una verbena: un chozo al fondo a modo de barra de bar, adornado con mil lamparillas de colores, y hasta él, un camino bordeado de velas. Al cruzarlo, tuvo que poner cuidado en no tropezarse con las mesas altas de aquella improvisada terraza veraniega, porque podría hacer caer las damajuanas que llenaban cada una de ellas y tendría que volver al principio del camino. Decidió entonces que sería mejor hacerlo por la acequia que pasaba por detrás de ellas, aunque estuviera llena de hojas secas.

Así, consiguió llegar hasta la casa. Cruzó el zaguán y subió las desvencijadas escaleras de la casa de su abuela, con su pasamanos de hierro pintado de verde. En uno de los rellanos, tuvo que dejar pasar a un bebé que bajaba bailando. Siguió hasta el último tramo y abrió la puerta. Por fin, la azotea, tan inundada de sol que tuvo que ponerse la mano sobre los ojos por un momento. Salió a ella, reconoció el lavadero, y siguió los tendederos hasta llegar al jardín de la vieja casona donde, a la sombra de las palmeras estaría más a gusto.

Allí, dentro, detrás de una pesada cortina encontró el vestido, rojo y largo, como de época, que habría de ponerse. Con él levantado hasta las rodillas, porque de otra forma no hubiese podido caminar, subió la calle empinada del centro de la ciudad por la que tantas veces había pasado. Lola se vió desde el escaparate de la tienda de enfrente y se gustó enfundada en aquellas telas de un verde esmeralda. Pero no podía entretenerse: quería llegar a la conferencia de su querido profesor de filosofía, y todo aquel gentío en la calle no hacía sino entorpecerla. Aún así, llegó de una punta a otra de la calle en un momento, y lo vio en medio de la plaza, detrás de su atril, con las gafas caladas y extrañamente parecido a Héctor Alterio. Aprobó la conferencia leyendo por encima de su hombro mientras el público aplaudía y el profesor se volvía hacia ella para recriminarle que no estuviera sentada en su pupitre. Alrededor la gente empezó a correr, y de detrás de una columna de aquel precioso atrio salió un enorme oso que caminaba olisqueando el suelo. Lola se le puso delante y el oso se alzó sobre las dos patas traseras abriendo la bocaza y…

.. fue tal el rugido que se despertó de un salto con el corazón queriéndosele salir del pecho. A su lado, Bruno dormía plácidamente, ajeno al susto que le acababa de dar, otra vez, boca arriba, justo en la postura en la que más fuertes eran. Lola ya no sabía que hacer. Lo había probado todo: desde las bandas nasales, a esconder una llave hueca debajo de la almohada. Desde el sonido típico con la lengua que su madre, sufridora como ella, le había enseñado, hasta empujarlo suavemente hasta que conseguía que cambiase de postura. Estaba considerando seriamente lo de mudarse a la habitación de Dani, ahora que se había ido a estudiar a otra ciudad. Tendría que hacerlo, aunque a Bruno le molestase, si no quería terminar comida por los osos.

Ampharou’s library: febrero

Bien, vamos con febrero, que ya casi está terminando, aunque este año nos regala un día más. Febrero es el mes que comparten los acuarios y los piscis. Esto viene no porque yo sea interpretadora de signos zodiacales, sino porque en mi particular calendario, febrero corresponde al Zodíaco de nuestro Alphonse Mucha. Seguimos pues con su cartelería, que comenzó este moravo nacido en 1860 con el encargo de realizar un cartel publicitario sobre la obra de Teatro Gismonda de la actriz Sarah Bernhardt, que quedó encantada con el resultado, tanto que firmó un contrato en exclusividad con Mucha para que le realizara, además de la cartelería, los decorados, vestuario y hasta el diseño de las joyas.

En el Zodíaco apreciamos las características que hicieron de Mucha un referente del art decó: mujeres románticas y expresivas, melenas al viento, líneas sinuosas y decoración natural y recargada, así como las aureolas que enmarcan a los personajes pareciendo insertos en medallones.

Por fin conseguí terminarme La montaña mágica. Un triunfo me ha costado, y no porque no me enganchase desde el principio, pero una obra de casi mil páginas apabulla cada vez que la tomas entre las manos, sobre todo si es de la profundidad y seriedad de ésta. Recomiendo leerla, eso sí, con tiempo y con calma para disfrutarla, para comprender que el Berghof no es sólo el Berghof. Una novela de tiempo y de un tiempo. Hans Castorp tiene mucho que decir, aún hoy.

En cuanto a series, nos terminamos la segunda temporada de Boardwalk Empire (memorable) y empezamos y terminamos la primera de Breaking Bad. Los que ya la habéis visto, sabéis de lo que hablo, y los que no, ya estáis tardando en buscarla: muy grande, enorme, agradecida de que todavía me quedan, al menos, tres temporadas por delante para disfrutarla.

Películas: abofeteadme si queréis, pero este mismo viernes vi, por primera vez entera, Doctor Zhivago. Que ya me vale, sobre todo para una fan acérrima y enamorada absoluta de Omar Sharif (atención, descubrí que en esta peli le taparon ese huequito que tiene entre las paletas que.. en fin, que sale con una dentadura perfecta pero… pues eso). Son tantérrimas las películas que me quedan por ver… y tan poco el tiempo!

También vimos Midnight in Paris. Divertida, mucho, muy original, muy sorprendente. Y la primera sorpresa, por supuesto, Owen Wilson. Acostumbrada a verlo en comedietas tipo Zoolander poniendo morritos, la verdad es que verlo en la de Allen es una gozada. Igual que ver a Adrien Brody en el papelín que tiene encomendado… y los rinocerontes!

Para el mes que viene, más.

Cinco tonterías por minuto

Esta mañana me han reñido por tener abandonado el blog. Sí, sí, Malatesta, no mires a otro lado que has sido tú. El caso es que me ha dado penita. No es que nunca haya escrito mucho (menos de seiscientas entradas en casi siete años no es un record del que sentirse orgullosa), pero pocas épocas ha habido (viruses, males y cosas por el estilo aparte) en que esto haya estado tan solito. Y la verdad es que me apetece escribir, pero pocas veces encuentro el momento y la calma para hacerlo. Así que esta tarde, que a priori no debería ser complicada, me lío y hasta donde llegue (por que esa es otra, soy así de pejiguera: si no acabo un texto del tirón, sé que posiblemente sea desterrado al olvido en este bendito google docs). Por lo de pronto, ya tengo el primer párrafo escrito, tal que si me lo hubiese mandado hacer Violante.

Os he hablado muchas veces del sitio donde tomo café cuando estoy trabajando. Lo dirige una pareja de hermanos ucranianos, rubios como las candelas. Llevan mucho tiempo en España, de hecho, la chica, antes de dirigir la cafetería, estuvo trabajando como empleada del anterior dueño. Lo que me llama la atención (y ya sé que es una tontería), es que entre ellos hablen en castellano. Quizá es por verse más integrados, aunque os puedo asegurar que lo están. Tanto que, cuando hablan de los chicos extranjeros que estudian español en la academia de al lado, porque se tengan que indicar a quién va un café o quién ha pedido el bocadillo, se  refieren a ellos como ‘los guiris’.

En los últimos días utilizo bastante el autobús. Antes iba más veces caminando a la oficina, pero, entre que por la mañana me acompaña Lorah y a esas horas se niega a ir andando y el frío que hace, tiro más de bonobús esperando a la primavera. Y todas esas veces que lo tomo, sobre todo por las mañanas temprano, cuando coincidimos con la mitad de los adolescentes de cuatro colegios a la redonda más cantidad ingente de trabajadores apretujados unos a otros me han hecho llegar a una conclusión: en verano porque se suda más, y en invierno porque hace frío y la gente se ducha menos, la gente parece no tener pudor en oler mal convirtiendo el transporte público en el horror.

Muchas veces, cuando me acuesto, al apagar la luz y cerrar los ojos, veo colores. No un fondo de color, sino escenas borrosas (normal, soy miope como un topo y duermo sin gafas) como vistas con un visor nocturno. Unas veces en rojo, otras en verde. Un efecto curioso que dura lo que tardo en quedarme dormida, es decir, menos que nada. Pero el otro día, al cerrar los ojos (sin apagar la luz, que estaba Beaumont liado con su Kindler), lo que veía era un remanso de agua quieta, que lamía con calma lo que parecía ser el casco de un pequeño barco. No estaba dormida, porque oía la tele que estaba viendo Lorah en la habitación de al lado, al abuelo del piso de abajo toser y sentía a B. leyendo a mi lado, pero cada golpe del agua me iba meciendo, y cada vez se hacía más oscura, más densa, y ya no distinguía los reflejos del sol sobre ella, sino que era como si me hubiese sumergido completamente… Entonces sonó el despertador.

Ahora la tontería más tonta: el lunes pasado, a la salida del cafetal, cuando fiché en el pecé que nos lleva el control horario, la pantalla me dio como resultado siete horas, siete minutos y siete segundos. Soy la nueva agente cerosiete, con licencia para no llegar tarde. Lo advertí, es la tontería más tonta, pero a mí me hizo sonreír.

Y por cierto, esto sí que no es una tontería, y por eso no va incluido en el título: hoy es el cumple de mi santa madre y de mi santo varón, así que, en terminando y en publicando, me voy a celebrarlo, que la ocasión lo merece!

Cinco tonterías por minuto

Esta mañana me han reñido por tener abandonado el blog. Sí, sí, Malatesta, no mires a otro lado que has sido tú. El caso es que me ha dado penita. No es que nunca haya escrito mucho (menos de seiscientas entradas en casi siete años no es un record del que sentirse orgullosa), pero pocas épocas ha habido (viruses, males y cosas por el estilo aparte) en que esto haya estado tan solito. Y la verdad es que me apetece escribir, pero pocas veces encuentro el momento y la calma para hacerlo. Así que esta tarde, que a priori no debería ser complicada, me lío y hasta donde llegue (por que esa es otra, soy así de pejiguera: si no acabo un texto del tirón, sé que posiblemente sea desterrado al olvido en este bendito google docs). Por lo de pronto, ya tengo el primer párrafo escrito, tal que si me lo hubiese mandado hacer Violante.

Os he hablado muchas veces del sitio donde tomo café cuando estoy trabajando. Lo dirige una pareja de hermanos ucranianos, rubios como las candelas. Llevan mucho tiempo en España, de hecho, la chica, antes de dirigir la cafetería, estuvo trabajando como empleada del anterior dueño. Lo que me llama la atención (y ya sé que es una tontería), es que entre ellos hablen en castellano. Quizá es por verse más integrados, aunque os puedo asegurar que lo están. Tanto que, cuando hablan de los chicos extranjeros que estudian español en la academia de al lado, porque se tengan que indicar a quién va un café o quién ha pedido el bocadillo, se  refieren a ellos como ‘los guiris’.

En los últimos días utilizo bastante el autobús. Antes iba más veces caminando a la oficina, pero, entre que por la mañana me acompaña Lorah y a esas horas se niega a ir andando y el frío que hace, tiro más de bonobús esperando a la primavera. Y todas esas veces que lo tomo, sobre todo por las mañanas temprano, cuando coincidimos con la mitad de los adolescentes de cuatro colegios a la redonda más cantidad ingente de trabajadores apretujados unos a otros me han hecho llegar a una conclusión: en verano porque se suda más, y en invierno porque hace frío y la gente se ducha menos, la gente parece no tener pudor en oler mal convirtiendo el transporte público en el horror.

Muchas veces, cuando me acuesto, al apagar la luz y cerrar los ojos, veo colores. No un fondo de color, sino escenas borrosas (normal, soy miope como un topo y duermo sin gafas) como vistas con un visor nocturno. Unas veces en rojo, otras en verde. Un efecto curioso que dura lo que tardo en quedarme dormida, es decir, menos que nada. Pero el otro día, al cerrar los ojos (sin apagar la luz, que estaba Beaumont liado con su Kindler), lo que veía era un remanso de agua quieta, que lamía con calma lo que parecía ser el casco de un pequeño barco. No estaba dormida, porque oía la tele que estaba viendo Lorah en la habitación de al lado, al abuelo del piso de abajo toser y sentía a B. leyendo a mi lado, pero cada golpe del agua me iba meciendo, y cada vez se hacía más oscura, más densa, y ya no distinguía los reflejos del sol sobre ella, sino que era como si me hubiese sumergido completamente… Entonces sonó el despertador.

Ahora la tontería más tonta: el lunes pasado, a la salida del cafetal, cuando fiché en el pecé que nos lleva el control horario, la pantalla me dio como resultado siete horas, siete minutos y siete segundos. Soy la nueva agente cerosiete, con licencia para no llegar tarde. Lo advertí, es la tontería más tonta, pero a mí me hizo sonreír.

Y por cierto, esto sí que no es una tontería, y por eso no va incluido en el título: hoy es el cumple de mi santa madre y de mi santo varón, así que, en terminando y en publicando, me voy a celebrarlo, que la ocasión lo merece!

Ausencia

Creo que ya sólo quedáis por aquí los de los casinos, los que vendéis viagra, los que alargáis penes y alguno más que busca ‘dibujos heróticos’ (literalmente. Por eso sólo busca los dibujos).

Pues a todos vosotros deciros que no, no he abandonado ca’Ampharou. Ni siquiera me lo han embargado. Es sólo que he entrado en un bucle infinito de cambios y aún estoy en proceso de adaptación, como los críos en las guarderías. Que estoy aquí y no me olvido de vosotros (del vendedor sueco de plumas de pato menos que de ninguno). Que sigo pasando de puntillas por vuestros jardines, por saber de vosotros, aunque casi nunca puedo quedarme a tomar el té.

Afortunadamente, la primavera está cerca y como decía Crespo, ahora vuelvo.

Ampharou’s library: Enero.

Después del fracaso del año pasado con Hopper (fracaso mío, claro, que don Edward era un genio) en el que un virus malérrimo consiguió que sólo pusiera una entrada de su calendario, y atendiendo a la aclamación popular (al menos una persona lo ha pedido), vamos a continuar este año con las entregas mensuales de libros, películas y series aprovechando el nuevo calendario que ha caído en ca’Ampharo. Como todas las navidades, es un dilema enfrentarse al expositor de almanaque para decidir cuál es el que se viene a casa, pero este año fue un flechazo instantáneo. Y aquí tenéis la primera imagen, una ilustración de mi adoradísimo Alphonse Mucha, al que conocí en uno de mis viajes a Barcelona hace como cinco veranos, en una exposición de carteles modernistas en el MNAC, y del que me terminé de enamorar al año siguiente en Madrid, en una muestra sobre él que hizo el Caixaforum. Ya algunas veces, alguna obra suya ha ilustrado un post en esta humilde bitácora: pues bien, ahora tenemos un año completo por delante para ir desgranándolo mes a mes con su obra.

La de este mes es Verano (tengo que mirarlo, pero el calendario debe imprimirse en algún lugar del cono sur, porque si no, no lo entiendo), correspondiente a la serie de Las Estaciones. Mucha era muy dado a hacer series de un mismo tema, como supongo que ya veremos a lo largo de los meses (digo supongo porque no he visto más que la página correspondiente a este mes. Quiero ir descubriéndolo poco a poco). Ya os iré contando más cosas del autor y de su obra.

Enero, por lo demás, podría llamarse también mes Sherlock Holmes, porque mis ratos libres los estoy dedicando prácticamente a él, en múltiples formatos.

Hasta ahora había sido un personaje que me había caído bien, aunque no le había prestado demasiada atención. Sí que había visto alguna película (mi Sherlock favorito hasta ahora había sido Basil Rathbone), pero no había ido más allá. Y de pronto, el año pasado, gracias a mi sobrino, descubrimos la serie de la BBC, una trasposición del universo del detective a nuestros días. En fin, que nos enganchamos a ella y, como ya he explicado otras veces, vimos cada uno de los tres capítulos varias veces en espera de que se estrenara la segunda temporada.

Y eso ocurrió el día de año nuevo. Y claro, por la magia de la navidad, el día dos, después de la resaca, ya tenía en mi disco duro el capítulo con sus correspondientes subtítulos. A día de hoy, esa magia navideña ha seguido funcionando y el pasado lunes nos vimos -todavía calentito- el último episodio.

Entre uno y otros, también se estrenó la segunda película sobre el detective de Guy Ritchie. Habíamos visto la primera, nos pareció entretenida (a Beaumont le pareció entretenida. Yo disfruté de lo lindo viendo a Jude Law y a Robert Downey Jr.. Debilidades que tiene una…). Así que nos fuimos al cine a ver esta segunda parte. Igual de entretenida y el mismo disfrute.

Y ya, como me sabía a poco, y no había leído ninguna de las novelas ni de los relatos, pensé que estaría bien enfrentarse al siguiente capítulo de la serie (el pensamiento me llegó antes de que emitiesen el segundo) conociendo lo que Conan Doyle había imaginado para ese sabueso de los Baskerville y ver cómo los guionistas se las ingeniaban para adaptar la historia a nuestros días. Claro que me leí El Sabueso y dos o tres relatos más. Lo mismo que me pasó cuando supe que el tercero sería sobre las cataratas de Reichenbach, que cayó ese y los cinco siguientes… No os preocupéis: ya me he castigado a no volver a coger el Todo Sherlock hasta que no me termine el libro que tengo entre manos, que voy a tardar más en acabármelo que Hans Castorp en salir del Sanatorio Internacional Berghof. Que me conozco.

De vuelta

Se acabó. Terminaron las navidades. Definitivamente. Las casi cinco horas que llevo en el cafetal lo demuestran, ya casi no me acuerdo de las vacaciones. Acabaron y con ellas todos los deseos de felicidad y el buenismo obligado. A partir de ahora, y durante casi un año, si los mayas no ponen remedio antes, los que son buenos pueden seguir siéndolo por convicción, y los que son chungos ya no se verán presionados por la bondad impuesta.

En fin, que las vacaciones, aunque ya parezcan un espejismo, dieron para bastante: para seguir cuidando a Kato, que se ha vuelto el peor de los enfermos y un mimoso insoportable. Para entrar, salir, volver a los buenos sitios de la buena mesa y mejores personas, pasear por calles atestadas (¡pero si hasta nos cruzamos con Don Draper por la calle San Francisco!), hacer compras navideñas y, contra todo pronóstico, no hacer la última el día cinco por la tarde, sino, llena de orgullo y satisfacción, terminarlas el treinta (aunque los últimos encargos sí llegaran el cinco. Pero esa no es mi culpa). Leí (poco), seguí viendo series (bastantes) y cine (escaso). Comí y bebí. Lo pasé bien, muy bien, regular y mal, pero entonces hice de mi capa un sayo y me reí. Cogí el constipado más grande de la historia, de esos que pasan del simple estornudo a ser una taladradora trepanándote entre las cejas en cero coma. Desforesté el Amazonas hecho kleenex y oí a mi propio cerebro haciendo pompas. Las conversaciones que estaban pendientes siguen estándolo y sin embargo los amigos, como siempre, me sacaron sonrisas y hasta carcajadas. Casi muero con cinco uvas en la boca, comprobé (cinco o seis veces más) que tengo una hija preciosa y volví a tener la certeza (cinco o seis veces más) de que nunca he sido tan feliz.

Así terminé el año. Así, casi al mismo tiempo, lo empecé. Ahora sólo queda seguirlo, despacito, con buena letra.