… o lo que sea!
De vacaciones, como ya sabéis, sufriendo la navidad y sus consecuencias, comiendo y bebiendo como si no hubiese mañana… y mañana casi es Nochevieja y Año nuevo, con lo que seguiremos comiendo y bebiendo, brindando por buenos deseos.
De vacaciones, y además de todo lo dicho, también me ha dado tiempo, en estos pocos días, de hacer un estudio exhaustivo de las costumbres de los felinos en cautividad. No es que haya estado viendo los documentales de la dos, que esos ratos los aprovecho para dormir la siesta. Ha sido un estudio en primera línea, de los tres miembros (con perdón) que forman mi familia (numerosa) gatuna.
Os cuento: Kato ha estado pachucho. Pero mucho. Al poco de adoptarlo, descubrimos que tiene leucemia. No tiene nada que ver con la enfermedad humana, pero es muy jodida para los mininos. Es una enfermedad genética, que puede o no dar la cara durante la vida del gato portador. Hasta ahora, Kato había estado perfectamente, pero, hace una semana aproximadamente, la enfermedad dio la cara, y nos dejó al gato hecho una piltrafilla felina. Durante esta semana hemos tenido que alimentarlo, hidratarlo, darle pastillas y ponerle inyecciones, y él estaba como si le hubiese pasado un camión por encima, apenas se movía y cuando nosotros lo cogíamos para hacerle todas las perrerías que os he comentado, se quejaba como si lo estuviésemos desollando. No tenía fuerzas para casi nada, sólo para odiarnos a muerte y bufarnos cada vez que nos acercábamos, que seguro que no era para nada bueno desde su punto de vista. Pero ahí estaba Wey.
Desde que lo trajimos a casa, Wey ha sido su mentor, su Oby-Wan Kenobi particular. Él le ha enseñado todo lo (malo) que sabe, ha sido su compañero de juegos mientras Nano, ya viejuno, pasaba de ellos y de toda esa energía derrochada, hasta que lo dos, blanco y negro, como un yin y un yan siniestro, hicieron causa común para hacerle la vida imposible al pobre Nano.
Pero volviendo a lo que os contaba: Kato estaba pochísimo. Y Wey no se ha separado de él. Se ha pasado las horas acurrucado a su lado, dándole calorcito, lamiéndolo, maullándonos lastimosamente cada vez que cogíamos al pequeño y éste se quejaba, e incluso defendiéndolo y bufándonos con saña. No se ha separado de él y lo ha defendido con uñas y dientes. Aún ahora, que ya está mejor, casi recuperado, ahí está, durmiendo a su lado, envueltos los dos en un par de mantas, con Nano lamiendo a Kato bajo la atenta mirada de Wey.
Así son ellos. Yo sólo quiero que, cuando esté pocha, alguien me cuide así.
Mañana es mi último día de trabajo del año (y el último que voy al cafetal, de paso). Ya no volveré hasta pasados Reyes, como una colegiala cualquiera. Ventajas de guardarse unos cuantos días de vacaciones para tener libres un par de semanas al final del año. Vacaciones de invierno, para no hacer nada en especial, sólo cargar pilas y empezar el año con fuerza (o con depresión post vacacional invernal, lo que llegue primero).
Cuando vuelva no sé qué me encontraré. Bueno, no lo sé ahora, lo sabré en pocos días, porque a pesar de estar libre seguiré leyendo los papeles. Habrá cambios, de los gordos, propiciados por otros cambios más gordos todavía que todos conocéis. De hecho, estos cambios ya han empezado. Ayer se despidieron dos compañeros. Es lo que pasa cuando tu trabajo está ligado al de otros, pero claro, aunque sea algo anunciado, al final te pilla casi de sorpresa, como si los días previos no te hubieses parado a pensarlo. Además ahora, coincidiendo con estas fechas que nos ponen a casi todos tontorrones..
Cuando llegan estos momentos te das cuenta cómo son los afectos, de que hay personas que pasan por tu vida, con la que compartes muchos días, y no deja una mella más grande de la de decir ‘pues sí, trabajó una vez conmigo, pero tampoco lo traté demasiado’. Pero que también hay personas con las que también trabajas día a día, por las que, a lo mejor, la mayoría de esos días has jurado en arameo y al revés, a las que no les pedías tiempo muerto porque para ellas no existe ni el tiempo muerto ni el siquiera un poquito enfermo: le sigues la zaga, callas y aprendes. Y te das cuenta de que aprendes mucho, pero mucho muchérrimo. Y sigues jurando en arameo, pero ya menos y más bajito. Y hay días que te enfadas, y días que ves que no llegas, pero en los que llegas te sientes estupendamente, y ves los pasos que has dado y los reconoces.
Y entonces esa gente se despide. Y tú te das cuentas que las vas a echar de menos, pero mucho muchérrimo. Que vas a ser tan inocente de que los días negros, esos en los que sólo veas cuestas arriba, vas a querer subirlas siguiendo esos pasos que una vez diste, con lo que has aprendido hasta ahora, pero que en realidad te queda una vida por aprender, que el conocimiento enciclopédico es sólo cosa de unos cuantos y que ya no va a ser igual. Afortunadamente, también sabes que, aunque ya no compartáis sitio en el cafetal, vivimos en un mundo demasiado pequeño como para perder de vista a la gente que merece la pena mantener cerca
…ni estaba de parranda, era sólo que, la semana de los puentes (los que los tuvisteis, claro), fue precisamente de eso: de coger un puente, una piedra de molino y saltar tres o cuatro veces. Lo que viene a ser ‘un poco complicada’, por ser benévolos con ella. Además, un lío: hoy vengo, mañana no, pasado.. espera que lo mire. Y los días que tocaba sí, era a jornada completérrima, o sea, echando más horas que un cuco, con lo cual, los que tocaba no, estaba que sólo me apetecía quedarme encogida en un rincón apretujando una manta entre mis manos. Pero bueno, ya terminó, la semana tuvo su culmen en unos actos/fastos el lunes que igual os cuento un día (al menos una parte de ellos), y nos deja en herencia nuevos actos, más fastos y eventos múltiples que preparar.
Y ya está bien de excusas baratas. La verdad es que no tengo mucho que contaros, pero me apetecía haceros saber que no me he fugado a una isla sin conexión a internet y que nadie me ha secuestrado. Poco ha pasado entre tanto. Ha llovido, ha hecho sol, ha hecho viento. Hemos tenido luna llena y eclipse, y por las mañanas, una luna lechosa sobre un cielo transparente. Todavía no ha hace demasiado frío, o al menos, yo, al no estar en el cafetal chungo con su modo congelación on, no lo estoy notando demasiado. Es decir, que el año pasado por estas fechas ya llevaba cuatro capas de ropa, abrigo aparte, y éste todavía no he pasado de dos (y finitas. Que los jerseys gordos todavía ni los he cambiado de lado del armario).
También quería contaros que la acacia de aquí al lado está triste. Veréis: justo detrás de ésta hay una calle que está llena de acacias (sí, de las que os hablaba el otro día). Todas ellas, antes de la poda, ya hacía tiempo que habían perdido la mayoría de sus hojas. Pero la acacia de las que os hablo, la más bonita del lugar, estaba todavía pletórica de verde. Bien es cierto que está en un lugar distinto, donde le da el sol mañanero y la sombra a la tarde. Pues no sé si serán imaginaciones mías, o, seguramente, el paso inexorable del tiempo, pero hace unas semanas talaron un ficus hermoso que estaba apenas a diez metros de nuestra acacia. El ficus era un ficus cautivo que fue orgullo de la comunidad que lo lucía en su parterre hasta que se hizo grande y fuerte, hasta que sus raíces empezaron a levantar lo que debía ser suelo firme. Así quedó talado, retalado y desaparecido, y así, la acacia más bonita del lugar, ha empezado a amarillear sus hojas, y a cubrir con ella el suelo que la rodea. Hay días que hay tantas hojas en la acera que parece que está alfombrada, y a pesar de tantas que pierde, la acacia sigue viéndose magnífica, alta, brillante, amarilla y viva. Pero triste.
Sigo contando: han encendido las luces de navidad en las calles. Azules y algo frías para mi gusto. De todas formas, es que todavía no le he dado permiso al espíritu navideño para que me embargue (perdón, me hechice). A mí que siempre me han entusiasmado estas fechas y este año como que preferiría dormir hasta el diez de enero (no, espera. El quince es mi cumple). Sí, dormir hasta el dieciséis de enero.
Una library sin libros, qué le vamos a hacer, pero es que últimamente no tengo demasiado tiempo ni para leer ni para muchas otras cosas. Que voy poquito a poco con el libro que tengo entre manos, que no lo dejo (antes muerta que sin silla), pero entre que es de un volumen considerable y que voy de tres en tres páginas, pues ya me diréis.
Pero como en lo que sí he avanzado es en nuevas series, y alguna película, y esta library es tecnológicamente avanzada (aunque la librarian no lo sea ni mijita), y si espero mucho más van a amontonárseme de una forma escandalosa, pues os voy dando un adelanto.
Primero las series: Terminamos Carnivàle. Tan buena como la primera vez que la vi. No me voy a extender que vais a pensar que soy una pesada (y lo peor es que tendréis razón).
Vimos la primera temporada de Boardwalk Empire. Pistas: es una serie HBO (con solo decir esto, ya tendríais que haber salido corriendo a buscarla). Una serie magistral. Me he enamorado de Steve Buscemi (sí, ¿qué pasa?), de sus estilismos y, sobre todo, del personaje del agente Nelson Van Alden. No os digo más que no quiero estropeárosla. Eso sí, nosotros estamos esperando como agua de mayo que termine de emitirse la segunda temporada para ponernos con ella (¿cuántas segundas temporadas estamos esperando ya? Jo!)
También vimos The Shadow Line, recomendación de Fran (gracias miles!). Es una serie de la BBC (ea, de nuevo a salir corriendo para buscarla), miniserie realmente, porque tiene siete capítulos y en esos siete se va a quedar. Una serie redonda, con una trama complicadérrima pero que acaba atada y bien atada. Cuidadísima factura. Para volver a verla dentro de un tiempo.
He descubierto The confessión, una webserie de minicapítulos de los cuales sólo he visto el primero, que con su minuto y medio de duración, la verdad, no me ha dado para hacer muchos juicios pero sí para tener ganas de seguir viéndola. Ya os contaré más cuando avance un poco (si avanzo mucho, creo que me salgo).
En cuanto al cine, poquita cosa. Lo que es en salas, nada. Eso de que por estos lares el cine en versión original sea una entelequia nos tiene acobardados y esperando poder conseguir así las que nos interesan. Y entre eso, y que las series nos tienen sorbido casi todo el tiempo que dedicamos al peliculeo (es que no me diréis, con las series que hay ahora, eh?), pues que merezca mención especial sólo hemos visto una, de la que Beaumont se acordó este fin de semana y fue un bajar y visto, aprovechando la tregua que nos ofreció haber terminado con Boardwalk y la pereza de empezar una nueva con lo poco que queda para tener la segunda temporada. En fin, que me enrollo. La película en cuestión fue Antes de la lluvia, una coproducción de Macedonia, Gran Bretaña y Francia que muestra el conflicto de los Balcanes a través de tres historias, tres historias que son sólo una formando un círculo poético dentro del horror de una guerra entre hermanos y vecinos. Película de las que te dejan con la boca abierta y rumiando durante varios días. Para verla una y otra vez.
Otro día, más.
… y rico, y fácil de hacer, ideal para una tarde de domingo de otoño, para tener algo sabroso que merendar sin tener que complicarse mucho en la cocina.
La receta la saqué del blog Descubriendo la cocina, y ya la he hecho varias veces con idéntico resultado: duran poco más de lo que tardan en enfriarse.
Os dejo la receta, para que veáis lo fácil que es y os atreváis con ella.
Ingredientes:
Una plancha de hojaldre.
Cabello de ángel (venden unas latitas muy apañadas en los supermercados. En la zona de conservas de frutas)
Azúcar.
Preparación:
Extender la placa de hojaldre y cubrir toda la superficie con una capa de cabello de ángel. Enrollar el hojaldre (como un brazo de gitano), cortar en rodajas de unos dos centímetros y disponer en una placa de horno. Espolvorear con un poco de azúcar cada una de las rodajas y aplastarlas un poco (solo un poooooooooco, no las dejéis como hamburguesas).
Meted en el horno precalentado a 200-210º durante veinticinco minutos (en la receta original indica quince o veinte. Cada horno es un mundo, así que es mejor que estéis pendientes y las saquéis cuando tengan un color dorado apetecible).
Ea, a comer!!
No, aunque lo parezca, no voy a presumir de gato. Para eso tendría que poner tres fotos, no fuera que se pusieran celosos (más) unos de otros. Claro que Nano y Wey dirían ‘claro, como es el pequeño’, ‘claro, como es tan mono’, ‘claro, lo que quiere ésta es subir la audiencia del blog, que todo el mundo sabe que no hay nada más adorable que un cute kitten y a nosotros ya nos ve viejunos’. Pero no, no voy a presumir de Kato. Más que nada, porque a parte de lo mono que es, poco más tiene para presumir de él. Porque es un trasto y más malo que la quina (¿os he contado ya que le ha dado por llorar como si arrancaran una pata nada más que apagamos la luz por las noches? Que se aburre, dice el tío, cuando se ha pasado veinte horas durmiendo…)
De lo que vengo a presumir es de fotógrafa. Porque no me negaréis que es chula la foto. Pues bien, es Lorah, la niña de mis ojos, la que tiene la paciencia infinita de hacer posar a los gatos para hacer estas maravillas. Autodidacta que es además la niña. Y tela de artista. Que ya lo sé, que es pasión de madre, pero ¿a que tiene arte la joía?
En estos dÃas de noviembre, mes de puro trámite en estas latitudes entre el verano y el invierno, ya que no se termina de decidir por ninguno de ellos, en estos dÃas, digo, luminosos y suaves, me gusta pasear las mañanas tranquilamente, sin más rumbo que el que me marquen las esquinas soleadas. Como no es posible, me conformo con apurar el café a la hora del desayuno y volver al cafetal por el camino más largo.
En la calle A., paseo obligado desde hace dieciocho años, están podando los árboles, preparándolos para pasar el invierno y para que, ya en primavera, luzcan ramas nuevas y hojas brillantes en todo su esplendor. Debido al trabajo de los operarios, han cortado el tráfico, habitualmente denso (aunque la calle es bien chiquita), y hasta parece que los transeúntes le hayan dado un respiro a la calle. A las horas a las que salgo, los rayos del sol atraviesan oblicuos todo el largo de la travesÃa, deslumbrándome tanto que debo entrecerrar los ojos a pesar de las gafas de sol, y calentándome la piel igual que una caricia suave. La más grave consecuencia de la poda es la pérdida del juego de luces y sombras que las copas de las acacias imprimÃan al aire. La más grata, que ese mismo aire está ahora impregnado de aromas de savia nueva y madera verde.
En estos días de noviembre, mes de puro trámite en estas latitudes entre el verano y el invierno, ya que no se termina de decidir por ninguno de ellos, en estos días, digo, luminosos y suaves, me gusta pasear las mañanas tranquilamente, sin más rumbo que el que me marquen las esquinas soleadas. Como no es posible, me conformo con apurar el café a la hora del desayuno y volver al cafetal por el camino más largo.
En la calle A., paseo obligado desde hace dieciocho años, están podando los árboles, preparándolos para pasar el invierno y para que, ya en primavera, luzcan ramas nuevas y hojas brillantes en todo su esplendor. Debido al trabajo de los operarios, han cortado el tráfico, habitualmente denso (aunque la calle es bien chiquita), y hasta parece que los transeúntes le hayan dado un respiro a la calle. A las horas a las que salgo, los rayos del sol atraviesan oblicuos todo el largo de la travesía, deslumbrándome tanto que debo entrecerrar los ojos a pesar de las gafas de sol, y calentándome la piel igual que una caricia suave. La más grave consecuencia de la poda es la pérdida del juego de luces y sombras que las copas de las acacias imprimían al aire. La más grata, que ese mismo aire está ahora impregnado de aromas de savia nueva y madera verde.