Se acabó. Terminaron las navidades. Definitivamente. Las casi cinco horas que llevo en el cafetal lo demuestran, ya casi no me acuerdo de las vacaciones. Acabaron y con ellas todos los deseos de felicidad y el buenismo obligado. A partir de ahora, y durante casi un año, si los mayas no ponen remedio antes, los que son buenos pueden seguir siéndolo por convicción, y los que son chungos ya no se verán presionados por la bondad impuesta.
En fin, que las vacaciones, aunque ya parezcan un espejismo, dieron para bastante: para seguir cuidando a Kato, que se ha vuelto el peor de los enfermos y un mimoso insoportable. Para entrar, salir, volver a los buenos sitios de la buena mesa y mejores personas, pasear por calles atestadas (¡pero si hasta nos cruzamos con Don Draper por la calle San Francisco!), hacer compras navideñas y, contra todo pronóstico, no hacer la última el día cinco por la tarde, sino, llena de orgullo y satisfacción, terminarlas el treinta (aunque los últimos encargos sí llegaran el cinco. Pero esa no es mi culpa). Leí (poco), seguí viendo series (bastantes) y cine (escaso). Comí y bebí. Lo pasé bien, muy bien, regular y mal, pero entonces hice de mi capa un sayo y me reí. Cogí el constipado más grande de la historia, de esos que pasan del simple estornudo a ser una taladradora trepanándote entre las cejas en cero coma. Desforesté el Amazonas hecho kleenex y oí a mi propio cerebro haciendo pompas. Las conversaciones que estaban pendientes siguen estándolo y sin embargo los amigos, como siempre, me sacaron sonrisas y hasta carcajadas. Casi muero con cinco uvas en la boca, comprobé (cinco o seis veces más) que tengo una hija preciosa y volví a tener la certeza (cinco o seis veces más) de que nunca he sido tan feliz.
Así terminé el año. Así, casi al mismo tiempo, lo empecé. Ahora sólo queda seguirlo, despacito, con buena letra.








