Vampirizada.

Esta misma mañana, hace un rato apenas, una señorita con bata blanca y muy mala leche me ha sacado sangre. Litros y litros. Que piensas tú que en CSI, con una gotita reseca que encuentran debajo de un felpudo cochambroso te dicen hasta quién es el padre de la criatura asesina, y a ti, para leerte los niveles de colesterol, te dejan más seca que una mojama..

Pero bueno, que no es por nada, simple rutina. Que como todo el mundo sabe, porque es público y notorio, yo estoy como una rosa de invernadero, pero me dijo mi doctora que la última analítica que tenía mía databa del pleistoceno y que, mira, bonita, ya va siendo hora de que te hagas otra. Yo creo que lo que quiere la mujer es que me vaya haciendo a la idea de lo que se nos viene encima.

Otra diferencia entre las series americanas y nuestro servicio público de salud es que allí te analizan la sangre sobre la marcha, que todavía no se han terminado de quitar los guantes y ya está el asesino metido en la cárcel. Aquí, sin embargo, he tenido que esperar ¡quince días! desde que me dieron la cita hasta hoy, y ahora tendré que esperar una semana más hasta que los resultados lleguen a la consulta, que está dos puertas más allá de la sala de extracciones. Que les da tiempo de llevar la sangre a Burgos y hacer unas morcillas con ella. Que si tenía algo, seguro que ya me he curado por el camino, y si no tenía nada, he tenido tiempo hasta de pillar la viruela.

Eso sí, ni una titita me han puesto…

Googleando

Lo reconozco: soy gugueladicta. Terriblemente, además. Lo busco todo en Google. Y lo que no busco allí, es porque ya sé a las páginas que me va a dirigir y acudo a ellas directamente. Google me ha resuelto muchísimas cosas, y es un arma tremendamente eficaz en el trabajo.

En el antiguo cafetal me llamaban Miss Google, porque había resuelto más de una duda gracias al buscador, ya fueran laborales o patochadas insustanciales del tamaño del Everest (la montaña más alta sobre el nivel del mar, con 8.848 msnm. Está localizada en el Himalaya, en el continente asiático, y marca la frontera entre Nepal y China, wikipedia dixit). En el cafetal supermolón ya empiezan a llamarnos Departamento Google, aunque no todo lo sacamos de ahí, que para eso tenemos un archivo de todo lo que mis compañeros antes que yo han ido recopilando desde que el mundo es mundo y que mantenemos más o menos perfectamente actualizado.

Cuando estoy en casa también es una ayuda efectiva. Cualquier dato, intrascendente o no, termina siendo buscado (y encontrado, of course). Cuantísimas veces he lamentado, por ejemplo, viendo una serie o una película, tener el ordenador ya apagado porque alguien que salía me sonaba muchísimo y sólo la pereza de encender el portátil me ha hecho postergar la búsqueda hasta el día siguente.. o no, cuando la curiosidad ha sido demasiado grande!

Pero no fue hasta el otro día que me di cuenta cuánto de adicta me he vuelto con el tiempo. Ya había tenido indicios cuando, por ejemplo, he escuchado por casualidad una música (La música -del griego: μουσική [τέχνη] – mousikē [téchnē], «el arte de las musas»- es, según la definición tradicional del término, el arte de organizar sensible y lógicamente una combinación coherente de sonidos y silencios utilizando los principios fundamentales de la melodía, la armonía y el ritmo, mediante la intervención de complejos procesos psico-anímicos, wikipedia again) y quería saber cuál era… cómo buscas una música de la que no sabes nada en Google?

Pero ya os digo, lo del otro día fue de juzgado de guardia ya: un compañero del cafetal molón me comentó que, días pasados, un conocido mío le había hablado de mí. Este compañero no pudo darme demasiados datos, y los que me daba no me eran suficientes para saber de quién se trataba. Tras darme cuenta de que iba a estar devanándome los sesos hasta que supiera quién era, el siguiente pensamiento fue: ¿y si pudiera buscarlo en Google?

Efectivamente, sigo royéndome los codos. Y aprovecho para hacer un llamamiento: por favor, conocido, si me lees, ¡manifiéstate!

(Para la elaboración de este post, he accedido a las páginas de Google, Google Imágenes, Google Docs, Wikipedia y Rae. Además, ningún otro buscador fue maltratado)

 

Cabreo

Estoy cabreada. Como una mona. Como una mona cabreada, por supuesto (que digo yo que también habrá monas felices y despreocupadas). Y lo peor es que no sé por qué, lo cual hace que me cabree más todavía, claro. Porque si tú tienes motivos para estar cabreado, pues mira, o te aguantas, o te lías a cabezazos con esos motivos hasta que desaparezcan o hasta que te salten los ojos, lo que suceda primero. Pero cuando no los tienes, miras a un lado y miras a otro y ves que nada, corres el peligro de querer encontrarlos a toda costa y pagarlo con quien menos culpa tiene. Y como me conozco, aquí estoy, intentando sujetarlo por todos los medios posibles para que no se me desboque.

Y el caso es que hoy me he levantado bien. Todo lo bien que una se puede levantar un lunes, que ya es bastante, teniendo en cuenta además, que apenas he dormido. Pero bueno, las razones del insomnio impuesto, además de no venir al caso, estaban previstas, así que descartado como cabreo-creator.

Cuando ha amanecido, ha aparecido un día fabuloso. Con su poquita de rasca ya, que el calendario es el calendario, pero después de la semana pasada, con su lluvia y sus vendavales, lo de hoy era gloria bendita. De esos días en los que lo único que te apetece es ir por la calle con la barbilla bien alta y los ojos cerrados para que el sol te dé de pleno en la cara. Así que el tiempo también descartado. En el cafetal, mucho lío pero todo controlado. Con goles de tacón, además, que es lo más que se puede pedir. Y sin embargo, ha sido entre un gol y otro cuando me he parado, me he mirado a mí misma, así, como sospechando pa’dentro, y me he dicho que la efervescencia que iba notando no iban a ser gases, sino un cabreo que iba creciendo y que tenía la pinta de llegar a ser del tamaño de Cuenca. Pues bien, no sólo no me equivocaba sino que a estas horas ya me va pillando un trocito de Guadalajara también.

Así que, aunque tenía previsto ir de compras cuando saliera del cafetal, creo que mejor será no invocar al demonio más de la cuenta, y me voy a ir muy, pero que muy despacito a casa, a ver si acorralando al cabreo debajo de una manta, consigo domarlo hasta que no quede de él ni media chispa.

Nadav Kander

En el palacio de la Diputación Provincial de Cádiz se expone en estos días (y hasta el seis de noviembre) una muestra fotográfica de Nadav Kander. Una muestra que en realidad son tres: Obama’s people, Portraits e Inner condition. He de confesar que, totalmente desconocedora de este artista y, por ende, de su obra, lo que me convenció de acercarme a ver la exposición fue el cartel que, en la fachada del palacio, la anunciaba: una fotografía dos por dos de Brad Pitt, caracterizado como su Aldo Raine, Aldo “el Apache”, de Malditos Bastardos, con ese mentón prominente digno de un Vito Corleone cualquiera.

Como digo, la exposición recoge tres muestras de la obra de Kander, todas fotografías de gran formato. En el lado derecho del claustro del palacio, Obama’s people: los que dirigen el mundo (el subtítulo es mío). Está bien conocerlos, por si tuviéramos que acordarnos de sus familias. Curiosas fotografías, en las antípodas de las ‘fotos oficiales’. Un fondo blanco y desnudo y estos personajes tan importantes que se atreven a posar con un sombrero tejano, una gorra de béisbol o una pelota de baloncesto entre sus manos. Caras corrientes y comunes, sin una mijita de photoshop que les atenúe las arrugas o esas cejas de papanoel.

Al finalizar esta parte, ya en el ala izquierda del claustro, Portraits: el Brad Pitt que me enamoró desde la fachada (y no sólo a mí. Mientras la miraba y decidía qué día iría a ver la exposición, fueron varias las féminas que se quedaron prendadas y que debieron pensar, como yo, cómo de fácil sería descolgar ese cartel), Benicio del Toro (que también sé que por aquí pasan algunas de sus enamoradas), Robbie William… rostros conocidos, también desprovistos del benévolo photoshop (acercaos al de Christopher Lee: es simplemente maravilloso, y podréis contarle los pelos que tienen en la nariz). Algunos rostros también desnudos sobre un fondo blanco, otros, con efectos: probad a mirar los que están sobre fondo negro con los ojos entornados… pero no os perdáis, que todavía tenéis que llegar al final de esta parte y encontraros con el extraordinario retrato de sir Ian McKellen. Miradlo, miradlo bien y disfrutadlo: yo no puedo decir más.

Embelesados todavía que estaréis, preparaos para más. Entrad ahora en el salón central. Allí se expone Inner condition. La luz se atenúa y la música ambiente cambia. Desde las paredes, desnudos a camino entre Gustave Courbet y Lucian Freud. Una maravillosa Lilith oculta el rostro. Cuerpos en un blanco tan puro como el de los ratones albinos que los acompañan. Cuerpos envueltos en ceniza, en aceite, dorados y negros… inquietantes.

Recordad: sólo tenéis hasta el seis de noviembre. No dejéis tampoco de pinchar en los enlaces. No os hará falta nada más para convenceros.

 

La foto de la cabecera, de la página de la Diputación Provincial.

 

Ampharou’s library

Hace algunas semanas os hablé (y recomendé) de una serie de la BBC que había visto, The crimson petal and the white, una serie de sólo cuatro capítulos y cuyos protagonistas os sonarán a aquéllos que hayáis visto la película Expiación y la serie The IT Crowd. Bien, ya dije en aquella ocasión que la serie me había gustado muchísimo, y al saber que se trataba de una adaptación de un libro de Michel Faber, ni corta ni perezosa decidí hacerme con él y comprobar si me gustaba tanto como su adaptación a la pantalla.

Lo pedí (librería de segunda mano. Algún día tenemos que hablar seriamente de esto), me lo enviaron a casa, me entró un sudor frío que me recorrió la espalda cuando lo vi (formato ladrillo gafa, mil y pico de páginas), y me puse con él en cuanto terminé el que llevaba entre manos. Nada y menos me duró. Me hizo hasta prescindir de las siestas en plenas vacaciones. Tan rudo y duro como la serie. Y aunque no hay que comparar los libros con sus adaptaciones, tengo que deciros que ésta es fiel casi frase por frase. No voy a decir que es una maravilla de libro, ni mi favorito, ni nada por el estilo, pero sí que está muy bien escrito y que consigue mantener el interés de principio a final (y ya os digo el volumen del que se trata). Ya me he enterado que hay una segunda parte, The Apple, pero que no está traducido al castellano… penita…

También, desde la última vez que os hablé de mis lecturas, he terminado El Jardín de cemento, de Ian McEwan. Era el único libro de este autor que me quedaba por leer, curiosamente el primero que escribió, y, bueno, hace un par de días que lo acabé y todavía lo estoy digiriendo… Si decía que The Crimson… es rudo, éste es directamente descarnado, pero no porque los cuatro huérfanos sobre los que trata lo sean en el sentido dickensiano, sino más bien por todo lo contrario, aunque estén tan perdidos como aquéllos.

En cuanto a series, seguimos con Carnivàle, estirándola a más no poder. Mientras tanto, también vimos Rubicón (no, no es de romanos), serie de la AMC que fue cancelada tras su primera temporada. Y la verdad es que viendo algunos capítulos, todavía nos preguntamos cómo es que no fue cancelada antes. Si leéis algo por ahí, veréis que la definen como thriller político. Lo es, como también es absolutamente densa. Eso sí, tiene unos personajes maravillosos. Atentos a Kale Ingram si os decidís a verla.

Y respecto al cine, seguimos haciendo las sesiones en casa. Y sí, ya sé que no tengo perdón de dior, pero la última (digna de mención) que he visto ha sido Ran, de Akira Kurosawa. Por primera vez en mi vida, que ya es delito. Pero tengo que deciros que tengo un nuevo personaje favorito: lady Kaede.

Seguiremos informando.

Felicidades!

Porque no todos los días se cumplen dieciocho años. La niña de mis ojos lo hace hoy, y por muy mayor que se haga, por muchos años que cumpla, seguirá siendo eso, la niña de mis ojos.

Felicidades, preciosa!

Apariencias

De vez en cuando, bien porque me he quedado dormida, porque el amanecer es desapacible o porque mi flojera es superior a la habitual, tomo el autobús para ir al trabajo. Ya he dicho en alguna ocasión que a esas horas, coincidimos prácticamente siempre los mismos en la parada, aunque no todos estamos allí para coger el autobús. A esas horas pasa también el vehículo de uno de los centros de mayores que hay en la ciudad, y en esa misma parada recoge a uno de sus usuarios. Una usuaria, más bien, una abuela tan viejina como el sol, que llega empujada en su silla de ruedas por una mujer mayor, y esperan el monovolumen bajo la marquesina de la parada, desde donde la abuela lee la publicidad que muestra el mupi y después grita los eslóganes a todo transeúnte que le pase por delante, como una prolongación parlante del propio anuncio. La señora mayor, mientras tanto, se sienta en la suerte de banco que tiene la marquesina incorporada y se limita a mirar al frente, a un punto fijo mucho más allá de lo que los demás podemos ver de la avenida. La señora  tiene el gesto adusto, a lo que posiblemente contribuyan unas cejas que son igualitas a las que le pintan los niños chicos a sus monstruos para evidenciar lo malísimos que son, y unas arrugas profundas que le enmarcan la boca, posiblemente trazadas a base de decenios de mantener el mismo gesto. Un cabello demasiado espeso, con un corte sin ninguna gracia, y demasiado negro para ser cierto, hacen mucho más severa, si cabe, su expresión. Cuando llega el coche, acerca la silla a la puerta lateral, ofrece un seco buenos días a la cuidadora, y mientras ésta ayuda a la abuela a entrar, ella pliega la sillita y la introduce en la parte de atrás, donde están guardadas otras de otros tantos abuelos que ya han recogido por el camino. Nunca la he visto cruzar una palabra con la anciana, ni despedirla más allá del hecho de guardar la silla.

Los días que trabajo por la tarde también suelo coincidir con ella, mientras espera a que vuelva a pasar el coche que trae de vuelta a la anciana. El mismo gesto y la misma secuencia, pero a la inversa: sacar la sillita mientras la cuidadora ayuda a bajar a la abuela y un seco hasta mañana antes de empezar a caminar. Sólo los días de invierno cambia un poco la puesta en escena, y nuestra señora gasta algunos instantes en ajustar bien una manta sobre las frágiles piernas de la abuela y en acomodarle bien la bufanda para que pueda respirar y ver bien a través de ella sin que pase frío. Y esas son todas las muestras de ternura que le he podido ver en apenas dos minutos de vez en cuando. Dos minutos que no son tiempo ni tienen ningún contexto en dos vidas. No conozco a ninguna de las dos mujeres, ni sé qué relación hay entre ellas, pero coincidir algunas veces en la parada del bus y observarlas, ha hecho que una mente demasiado proclive a inventar historias como la mía haga lo propio con ellas o con la apariencia que de ellas tengo.

Esa historia construida se me desmoronó ayer un poco cuando, al bajar a la calle después de comer, camino del cafetal, encontré a la señora enfrente de nuestra parada habitual, seguramente haciendo un poco de tiempo hasta la hora de recoger a la abuela. Apoyaba los codos en el techo de un coche, y por una vez, no vi su rostro tan impasible como siempre, sino más bien crispado, de pena más que de rabia, mientras hablaba y manoteaba sin dejar la postura ni el desespero. A su lado, un hombre la oía mientras ella continuaba su discurso mirando al frente, a la parada donde tendría que estar en unos minutos. Cuando calló para coger aire, o para tragar la saliva que la desesperación le había puesto en la boca, el hombre, en un gesto que reconocí también como mío, acarició su brazo, como un intento de hacerle saber que él estaba allí, que estaba a su lado más allá de la presencia física. Ella le devolvió el gesto, reteniendo la mano que la acariciaba con la suya propia, regalándole un silencio y, ahora sí, una mirada, otra distinta a todas esas miradas de dos minutos.

Eso es todo!

Bueno, se acabó. Mañana toca vuelta al cafetal. Terminó el mes de vacaciones, ese mes que el uno de septiembre parecía tan largo y que hoy parece tan corto. Un mes de pasarlo bien, de no madrugar o sí, de trasnochar o también. De encuentros con amigos y buenos momentos. De comer, de beber, de disfrutar. Un mes en el que me han hecho reír y me han hecho llorar. De leer cientos de páginas, de ver cientos de minutos de buenas series. De crecer, sobre todo a lo ancho. De paseos, de compras. De tener la sensación de ser dueña del tiempo, aunque sólo fuera una ilusión, porque el tiempo termina y mañana comenzamos de nuevo el curso.

Que se me va a hacer raro, porque nunca me había tomado las vacaciones a estas alturas del año. Va a parecer que no existe el otoño, saldré de noche y los días de doble turno, saldré bien entrada la tarde. Además, los próximos meses se presentan calentitos, así que está bien que haya cogido fuerzas. Y si no son suficientes, ahí mismo están las navidades, con otro pequeño oasis de días libres.

Ampharou’s library

No pensaba actualizar la biblioteca durante las vacaciones, porque no soy mucho de leer durante ellas. Leo, bastante, aunque no todo lo que quisiera, durante el resto del año, pero al contrario de mucha gente, que es justo durante sus vacaciones cuando aprovecha para leer algún libro, yo suelo hacer justo lo contrario. Además, tenía entre manos un libro que no me estaba enganchando demasiado, pero, oyes, estas cosas que no planeas, que lo coges en un ratillo tonto y te lías y te lías… que al final me lo he tragado entre dos tardes, tardes-noche-madrugada más bien, porque de ese no-enganche inicial pasé al “un capítulo más y lo dejo” que me ha tenido dos días hasta las tres de la madrugada (qué gusto da poder hacer eso sin mirar de reojo al despertador encima de la mesilla).

En fin, que el libro en cuestión, que me recomendó Beaumont fervientemente y que me ha producido un agravamiento de la escoliosis a base de paseos infructuosos antes de las vacaciones, es Cualquier otro día, de Dennis Lehane. No, a mí tampoco me sonaba ese nombre, pero que sea el escritor de otro libro llamado Mystic River y guionista de algunos capítulos de The Wire, para mí ya tiene suficiente peso. Después de terminar Cualquier otro día, tiene mucho más.

Y ya que me he acercado al blog para recomendaros este libro, sigo con las recomendaciones habituales. Nos terminamos la cuarta temporada de Mad Men (¡maldición!), y ahora tendremos que esperar pacientemente a que se emita la quinta (¡más maldición!) para despejar todas las dudas que nos acumularon los últimos capítulos vistos. Se van a hacer larguísimas tantas esperas, así que conseguí convencer a Beaumont (¡por fin, después de nosecuántos años!) de que Carnivàle también es una serie que merece mucho la pena ver. ¡Que es de HBO, homme! ¡Que sólo son dos temporadas! ¡Que de verdad no da miedo, sólo un poco de sustico! En fin, que en medio de la primera temporada nos hayamos, yo, disfrutándola de nuevo y envidiosa de él que la mira con ojos nuevos.

En cuanto a cine, cine en casa quiero decir, no estamos precisamente en la semana de la comedia romántica de Elcortinglé, no. En la última semana nos hemos visto Reservoir dogs de Tarantino, y Promesas del este y Una historia de violencia de David Cronenberg (sí, a la espera de que se estrene A dangerous method. Sí, también con Viggo Mortensen. Sí, juro que es casualidad). En fin, que ahora ya sabemos cómo podríamos matar a un hombre usando sólo el meñique y sin tener que levantar la vista del periódico. Son grandes películas, pero desde luego no son para estómagos sensibles.

Seguiremos informando.

¡Vacaciones!

El placer inmensurable de desactivar la alarma del despertador y saber que, en un mes, no volverá a sonar, al menos por obligación impuesta. Poder trasnochar si te lo estás pasando bien (o más que bien), sin tener un ojo pegado al reloj y el miedo al madrugón del día siguiente.

El placer de levantarte cuando hace rato que ha amanecido, desayunar tranquilamente mientras revisas la prensa y caer en la cuenta de que tienes todo un día por delante para hacer lo que te apetezca y cuando te apetezca. Y pensar que tienes todo un capital en días por delante para seguir haciéndolo.