
De vez en cuando, bien porque me he quedado dormida, porque el amanecer es desapacible o porque mi flojera es superior a la habitual, tomo el autobús para ir al trabajo. Ya he dicho en alguna ocasión que a esas horas, coincidimos prácticamente siempre los mismos en la parada, aunque no todos estamos allí para coger el autobús. A esas horas pasa también el vehículo de uno de los centros de mayores que hay en la ciudad, y en esa misma parada recoge a uno de sus usuarios. Una usuaria, más bien, una abuela tan viejina como el sol, que llega empujada en su silla de ruedas por una mujer mayor, y esperan el monovolumen bajo la marquesina de la parada, desde donde la abuela lee la publicidad que muestra el mupi y después grita los eslóganes a todo transeúnte que le pase por delante, como una prolongación parlante del propio anuncio. La señora mayor, mientras tanto, se sienta en la suerte de banco que tiene la marquesina incorporada y se limita a mirar al frente, a un punto fijo mucho más allá de lo que los demás podemos ver de la avenida. La señora tiene el gesto adusto, a lo que posiblemente contribuyan unas cejas que son igualitas a las que le pintan los niños chicos a sus monstruos para evidenciar lo malísimos que son, y unas arrugas profundas que le enmarcan la boca, posiblemente trazadas a base de decenios de mantener el mismo gesto. Un cabello demasiado espeso, con un corte sin ninguna gracia, y demasiado negro para ser cierto, hacen mucho más severa, si cabe, su expresión. Cuando llega el coche, acerca la silla a la puerta lateral, ofrece un seco buenos días a la cuidadora, y mientras ésta ayuda a la abuela a entrar, ella pliega la sillita y la introduce en la parte de atrás, donde están guardadas otras de otros tantos abuelos que ya han recogido por el camino. Nunca la he visto cruzar una palabra con la anciana, ni despedirla más allá del hecho de guardar la silla.
Los días que trabajo por la tarde también suelo coincidir con ella, mientras espera a que vuelva a pasar el coche que trae de vuelta a la anciana. El mismo gesto y la misma secuencia, pero a la inversa: sacar la sillita mientras la cuidadora ayuda a bajar a la abuela y un seco hasta mañana antes de empezar a caminar. Sólo los días de invierno cambia un poco la puesta en escena, y nuestra señora gasta algunos instantes en ajustar bien una manta sobre las frágiles piernas de la abuela y en acomodarle bien la bufanda para que pueda respirar y ver bien a través de ella sin que pase frío. Y esas son todas las muestras de ternura que le he podido ver en apenas dos minutos de vez en cuando. Dos minutos que no son tiempo ni tienen ningún contexto en dos vidas. No conozco a ninguna de las dos mujeres, ni sé qué relación hay entre ellas, pero coincidir algunas veces en la parada del bus y observarlas, ha hecho que una mente demasiado proclive a inventar historias como la mía haga lo propio con ellas o con la apariencia que de ellas tengo.
Esa historia construida se me desmoronó ayer un poco cuando, al bajar a la calle después de comer, camino del cafetal, encontré a la señora enfrente de nuestra parada habitual, seguramente haciendo un poco de tiempo hasta la hora de recoger a la abuela. Apoyaba los codos en el techo de un coche, y por una vez, no vi su rostro tan impasible como siempre, sino más bien crispado, de pena más que de rabia, mientras hablaba y manoteaba sin dejar la postura ni el desespero. A su lado, un hombre la oía mientras ella continuaba su discurso mirando al frente, a la parada donde tendría que estar en unos minutos. Cuando calló para coger aire, o para tragar la saliva que la desesperación le había puesto en la boca, el hombre, en un gesto que reconocí también como mío, acarició su brazo, como un intento de hacerle saber que él estaba allí, que estaba a su lado más allá de la presencia física. Ella le devolvió el gesto, reteniendo la mano que la acariciaba con la suya propia, regalándole un silencio y, ahora sí, una mirada, otra distinta a todas esas miradas de dos minutos.