¡Vacaciones!

El placer inmensurable de desactivar la alarma del despertador y saber que, en un mes, no volverá a sonar, al menos por obligación impuesta. Poder trasnochar si te lo estás pasando bien (o más que bien), sin tener un ojo pegado al reloj y el miedo al madrugón del día siguiente.

El placer de levantarte cuando hace rato que ha amanecido, desayunar tranquilamente mientras revisas la prensa y caer en la cuenta de que tienes todo un día por delante para hacer lo que te apetezca y cuando te apetezca. Y pensar que tienes todo un capital en días por delante para seguir haciéndolo.

Naufragio

Una chica camina por la calle. Va con los brazos demasiado separados del cuerpo, balanceándolos como un pajarillo que aprendiera a volar. Hacia delante, hacia atrás, a la vez que se contonea en su voluminoso ser, alternando brazos y piernas para sostener el precario equilibrio en su marcha. La acera es estrecha, y está adornada por unas farolas y unos árboles cuyos alcorques la reducen en un tercio. Además, está la parada del autobús, donde las personas que lo esperan no pueden hacerlo ordenadas y en fila, sino en corrillos que se adelantan impacientes oteando el autobús que de nuevo se retrasa.

Un señor camina detrás de nuestra chica. Tiene prisa, o al menos eso parece ya que su marcha es un poco más rápida que la de ella. Cuando la alcanza, entre árboles, paradas, alcorques y brazos balanceantes, apenas tiene sitio para pasar. Pero sigue teniendo prisa. Si se atreve a adelantarla sin tomar precauciones, lo más posible es que se lleve un manotazo en la entrepierna, así que tiende una mano hacia delante. El balanceo de brazos sigue su curso y las manos, irremediablemente, chocan con una fuerza producida por la velocidad de la extremidad femenina. Ella se vuelve, se queja y se revuelve. Se indigna por la agresión del hombre. Le increpa. Él le dice que sólo le ha parado la mano y que no se puede ir caminando como si se estuviera uno ahogando. Sigue su camino sin volverse, tan aprisa como antes. Y allí se queda, el pajarillo que comenzaba a volar, la funambulista sin red, náufraga en tierra convertida ahora en basilisco.

Ampharou’s library

Ea, pues vamos al lío que para mañana es tarde. Me ha coincidido que he terminado de ver una serie a la par que un libro (bueno, no en el mismo momento, claro. Aunque cuando veo una serie también leo) y me ha parecido buen momento para colgar nueva entrega de la Library, antes de que llegue el parón de las vacaciones y me entregue a una vida de sufrimiento y dolor.

Desde la última entrada de biblioteca han caído tres libros, dos que esperaba como agua de mayo y otro de propina.

Uno de los esperados era Solar, de Ian McEwan. Desde hace más de un año que supe que iba a publicar de nuevo, me he estado comiendo las uñas. Todo el tiempo que ha tardado en salir la edición en castellano, porque a mí, de la lengua de Shakespeare, me da a lo justo para entender el “on-off” de la lavadora… y aún así es más por intuición que por conocimiento. En fin, que volvamos a lo que nos atañe: Solar. McEwan. Y yo de nuevo con la boca abierta. Que sí, que lo sé, que soy muy pesadita, pero yo de mayor quiero escribir como este señor. Y dibujar un personaje con palabras tal como lo hace él, y encima hacerlo tan sumamente hostiable. E imaginármelo en situaciones tales, y que al final te dé lo mismo que estén hablando de energías renovables o de las cruzadas (Ned, Lolo, ya sé lo que es un MacGuffin), lo que quieres es que te cuenten una historia y que te la cuenten así.

El segundo libro llegó de la mano de Belén Gopegui, Acceso no autorizado. A ella la esperaba desde que me terminé su último libro. Está bien que te tengan acostumbrado a cierta rutina, y ya sabes que cada dos años hay libro de Gopegui. Y yo también quiero escribir como ella cuando sea mayor, así que esa espera se hace un poco larga. Lo que pasa es que esta vez sí que me ha decepcionado un poco. Magníficamente escrita, eso sí, pero quizá el tema, que podéis medio adivinar por el título, y del que no tengo ni pajolera idea, me sobrepasaba un poquito y no llegué a cogerle el punto a la historia. Volveremos a esperar un par de años de nuevo.

El tercero, la propina, libro del que supe por un artículo de un periódico y que no tardé en encargar. Todos los casos de Sam Spade, de Dashiell Hammet, que empieza con El halcón maltés (que releí con sumo gusto) y algunos cuentos cortos. Me recordaron estos cuentos a aquellos “Hitchcock presenta…”, que conservaban la genialidad del maestro en dosis más cortas. Simplemente delicioso.

Cine poquito. Lorah, la niña de mis ojos me arrastró a ver la segunda parte de Harry Potter y las reliquias de la muerte, en 3D, y la verdad es que disfruté como una enana, previo maratón de las anteriores para ponerme en antecedentes (ahora tengo rebujadas las seis anteriores, pero bueno).

Así que a lo que más nos dedicamos es a ver series. O a metérnoslas en vena, casi. Terminamos Juego de Tronos y The Killing, y ahora, junto con Sherlock, son tres las series que esperamos con anhelo. Mientras tanto, dimos buena cuenta de la segunda temporada de Luther (tan grande como la primera) y seguimos poniéndonos al día con Mad Men (ya estamos con la cuarta temporada. Me va a dar mucho coraje cuando acabemos). Me pegué una enorme paliza de Dexter, que había dejado en la segunda temporada y conseguí terminarme las tres que me quedaban en una semana más o menos. Eso sí, ésta tuve que verla sola, que el aprensivo Ned no estaba por la labor. Y bueno, todas estas más o menos ya os las tenía recomendadas. Ahora quiero hacerlo, fervientemente (me ha gustado tanto que ya tengo el libro encargado y deseándo ponerme con él) con The Crimson petal and the white. En castellano, al menos el libro, ha sido traducido como Pétalo carmesí, flor blanca, pero me gusta más el título original. Serie de la BBC (sigue siendo síntoma de calidad), de solo cuatro capítulos (eso sí, de horita cada uno), visualmente impactante, está ambientada en el Londres victoriano. Serie para darle su tiempo, ruda, cruda y ambiciosa.

Seguiremos informando.

Torre de Babel

Ya os he hablado del sitio al que voy a desayunar cada mañana de mi yo laboral. Lo que no sé si os he dicho es que cerca de allí hay una escuela de español para extranjeros. Normalmente salgo más temprano a tomar café, así que hasta ahora (desde que estoy en el cafetal molón) no había coincidido con la hora de recreo de esta escuela, pero ahora que estoy sola, y que salgo cuando buenamente puedo y me dejan, tengo que procurar, si quiero asegurarme un cachito de barra, hacerlo antes de que salga la marabunta y tomen, literalmente, la cafetería. Así que el día que tengo suerte, llego, me acodo en un rinconcito parapetada en mi libro, y ellos van llegando a volver loca a Mariya (que hace su agosto en pleno agosto) con sus comandas imposibles de tostadas con cocacola o bocadillos de chorizo con café solo…

Desde los renglones de mi libro los miro. Son rubios como el sol la mayoría, algunos tienen los ojos de un azul imposible, pero todos, absolutamente todos, tanto chicos como chicas, tienen en común ser insultantemente jóvenes y bellos (¿acaso no es lo mismo?). Montan una algarabía de media hora con sus risas y sus conversaciones pergeñadas en un castellano que ya manejan con una soltura que yo quisiera para sus respectivos idiomas. Ríen. Los parroquianos habituales los miran molestos por la invasión. Cuando se marchan, camino de las siguientes clases, Mariya suspira. Mañana más…

¡albricias!

¿Recordáis aquella orquídea preciosísima que me regalaron mis compañeros de la mina* cuando los abandoné? Sí, hombre, sí, aquélla con la que llegué al cafetal, llorando de nostalgia  a mis compañeros queridos, aquélla de la que os ponía fotos cada primavera, con sus flores violetas tan sugerentes (vale ya, si no os acordáis, pinchad en el enlace, que para eso lo he puesto!)

Bueno, pues esa misma. Esa que todos decían que parecía artificial, de lo bonita que era. La que celebrábamos en cuanto empezaba a florecer. La misma que, pocos días antes de abandonar el cafetal chungo, uno de los compañeros gritones estampó contra el suelo, rompiéndole varias hojas, dejándole el resto bastante maltrecho (pudo dar gracias a dior que no rompió el tiesto ni se encontraba la pobre en el delicado momento de la floración, pero su ratito de odio y miradas reprobatorias se llevó). Pues bien, esa misma, bien por la bondad de las vibraciones que recibe en el cafetal molón, bien por los extremados cuidados con los que la prodigo (dícese de echarle agua cuando me acuerdo), a pesar del golpe, de las hojas rotas, de haberse desmochado con el batacazo la línea de crecimiento, no sólo ha seguido produciendo raíces varias y flores violetas, sino que, ante la imposibilidad de seguir creciendo hacia arriba, ha decidido retoñar y, siguiendo la imagen y semejanza de su dueña y benefactora, crecer hacia los lados.

*La mina fue antes del cafetal chungo. Y era mina porque allí no había ni una tristísima ventana que echarse a los ojos.

 

El cuadro, del que me declaro enamorada desde ya, es de Picasso.

 

¡albricias!

¿Recordáis aquella orquídea preciosísima que me regalaron mis compañeros de la mina* cuando los abandoné? Sí, hombre, sí, aquélla con la que llegué al cafetal, llorando de nostalgia  a mis compañeros queridos, aquélla de la que os ponía fotos cada primavera, con sus flores violetas tan sugerentes (vale ya, si no os acordáis, pinchad en el enlace, que para eso lo he puesto!)

Bueno, pues esa misma. Esa que todos decían que parecía artificial, de lo bonita que era. La que celebrábamos en cuanto empezaba a florecer. La misma que, pocos días antes de abandonar el cafetal chungo, uno de los compañeros gritones estampó contra el suelo, rompiéndole varias hojas, dejándole el resto bastante maltrecho (pudo dar gracias a dior que no rompió el tiesto ni se encontraba la pobre en el delicado momento de la floración, pero su ratito de odio y miradas reprobatorias se llevó). Pues bien, esa misma, bien por la bondad de las vibraciones que recibe en el cafetal molón, bien por los extremados cuidados con los que la prodigo (dícese de echarle agua cuando me acuerdo), a pesar del golpe, de las hojas rotas, de haberse desmochado con el batacazo la línea de crecimiento, no sólo ha seguido produciendo raíces varias y flores violetas, sino que, ante la imposibilidad de seguir creciendo hacia arriba, ha decidido retoñar y, siguiendo la imagen y semejanza de su dueña y benefactora, crecer hacia los lados.

*La mina fue antes del cafetal chungo. Y era mina porque allí no había ni una tristísima ventana que echarse a los ojos.

 

El cuadro, del que me declaro enamorada desde ya, es de Picasso.

 

Ley de Ampharou: 23ª premisa

Un día sales de casa y una mariposa te revolotea alrededor. Luego, una paloma se te cuela en la oficina y tú la ayudas a salir antes de que se deje todas las plumas contra el cristal. Entonces te sientes como Candy-Candy y sabes que nada malo te puede ocurrir.

Otro día estás esperando que el semáforo cambie de color y un taxi, al más genuino estilo Corrupción en Miami para a tu lado, mientras la puerta del copiloto se abre y un chico echa los higadillos tan cerca de tus zapatos que tú te apartas temiendo por ellos y por el contenido de tu propio estómago. Entonces sabes que ese será una semana de mierda y nada ni nadie puede hacer algo para cambiarlo.