
El virus y el tiempo que me mantuvo alejada del blog como excusa y mi proverbial pereza como único motivo han hecho que se pierda entre unos y ceros la costumbre de castigaros cada mes con un cuadro y algunos libros. Y empezar, a estas alturas, a escribir poniéndole a los cuadros de Hopper (que era el que nos tocaba este año, que para eso suyo es el calendario que me regaló Beaumont a principio de año) nombres de meses no me parece de recibo. Pero me queda el gusanillo de contaros los libros que me voy leyendo, y de daros pistas sobre las series o las películas que veo, así que comienza una nueva sección de la que nadie sabe cuánto durará ni cómo discurrirá.
En fin, vamos al lío. Desde el último libro que os comenté han caído unos cuantos. No tantos como hubiese querido, que la pereza también se ha dejado notar en esto. Eso, y que he estado una chispa más liada que de costumbre.
Empecemos por La maldición de los Dain, de Dashiell Hammett. Curioso libro que creí terminar al menos tres veces, porque cuando la trama parecía estar resuelta, Hammett daba una vueltecilla a su tuerca y el asunto volvía a enredarse. Novela negra de la grande, de la que, como ya he dicho en alguna otra ocasión, me gusta, de esa época en que hasta los buenos eran un poco canallas y los malos tenían honor.
Después de Hammett, don Enrique Jardiel Poncela: La tournée de Dios, una novela casi divina, una preciosísima edición de Blackie Books (precioso regalo de cumple). Más que ácida, cáustica, tenía que estar recordándome a cada momento que esta novela fue escrita en 1932 y no hace dos días. Poncela utiliza la excusa de una más que improbable visita de Dios a la tierra para poner de relieve, con gran humor, la condición humana. Todo lo peor de ella, quiero decir.
A Poncela le siguió Vargas Llosa y su última novela, El sueño del celta (esta vez, regalo de Reyes). Dura durísima novela, está inspirada en la vida de Roger Casement, diplomático británico al que sus vivencias y sus denuncias sobre las atrocidades cometidas por los colonos contra la población del Congo y Nigeria primero, y de la Amazonia después, lo convirtieron a él mismo en antiimperialista, involucrándose en la lucha para liberar a Irlanda de Gran Bretaña, por lo que fue condenado y ejecutado.
Luego llegó el turno de La Gaviota, de Sándor Márai. Una novela de Marái nunca es lo que parece, o lo que esperas de ella. Siempre es mucho más. Y eso que ésta no es de mis preferidas, pero como las que he leído antes de este autor, dejan un regusto acre en la boca, una sensación de tristeza y fatalidad inevitables.
Y hasta aquí los libros que recomiendo. Después de ellos, leí uno y estoy ahora enredada con otro que quería leer por pura curiosidad. E igual la curiosidad mató al gato, a mí me ha alejado de otras lecturas mucho más apetecibles por la cabezonería de terminar algo que realmente no me está interesando nada. Como no os los voy a recomendar, no hace falta que os diga los nombres. Lo que sí diré es que su lectura haría sonrojar al mismísimo Góngora. Sólo espero terminármelo pronto para echarme en los brazos de mi queridísimo McEwan.
Vayamos ahora con las series. Tenemos descolorido a Luther y Sherlock habla muchísimo más lento de las veces que las hemos visto esperando desesperados las segundas temporadas de ambos. Para descanso de los dos, descubrimos Juego de Tronos. ¡¡Ah!!Lo único malo que tiene es que la temporada aún no está completa y las dosis de capítulo por semana son demasiado escasas. Menos mal que descubrimos también The Killing, otra grandísima serie. Lo que pasa es que tiene exactamente el mismo defecto, y en una semana me da lo justo para que me crezcan un poco las uñas para volvérmelas a morder. Peeeeeeeero… menos mal que también descubrimos Mad Men. Bueno, en realidad, de Mad men lo que descubrimos es un lugar donde la VOS existe. Don Drapper y Joan Holloway son lo único que nos ayudan a calmar nuestros respectivos síndromes de abstinencia. Así es, llevamos tres series a retortero, tres series bien distintas que están haciendo las delicias de estas semanas que llevamos viéndolas.
Cine poco. Nada más bien en salas. Vamos viendo en casa, y no sé cuántas han caído desde la última vez que os conté alguna, pero seguro que la más destacable es la que hemos disfrutado este mismo fin de semana: Valor de ley, de los hermanos Coen. ¿Habré visto alguna película de ellos que no me haya gustado? Creo que no. Ésta, desde luego, es una película enorme con un enormísimo Jeff Bridges. Tampoco dejéis de ver, si podéis, Black Swan. Pero la que no debéis perderos, bajo ningún concepto, si queréis entender algo de la tan cacareada crisis, si queréis saber en manos de quién estamos, si todavía no estáis lo suficientemente indignados, es Inside Job.
Esto es todo por ahora. Prometo que habrá más. Pronto.
Actualización:
¡No me lo puedo creer! ¡¡Oseas!! ¡Que me haya olvidado de él! Definitivamente, debo estar haciéndome mayor… porque me he dejado atrás A sangre fría, de Truman Capote, novela de no ficción que me mantuvo en vilo los tres días que tardé en leérmela, simplemente porque no podía cerrar el libro y dejar de saber qué sucedería a continuación, a pesar de que todos los elementos de la trama están presentes desde el principio. Sabes de lo que hablo, verdad, India?