Ley de Ampharou: 23ª premisa

Un día sales de casa y una mariposa te revolotea alrededor. Luego, una paloma se te cuela en la oficina y tú la ayudas a salir antes de que se deje todas las plumas contra el cristal. Entonces te sientes como Candy-Candy y sabes que nada malo te puede ocurrir.

Otro día estás esperando que el semáforo cambie de color y un taxi, al más genuino estilo Corrupción en Miami para a tu lado, mientras la puerta del copiloto se abre y un chico echa los higadillos tan cerca de tus zapatos que tú te apartas temiendo por ellos y por el contenido de tu propio estómago. Entonces sabes que ese será una semana de mierda y nada ni nadie puede hacer algo para cambiarlo.

Ley de Ampharou: 23ª premisa

Un día sales de casa y una mariposa te revolotea alrededor. Luego, una paloma se te cuela en la oficina y tú la ayudas a salir antes de que se deje todas las plumas contra el cristal. Entonces te sientes como Candy-Candy y sabes que nada malo te puede ocurrir.

Otro día estás esperando que el semáforo cambie de color y un taxi, al más genuino estilo Corrupción en Miami para a tu lado, mientras la puerta del copiloto se abre y un chico echa los higadillos tan cerca de tus zapatos que tú te apartas temiendo por ellos y por el contenido de tu propio estómago. Entonces sabes que ese será una semana de mierda y nada ni nadie puede hacer algo para cambiarlo.

Fastidio

Estaba yo el viernes contando con los deditos los días que me quedaban para coger las vacaciones… Cuatro veces cada mano tuve que contar, y cada vez que acababa una ronda y tenía que seguir contando, el ánimo me bajaba cinco grados de golpe. Pero a última hora de la mañana, cuando ya había hecho de la resignación el abanico que me ayudara a pasar el verano metida en la oficina, el ánimo se me desplomó muerto como una cucaracha en el suelo en el instante en el que vinieron a decirme que, por una suerte de efecto mariposa en la que yo sería el último eslabón (por no decir el último mojón, que queda feo), mis vacaciones se atrasaban, al menos y por ahora, una semana más. Y a mí ya empiezan a faltarme dedos, manos… y paciencia.

BookCrossing

Siete de julio (san Fermín), diez (hora zulú) de la mañana. Cafetal molón. Despacho supermolón. Ampharou, rodeada de documentos, cualesquiera que sean los que hace, despacha la agenda con su compañero. En la puerta, aparece J., otro compañero que trabaja en el despacho contiguo:

– Sabéis qué es bookcrossing?

Ampharou sonríe y asiente. Su compañero sólo sonríe.

J. comienza a contar entonces una historia:

– Es que ayer por la tarde dejé el coche en la calle Talycual (calle muy conocida por Ampharou, ya que está muy cerca de su propio domicilio y mucho más del que lo fue en su tierna y muy reciente juventud), y encima de otro coche había un libro. Me acerqué y vi que era una biografía de san Cucufato (santo muy conocido por Ampharou por ser el patrón del cole donde pasó su tierna y muy cercana infancia), así que la dejé allí.

– Peeeeeero, después, cuando volví, resulta que había otro libro ENCIMA de mi coche…

Aquí J. hace una pausa, para crear el velo de misterio en una historia que, por otra parte, Ampharou no terminaba de encajar demasiado. A J. se le nota la profesión, y es bueno, el jodío, relatando.

– … y este era el libro (y muestra lo que ha tenido escondido a la espalda durante toda la conversación. Un libro viejuno, con unas tapas brillantes que reflejan toda la luz de los fluorescentes. En la tapa, de un color turquesa insultante, un niño con sombrero de paja y camiseta de rayas, sostiene a su vez un libro. En una esquina, se puede leer el título del libro: Cucufatín).

Ampharou abre tanto los ojos que están a punto de caérsele las lentillas.

– ¡Yo tenía un libro como ese cuando era pequeña e inocente! ¡San Cucufato era el patrón de mi cole, y las señoras monjas regalaban el libro a las pequeñas!

Mientras Ampharou iba diciendo esto, J., que ya os he dicho que es el puto amo de mantener la tensión, decía a su vez:

– Pero lo mejor es.. ¡ESTO!

Y abrió el libro por su primera página, justo delante de los ojos de Ampharou, la cual, como ya no podía abrir más los ojos, abrió la boca en su máxima expresión, al ver escrito en esa hoja ya amarillenta su propio nombre, Ampharou Guapa Guapetísima, escrito con la letra de su propia madre.

Recordáis que mi madre tenía un mueble que era como Google y que lo estaba vaciando porque lo iba a cambiar? Pues eso.

Publicidad

Los señores de Dolce & Gabanna, más específicamente la línea de perfumería, han tenido a bien programar la campaña publicitaria de cara al verano. Metidos de lleno en esta crisis en la que estamos y de la cual no se salva nadie, también han tenido el buen criterio de echar mano de campañas pasadas, que además, son estupendas y les quedaron muy requetebién.

Así, en estos días de cruel canícula, podemos ver, zapeando entre los distintos canales, el anuncio cuya música me deja paralizada delante de la tele. No sé si es ese Parlami d’Amore Mariù o las maravillosas vistas de Capri, pero la verdad es que el anuncio me tiene totalmente seducida.

También, cómo no, está la publicidad estática, en concreto, los grandes carteles que pueblan las marquesinas de las paradas de autobuses y los mupis que podemos encontrar en paseos y esquinas. Además, los señores que se encargan de su mantenimiento han tenido la deferencia de colocar el cartel de la firma italiana en el que está justo en la esquina del edificio donde trabajo, de forma que, además de pasar por delante cada vez que entro o salgo, lo veo por la balconada de la primera planta, a través de los pinos y los hibiscos, de pasada y sin tener que empinarme mucho. Eso sí, lo que no llego a entender es por qué le han puesto una valla de obra justo delante que impide que nadie se acerque a él.

 

Lobeando

Hoy, al salir de la cafetería donde desayuno los días de trabajo, me he encontrado con algunas compañeras del antiguo cafetal. Besitos, jijí, jajá… He oído que te va estupendamente, no sabes cuánto me alegro y esa fría y falsa sonrisa en la boca. Ellas, según cuentan, como siempre, sufriendo. A ver si te pasas por allí algún día, que te echamos mucho de menos. El profesor Lightman se arrobaría de puro placer si las conociera.

Nunca, jamás en la vida agradeceré lo suficiente el día en que se me abrió la posibilidad de cambiar de trabajo y venirme al cafetal molón.

Tres tonterías por minuto

Ayer comenzó el verano. A las 19:16 horas. Y no se me ocurrió mejor forma de despedir a la primavera que comenzando la temporada de playa, pertrechada con una toalla y una hamaca, embadurnada de protección solar, acompañada de un libro que ni siquiera abrí y con la banda sonora de un par de decenas de chicos que celebraban el final de sus clases. Se estaba en la gloria, y además, se va diluyendo poco a poco el color níveo que luzco y que haría avergonzarse al mismísimo Cásper.

Mi madre tiene un mueble que es como Google: lo que no encuentres allí, es que no existe. Pero va a cambiar de versión, y el otro día estuvo vaciándolo para dar paso a uno más nuevo y más molón. ¡Cuántas cosas caben en un mueble! Sacó de él parte de nuestras vidas, trozos de mi niñez y de las de mis hermanas, retazos de su juventud, docenas de miradas que nos llegaban, con sus ojos grises o sepias, desde tiempos pasados. Libros que hacía años que no veía y que fueron entretenimiento y sabiduría de una Ampharou niña. ¡Qué poco somos y a cuánto nos aferramos!

La semana pasada nos acercamos al mar para ver el eclipse de luna. Por nuestra posición, cuando conseguimos verla, ya estaba bien alta y fue descubriendo para nosotros su color de sangre. Una pareja que disfrutaba del mismo espectáculo, más previsores, nos prestaron unos prismáticos: ¡mírala, es un globo ocular! Un ojo que comenzaba a abrirse, dejando ver su luz, mirándonos a todos, tan bobos, desde allí arriba.

Tres tonterías por minuto

Ayer comenzó el verano. A las 19:16 horas. Y no se me ocurrió mejor forma de despedir a la primavera que comenzando la temporada de playa, pertrechada con una toalla y una hamaca, embadurnada de protección solar, acompañada de un libro que ni siquiera abrí y con la banda sonora de un par de decenas de chicos que celebraban el final de sus clases. Se estaba en la gloria, y además, se va diluyendo poco a poco el color níveo que luzco y que haría avergonzarse al mismísimo Cásper.

Mi madre tiene un mueble que es como Google: lo que no encuentres allí, es que no existe. Pero va a cambiar de versión, y el otro día estuvo vaciándolo para dar paso a uno más nuevo y más molón. ¡Cuántas cosas caben en un mueble! Sacó de él parte de nuestras vidas, trozos de mi niñez y de las de mis hermanas, retazos de su juventud, docenas de miradas que nos llegaban, con sus ojos grises o sepias, desde tiempos pasados. Libros que hacía años que no veía y que fueron entretenimiento y sabiduría de una Ampharou niña. ¡Qué poco somos y a cuánto nos aferramos!

La semana pasada nos acercamos al mar para ver el eclipse de luna. Por nuestra posición, cuando conseguimos verla, ya estaba bien alta y fue descubriendo para nosotros su color de sangre. Una pareja que disfrutaba del mismo espectáculo, más previsores, nos prestaron unos prismáticos: ¡mírala, es un globo ocular! Un ojo que comenzaba a abrirse, dejando ver su luz, mirándonos a todos, tan bobos, desde allí arriba.

Sueño

Esta noche he soñado que un animal se deslizaba  sobre mí para luego saltar al suelo. Tan real ha sido el sueño, tan vívida la presión que ejercía el animal sobre mi pierna en su impulso para el salto, que me ha despertado y he encendido la luz para comprobar que, efectivamente, no había nada ni en la mesilla de noche ni en el suelo a mi lado.

Entonces he recordado el sueño, retazos de él. Allí estaba de nuevo R. con sus eternas ojeras, riñéndome por no haber ido a verla. ¡Habíamos vuelto a donde siempre estuvieron nuestros recuerdos! Entonces caí en la fecha. Y he vuelto a llorar.

Sueño

Esta noche he soñado que un animal se deslizaba  sobre mí para luego saltar al suelo. Tan real ha sido el sueño, tan vívida la presión que ejercía el animal sobre mi pierna en su impulso para el salto, que me ha despertado y he encendido la luz para comprobar que, efectivamente, no había nada ni en la mesilla de noche ni en el suelo a mi lado.

Entonces he recordado el sueño, retazos de él. Allí estaba de nuevo R. con sus eternas ojeras, riñéndome por no haber ido a verla. ¡Habíamos vuelto a donde siempre estuvieron nuestros recuerdos! Entonces caí en la fecha. Y he vuelto a llorar.