
Después de una semana en el nuevo cafetal, creo que ya estoy en disposición de hacer una lista de pros y contras con respecto al anterior. Y aunque no lo estuviera, la verdad es que no se me ocurre nada más para postear, así que ahí va la listita:
Pros:
El nuevo cafetal mola. Está en un sitio magnífico, tengo un balcón desde el que si me asomo mucho, prácticamente caigo al mar. Bueno, en realidad, caigo casi a los pies de uno de los monumentos más significativos de esta ciudad, pero una vez caída, me bastaría rodar sólo un poquito para llegar a la playa.
En el nuevo cafetal no nos entrenan para el fin del mundo, ese momento en el que el sol habrá estallado y se precipitará sobre nosotros una nueva era glacial. Aquí saben que para entonces ya no quedará ni el Tato y podemos vivir sin tener que quitarnos constantemente una capa de hielo de encima.
En el nuevo cafetal trabaja muuuucha gente. Pero yo tengo un despacho que comparto sólo con otra persona. Esa persona, además, no grita ni hace chistes de mal gusto, ni me cuenta detalles de su vida que no me interesan ni se interesa por detalles de la mía que yo considero que no le interesan a él. Lo mejor: no hay radio.
Los baños del nuevo cafetal también molan. Para llegar a ellos cruzo una galería de ventanales desde los que se ve la calle. Y están im-po-lu-tos. Todo el día. Que en el anterior curro, llegabas por la mañana y sí, olía a lejía que tú no sabías si sería peligroso cerrar la puerta por aquéllo de la intoxicación por inhalación, pero a medida que pasaban las horas y las señoras que consideran que no hay que sentarse en los baños públicos, aunque sean los de tu trabajo y pases más horas allí que en tu casa, pero que también consideran que para qué van a levantar el asiento o, mejor aún, para qué van a limpiarlo luego de haberlo regado por aspersión, aquello se ponía que si acaso ya aguanto un poco y lo hago al llegar a casa.
En fin, que divago: que estos están impecables todo el día, que parece que hay alguien esperando detrás de la puerta a que tú acabes para entrar a limpiarlos. Eso sí, algo malo tenían que tener, y es que por lo visto, al señor arquitecto, para ahorrar costes, se le debió ocurrir que para qué vamos a poner un portarrollos en cada servicio. Y una perchita, eso es un despilfarro. Eso sí, no sé yo si al final le cuadraron las cuentas, porque para mitigar el inconveniente de su ausencia, colocó en cada servicio un bidé.
En el nuevo cafetal todo el mundo es simpático a rabiar. Bueno, mejor dicho, simpáticos de tres tipos diferentes, a saber: la gente a la que ya conocía y han sido simpáticos siempre; la gente a la que no conocía y parecen simpáticos y majos; y los que ya conocía, para los que parecía ser absolutamente invisible en cualquier sitio en el que me los encontrara y ahora parece que he adquirido el don de la corporeidad y ellos son mis amigosss amigosss de la muerte.
El nuevo cafetal está más lejos que el anterior. Medio kilómetro, según GoogleMaps. Esto, lejos de ser un inconveniente, es una ventaja, porque, como voy y vuelvo caminando, a velocidad crucero, me pego cada día unos tres kilómetros y medio de lo más parecido al ejercio que hago. Además, como trabajo dos tardes, se le suman dos nuevas ventajas: que hay días que hago doble ejercicio y que, además, no puedo caer desmayada en el sofá después de comer y pegarme una siesta de antología, que como todo el mundo sabe, es la máxima aspiración del criador de lorzas. Vistas así las cosas, preveo que ya para verano, tendré unas cachas de la firmeza (y el color, me temo) del alabastro.
En los últimos tiempos en el antiguo curro dormía como un bebé, es decir, me despertaba cada media hora casi llorando, y me costaba un triunfo volver a dormirme. Además, me levantaba día sí y día no con el mismo dolor de cabeza con el que me había acostado (sé que eran los mismos porque les ponía nombre y cuando los llamaba me contestaban y todo). Ahora duermo toda la noche como un lirón con narcolepsia.
Y éstas son las ventajas que se me ocurren por ahora.
Contras:
… …
…
..
.
Ya.