Aprovechando que ayer Beaumont se iba a pasar calorín a tierras jerezanas, decidí solidarizarme con él y hacer lo propio en mi propia tierra, bueno, arena, y, previo desbroce ético y estético (que no está bonito ir a la playa con las piernas como Roberto Carlos… bueno, atendiendo al color, mejor como las de Iniesta. Aunque en verdad creo que cualquiera de los dos se depila más que yo. En invierno, hasta Copito de Nieve se depilaba más que yo), enfilé hacia la playa. Así que fue solidaridad a medias solo, porque seguro que en la Victoria se estaba bastante mejor que en Jerez (Jabe, recuerda que este es un blog políticamente correcto y queremos que todo el mundo -cuando digo todo, quiero decir TODO- lo siga leyendo).
En fin, que embadurnada de factor de protección tropecientos mil, que el sol está muy perro y yo estoy muy blanca, allá que me fui, a lucir mis carnes y este cuerpo de perdición que Tutatis me ha dado, con mi toalla y mi libro en la mano.
Como los domingos en la Victoria son monte abonado para estudios sociológicos, decidí mantenerme alejada del mundanal ruido, a salvo de Kévines y Yésicas especialistas en enterrarte en arena a su paso, aunque ello supusiera quedarme en la ‘arena seca’, es decir, a doce mil kilómetros lineales de la orilla, y por ende, de toda la aglomeración. Y allí estaba yo, vuelta y vuelta a la parrilla, cuando me acordé de Landahlauts y de su post de hace unos días: cuatro kilómetros de playa, y ahí estaban esa pareja con churumbela incluida, a menos de dos metros de mí, gritándose al oído, en pantalón corto y camiseta, sentados los tres en una toalla doblada mientras pasaban las hojas de una revista como si quisieran arrancarlas. Que digo yo que para estar enfadado, me quedo en mi casa, donde al menos estoy fresquita. Yo también gritaría, si ese fuese mi modo de ir a la playa. Y como gritaría si tuviera que aguantar mucho rato, aprovechando que mi piel iba tomando ya un delicado tono rosado, decidí recoger mis bártulos y tomar el camino hacia el frescor de mi salón y de la cervecita que me esperaba en el frigo.
Contado todo lo cual, echando enormemente de menos los días en los que disponía de solarium particular, doy por inaugurada la temporada de playa.








