Conversaciones con mi padre #1

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La frase que más me repite mi padre últimamente es ¡Cuánta ilusión le hizo a mi madre comprarse este campiño, y cuánto le gustaba, en sus ratos libres, venirse ella sola a plantar sus habichuelillas y sus coles! Entonces yo le pregunto por todas las cosas que tenía aquel huerto, si también había árboles frutales, si tenían animales, o si siempre iba ella sola o también iban  él y sus hermanos a ayudarla. Él me lo explica todo, emocionado, y cómo su madre después cubrió todo el campo y solo dejó los arriates que lo rodean donde plantó sólo cosas bonitas ¡¿Y no van a ser bonitas, si las plantó mi madre?!

Mi padre tiene Alzheimer. Ese campiño es la azotea de la residencia donde vive desde hace algo más de un año. Una azotea bonita, rodeada de arriates con rosales, pequeños manzanos, jazmines y muchas plantas aromáticas donde los familiares pasamos las tardes con los residentes cuando el tiempo acompaña (¡bendito verano!). Mi padre se quedó huérfano muy pequeño. De lo único de lo que le he oído quejarse en toda mi vida es de eso, de lo pronto que se le fue su madre y la faltiña que le hacía.

Mi padre es un hombre fuerte y valiente. Marinero, ha recorrido medio mundo y un poco más. Así que nunca supo rendirse y ahora tampoco. Cuando le pido que me cuente algún cuento, me dice que no sabe dónde los ha puesto, pero en lugar de rendirse al olvido, se inventa nuevos recuerdos. Hoy cumple ochenta y siete años.

Gatos

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¿Os acordáis de mis gatos? Pues ahí siguen. Viejitos, que uno tiene diecisiete años  y el otro dieciséis. El mayor, Nano, está casi ciego, va por los pasillos de casa jugando al pinball, pobriño, pero aun así se maneja bastante bien: tiene perfectamente controlado dónde está el comedero, el arenero y el sofá. Lo demás, realmente no importa. El pequeño, Wey, está gordo. Gordo en plan mirarlo desde arriba cuando está echado en su cojín y no saber si es un gato o un butacón. Tal cual.

Son gatos caseros, no tienen ningún jardincillo donde jugar y si alguna vez hemos hecho el intento de sacarlos al descansillo del piso, tienen un resorte en las patas de atrás que los devuelve inmediatamente dentro. Los gatos del ángel exterminador, los llama mi él.

Este año hemos hecho varias visitas al veterinario: primero con Wey, que se empeñó en que tenían que corregirle las bolsas de los ojos que tanto lo envejecían y ya aprovechó para una liposucción en el culete (es lo que tienen las divas cuando se hacen mayores), y ahora llevamos mes y medio llevando a Nano cada semana, porque no termina de decidir de qué color quiere las lentillas que le corrijan la miopía.

Dos gatos, dos caracteres: mientras que Wey es un gato zen, al que toooooodo le da igual, que tú lo metes en su transportín y él se acomoda y se queda tan ancho (nunca mejor dicho) y sin decir ni miau, al que el veterinario ha llegado a sacarle sangre sólo estirándole la patita y clavándole la aguja, sin la más mínima queja por su parte, Nano es una drama queen de mucho cuidado: meterlo en el transportín es como una emboscada de los SEAL y desde que salimos de casa hasta que volvemos a entrar, es un maullido constante, fuerte, MUY FUERTE, en un tono que se va haciendo cada vez más grave. Que es salir del portal y la gente nos mira de tal modo que para la próxima cita con el veterinario creo que vamos a tener una pareja del SEPRONA esperándonos. Ya nos conocen la mitad de los taxistas de Cádiz y no me extrañaría nada que nos saquen alguna letra en el próximo carnaval. Una vecina que lo escuchó el otro día decía que parecía un bebé llorando: si yo tuviera un bebé que llorase de esa forma, estaría buscando de inmediato un cura y una garrafa de agua bendita, os lo puedo asegurar.

Como decíamos ayer…

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Bien, aquí estamos de nuevo. Después de una serie de catastróficas desdichas que me llevaron a perder el blog (desahucio por olvido en el pago, más que nada), una pereza terrible de volver a escribir nada y una falta de tiempo más que considerable, me ha vuelto a apetecer escribir (¡a ver lo que me dura!) y me he mudado a este pequeño apartamento. He conseguido rescatar parte del antiguo blog (sólo hasta 2015. Eso de hacer copias de seguridad lo dejo para los devotos de santa Bárbara), sin imágenes, eso sí, y con algún que otro fallo en la fuente, pero me hacía ilusión mantener al menos algunos de mis escritos. Al apartamento, como veis, le falta alguna capa de pintura y dos o tres muebles, pero todo irá llegando a medida que me vaya haciendo con los mandos y desempolve mis rudimentarios conocimientos de fontanería y electricidad.

En fin, que bienvenidos. Espero veros por aquí. Espero seguir yo también por aquí.

Empezamos.

El método

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Fregando (momento de meditación intensa) los cacharros el otro día, recordaba  cuando era una niña,  no sé exactamente con qué edad, y  mi madre  consideró que era lo suficientemente mayor como para tener responsabilidades en la casa, aparte de los pequeños recados que ya hacía (bajar a por el pan, comprar La Casera, ir a entregar alguna prenda que ella había cosido a su dueña…). En fin, que durante el curso nos teníamos que dedicar a estudiar y nos liberaba de esos quehaceres, pero en vacaciones los distribuía según las capacidades y las edades. En esos tiempos que digo que recordaba, a  mí me tocaba limpiar el polvo por las mañanas y fregar después del almuerzo entre semana. Lo de limpiar el polvo lo llevaba bien, porque lo que más hacía era monear con todos los adornos, repasar los libros una y otra vez, mirarme al espejo durante horas, bailar con las cortinas y seiscientas payasadas más… Pero el fregao… el fregao era una auténtica tortura. Primero porque remoloneaba hasta lo imposible, con lo cual sufría el antes y el durante; y después, porque, una vez puestas las manos a la obra, quería quitármelo cuanto antes de encima y fregaba de aquella manera. Con lo que no contaba era con la afición de mi madre a pasar revista, y con que a poco que encontrara un poco de pringue en algún cacharro, todos volvían a la pila a la voz de ‘¡esto está llorando por Granada!’, hermosa metáfora, emuladora de Aixa, de los chorreones que la grasa deja en los cacharros mojados. Así, tenía que volver a fregarlos… total, que yo pensaba que mi madre era una explotadora de menores, lloraba y moqueaba, muy dickensiana yo, con el estropajo en la mano, me compadecía de mí misma en la preadolescente que era. Me enfadaba con ella, prometía dejar de hablarle, imaginaba que me ponía en huelga, o que me escapaba, o yo que sé cuántas cosas más mientras me afanaba con la sartén de turno y los cuatro platos (porque pocos tiestos a fregar eran más que esos, seguro). Y así día tras día de aquellos veranos que tienen color de polaroid.

Pues sí, en eso se entretenían mis pensamientos el otro día, mientras terminaba de fregar mis brillantísimas cacerolas…

 

 

Historias de cafetería #63

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No era guapo, pero tampoco pasaba por un hombre feo. Se había instalado en esa edad indeterminada en los hombres que puede ir de los treinta y tantos a los cincuenta y pocos. Era extremadamente menudo y delgado, y las entradas en el pelo empezaban a ser más que considerables.

Ahora esperaba, sentado en un taburete al extremo de la barra, a que la dueña del bar terminara de atender a los clientes. La negociación se estaba haciendo larga, no porque no se pusieran de acuerdo, sino porque, a esa hora, no paraban de entrar parroquianos en busca de su desayuno. Él sólo quería preguntarle cuánto aceite necesitaba para el viernes, y proponerle un nuevo formato de botella dispensadora y ya llevaba allí sentado más de media hora. Además, el constipado que hacía días que arrastraba no ayudaba a su paciencia. M., la dueña, lo miraba apurada de vez en cuando. El dolor de cabeza que avanzaba decidió por él que sería mejor dejar para la semana siguiente la propuesta e ir directamente al pedido semanal; para ello sólo necesitaba que M. le dijera una cantidad y podría irse, así que se bajó del taburete y empezó a colocarse la bufanda con la parsimonia de los hombres atildados. Ahora, de pie, asomaba poco más que la cabeza por detrás de la barra. M. le buscó la mirada de nuevo para disculparse y lo descubrió oculto tras el expositor de las tapas del día. No podía quedarse sin aceite, así que para insistirle en que se quedara, y haciendo gala de su instinto maternal, le ofreció un colacao. Sólo medio vaso de agua para tomarme esto, contestó él, agitando en alto el sobre de un remedio catarral entre sus manitas de niña enfermiza. Mientras ella le servía el agua y le pasaba una cucharilla, consiguió, por fin, que le dijera una cantidad. Entre sorbo y sorbo de la medicina, le prometió que elviernessinfaltalotienesaquí. Dio las gracias educado y salió, elegante como un niño que, jugando, hubiese conseguido encoger la ropa de su padre hasta ajustarla a su cuerpo, y se la hubiese puesto para salir a la calle y hacerle burla al mundo.

La imagen, de aquí.

Conversaciones increíbles

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Abre el paquete que le han dejado sobre la mesa. ¡Bien, los dos últimos libros que había pedido han llegado! Los mira, los abre… lee la contraportada ¡Qué ganas tenía de recibirlos! En la oficina, cuando llega un paquete con forma de libro, ya no tienen ni que mirar el destinatario, se lo suben directamente.

Vas a tener que salirte de tu casa para meter tanto libro. Esa es la voz de su compañera, que la mira atónita ante el ritual del libro nuevo que lleva a cabo.

Un día de éstos, contesta a la vez que sonríe.

O poner una estantería en cada hueco de pared que tengas.

Pues no pienses que me quedan muchos…

Además, os habéis juntado dos lectores empedernidos…

¡Uy, ya quisiéramos leer todo lo que nos gustaría!

Anda hija, no digas eso. ¡Con la de libros que lees! ¿Y no te compras uno de esos electrónicos?

Pues no, yo prefiero mis libros. Tocarlos, achucharlos, olerlos. Cerrarlos y saber cuánto he leído por dónde está el punto de lectura. Sobarlos, abrirlos. Anotar algo en ellos incluso. Y cuando ha pasado ya algún tiempo, volver a cogerlos y descubrir entre sus páginas cachitos de mi vida de cuando lo leí la vez anterior.

Ay, sí. A mí también me gustan más los libros de papel. ¡Quedan tan bonitos bien colocados en las estanterías!

 

Expediente X

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Tengo un móvil del paleolítico superior. Eso sí, ha vivido más que yo, que el señorito hasta se ha bañado en un río de Vernon, y yo lo más lejos que he llegado es a Gibraltar, a comprar queso de bola. Resumiendo, que el móvil tiene vida propia, y lo demuestra sonando cuando le parece bien a él… las notificaciones las tengo en silencio, me enerva el bep-bep del whatsapp, el sonidito de enviado, el ruidín de las teclas… en fin, sólo lo tengo activado para las llamadas. Pero ya os digo que él hace lo que quiere…

Así que estaba esta tarde en el cafetal. Yo sola. Bueno, también estaba el guardia, pero en la planta de abajo. Repito, yo sola. Oscureciendo. Que ya os he contado alguna vez que soy un poco miedosa. Sola y oscureciendo. Y deseando irme, sobre todo. Parpadea la lucecilla del móvil: una llamada perdida, la madrequeloparió, pero si lo he tenido al lado toda la tarde y no ha sonado! Urge una comprobación, así que marco el número en el teléfono del cafetal, con el manos libres… da llamada. Yo sigo mirando el móvil, que no suena. Sigue el tono de llamada. Lamadrequeloparió otra vez, se ha jodído del todo, no solo no suena, sino que ni aparece la llamada. Sigue el tono y yo concentrada en el móvil… ¡¡¡hasta que alguien ha contestado al otro lado!!!

¡¡No sabéis el susto que he pasado hasta que he comprobado que, torpe de mí, me había equivocado en el último número!!

Prejuicio/perjuicio

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Mañana de un viernes cualquiera. Esa hora en la que los chicos de los institutos han entrado ya en clase y los más pequeños todavía se están terminando de despegar el sueño, esperando para salir de casa y sumarse a un nuevo día de cole.  Esa hora afortunada, aunque oscura todavía, en las que los usuarios de los autobuses no vamos royéndonos los codos los unos a los otros. Es más, en esta mañana de un viernes cualquiera, el autobús va casi vacío, aunque el pronóstico del tiempo es de fuertes lluvias toda la mañana. Algunos asientos ocupados al fondo, otros al principio del bus, un par de personas más en la plataforma…

Próxima parada, Cuarteles. La señora que ocupaba la plataforma se acerca a la puerta justo cuando se abre. El chico que iba junto a ella hace un movimiento rápido y se agacha. Ella se baja y él se asoma a la puerta mientras sigue bajando gente: ¡¡¡Rubiaaaaaaaaaaaaaa!!! Es un tipo mal encarado, con voz de carajillo y tabaco negro. No viste de Armani, ni siquiera de Alcampo. Todos lo miramos, pero él sigue a lo suyo y suelta otro rubia que suena igual que los truenos de la noche anterior. Se vuelve la rubia, que reconoce al que ha sido hasta hace sólo un momento su compañero de viaje. Se vuelven casi todas las mujeres que se acaban de bajar del autobús. ¡Que se t’han caío cinco euroooooooooos!! A la rubia no le ha dado tiempo de escucharlo, ha seguido su camino ¡Aquí te lo dejo, que no me voy a bajá!! Y los tira fuera del autobús. La última chica en bajar los recoge y sale corriendo tras la rubia. El conductor del autobús, que ha aguardado con las puertas abiertas mientras se desarrollaba la escena, echa el telón y arranca. Nunca sabré el desenlace de la obra.

 

Gatos

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Wey está castigado. Ya lleva algunas semanas y  va a seguir estándolo. El motivo: un pequeño error en la interpretación de la expresión mordisquitos cariñosos que nos han tenido diez días dándole antibióticos a Nano tres veces al día, limpiándolo con antiséptico y poniéndole pomada. Cachilla de pollo, lo llamamos ahora, porque tiene media cadera y medio muslo pelados.

Así que mientras redefinimos la palabra cariñoso con Wey, cuando sabemos que ninguno de los bípedos va a estar en casa y para que no le haga ninguna otra demostración a Nano, le ponemos un cuello de esos de campana de plástico que le queda ideal.

Wey, poco acostumbrado a llevar atuendos de moda (salvo aquélla vez en la que Lorah, siendo pequeños los dos, lo vistió con la ropa de una muñeca de Las tres mellizas), no me miró ni raro la primera vez que me acerqué a él con la campana. La segunda vez sí. Y ya después de casi un mes, os lo podéis imaginar. Ya sabe el momento justo en el que se va a producir la maniobra y se mete en su caseta, que es un pequeño piso con calidades de lujo y balcones a la calle. Y de ahí, claro, hay que sacarlo. Su táctica es la resistencia pasiva: se hace el muerto. Cuando, arrastrándolo, consigo sacarlo por una pata y toca el suelo, hace como si se fundiera con el gres. Literalmente, se desparrama.  El muy zen, se ha apropiado de aquello de Be water, my Wey. Eso, si no ha conseguido sacar el cojincillo que hace de suelo de su caseta, que entonces se agarra a él como si le fuera el cuello en ello. Por ese entonces, ya he conseguido agarrarlo por los sobaquillos – él sigue haciéndose el muerto- y llevarlo hasta el sofá, que es donde procedo a investirlo caballero ponerle el bonete colocarle el cuello. Cuando ya se lo he colocado y me he asegurado que no le apriete y que no me he dejado ninguna oreja detrás, lo suelto. Y entonces es cuando él se convierte en un Navy SEAL el día del ensayo general: escapa a toda prisa por el pasillo, pero con las patas flexionadas y la barriga pegada al suelo. Eso sí, dando campanazos por cada esquina, que aquello parecen los cuartos de Marisa Naranjo.

 

Ampharou’s library: septiembre

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Se acabó septiembre y con él, toda esperanza de verano. Aunque siga haciendo buen tiempo (¡casi mejor que en agosto!), pero ya no es lo mismo: vamos irremediablemente hacia otro largo invierno. Exactamente igual que otros años por estas fechas, todo hay que decirlo. ¡Pero qué sería de nosotros sin los tópicos!

Pues nada, que septiembre se fue, y hoy volteo este Jarrón azul para dar paso a una nueva ilustración de nuestro pintor del año. No os voy a desvelar cuál es, así me obligo a escribir un nuevo post antes de que acabe el mes. Disfrutad mientras tanto de estas flores, de los colores. De la disposición de esa fruta, como dejada sin querer encima de la mesa. De la textura del lienzo, armazón de la belleza de un jarrón azul y unas flores silvestres.

Agosto y septiembre han sido buenos meses en lo que a lectura se refiere. Después de paladear convenientemente al maravilloso Leight Fermor, me atreví con un libro que me había regalado Beaumont, y que, por una reseña en un artículo que leí, creo que de Jacinto Antón, tenía muchas ganas de leer. Y mi gozo en un pozo. Se trata de El malogrado, de Thomas Bernhard: lo siento, no he conseguido contactar con él. Las ideas en las cuales se urden las poco más de ciento cincuenta páginas son el fracaso, la genialidad, la admiración y la frustración, y la reflexión que sobre ellas se hace me parece espléndida. Pero no he podido hacerme con el tono de la novela. Que esas poco más de ciento cincuenta páginas fuesen un solo párrafo no ha ayudado. Me producía angustia. Pero leído ha quedado.

Ya de vacaciones fue el turno de La fuerza y el viento, de Óscar Lobato. El tercero de mis libros dedicados este año (son los únicos tres que tengo, bien es cierto). Ni una semana me ha durado. Lo he leído a cara perro, reconozco. El cariño que le tengo al autor, y que algunos de los escenarios de la novela sean tan reconocibles han ayudado, pero sobre todo han sido las aventuras de ese trío de arcángeles (Uriel, Miguel y Gabriel) piratas lo que me ha tenido enganchada al libro, algunas veces hasta bien entrada la madrugada.

Hablemos ahora de las series: a estas alturas estamos pendientes de ver el último capítulo de la segunda temporada de Ray Donovan. Si la primera nos gustó mucho, ésta no le va a la zaga. Cada vez va a más, y no vemos el momento de sentarnos con este último capítulo y ver qué hace Ray con todos los enanos que le han crecido alrededor.

A Ray lo simultaneamos con la cuarta temporada de The Killing. La tercera fue una temporada de las que hacen que una serie brille por encima de todas las demás, pero esta tercera ha sido un pequeño desastre (pequeño porque son solo seis capítulos), con un final tan empalagoso y tan fuera de lugar del tono del resto de la serie que más parecía una película Disney que otra cosa.

Y mientras espero que empiece la cuarta de American Horror Story (que veo yo sola, a Beumont no le van esas cosas), seguimos las cuitas de Enoch Thompson en la quinta (y última) temporada de Boardwalk Empire. Cuando acabe, la vamos a echar de menos…

En cuanto a las películas de estos dos meses (acabo de caer en la cuenta que me salté agosto), pues básicamente han sido dos: Cars 2 y Despicable Me 2, así en inglés, que las hemos visto en versión original. Las mil quinientas veces. Cada una. En diez días. Diálogos enteros que me sé, y eso que yo en inglés no paso del hakuna matata..

Bromas aparte, hemos visto Gomorra. La peli, no la serie que pasan ahora no sé por qué cadena. Despiadada, dura, descorazonadora. No me extraña que Saviano esté en paradero desconocido… pero no callado, ojo.

También vimos el otro día X-Men: días del futuro pasado… y qué os voy a contar, que es un gustazo ver en un mismo plano a Michael Fassbender, Hugh Jackman y James McAvoy!