Después de más de veinte años trabajando en el hospital, Damián R. por fin habÃa conseguido el puesto de su vida, el que le hacÃa feliz, con el que sin duda se iba a sentir completamente realizado. El tiempo que estuvo destinado en la UCI habÃa estado bien, pero aquéllo era infinitamente mejor. Además, todavÃa le quedaban bastantes años para disfrutarlo, seguro. Sus jefes estaban encantados con él. No iban a estarlo, si después de una semana allà se habÃa presentado en el departamento de recursos humanos para pedir una ampliación de horario y cuando le dijeron que no podÃa ser y que además las horas extras no estaban contempladas en el convenio, se habÃa ofrecido a trabajar más horas, a doblar turno si hacÃa falta aún sin cobrar. Aún sonreÃa cuando recordaba la cara de estupefacción de Maripili, la administrativa, cuando hizo ese ofrecimiento. ¡Qué sabrÃa ella! Lo peor es que le dieron las gracias por su generosidad y su abnegación, pero declinaron la oferta. Eso sÃ, consiguió la promesa de que lo mantendrÃan fijo en el turno de noche.
Damián R. se conformó. Llegando mucho más temprano de la hora en la que debiera relevar al compañero del turno anterior, y remoloneando un poco cuando terminara el suyo, conseguirÃa arañar una hora más. Quizá hora y media. Cualquier cosa por estar allÃ. Cualquier cosa por no estar fuera de allÃ. Fuera habÃa demasiado ruido. ¡Pero si ni en su propia casa podÃa estar tranquilo! Por eso amaba aquel lugar que, aunque lleno de gente, era tan tranquilo y silencioso. SÃ, definitivamente, Damián R. habÃa encontrado su lugar en el mundo como auxiliar del turno de noche en el depósito de cadáveres del hospital comarcal.
Dedicado, con todo el cariño, al vecino que amablemente nos hace saber que no le dejamos dormir la siesta… a las diez de la mañana.






