That’s all folk!!

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Un mes sin tomar café. Un mes de trasnochar, simplemente por el placer de no tener que madrugar. Un mes de leer en la cama hasta las tantas, de ver series, de ver películas (aunque a veces fueran en bucle). Un mes de casi olvidarme de maquillarme, un mes en el que la indumentaria oficial la componían sandalias, camisetas y shorts muy shorts, con la variante de sandalias, camisetas y minifaldas muy minis. Un mes de levantarme simplemente cuando me despertaba, un mes de alarmas apagadas. Un mes de comer, beber y reír a partes iguales.

El martes acabaron mis vacaciones. Tras un día en el cafetal, parece que ese mes fue hace un año.

Magritte redivivo

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Me gustan las ventanas. Me gusta mirar por ellas. De dentro hacia fuera. Pero sobre todo, de fuera hacia dentro. No es afán de cotilleo, no. No quiero saber qué hace la gente en la intimidad de su hogar, cuando piensa que nadie les mira. Ni siquiera me interesa ver a los dueños de cada ventana. Yo lo que quiero es imaginar, y lo que se ve a través de una ventana puede llegar a ser el mejor de los escenarios: un trozo de pared, una moldura en el techo, una lámpara… una estantería, una cama deshecha, un cubo y una fregona apoyada en una esquina. Un trozo de sofá y la luz que emite la tele o el ordenador… un gato en un alfeizar, la jaula de un periquito, la cortina recogida de una cocina. Todo son historias, o retazos de historias que inventar.

El verano es una época ideal para el avistamiento de historias de este tipo: ventanas abiertas con la esperanza de que entre un poco de aire, persianas levantadas con el mismo fin… hasta el más leve visillo es quitado de en medio. Y con ese aire inexistente van mezcladas las miradas: qué felicidad caminar por la calle (sobre todo por la noche. Las luces encendidas inspiran a la imaginación) y descubrir allí arriba, en el segundo o el tercer piso, una pared pintada de azul y una lámpara de lágrimas.

De vez en cuando, además, te llevas un regalo, os cuento: los que habéis visto alguna foto de las que he publicado de algún atardecer sabéis que, más acá de en un horizonte precioso, vivo en un patio gris rodeado de pisos grises. En uno de ellos, la otra mañana, tan temprano que apenas empezaba a clarear la noche, había un balcón abierto. Dentro, una luz encendida. No sé qué tipo de lámpara sería, ni dónde estaba colocada, pero, al menos desde donde yo estaba, daba la sensación de ser luz natural, luz del día que entrase en ese salón a través de una claraboya en el techo, lo cual es imposible, porque no existe tal claraboya (y sí un piso encima) y porque esa luz dulce de media mañana no se correspondía con la oscuridad que había fuera.

Como os digo, la luz era preciosa, pero más hermoso era el conjunto: me acordé enseguida de Magritte y su Imperio de la luz, solo que en esta ocasión era el día lo que permanecía en la casa mientras la oscuridad reinaba fuera.

Ampharou’s library: julio

naturaleza muerta con flores y frutos

Ya se acaba este julio inmensamente largo. Largo me lo parece a mí, claro, que a los que habéis estado de vacaciones, o los que todavía apuráis estos últimos días os parecerá ínfimo.

Seguimos con Cezanne. Lo que estoy aprendiendo gracias al calendario de este año y a estos posts con los que os atormento. Por ejemplo, buscando la ilustración que acompaña a estas letras, la Naturaleza muerta con flores y frutos,  he encontrado también ésta otra, La Montaña Sainte Victoire  de 1904. Fijaos bien en la montaña y en el árbol de la izquierda. Ahora fijaos en la disposición del mantel (un tanto rebuscado) del bodegón  y en el ramo de flores a la derecha: Cezanne llegó a reproducir la montaña en 44 óleos y 43 acuarelas, pero parece que, además, la camufló en otras obras, tal era el poder que sobre él ejercía ‘su musa’.

Vayamos con los libros. Bueno, ‘el libro’. Terminé El tiempo de los regalos y Entre los bosques y el agua (como los tenía en un solo tomo, para mí son un único libro), de Patrick Leigh Fermor. Lloré al terminarlo. Pocas, muy pocas veces (y eso lo sabe mi adorado Chatwin) me he encontrado con un libro tan hermoso. Por eso será mejor que le dedique un post aparte: primero, porque apenas hace dos días que lo he acabado y todavía lo estoy paladeando. Segundo, porque se lo merece. Y tercero, quedaría un post demasiado largo y no quiero ahuyentar a mi extenso público (a vosotros dos, quiero decir). Así que un día de estos me pongo y os cuento de don Paddy.

A ver, series… Os dejé en que estábamos con las últimas temporadas (emitidas) de Juego de Tronos y Mad Men. Como podéis suponer, a estas alturas, ya las tenemos más que vistas. Además, nos ha dado tiempo a ver también la segunda temporada de Endeavour (no tiene mucho mérito, a cuatro capítulos por temporada) y la primera de Penny Dreadful (¡ah, tenéis que verla! Ambiente victoriano y mezcla de monstruos clásicos que se citan a sí mismos. Un poquito de Shakespeare, mucha aventura, una mijita de gore, el vozarrón de Timothy Dalton y los ojos y la magistral interpretación de la bella Eva Green, que da muuuucho susto). Y ahora estamos metidos de lleno en Ray Donovan. Nos hemos encontrado (Ray, Beaumont y yo) justo cuando comenzaba a emitirse la segunda temporada, así que nos estamos dando un pequeño atracón de la primera para ponernos al día. Muy recomendable, sobre los entresijos de Hollywood, las mentiras y las apariencias. Además, Jon Voight hace un papelín muy simpático (es mentira. Su personaje es de los que te dan ganas de inflarlo a hostias y él ocupa toda la pantalla hasta cuando no sale).

Ahora llega el turno de las películas. O de la película, para ser más exactos, porque sólo recuerdo (tengo que ir anotándolas) haber visto Viva la libertad, la última que ha estrenado Toni Servillo, el Jep Gambardella de La gran belleza. Que sí, que somos muy pesaditos, pero es que desde la película de Sorrentino nos hemos enamorado de este hombre, y con razón. Porque también tenéis que ver Viva la libertad. Ya luego, si eso, me decís si os recuerda a algo…

El mes de julio ha dado para más. Primero, para la presentación de un libro. No le voy a hacer publicidad, porque Óscar Lobato no la necesita, pero por fin ha publicado su tercer libro, La fuerza y el viento, y el pasado día dieciocho lo presentó en Cádiz. Y allá que nos fuimos, arrastrada por el cariño que le tengo: coincidimos poco más de un año en el cafetal, pero aprendí de él lo que no hay en los escritos. Literalmente. Así que, desde aquí, le deseo la mejor fortuna a este nuevo libro (ni que decir tiene que ya tengo mi ejemplar, con una cariñosísima dedicatoria, esperando a ser leído).

Segundo, y sobre todo, para un reencuentro largamente deseado con la persona más dulce y más achuchable en dos mil cuatrocientos kilómetros a la redonda por lo menos, mi querida India. Aunque al llamarla querida no os podréis hacer una idea de cuánto lo es. Para empezar a sospecharlo, tendríais que haber visto el abrazo de cuando nos encontramos.

Perrísimas que somos las dos, hacía mil que no nos veíamos, cuando apenas vivimos a quince kilómetros la una de la otra. La excusa perfecta nos la dio José Alberto López y su exposición (junto a Mª  Ángeles Robles) Paisaje interior: Arte y sueño en kimono, que a su vez se integra en la exposición Made in Japan que se encuentra en el Castillo San Sebastián de Cádiz hasta el 12 de octubre y que no debéis dejar de ver si pasáis por este trocito de orilla atlántica. De la exposición os diré que es preciosa, aunque lo explican mejor José Alberto y también India. Del día que pasamos… bueno, eso lo saben la piel y las pajarillas del sentío.

 

Preguntas estúpidas: al teléfono

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¿Quién no se ha equivocado alguna vez al llamar por teléfono? ¿Quién no ha recibido una llamada equivocada?

Ya sólo en lo particular darían (y de hecho dan) para largas historias estas equivocaciones, pero donde las he encontrado más jugosas (por mucho que en el momento en el que ocurren sean exasperantes) ha sido en los distintos cafetales en los que he pasado mi vida laboral.

Tras varios trienios a mis espaldas (no os digo cuántos para que no me echéis las cuentas), he llegado a la teoría de que, las preguntas estúpidas al teléfono se dividen, al menos en los cafetales de la cosa pública, en dos tipos básicos, a saber:

Buenas tardes, ¿es el Gabinete de la Adjuntía de los Asuntos Variados y Diversos?

No, caballero. Esto es el Cafetal Molón en Cádiz.

Ah, y no me puede dar el teléfono del Gabinete de la Adjuntía de los Asuntos Variados y Diversos?

Ea, ya me han visto la cara de Pelocho. Que algunos deben imaginarse que los que trabajamos para la cosa pública, con sus distintas versiones, subversiones y divisiones, estamos sentados sobre unas páginas amarillas donde aparecen todos los teléfonos de todos los organismos del mundo mundial. Y la otra versión sería:

 ¿Es la Embajada de Tartaristán?

Buenos días. No, señora, esto es el Cafetal Molón en Cádiz.

Ah, es que yo quería saber si para ir este verano a Tartaristán del norte tengo que ponerme la vacuna de la malaria o sólo la del dengue.

Ya, pero yo no le puedo dar esa información. Tendría usted que llamar a la embajada.

Sí, pero es que viajo la semana que viene, y en el ambulatorio sólo me quieren poner la del sarampión.

Lo siento, pero es que yo no puedo informarle.

No importa cuánto dure la conversación, ni la historia que te cuente la señora, ni que te diga que también quiere llevar al perro, pero que a la abuela la deja en la residencia. No importa las veces que tú le digas que no puedes ayudarla, con tu santa paciencia y una sonrisa que, a partir de la decimoquinta vez, empieza a convertirse en un apretar de dientes: indefectiblemente, esta conversación sólo puede terminar de una forma:

¿Me das entonces el teléfono de la Embajada de Tartaristán?

Vocaciones.

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Nunca tuve una vocación clara. Cuando era pequeña, quizá porque era una niña enfermiza y enclenque y pasaba en el médico más tiempo del que mi madre hubiese querido, yo quería ser enfermera. Pero enfermera de las que dan los números, decía. Y es que en nuestro ambulatorio, la casa del mar (que para eso mi padre surcaba los siete mares día sí y día no), al entrar, lo primero que encontrabas era un cuartito en el que una enfermera, perfectamente equipada con su uniforme y su cofia, se sentaba frente a una mesa cubierta de infinidad de pequeños tacos de papel, cada uno de un color. Cada color correspondía a una consulta, y ella iba anotando números sucesivos en cada montoncito de color, que repartía, ordenados y bajo pedido, a los pacientes que allí nos acercábamos. ¡No me digáis que no es un trabajo ideal! Pues eso es lo que la niña que yo fui quería ser cuando creciera.

Algún tiempo después, cuando la edad del pavo comenzaba a hacer mella en mí (cuando se hizo más visible, quiero decir, que esa edad creo que la tengo desde que nací y todavía no la he soltado), cayó en mis manos una revista que contenía un artículo sobre lo maravilloso que es ser modelo de pasarela. No hay que decir que me lo empapé, no tanto por mi afición a ese sector en particular como por que en esa época (como en todas), leía todo lo que me caía en las manos. Pero sí, me entusiasmó. Tanto que proclamé a los cuatro vientos (los que rodeaban a mi madre) mi intención de ser modelo. Para convencerla, le leí el artículo en cuestión. Ella, de todo el blablá que yo soltaba, se quedó con la frase de que, uno de los requisitos para esa profesión, era tener ‘porte y distinción’.

Esto ocurrió en verano, y yo ya estaba en la edad en la que a las niñas de mi época nos compraban los primeros tacones, como si de un rito iniciático de paso a la edad adulta (¡já!) se tratara. El octubre siguiente se celebraba la festividad de la patrona de este pueblo en el que vivo, y la norma marcaba por aquellos años estrenar los modelos de otoño-invierno en ese día (la de verano se estrenaba el día de corpus). Así que mi madre nos hizo unos bombachos en tonos verde cacería. No consigo recordar  con qué los combinábamos, pero sí que a mí me compró mis primeros tacones, un modelo marrón con pala de mocasín y unos cuatro centímetros de tacón ancho. Para mí, acostumbrada a las merceditas de niña pequeña y a los gorilas del colegio, esos tacones eran un tesoro, más aún si tenemos en cuenta mi reciente vocación. Ya me veía yo desfilando, deslumbrada por los flashes. Llegó el día de la fiesta, yo fantástica con mis pantalones, mis medias y mis tacones, había que ir a ver la procesión (era signo de la época. Años más tarde aprovechábamos el día de fiesta local para ir de compras a otras localidades. Ahora, el que no se va de puente, lo pasa en la playa, curiosidades del cambio climático). Tras un buen rato de pie, yo añoraba mis merceditas. Hasta los zapatos del colegio (cuya dura suela de goma era en realidad solo un poco más baja que los tacones que llevaba), con la manía que les tenía, me parecían deseables frente al dolor de pies que llevaba a rastras. Volver a casa fue una odisea: los zapatos me hacían rozaduras a cada paso que daba y yo, tratando de evitarlas, era un émulo precoz de Chiquito de la Calzada. Pero lo peor no era el dolor de pies. Lo peor fue mi madre, ayudándome a caminar, muerta de risa, repitiendo como una letanía: ‘porte y distinción’. Aún hoy me lo recuerda de vez en cuando y ahora nos morimos de risa las dos, pero lo que murió realmente aquel día fue mi exitoso futuro como estrella de la pasarela.

 

Ampharou’s library: abril y mayo

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Mujer de azul y tejado rojo. Ya me he vuelto a columpiar y a saltarme un mes. Y casi son tres, que mira a qué fecha estamos. Pero os traigo los dos cuadros, preciosos, un paisaje y un retrato, de d. Paul. No sé por qué, pero los dos me evocan tristeza, un atisbo de soledad. A pesar de los colores intensos, brillantes incluso en el caso del paisaje.

Terminé de leer La sonrisa etrusca. Ni que decir tiene que cuando cerré el libro por última vez me acometió un llanto inconsolable: por lo hermoso del libro, por lo bellamente que está escrito, por la historia en sí y por todo a lo que me lleva. Y tras un par de días de reposo, empecé El tiempo de los regalos, de Patrick Leigh Fermor, libro de título precioso y más precioso contenido. Sólo la sinopsis basta para atraer a cualquiera, que esté prologado por Jacinto Antón son muchos puntos a favor, y leer la cita que lo comienza, es dejarte enganchada hasta su final:

Abandona tu hogar, y busca costas extranjeras, oh joven: para ti nacerá un estado más grande de las cosas. No cedas al infortunio: el lejano Danubio te conocerá, el frío viento boreal y los tranquilos reinos de Canopo y quien contempla el renacer de Febo y su ocaso haga que, más grande, descienda en arenas extrañas.

Tito Petronio

Mientras tanto, hemos seguido con las series: terminamos (anteayer mismo) la segunda temporada de House of cards. Enormísima. Todo un estudio de cuánto más malo y más ambicioso se puede ser. Kevin Spacey se sale de la pantalla, pero es que Robin Wright es la Lady Macbeth perfecta (¡ay, la pequeña Buttercup!)

También terminé (ayer) la segunda de Hannibal. ¡Qué temporada, madredelamorhermoso! Éste también es malo malísimo, y listo listísimo, pero además da muchísimo susto. Y supongo que ya sabréis por qué…

Y llevamos al día Juego de tronos, que cada vez da más nervios, y seguimos con Mad Men, con la que será la primera parte de su última temporada (no mola nada esto de dividir las temporadas, encima que perdemos las uñas a base de esperarlas, hay que multiplicar esa espera por dos para una menor dosis de capítulos).

Y hasta aquí llegamos. El mes que viene, más. Y si no, para el siguiente.

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Preguntas estúpidas: en el bus.

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Estás en la calle. Más concretamente, en una parada de autobús. Urbano. Una parada en la que solo para una línea. No hay lugar a dudas: efectivamente, no puedes estar haciendo otra cosa que esperar el autobús. Porque, además, para no perder tiempo, tienes la cartera en una mano y el bonobús en la otra. Vamos, que es un típico caso de ‘blanco y en botella’. Y se te acerca una adorable ancianita, de esas que llevan escrito en la frente ‘tengo ganas de charla y tú serás quien caiga en mis redes’. Y te pregunta: ¿Hace mucho que ha pasado? Y tú piensas No, hace apenas dos minutos, pero como yo estoy esperando uno que venga conducido por Brad Pitt, no me he subido. ¡¡¡Cómo ***** quieres que sepa si hace mucho que ha pasado??? Evidentemente no estaba aquí para verlo, señora mayor, respetable anciana, que no estoy esperando aquí la segunda venida del espíritu santo, coñeya!

Pero contestas encogiendo los hombros, para no despegar siquiera los labios y que se te escape todo eso que has pensado en un microsegundo. Y te haces la loca detrás de tus gafas de sol, para no darle al enemigo a la adorable señora mayor oportunidad de pegar la hebra.

Ya estás en el autobús. De pie, agarrada a una barra, peleas con tu sueño y con los acelerones que pega el conductor. Delante de ti, alguien que ocupa un asiento, aprieta el timbre para solicitar la parada, se levanta y se dirige a la puerta. Tú le dejas pasar y decides seguir de pie, en el mismo sitio en el que estabas. El autobús sigue su marcha y en la siguiente parada sube el típico espécimen que ya, desde la calle, escruta el interior a través de las ventanillas en busca de un asiento, se cuela para entrar si puede y empuja todo lo que se le pone por delante hasta llegar al objeto de sus deseos. Y tú estás delante. Y te pregunta ¿Señora, se va a sentar usted? Primero, lo de señora me ha dolido, porque tú, espécimen, me sacas por lo menos veinte años, o eso es lo que aparentas. Segundo: veo perfectamente el asiento, y lo veo vacío. ¿Qué te hace pensar que si no lo he ocupado ya tenga la intención de hacerlo? ¿Crees que estaba esperando tu permiso? Pues nada más que por eso, sí, me voy a sentar, ¡ea!

Pero contestas apartándote para que pase al asiento y apretando la boca, para no despegar siquiera los labios y que se te escape todo eso que has pensado en un microsegundo, mientras el espécimen se arrellana en su sillón, con cara de vencedor, moviendo los hombritos arriba y abajo.

No, no me ha caído nada bien la vuelta del puente…

 

La ilustración, de aquí.

 

Hora más, hora menos.

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Cada mañana, lo primero que hago, casi antes de abrir completamente los ojos, es darle de comer a mis gatos. Antes de que suene el despertador, ya los tengo zascandileando alrededor de la cama, esperando a que me levante y así darme escolta hasta la cocina, no fuera que yo tuviera la intención de perderme a esas horas sin cumplir mi sacrosanta obligación.

Todo eso sucede, entre semana, sobre las seis de la mañana, minuto arriba, minuto abajo. Ni que decir tiene que los fines de semana es a Beaumont al que normalmente le suele tocar la tarea, y como yo estoy demasiado dormida cuando eso sucede, no puedo dar fe de lo que acontece en esos momentos.

Pero volvamos a los días en los que el despertador impone su tiranía. Las seis de la mañana. Pero los gatos no entienden de hora, así que cuando hoy ha sonado el despertador, a las seis (a las seis de hoy, claro), he tenido que empujar literalmente a Nano para echarlo de la cama, me ha seguido por el pasillo de mala gana, él, que es mi sombra, la cola de mi bata de cola, mi guardaespaldas permanente. Al pasar por el salón, Wey, desde el sofá en el que dormía hasta que le he encendido la luz, me ha mirado con rencor. Que no haya saltado y me haya seguido inmediatamente me hace pensar que el pobre gato creía que sólo iba a hacer un pis y a volverme a la cama. Ni ha querido comer cuando le he llenado su cuenco. Seguía mirándome incrédulo. Nano es más perrete y no se cuestiona esas cosas, así que se ha tirado de cabeza al pienso y ya ha seguido su dinámica de todas las mañanas, es decir, someterme a una vigilancia exhaustiva en cada uno de los pasos que doy (algo que da para otro capítulo).

Tendré que ver ahora cuando vuelva a casa si me ha retirado la palabra definitivamente. Es muy rencoroso este gato.

 

La ilustración, de esta deliciosa página.

Ampharou’s library: febrero y marzo

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Este año me propuse no saltarme ningún mes. Y al segundo, ¡ea!, llega febrero, pasa febrero, y yo sólo me doy cuanta cuanto toca voltear la página del calendario. ¿Y quién se resiste a poner esta ilustración? Yo no, claro. Pero ya casi estamos a mitad de marzo, no va a colar… O a lo mejor sí, si fundimos el mes pasado y el presente y lo presentamos como uno solo. Así que aquí está, febrerarzo, con sus dos ilustraciones correspondientes, una al principio y otra al final, que don Pablo no se nos enfade, paisaje y bodegón, o bodegón y paisaje, Vista de L’Estaque y al Chateaux d’If, y Naturaleza muerta con pote verde y jarra de peltre. Hasta los nombres son hermosos.

Acabé el último libro de Ian McEwan, Operación Dulce. No es su mejor libro, y tampoco es el peor, o mejor dicho, no es el que más me gusta y tampoco el que menos, pero me ha divertido mucho el inesperado final, del que no voy a hablar, claro, no está en mí destriparle a nadie la historia.

Después de Operación, me he entregado a los brazos de José Luis Sampedro y a La sonrisa etrusca. Llevo apenas cien páginas leídas, y al menos noventa y cinco lo he hecho con un nudo en la garganta. Lo leo en la cafetería, y no me gusta que me vean llorar en público, pero ayer, lo siento, una lágrima contra la que luché a vida o muerte a base de intentar tragar el nudo, terminó rodándome por la cara. Ya os seguiré contando.

Seguimos con las películas. Ya os conté que vimos La gran belleza. Cuando ganó el Oscar, para celebrarlo, volví a verla. Claro que entre la primera vez y ésta, la he visto unas cuantas veces más: algunas, entera; otras, los trozos que más nos gustan. Me sigue pareciendo prodigiosa, triste y hermosa a la vez. Me temo que seguiré viéndola muchas veces más.

Y gracias a La gran belleza, descubrimos a Sorrentino y a Servillo, así que hemos visto también todas las películas que han hecho juntos: Il divo (no, gracias a dior nada que ver con esa cosa que la Wikipedia llama grupo internacional de ópera-pop), La consecuencia del amor (que me gustó extrañamente) y L’uomo in piu, agradeciéndoles a los dos que se embarquen en historias, al menos, tan sorprendentes.

Como homenaje a Philip Seymour Hoffman vimos Capote, que nos convenció (¡como si no lo estuviéramos ya!) de que hemos perdido a un actor como la copa de un pino.

Ahora las series. Las dos primeras temporadas de American Horror Story me duraron un par de semanas. En vena, que se dice. Definitivamente, Jessica Lange es el alma de esa serie.

Terminamos de ver (ésta está todavía calentita. El último capítulo lo devoramos este mismo lunes) True detective. Mucho es lo que se ha dicho de Matthew McConaughey (yo incluso diría más si tuviera forma de pronunciar su apellido), pero en esta serie es más todavía. Nos toca hacerle homenaje por su Oscar viendo la peli que se lo ha dado. La serie es, desde luego, redonda.

Y empezamos a ver la segunda temporada de House of Cards, que si Matthew se sale, lo de Kevin Spacey es ya de antología. Su personaje de Francis Underwood merece subir a los altares de los malos malísimos pero ya.

Y hasta aquí hemos llegado. El mes que viene, más. Lo prometo.

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Historias de cafetería #17

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Todavía no es temporada de Erasmus en la calle A. O “todavía no han llegao los guiris”, como dice M., la dueña de la cafetería, ucraniana ella. Eso significa que no ha llegado la época en la que la escuela de idiomas de enfrente cuelga el cartel de sold out, que será más o menos para el mes que viene, cuando se nos llenará la calle de chicos y chicas jovencísimos con ganas de juerga y sol.

Pero esto ya lo sabéis, ya os lo he contado otras veces. Quizá también sepáis que no es necesario el desembarco de estas troupes para que la cafetería parezca el vestíbulo de la ONU: que la escuela funcione  todo el año y la cercanía de una oficina de extranjería mantiene alto el nivel de foráneos en cualquier época. Eso sí, siempre son caras nuevas, los cursos deben durar poco, y siempre vienen en grupitos ruidosos que se apostan en la barra. Por eso es que me resulte extraño mi nuevo compañero de desayunos, que llega solo, cargado de libros y libretas que consulta antes de prestarle toda su atención a uno, que lee página adelante, página atrás, agazapado el cuerpo escueto sobre su taburete, con su cara del color de la tierra quemada (color carmelita, según la traducción) y unos ojos que queman por sí mismos, como un Kip sin nadie a quién mostrar sus pinturas. Parece ser que le va la novela negra escandinava y se bebe los libros como bebe el café que toma. Cuando se va, deja taza, platos, cubertería y envases totalmente ordenados y a mano para que la camarera no tenga que esforzarse en llegar a ellos, como si pusiera la mesa para una visita. Paga, y recibe las vueltas uniendo las palmas de las manos delante de la cara, con una suave inclinación de cabeza, dando las gracias con una voz grave que no parece corresponderle y una sonrisa que debiera ser patrimonio de la humanidad.

La imagen, de aquí.