El hombre del polo rojo se dejó caer en el taburete como si se hubiese caído desde un quinto piso. Clavó los codos en la barra y pidió un café con leche, media tostada y un vaso de agua. Mientras tanto, en la televisión de la cafetería, una que se hace llamar periodista y quiere ser la reina de las mañanas, destripaba por enésima vez y sin ningún pudor, algún suceso de la crónica negra más o menos reciente.
Llegó el vaso de agua, en copa de cerveza. Llegó el café con leche en vaso de agua, y llegó la media tostada acompañada de un generoso cuenco de la manteca más amarilla y más salada del mercado. El hombre del polo rojo untó el pan sin mirarlo casi, lo dobló sobre sí mismo a modo de bocadillo estrecho y lo mordió mientras tenía la mirada perdida en las botellas que descansaban en la repisa que tenía enfrente.
Después del primer bocado, mojó el pan relleno de manteca derretida en el café y se lo llevó de nuevo a la boca. Este solo gesto que puede parecer tan repulsivo, más que nada porque a la hora de beber el café se lo habría de encontrar salpicado de gotas de grasa, hizo que, como si fuese una madalena cualquiera, y sin percibir su olor realmente, viniese a mi mente el aroma de las meriendas en casa de mi abuela, cuando yo levantaba poco más de un palmo del suelo y el café con leche con tostadas sabían tan ricos.










