Ampharou’s library: septiembre

cripples

No estaba muerta, estaba de parranda. O de vacaciones, que es lo mismo. Y ¡albricias!, todavía me queda una semana. Pero ya falté a la cita de agosto (que fue un poco complicado) y no quería faltar también a la de septiembre, así que aquí os traigo la ilustración correspondiente del almanaque de Lowry, The Cripples. Es de suponer que en un Londres con una guerra recién terminada (el cuadro es de 1949), encontrar mutilados de guerra o lisiados por enfermedades no debía ser nada extraño. Lowry los pinta a todos juntos en un espacio vacío y ajeno a la ciudad industrial que aparece detrás de las rejas. No faltan aquí tampoco los perros, más famélicos que nunca.

Sigo con El final del desfile, de Ford Madox Ford. Sigo con él en la mesilla de noche, sin tocarlo, quiero decir. Un poco vaga en lecturas me han encontrado estas vacaciones, vaga y con remordimiento de conciencia, sobre todo cuando veo el montón de libros que tengo pendientes y a los que estoy deseando hincarle el diente.

Para lo que sí ha dado este tiempo es para las series. Vi la octava y última (¡por fin!) temporada de Dexter. La vi porque ya sentía curiosidad con lo que iba a pasar con él, pero es una serie a la que le han sobrado cuatro temporadas de largo. Y de ello me ha terminado de convencer el final, más propio de los Serrano que de una serie que prometía tanto en sus principios.

Con Breaking Bad ha sido intenso: empezamos a ver Beaumont y yo la última temporada (¡y qué última temporada!), pero cuando volvió Lorah, que había empezado a verla, me puse con ella desde la segunda temporada. Resumiendo: capítulo nuevo por semana y, entremedio, tres temporadas que ya había visto y que nos han durado poco más de quince días. El domingo próximo se emite en Estados Unidos el último capítulo de la serie, una serie memorable de principio a fin y que, habiendo visto (y sufrido, y disfrutado) los últimos siete capítulos, estamos con el corazón en un puño deseando ver éste último y con pena al mismo tiempo precisamente por eso, por ser el último.

También terminamos de ver Endeavour, serie inglesa de ITV sobre las andanzas del detective Morse. Lo mejor de esta serie, sin duda alguna, es la ambientación, dan ganas de trasladarse al Oxford de los años sesenta.

Y también empezamos con House of Cards. Sólo he visto dos o tres capítulos, lo suficiente para hacerme a la idea de que me va a gustar mucho muchísimo. Ya os iré contando.

Y ayer empezamos también con la cuarta temporada de Boardwalk Empire… parece que, al fin y al cabo, sí me ha cundido el verano!

Veraneando (III)

mosquito

Soy lo que se suele llamar una saboría. Carezco por completo del gen que se nos presupone a los que nacemos al sur del sur, y ni gracia, ni salero ni nada que se le parezca: soy incapaz de seguir un compás con las palmas, no digamos ya cantar y bailando parezco un click de famobil con epilepsia.

Soy de pronto antipático. Cuando me conozcas, seguramente será la impresión que te daré, y seguramente, también la conservarás hasta que nos mandemos mutuamente a la porra.

Han dicho de mí que soy mala gente (en documento público), que hago daño a mi alrededor (en documento privado. Y sí, éste también lo conservo), y el último epíteto que me han dedicado (verbalmente y con testigos) es el de seca.

Y estos son los motivos (no están científicamente comprobados, pero es que no le encuentro otra explicación) por los que estoy segura  que, ante un ataque masivo de mosquitos hambrientos, soy la única de cuantos me rodean que sale sin un solo picotazo.

Veraneando (II)

mariposas

La bombilla tuvo a mal fundirse justo el último día de trabajo del señor de mantenimiento antes de sus vacaciones. A última hora. El señor de mantenimiento (el tipo con más arte de todo el cafetal y parte de la provincia) hizo un apaño con lo que le quedaba en el almacén y en el reloj. Hasta ahora habían aguantado con sólo dos bombillas de las cuatro que hay en el baño, pero al menos estaban bien repartidas: un lastimero halógeno de bajísima potencia encima de uno de los retretes, que al estar separados con muros que no llegan al techo hacía que en el otro, al menos, pudieras distinguir la taza; y una lámpara de bajo consumo, pero resplandeciente, sobre los espejos. Esta fue la que falleció. Y la que no tenía repuesto aquel día a aquella última hora. Sí había otro halógeno triste, que fue a parar encima del otro retrete. El señor de mantenimiento se fue de vacaciones y allí nos quedamos, las féminas de la primera planta del cafetal, literalmente a dos velas. Para entrar en el baño hay que pasar una especie de vestíbulo y una sala donde las señoras de la limpieza tienen sus avíos y sus taquillas. Allí al fondo se vislumbraba una suerte de penumbra: las luces que habían quedado en el baño en todo su (poco) esplendor. Una entraba mirando a sus espaldas, como sospechando. A mí me recordaba a los noviembres de mi infancia, cuando mi madre ponía un altarcillo para honrar a los difuntos de la familia: las fotos de todos ellos, y una mariposa de aceite por el alma de cada uno. A mí me daba miedo atravesar ese pasillo oscuro con esas lucecillas al fondo, pero cuando llegaba a ellas, me quedaba como hipnotizada mirándolas: esas tenues llamas, reflejadas en los cristales de los retratos, en esos ojos inmóviles que nos miraban desde el papel amarillento, abuelos que no conocí, tíos que murieron hace tanto. Respiraba fuerte frente a ellos, con la esperanza de que algún suspiro apagase alguna de las mariposas y me dejaran encenderla de nuevo. La fascinación del fuego, el miedo a la vez.

Las féminas del cafetal protestábamos porque no nos veíamos en el espejo. No había forma de comprobar si la raya del ojo seguía en su sitio a media mañana y nos peinábamos a tientas.

El señor de mantenimiento volvió, y lo primero que hizo, como había prometido, y por aclamación popular, fue reponer las bombillas sobre los espejos.

It’s a wonderful town

New-York-City-Manhattan-Central-Park-Gentry

La niña de mis ojos se ha ido a hacer las Américas. Pero como ese sitio es muy grande, ella es muy pequeña y tampoco va a estar allí tanto tiempo (aunque a mí dos meses sin ella me parezcan demasiados), sólo va a hacer un cachito, la esquinita de arriba a la derecha, concretamente.

Está feliz como una perdiz. Sobre todo estos últimos diez días, que ha paseado palmito por a wonderful town. Yo le voy siguiendo los pasos gracias a los interneses y ella me va enviando fotos que me mezclan guedejas de envidia con mucha felicidad. Creo que cuando vuelva, va a tener los ojos más grandes y más bonitos todavía.

Ampharou’s library: julio

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Decía George Mikes: “Un inglés, incluso si está solo, hace una cola ordenada de un solo miembro”. Leí esta cita hace tiempo, y es lo primero que se me vino a la cabeza cuando vi este cuadro de Lowry, el que ilustra el mes de julio. Y eso que, técnicamente, lo que aparece en la imagen no es una cola bien formada, una cola genuinamente inglesa, sino un montón de gente que parece esperar algo. ¡Si hasta el perrete parece estar esperando!

Este mes me he resarcido del atraso de lectura que llevaba. Me entregué a los brazos de Bruce Chatwin, mi adorado Chatwin. Hasta ahora había leído sus libros de viajes, Los trazos de la canción, el libro más hermoso que he leído nunca, En la Patagonia, ¿Qué hago yo aquí?, pero ahora le tocó a sus novelas: primero fue su Colina negra, la historia de los gemelos Jones, que nacieron con el siglo XX, y después fue Utz, el coleccionista de porcelana, dos delicias que me bebí en menos que nada.

Y de un adorado a otro adorado: después de Chatwin, Enric González, que me hizo disfrutar con sus Historias líquidas.

Terminamos Mad Men, empezamos y terminamos la tercera temporada de Luther (¡oh!), estamos mediando la tercera de The killing (sin lugar a dudas, la mejor de las tres. Me tiene enganchadísima), empecé también la última (menos mal) de Dexter (flojita por ahora) y disfruté paseando por Oxford con el primer capítulo de Endeavour. Tiene buena pinta ésta última. Ya os iré contando.

Por fin pude ver también el Moby Dick de Huston. No quería verla hasta que no terminara el libro, y no defraudó nada. Grandísimo Orson Welles como el padre Mapple y grandísimo Gregory Peck como Ahab… tan grandísimo que vimos también Matar a un ruiseñor: maravilla del cine que ¡oh, pecado!, todavía no había visto. Boca abierta y días dándole vueltas, cómo algo tan sencillo puede ser a la vez tan grande. Y la última del mes fue En el nombre del padre. Y saqué dos conclusiones: que Daniel Day Lewis ya era tremendo hace veinte años y que me queda muchisísimo cine que ver.

Veraneando (I)

abanico

No tengo calor.

No tengo el aire acondicionado puesto.

No quiero ponerlo.

 Este es el cartel que tengo pensado poner en la puerta de mi cubículo en el cafetal, porque cuando ya has dado explicaciones tres veces, a la que hace cuarenta y cinco ya no lo haces con la misma sonrisa y como tomándotelo a broma. Porque sí, estoy sola en mi cuarto laboral, tengo un magnífico balcón abierto y estoy en plena trayectoria de la corrientilla de aire que se forma al tener los balcones del pasillo también abiertos. Me molesta en sobremanera el aire acondicionado, me seca la nariz y las lentillas me hacen chupona en las córneas, sin contar con la opresión que siento en el pecho. Además, estoy sentada en el mismo sitio tooooooda la mañana, y la verdad, siete horas de aire frío cayéndome en la espalda no es ni medio bueno.

Además, que no me da la gana. Y tengo que recordarle, señor, que si usted lleva una camisa de manga larga (porque la de manga corta está reservada a los dependientes de los centros comerciales y a los Testigos de Jehová), una chaqueta, un pantalón largo, calcetines y zapatos cerrados, yo sólo llevo un vestidito de tirantes que es lo mínimo que se despacha en ropa y unas sandalias que tienen las tiras justas para que la suela se mantenga pegada a la planta del pie. Y que yo no voy a su despacho a decirle que en invierno, con esa temperatura, estaría usted exigiendo que le pusieran la calefacción, y que si tengo que entrar en él, lo único que hago es aguantarme con todos los vellos erizados (y lo que no son los vellos también) y solventar el trámite lo más rápido posible para salir corriendo al confort de mi cuarto sin aire acondicionado.

Cambio de look

Cómo pasar de llevar el pelo más o menos así

25th Film Independent Spirit Awards - Arrivals

a tener esta apariencia

Kurt-Russell

en sólo veinte minutos:

 

Llevar una semana peleando con tu pelo porque está demasiado largo para ser super corto, y además, ocho días seguidos de levante no ayudan demasiado.

Tener una tarde aburrida.

Bajar a comprar tabaco por hacer algo.

Tener una peluquería justo abajo de casa.

Que cuando llegas a la puerta, la peluquería esté vacía (sí, lo sé, éste tuvo que ser el primer aviso).

Que a la peluquera le encante meter la tijera.

Es imprescindible también sentirte como una oveja de Nueva Zelanda mientras te corta el pelo.

Oír aterradoramente cómo se abre y se cierra la tijera en tu cogote mientras la peluquera le aplica la misma presión que una mordida de cocodrilo.

Que la peluquera pase de ti y cuando le pides que no te corte mucho las patillas, temas por la integridad de tus orejas.

Que cuando le pides que te descargue un poco de arriba, utilice la tijera de entresacar igual que Jason el machete.

Que cuando te pregunte si te seca el pelo o te pone gomina, tú te decidas por lo último por miedo a que saque el soplete.

Que te arrepientas al instante al notarte dos pegotones a ambos lados de la cabeza, que para qué vamos a extender, ni que fuera mantequilla.

Salir rápidamente, subir casi corriendo a casa y meterte en la ducha como si te fuera la vida en ello. Atascarla con todos los pelos que la señorita no se ha dignado a quitarte cuando te atacó con la tijera de dientes. Llorar.