Ampharou’s library: junio

(c) Ms Carol Ann Lowry/DACS; Supplied by The Public Catalogue Foundation

Junio. Esta vez, lo siento, pero no tengo historia para el cuadro de Lowry. No he podido pergeñar ninguna. Lo que sí tengo, por más que miro y remiro la lámina colgada en mi despacho, son muchas preguntas. Porque se trata de un paisaje industrial (éste es precisamente el título), uno de los tantos que pintó el artista. Parece recoger una escena en algún polígono en crecimiento de una gran ciudad. En él aparecen multitud de personas, unas que caminan, otros que corren, unos chicos que parecen jugar en un triste y gris descampado. Están también los perros de Lowry, esas manchitas negras con patas y orejas enhiestas. Un paisaje gris con un cielo sucio. Pero en el centro, en una callecita que atraviesa el lienzo, un tumulto de personas se agolpan alrededor de lo que parece un coche… me parece, influida por multitud de películas que recrean la misma época del cuadro, un coche de policía, demasiado oscuro para ser una ambulancia. Va llegando más gente, y los que aparecen ya por la esquina de la calle, parecen decididos a correr hacia la aglomeración. ¿Qué ha pasado? Las casas más próximas están demasiado lejos, no hay salida desde ellas hasta ese punto de la calle. Las humeantes fábricas quedan más lejos aún. ¿Es ciertamente la policía o se trata sólo del camión de la leche?

En primer plano se nos presenta un otero, bastante apartado de toda la escena pero dominándola. Y sobre ese cerro, alguien que mira. Me muerdo las uñas y no consigo distinguir si mira, vigilándola, la escena, o si mira, vigilándonos, a nosotros. Se me ocurre que en realidad no sea nadie, sino la estatua de algún padre de la patria, o de algún tirano, puesta en lo alto para recordarles a todos quiénes son. Esto me lo lleva a pensar la figura que tiene a la derecha: una mujer de perfil, ajena a lo que sucede abajo, con la cabeza gacha en actitud de reverencia o ¿acaso no bajamos también la cara cuando tenemos miedo?

Por fin arrié las velas y me bajé del Pequod, coche fúnebre en el ecuador. Terminé el libro, pero incorporé a Ahab, Ismael, Queequeg y al pobre Pip a mi devocionario particular. A quien me hubiese dicho que disfrutaría tanto leyendo páginas y páginas sobre anatomía comparada de los cetáceos, lo habría tenido por loco, y luego me habría tenido que comer mis palabras una a una. Casi setecientas páginas con la boca abierta y los últimos capítulos con el corazón encogido. No es gratuito que mi adorado Harold Bloom la tenga por la más grande novela americana.

Seguimos avanzando con Mad Men (¡qué poquito nos queda ya!), terminamos con Juego de Tronos (¡oh, esas lluvias de Castamere!), me temo que también terminamos con Vicius (ésta así, sin avisar…). Seguimos también con The Hour, ahora con la segunda temporada, que parece tener tan buena pinta como la primera y empezamos con la tercera de The Killing, con los mismos personajes que, una vez resuelto el caso Larson, continúan con uno nuevo en la lluviosa Seattle (¿por qué en Frasier no llovía tanto?).

En cuanto a películas, a la espera de ver el Moby Dick de Huston, vimos El Club de la Lucha. No, no la había visto hasta ahora. Sí, ya sé que tengo delito. Y no os voy a decir nada más, que todos sabéis ya cuál es la primera regla del Club de la lucha…

También hemos tenido extra-bonus este mes. Faemino y Cansado, en la gira de Parecido no es lo mismo recalaron en Cádiz, y nosotros, que somos románticos y plantamos perejil, allá que nos fuimos a verlos. Ni que decir tiene que nos pasamos casi dos horas sin parar de reír.

Tres tonterías por minuto

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Me gusta la gente educada. La bien educada, quiero decir. No tiene que ser necesariamente gente amable y deferente con los demás (que sería lo ideal), sino que me basta en que piensen lo que puede molestar al otro y eviten hacerlo. Por ejemplo, una chica pijina, super rubia y super ideal, que entra en la cafetería empujando la inglesina de lazos de su bebé, no debería haberlo dejado en medio del pasillo estorbando a los que querían entrar o salir. Y quizá, al tomar posesión de su trozo de barra al lado justo de donde yo estaba con mi café y mi libro, debía haber esperado a que la camarera le retirara el servicio anterior, o en todo caso, haberlo echado un poco hacia adelante, como dando a entender que esperaba a que se lo quitaran. Lo que nunca, pero nunca tuvo que haber hecho es empujar las tazas vacías y sucias, dejándose ella un hueco delante como para que comieran doce, hasta pegarlas a la mía, todavía con mi humeante café esperando a que me lo tomara. Eso sí, bastó una amabilísima mirada mía para que pidiera perdón y decidiera que estaría más a salvo en una mesa que en la barra.

Le tengo miedo a muchas cosas. A cosas serias y cosas que son tonterías. Como éste es un post de pamplinas, hablaremos de las tonterías. En el número uno de las que me dan miedo está la película El exorcista. No es un miedo de ay qué susto, no. Es un miedo cerval, totalmente irracional e histérico. Es curioso, porque en mis tiempos mozos leí el libro y llegué a ver la película unas cuantas veces. Es más, me divertía asustando a mi hermana pequeña (lo sé, soy una cabrona, pero entonces era joven e inocente) repitiendo alguna de las frases de la protagonista. Pero ahora no soporto ver imágenes de la película, algo más o menos controlable, pero tampoco puedo oír su música, y aquí viene el verdadero problema, porque ya alguna vez he abandonado un supermercado con un carrito a medio llenar por incluir el Tubullar Bells en su hilo musical. Así es que cuando el pasado sábado veíamos el telediario mientras comíamos y la señorita presentadora daba como noticia que se cumplían cuarenta años de tan celebrado disco, hice lo que suelo hacer en estos casos: taparme los oídos y maldecir hablar en voz alta para que no llegase a mí ni una nota. Sólo que esta vez tuvo un resultado inesperado: saltaron los plomos y se fue la luz de toda la casa. Beaumont, desde entonces, me mira raro.

En la última semana hemos estrenado ascensor y horno. Sí, es una tontería (la tercera), pero lo hemos celebrado como dior manda: el ascensor con alborozo y saltos de alegría, nosotros y el repartidor del supermercado, y, sobre todo, no volviendo a poner un pie en un peldaño de las escaleras. El horno, como se merece, es decir, con un delicioso bizcocho de chocolate que nos está sabiendo más rico que nunca.

Tres tonterías por minuto

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Me gusta la gente educada. La bien educada, quiero decir. No tiene que ser necesariamente gente amable y deferente con los demás (que sería lo ideal), sino que me basta en que piensen lo que puede molestar al otro y eviten hacerlo. Por ejemplo, una chica pijina, super rubia y super ideal, que entra en la cafetería empujando la inglesina de lazos de su bebé, no debería haberlo dejado en medio del pasillo estorbando a los que querían entrar o salir. Y quizá, al tomar posesión de su trozo de barra al lado justo de donde yo estaba con mi café y mi libro, debía haber esperado a que la camarera le retirara el servicio anterior, o en todo caso, haberlo echado un poco hacia adelante, como dando a entender que esperaba a que se lo quitaran. Lo que nunca, pero nunca tuvo que haber hecho es empujar las tazas vacías y sucias, dejándose ella un hueco delante como para que comieran doce, hasta pegarlas a la mía, todavía con mi humeante café esperando a que me lo tomara. Eso sí, bastó una amabilísima mirada mía para que pidiera perdón y decidiera que estaría más a salvo en una mesa que en la barra.

Le tengo miedo a muchas cosas. A cosas serias y cosas que son tonterías. Como éste es un post de pamplinas, hablaremos de las tonterías. En el número uno de las que me dan miedo está la película El exorcista. No es un miedo de ay qué susto, no. Es un miedo cerval, totalmente irracional e histérico. Es curioso, porque en mis tiempos mozos leí el libro y llegué a ver la película unas cuantas veces. Es más, me divertía asustando a mi hermana pequeña (lo sé, soy una cabrona, pero entonces era joven e inocente) repitiendo alguna de las frases de la protagonista. Pero ahora no soporto ver imágenes de la película, algo más o menos controlable, pero tampoco puedo oír su música, y aquí viene el verdadero problema, porque ya alguna vez he abandonado un supermercado con un carrito a medio llenar por incluir el Tubullar Bells en su hilo musical. Así es que cuando el pasado sábado veíamos el telediario mientras comíamos y la señorita presentadora daba como noticia que se cumplían cuarenta años de tan celebrado disco, hice lo que suelo hacer en estos casos: taparme los oídos y maldecir hablar en voz alta para que no llegase a mí ni una nota. Sólo que esta vez tuvo un resultado inesperado: saltaron los plomos y se fue la luz de toda la casa. Beaumont, desde entonces, me mira raro.

En la última semana hemos estrenado ascensor y horno. Sí, es una tontería (la tercera), pero lo hemos celebrado como dior manda: el ascensor con alborozo y saltos de alegría, nosotros y el repartidor del supermercado, y, sobre todo, no volviendo a poner un pie en un peldaño de las escaleras. El horno, como se merece, es decir, con un delicioso bizcocho de chocolate que nos está sabiendo más rico que nunca.

Prima Vera

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Después de diez días en un estado vertiginoso (vertiginoso de vértigo, mareo y náuseas, no de actividad descontrolada y salvaje), el lunes por fin pude poner un pie en la calle… ¡y me encontré con toda la primavera de repente! Los signos eran inequívocos: los días se hacen cada vez más largos (de esto ya me había dado cuenta, que estaba vertiginosa, no viviendo con los niños de Los otros), el sol lame las pieles a poco que te dejes engatusar un poco por él, hay flores por doquier, en las aceras, los alcorques llenos, los arcenes rebosantes y los coches abandonados cubiertos. Los vinagrillos de los solares amenazan con invadir las calles, los caballitos del diablo flotan con la brisa y el polen pulula para congestión de los alérgicos. Los polluelos de aviones y vencejos están a punto de abandonar los nidos, desde donde alargan los cuellos cada vez más, los mirlos entonan trinos cada vez más complejos, viendo que se les pasa el arroz y las cotorras invasoras llenan los medios días de graznidos selváticos. La playa ya huele a verano, es decir, a aceite de coco  y embadurnamientos varios. Los autobuses también huelen a verano, es decir, mejor me voy andando. Las chicas acortan las prendas y los chicos abren los ojos de par en par.

Pero la alegría dura poco en la casa del friolero: dos días, sólo dos días.

Hoy me han bajado de la primavera a hostias de poniente.

Mayo: Ampharou’s library

El chico había pasado toda su vida en la granja de la familia, la que era de su padre, y antes que suya, de su abuelo, y antes que suya, de su bisabuelo… No había salido de allí en su vida, pero sabía que había algo mejor, que los chicos que iban a la ciudad volvían contando cosas maravillosas y con dinero en los bolsillos. Así que, no sin discutir con su padre y hacer llorar a su madre, hizo el petate y se marchó dispuesto a comerse la gran ciudad. Y allí estaba, delante de la pensión en la que tenía derecho a una media cama, una media jarra de agua para lavarse, un puré de guisantes con café para desayunar y todas las chanzas y las burlas de los que, como él, seguramente había llegado de otras granjas u otros pueblos dispuestos a comerse el mundo. Pero hoy se había hartado, y sí, era el último en llegar, y todavía llevaba puesto el traje de los domingos, y el sombrero que había heredado de su abuelo, pero si quería llegar a ser alguien, tendría que plantarle cara a ese pesado…

Todo el mes de abril, al que correspondía este cuadro en mi almanaque, he estado inventando historias para esa escena, para ese bofetón con espectadores, para La pelea que Lowry inventó con dos perros flacos y negros. Ésta que introduce el post es sólo una de ellas, o el resumen de todas. Es increíble cómo este Lowry consigue meterme en sus cuadros y hace que imagine para ellos no sólo lo que está pasando, sino lo que ha pasado hasta llegar aquí.

Mayo también tiene un cuadro maravilloso, pero todavía no me ha dado tiempo a inventar historias para él… sólo me quedo embobada mirando ese horizonte.

Abril (y lo que va de mayo) ha seguido siendo un mes triste para la lectura. Sigo con Moby Dick, estoy disfrutándolo hasta límites insospechados (no hubiese creído al que me dijera que iba a disfrutar con la fisiología comparada de ballenas y cachalotes), y sólo un día que olvidé a la ballena en otro bolso me entregué por completo a las Cartas de mamá de Cortázar.

Un poco menos triste está siendo el apartado series: empezaron las nuevas temporadas de Mad Men y Juego de Tronos, que estamos siguiendo con el mismo interés que dejamos las temporadas anteriores (¡ah, la Khaleesi!), vimos una estupendísima miniserie (cuatro capítulos) inglesa llamada Secret State con un magnífico Gabriel Byrne; para seguir con él, empezamos a ver de nuevo In Treatment, pero ésta es tan intensa que sólo conseguimos ver un par de capítulos de cada vez…

También vimos, catatónicos y de una sentada, la segunda temporada de Black Mirror. Sigue siendo tan devastadora como la primera. Y empezamos también con The Hour, y, aunque sólo hemos visto un capítulo, sospecho que nos va a tener enganchados un tiempecito.

Películas han caído unas cuantas: la más reciente (aunque creo que es la más antigua), Lord Jim, maravillosa, con Peter O’Toole interpretando el mismo papel desgarrado que en Lawrence de Arabia. Cambiando de tercio, Los caballeros de la tabla cuadrada (sí, no la había visto, ¿qué pasa?) fue la que nos arrancó las risas el mes pasado. También vimos The Master, la supuesta historia del fundador de la Iglesia de la Cienciología: Paul Thomas Anderson y yo no conectamos últimamente, qué le vamos a hacer.. No habrá paz para los malvados fue otra de las que vimos, con un Coronado en estado de gracia, con el mejor nombre de personaje de los últimos tiempos, pero, lo siento, tampoco conecto con Urbizu (a ver si la culpa va a ser mía…).

La última joya que recuerdo fue El coleccionista, de Wyler: los ojos y el gesto de Terence Stamp, la historia en general, me tuvieron dando vueltas varias semanas.

Como extra-bonus, también fuimos este mes al teatro: Mujeres de Shakespeare, de Rafael Álvarez El Brujo. He de reconocer que ya me tenía el corazón conquistado antes de hacerme con las entradas, que sólo entrar en el teatro siempre me subyuga, pero que, apenas abierta la boca me nombrara a mi Harold Bloom ya hizo que me entregara totalmente. Y quién no lo hace, oyéndolo declamar esos versos, o comentando con toda la gracia la actualidad, engarzándolo todo en un rato maravilloso que nos hizo pasar.

Romeo y Julieta

¿Ya quieres irte? Falta aún mucho para el día.

Fue el ruiseñor y no la alondra

El que perforó el temeroso hueco de tu oído.

Canta todas las noches en aquel granado.

Créeme, amor, era el ruiseñor.

Romeo y Julieta, William Shakespeare.

 

Primeras horas de la tarde en un verano adelantado. En la parte sombría de la calle, un chico se deja caer en un coche aparcado. Es un chico cualquiera, igual a todos los demás chicos, en esa edad en la que la sombra del bigote le gana a duras penas la batalla al acné. Un chico como todos los chicos, con sus pantalones caídos y su camiseta de moda, sus zapatillas de hobbit y una mochila raída a sus pies. Y, por supuesto, entre la mano y la oreja, la última tecnología. Sigue apoyado en el coche y sólo se le oyen risas mientras mira insistentemente hacia arriba. Si esto fuese una película y la cámara, haciendo un conveniente travelling siguiendo la dirección de sus ojos, nos mostrase la causa de ese cuello en escorzo y esas risas, nos llevaría hasta una ventana del edificio que está justo delante de nuestro chico, en un cuarto sin ascensor, donde una chica cualquiera, igual a todas las demás chicas, con mechas californianas recogidas en un moño de andar por casa y medio torso desafiando la gravedad de ese cuarto, y la última tecnología entre la mano y la oreja, mira, insistentemente, hacia la calle, y ríe coqueta al chico cualquiera que se apoya en un coche a la sombra.

Se susurran al oído, a dieciséis metros de distancia, palabras que tienen siglos.

La ilustración, de Eduardo Úrculo.

Mares

Fue el viernes. Ya tuve una primera visión, en el cafetal, desde uno de esos ventanales que tuvieron a bien regalarnos los arquitectos de la cosa nuestra. Hacía fuera un día precioso, que agradecíamos después de días y días en los que el cielo sólo iba de un gris ceniza al gris plomo. Desde el ventanal que os digo se veía un mar bravo pero lento, como si en lugar de agua estuviese hecho de aceite. La suciedad de los cristales, culpa del viento del sur, por una vez ayudaron al efecto, en vez de taparlo: era como estar viendo una vieja película, llena de esa arenilla de las imágenes antiguas, un viejo documental mudo y lento en pantalla apaisada.

Ya por la tarde, glorioso fin de semana, íbamos al teatro (no os preocupéis, esto va en otro capítulo). Para llegar, tomamos la mejor ruta posible, no sólo por ser la más corta, sino también por ser la más bonita: el autobús que recorre esta ciudad con vocación de isla siguiendo la línea de la costa. Ya en la parada, la playa era una hermosura: el atardecer, unas cuantas nubes de postal como hechas a pinceladas, metros de arena dorada, y el mar, que seguía con sus olas de lámpara de lava, incesantes, incansables, inmediatas. Perfectamente ordenadas paralelas a la orilla desde el horizonte irregular.

Durante el trayecto, ya por donde acaba la playa y el mar es simplemente -¡simplemente!- mar, veíamos esas olas más cerca, con sus crestas de encaje dorado por el sol de poniente, tranquilas en la superficie, pero con toda su fuerza y enojo adivinándose desde el fondo. Y ese sonido de resaca, como una nana que infla los pechos de una tranquilidad que quizá no se encuentra en ningún otro sitio…

Íbamos al teatro, pero el espectáculo había comenzado mucho antes.

 

La preciosa imagen, de Pedro Meliá.

Pensamientos

“En abril, aguas mil”

Pues en lo que llevamos de mes -cuatro (4) días-, ya deben haber pasado de las dos mil quinientas por lo menos.

Además, ¿esas mil no las teníamos convalidadas ya con todo lo que había llovido antes?

 

 

Un par de tonterías por minuto

Ha llegado la primavera. Eso dice el calendario. Y los meteorólogos, que se afanaron el miércoles pasado en recordarnos que entraba a las doce y tres minutos. Pero esos tres minutos deben ser como las condenas que llevan la coletilla de “y un día”, porque el caso es que la susodicha todavía no ha tenido la deferencia de hacerse notar. Que un día parece que sale un poquito el sol, ¡zasca!, te cae un chaparrón que tú empiezas a buscar a tu pareja y un arca a la que subirte. Así, vamos intercalando paraguas con gafas de sol, atemperamos las ganas de ponernos sandalias a base de meter los pies en los charcos y no dejamos atrás las rebequitas ‘por si refresca’. Que yo ya le voy cogiendo el truquillo a la cosa, que la semana pasada coincidió la lluvia y el sol en días alternos, y tanto orden casi da un respiro, pero a mis biorritmos no les resulta suficiente, y se me ponen en jarras, enfadados, pidiendo un poco de seriedad.

En otro orden de cosas: vivo en un edificio que tiene ya unos años. Muchos años, vamos, con lo cual está llenito de achaques. Uno de esos achaques es del ascensor. El pobre pasó de renqueante a agonizante y, últimamente, no había una semana que no se diese de baja al menos un par de días, para regocijo de los vecinos (a más alta planta, mayor era el regocijo, como podéis suponer). Después de varias reuniones de la comunidad, tan amenas ellas, se llegó al acuerdo (sin peleas ni nada, que somos gente civilizada -pffff), de cambiarlo por completo de una puñetera vez. En fin, que inmersos en la ‘gran’ obra estamos. Una obra que, previsiblemente, tardarán dos meses y medio en realizar. Dos meses y medio que vamos a estar sin ascensor, claro. Viviendo en un quinto. Que a mí no me importaría si eso no supusiera que tengo que subir y bajar por las escaleras. Sobre todo subir. Yo, que tengo la capacidad pulmonar de un boquerón (como si los boquerones tuvieran pulmones) y la última vez que hice algo parecido a ejercicio fue en el año dos mil cuatro. Pero bueno, me voy acostumbrando. Además, cuando voy por el tercero, apenas pienso en un pulmón de acero ya, sino que me visualizo a mí misma en la playa, con las piernas de Elle Macpherson, y recobro la compostura (el aire no lo recobro hasta que llevo media hora en casa, respirando como el boquerón de antes fuera del agua). Lo que peor llevo ahora es llegar a casa cada día a las tres y media de la tarde, con un café ‘bebío’ que, a esas hora, ya debo tener a la altura del tobillo, y subir olisqueando (tened en cuenta que además subo hiperventilando, con lo cual me llevo todo el aire -y el aroma- del mundo) el menudo de la del primero, el puchero del segundo, la tortilla de patatas del tercero…