Un par de tonterías por minuto

Ha llegado la primavera. Eso dice el calendario. Y los meteorólogos, que se afanaron el miércoles pasado en recordarnos que entraba a las doce y tres minutos. Pero esos tres minutos deben ser como las condenas que llevan la coletilla de “y un día”, porque el caso es que la susodicha todavía no ha tenido la deferencia de hacerse notar. Que un día parece que sale un poquito el sol, ¡zasca!, te cae un chaparrón que tú empiezas a buscar a tu pareja y un arca a la que subirte. Así, vamos intercalando paraguas con gafas de sol, atemperamos las ganas de ponernos sandalias a base de meter los pies en los charcos y no dejamos atrás las rebequitas ‘por si refresca’. Que yo ya le voy cogiendo el truquillo a la cosa, que la semana pasada coincidió la lluvia y el sol en días alternos, y tanto orden casi da un respiro, pero a mis biorritmos no les resulta suficiente, y se me ponen en jarras, enfadados, pidiendo un poco de seriedad.

En otro orden de cosas: vivo en un edificio que tiene ya unos años. Muchos años, vamos, con lo cual está llenito de achaques. Uno de esos achaques es del ascensor. El pobre pasó de renqueante a agonizante y, últimamente, no había una semana que no se diese de baja al menos un par de días, para regocijo de los vecinos (a más alta planta, mayor era el regocijo, como podéis suponer). Después de varias reuniones de la comunidad, tan amenas ellas, se llegó al acuerdo (sin peleas ni nada, que somos gente civilizada -pffff), de cambiarlo por completo de una puñetera vez. En fin, que inmersos en la ‘gran’ obra estamos. Una obra que, previsiblemente, tardarán dos meses y medio en realizar. Dos meses y medio que vamos a estar sin ascensor, claro. Viviendo en un quinto. Que a mí no me importaría si eso no supusiera que tengo que subir y bajar por las escaleras. Sobre todo subir. Yo, que tengo la capacidad pulmonar de un boquerón (como si los boquerones tuvieran pulmones) y la última vez que hice algo parecido a ejercicio fue en el año dos mil cuatro. Pero bueno, me voy acostumbrando. Además, cuando voy por el tercero, apenas pienso en un pulmón de acero ya, sino que me visualizo a mí misma en la playa, con las piernas de Elle Macpherson, y recobro la compostura (el aire no lo recobro hasta que llevo media hora en casa, respirando como el boquerón de antes fuera del agua). Lo que peor llevo ahora es llegar a casa cada día a las tres y media de la tarde, con un café ‘bebío’ que, a esas hora, ya debo tener a la altura del tobillo, y subir olisqueando (tened en cuenta que además subo hiperventilando, con lo cual me llevo todo el aire -y el aroma- del mundo) el menudo de la del primero, el puchero del segundo, la tortilla de patatas del tercero…

Píntate las uñas, píntate las nails

Por fin he decidido cuidarme las uñas. Vamos, que voy un paso más allá de simplemente cortármelas y limarlas un poco si hace falta, y ahora las limo con esmero, las dejo crecer un poco, retiro las cutículas y todas esas cosas que si sigo hablando de ellas harían de ca’Ampharou la sección de una de esas revistas que tanto aborrezco. Para hacer todo esto y mantener unas manos medio decentes, tengo que pintármelas (las uñas, no las manos), para que no terminen, en cualquier momento de nerviosismo y/o aburrimiento entre los dientes. Y ese es el tema más peliagudo. Primero, porque con las uñas un poco más largas y pintadas, soy un desastre, aunque supongo que es algo que se me pasará cuando me acostumbre: los dedos se me quedan tiesos (como el meñique de los nobles) y sólo puedo tocar con las yemas directamente, lo cual es bastante complicado, sobre todo para  escribir en un teclado, que se convierte en actividad de alto riesgo (tema peliagudo para una vendedora de cápsulas de café como yo). Además, cuando me las pinto, como tengo el mismo pulso que un neurocirujano, termino con más pintura en los dedos que en las uñas…

En fin, que los esmaltes que tenía en casa eran malos de solemnidad, así que me fui a una conocida franquicia de cosmética que llamaremos para disimular KOKI. Allí elegí un par de tonos de violeta y un morado oscurocasinegro (debe ser la cuaresma…), del que compré otro para T.  Me dirigí a la caja y una dependienta pintada como una geisha el día de la patrona, ofuscada por la molestia de tener que cobrarme, hizo el esfuerzo supremo, supongo que impelida por la promesa de una comisión, de hablarme de la promoción de la semana: un serum aaaaaaaabsolutamente maravilloso. Para demostrarme lo fantástico que era el producto, cogió el botecito de muestra y empezó a recitar los efectos de tan extraordinaria pócima, efectos que, juro por dior, no me hubiera importado lo más mínimo escuchar si la interfecta Lady Kaede, no hubiese ido deteniendo su mirada en cada rasgo mío antes de empezar cada frase:

Atenúa muchísimo las sombras oscuras que salen bajo los ojos, cuando ya me había mirado las ojeras, que, va a ser cosa mía, pero igual es que las lucía por llevar en pie desde las seis de la mañana…

También ayuda a definir el óvalo de la cara, cuando, con la edad, va perdiendo firmeza. No, la muchacha no se cortaba un pelo en fijarse en mi óvalo de mi cara. Cuando ya me aseguró que también corregía la papada, me dieron ganas de abrir los cuatro esmaltes y dejarle una obra de arte en el centro de la tienda.

Va estupendamente para las arrugas de expresión (no sigas), para las patas de gallo (por ahí no, bonita. Y deja de mirarme a los lados de los ojos), pero donde hace milagros (dice bajando la mirada) es el las líneas éstas que salen a los lados de la boca, las líneas de marioneta….

Debí mirarla raro, porque no volvió a insistir…

En fin, no creo que sea una buena técnica para vender un producto de esas características leer la cara de la potencial cliente como si fuera una chuleta de lo que tienes que decir, de forma tan poco sutil y además, con enorme desgana. Evidentemente, no me compré el serum supermaravillosodelamuerte ni pienso hacerlo. Y tiene suerte de que el esmalte morado quede estupendo y no sea del que se desintegra a las dos horas.

Ahora, y si no fuera por el corte de pelo radical que me hice después, casi parecería una señorita.

El título de la entrada, dedicado, por supuesto, sacado de aquí.

Píntate las uñas, píntate las nails

Por fin he decidido cuidarme las uñas. Vamos, que voy un paso más allá de simplemente cortármelas y limarlas un poco si hace falta, y ahora las limo con esmero, las dejo crecer un poco, retiro las cutículas y todas esas cosas que si sigo hablando de ellas harían de ca’Ampharou la sección de una de esas revistas que tanto aborrezco. Para hacer todo esto y mantener unas manos medio decentes, tengo que pintármelas (las uñas, no las manos), para que no terminen, en cualquier momento de nerviosismo y/o aburrimiento entre los dientes. Y ese es el tema más peliagudo. Primero, porque con las uñas un poco más largas y pintadas, soy un desastre, aunque supongo que es algo que se me pasará cuando me acostumbre: los dedos se me quedan tiesos (como el meñique de los nobles) y sólo puedo tocar con las yemas directamente, lo cual es bastante complicado, sobre todo para  escribir en un teclado, que se convierte en actividad de alto riesgo (tema peliagudo para una vendedora de cápsulas de café como yo). Además, cuando me las pinto, como tengo el mismo pulso que un neurocirujano, termino con más pintura en los dedos que en las uñas…

En fin, que los esmaltes que tenía en casa eran malos de solemnidad, así que me fui a una conocida franquicia de cosmética que llamaremos para disimular KOKI. Allí elegí un par de tonos de violeta y un morado oscurocasinegro (debe ser la cuaresma…), del que compré otro para T.  Me dirigí a la caja y una dependienta pintada como una geisha el día de la patrona, ofuscada por la molestia de tener que cobrarme, hizo el esfuerzo supremo, supongo que impelida por la promesa de una comisión, de hablarme de la promoción de la semana: un serum aaaaaaaabsolutamente maravilloso. Para demostrarme lo fantástico que era el producto, cogió el botecito de muestra y empezó a recitar los efectos de tan extraordinaria pócima, efectos que, juro por dior, no me hubiera importado lo más mínimo escuchar si la interfecta Lady Kaede, no hubiese ido deteniendo su mirada en cada rasgo mío antes de empezar cada frase:

Atenúa muchísimo las sombras oscuras que salen bajo los ojos, cuando ya me había mirado las ojeras, que, va a ser cosa mía, pero igual es que las lucía por llevar en pie desde las seis de la mañana…

También ayuda a definir el óvalo de la cara, cuando, con la edad, va perdiendo firmeza. No, la muchacha no se cortaba un pelo en fijarse en mi óvalo de mi cara. Cuando ya me aseguró que también corregía la papada, me dieron ganas de abrir los cuatro esmaltes y dejarle una obra de arte en el centro de la tienda.

Va estupendamente para las arrugas de expresión (no sigas), para las patas de gallo (por ahí no, bonita. Y deja de mirarme a los lados de los ojos), pero donde hace milagros (dice bajando la mirada) es el las líneas éstas que salen a los lados de la boca, las líneas de marioneta….

Debí mirarla raro, porque no volvió a insistir…

En fin, no creo que sea una buena técnica para vender un producto de esas características leer la cara de la potencial cliente como si fuera una chuleta de lo que tienes que decir, de forma tan poco sutil y además, con enorme desgana. Evidentemente, no me compré el serum supermaravillosodelamuerte ni pienso hacerlo. Y tiene suerte de que el esmalte morado quede estupendo y no sea del que se desintegra a las dos horas.

Ahora, y si no fuera por el corte de pelo radical que me hice después, casi parecería una señorita.

El título de la entrada, dedicado, por supuesto, sacado de aquí.

Detestaciones: paraguas 1

¿Sabes, so memo? No estás en la Edad Media ni te estás batiendo en duelo. No eres Don Quijote, ni Sir Lancelot du Lac, ni el Caballero de las Flores. Es más, si no sabes llevar un paraguas, ni siquiera eres un caballero.

A ver, so memo, que los rudimentos de su utilización requieren sólo media neurona más de la que necesitas para respirar. Si llueve, paraguas en vertical hacia arriba, abierto sobre tu cabeza. Si no llueve, paraguas en vertical hacia abajo, cerrado. No hay más. Y tampoco es tan complicado, verdad, so memo? Por mucho que lo lleves inhiesto, no vas a ser más hombre.

Además, los paraguas tienen una empuñadura, ¿no es cierto? Pues la empuñadura, so memo, suele ser la parte por donde se cogen las cosas. Puedes llevarlo colgado del antebrazo, de la muñeca, o utilizarlo como un bastón. Ello no te hará parecer más débil, pero sí te hará más sensato.

Porque coger, cuando vas caminando por la calle, un paraguas por el bastón y en sentido horizontal, es de memos. Si además eres de los que balancean los brazos al caminar, como un simio cualquiera, mereces una muerte lenta y dolorosa, de las que incluyen el paraguas y algún orificio de tu cuerpo.

Por si no lo sabes, so memo, muy pocas veces caminas solo por la calle. Y sí, puedes controlar (o al menos deberías, so memo) tu parte delantera, pero no tu espalda, Y no sé si te has fijado, pero cuando tomas el paraguas por el bastón, llevándolo más o menos paralelo al suelo, queda a la justa altura de las partes más nobles de la media de la población (las tuyas incluidas). Y tampoco sé si te has fijado, pero por la calle suelen ir niños. Y a los niños les gusta la lluvia, con locura además. Y suelen salir corriendo con sus manitas en alto, medio locos y gritando porque han descubierto un charco. Y no son precisamente sus partes nobles las que quedan expuestas a la punta de tu paraguas.

Así que si no quieres llegar a casa con un ojo ensartado en tu paraguas, so memo, utiliza un mínimo de cabeza. Porque, según a quién ataques con tu ‘lanza’, puede ser hasta que el ojo sea el tuyo, so memo.

Ampharou’s library: marzo

Cada año lo terminamos con un ritual: el de encontrar el calendario que compartirá con nosotros, mes a mes, el año que todavía tenemos por estrenar. Esta vez, sin embargo, la decisión se demoró hasta casi mi cumpleaños. Años anteriores, era difícil saber con cuál quedarse, pero éste es que no había ninguno que nos gustara: todos eran de gatitos con mirada tierna, flores con áura o justines biebers o dorasexploradoras varias..

Al fin, cuando ya tenía uno de Van Gogh en la mano, Beaumont dio con el que, desde ese día, adorna el trocito de pared destinado a ello: uno de L. S. Lowry.

He de confesar que no conocía a este pintor, ni siquiera me sonaba. Así que dejé a mi amado Vincent donde estaba y, quedé dispuesta a aprender, durante todo un año, todo lo que pudiera sobre él.

Para empezar, os diré que, ojeando el calendario, no pude hacerme una idea de todo lo que es. Ya veréis por qué si me animo a seguir con la saga. Beaumont, cooperador en todo momento, buscó información sobre él, y descubrió un documental que conseguimos ver hace unos cuantos días. Ha sido flechazo a segunda vista, aunque a ello ha contribuido el tener a Sir Ian McKellen de Cupido (cuando yo tenga su edad, quiero tener los ojos como los suyos, llenos de toda la vida).

Así, ya sé que es un pintor de multitudes, aunque la obra que hoy nos acompaña, correspondiente al mes de marzo en mi calendario, no lo demuestre. Es por lo que decía que el almanaque no era demasiado representativo (éste fue enero y éste febrero).

En fin, que habemus almanaque y este año iremos desgranando al señor Lowry, si os apetece.

Sobre mis lecturas, poco tengo que contaros. Tengo atorado a Sherlock Holmes. Me lo he dejado encima de la mesilla de noche, para evitar que la espalda sufriese más de la cuenta y a fin de leerlo de a  poco cuando me acuesto. El problema es que llego a la cama a lo justo para quedarme dormida y con la condena de las seis de la mañana mirándome desde el despertador, y al pobre libro lo tengo bastante abandonado. A cambio, cargo cada día con Moby Dick (mucho más liviano, dónde va a parar, a pesar de ser una ballena), asignatura que tenía pendiente, y que estoy disfrutando en los desayunos cada día. Poquito a poco, tampoco le doy todo el tiempo que debería. La lectora compulsiva se ha convertido, sin remedio, en una lectora vaga.

En el apartado de series, poco que contar también (¡qué aburrida me estoy volviendo!). Estamos viendo otra vez The Wire, mientras hacemos tiempo para todas las nuevas temporadas de las series que seguimos y que están al caer. También hemos descubierto hace poco The Americans: sólo llevamos tres capítulos y tiene buena pinta. Sólo espero que no se tuerza y tire por el camino fácil (aunque no las tengo todas conmigo).

El tema películas sí ha sido un poco más fructífero. Hace dos días vimos Django desencadenado, de Tarantino. Me encanta Christoph Waltz y he descubierto a Jamie Foxx. La película, tan excesiva como todas las de Tarantino. ¿Habéis visto Malditos bastardos? Pues ésta me parece aquélla disfrazada de spaghetti western.

También vimos Lo imposible, de Juan Antonio Bayona. Llorera al canto. Poco más. Ni fu ni fa ni todo lo contrario. Ya me contaréis los que la hayáis visto, que no quiero ser metepata ni quitarle las ganas a los que tengáis intención de verla.

Otro día enganchamos en televisión La caja 507, de Urbizu (no, no la había visto. Sí, ya sé que tiene unos cuantos años).

Y para años, ayer vimos Blow Up, de Antonioni. Y tampoco la había visto. Y cabezazos que me doy ahora contra la pared, por haberla dejado pasar tantas veces. India, que sepas que estuve toda la película acordándome de ti, Las Armas Secretas, de Cortázar cogen ahora polvo en el cafetal.

Y nos atrevimos con El árbol de la vida, de Malick. Entiendo que en algunos cines pusieran avisos sobre esta película, y permitieran a la gente cambiarse de película. No es fácil, eso está claro, pero es que hablar de la Vida, así, con mayúsculas, de lo que somos, de por qué lo somos, de lo que dejamos cuando no estamos, y de las consecuencias de nuestro estar, es, cuanto menos, algo complicado. Eso sí, visualmente es maravillosa.

Actualizamos: perdonad, pero no había enlazado los cuadros de enero y febrero donde correspondían. Ya podéis pinchar para verlos.

Carnaval

Nunca he sido muy de carnaval, aunque parezca una herejía que lo diga alguien de Cádiz y que, además, lleva toda su vida viviendo aquí. Como diría mi querido J., yo soy de las que en Carnaval se va de camping, aunque no salga de mi casa. Antes, juventud, divino tesoro, salía  a gamberrear, a aprovechar que eran las únicas noches que me dejaban hasta las tantas. Ya un poco más mayor, a escuchar algunas coplas, a acompañar a amigos que venían de fuera, mucho más carnavaleros que yo, que me arrastraban de tablao en tablao y de esquina en esquina. Hubo unos años que era yo la que me dejaba arrastrar por los que conocen los entresijos de la fiesta, y, no voy a negarlo, lo pasé realmente bien. Pero de un par de años a esta parte, en los que sales y las copas superan a las coplas y la fiesta es un botellón gigantesco fuera incluso de los días reservados para ello, ha dejado de tener el poco atractivo que para mí tenía. Llamadme derrotista (que os daré un meco en los morros por utilizar una palabra tan horrorosa), pero es lo que hay soy.

Los que sois de fuera supongo que conocéis más el carnaval por los vídeos colgados del concurso. Letras ácidas, ocurrentes, graciosas muchas veces, punzantes otras. También estoy dejando eso. Nunca he estado muy al tanto, pero es que últimamente parece una sucursal del Sálvame. Escucho alguna cosa, poca, lo que engancho en la tele, chirigotas básicamente. Los coros, salvo alguna honrosa excepción, me aburren. Y las comparsas directamente no las soporto, más desde que se impuso la moda de los contracontracontrarealtos, midiendo en cada falseta quién la tiene más larga.

Así que mi semana ha sido una semana casi normal. Lo único que ha tenido de especial, que el horario en el cafetal ha sido un poco más relajado, no he tenido que ir a recolectar por las tardes y en las mañanas, además de tener de regalo una hora más de sueño y precisamente por esto, he podido disfrutar de paseos diarios que hacían que afrontara el día con una sonrisa en la cara y los pulmones cargados de aire. Decidme, si no, si caminar con este escenario y con esto en las orejas (cuando no me quitaba directamente los auriculares, para poder escuchar el oleaje) es para menos:

Taller de costura

Mi madre es modista. No de oficio ni vocación. Mi madre es modista de condición. Lo lleva impreso en el código genético (que no me pasó a mí, que soy una absoluta negada para todas las labores, para vergüenza suya). Cose desde muy pequeña, ha cosido para la calle, para ella, para nosotras y es tan buena modista como primorosa, para ella algo no puede simplemente quedar bien, el mínimo adjetivo debe ser perfecto, y de ahí, a sublime. Ha dado clases de corte y confección en mi casa -me encantaban aquellas tardes de verano en las que varias mujeres venían y parloteaban mientras que de sus manos iban saliendo prendas bajo la atenta mirada de mi madre-, y siempre ha habido alguna prima o tía que, con la excusa de tú me lo cortas y yo lo voy enjaretando, pasaban las tardes en casa, merienda incluida, con la guía espiritual y física de mi madre a la hora de dar puntadas.

Una de las primas que venía más a menudo era M. Y a mí me encantaba que viniera, primero, porque siempre ha derrochado alegría en forma de chascarrillos y sonoras carcajadas, y segundo, porque su bolso era un tesoro al que yo tenía libre acceso. M. venía cuando estaba ennoviada y yo era una cría que apena levantaba dos palmos del suelo. Quedaba con su novio para que la recogiera y por ello siempre venía pertrechada con un neceser con toda suerte de cosméticos. Ese era mi entretenimiento toda la tarde. Mientras ellas cosían y hablaban de sus cosas, yo hacía mis primeros pinitos con el maquillaje. Estaría de más decir que no siempre conseguía un look acertado, yo era autodidacta y, por ejemplo, algo con forma de barra de labios no podía ser sombra de ojos, por muy azul que fuera, pero la risa de las personas mayores y el fingido enfado de mi prima, me alentaban a seguir intentando estilismos varios.

Sonaron campanas de boda para M., y mi madre, ducha y artera en esos menesteres, procedió, más que guió, a la confección de su vestido de novia (he de decir que varios son los que han contribuido a la artrosis de sus manos, incluyendo el mío propio). Todavía recuerdo aquel raso blanco que resbalaba, el cordoncillo que iban metiendo por el dobladillo  para darle más cuerpo a la falda, mis ensayos para la boda de un look que, por supuesto no llevaría (por aquel entonces, llamadnos antiguos, estaba mal visto que una niña de cinco o seis años fuese pintada como una puerta), pero sobre todo recuerdo el vestido una vez terminado, perfectamente planchado, colgado del riel de la cortina del comedor, con toda la cola extendida sobre la mesa, un fantasma extraño que hacía aún más tentadora aquella estancia que teníamos prohibida, por estar reservada a las visitas. Recuerdo el día antes de la boda, cuando L., el novio de mi prima, vino a recoger el vestido y, rechazando la silla que mi madre le ofrecía, lo descolgaba, armario que era el mozo, apenas poniéndose de puntillas y casi sin esfuerzo.

El cuarto de coser, que era como se ha llamado siempre a la salita en casa de mis padres, era mi salón de juegos favorito. Creo que ya lo he escrito antes, pero aquellos veranos de mi infancia los pasaba alrededor de las piernas de mi madre, que cosía mientras oía dramones en la radio, jugando con botones, hilos, retales y levas.

Otra de las cosas que me encantaba era cuando mi madre me enviaba a entregar la costura como, después me contaba, su madre la enviaba a ella cuando era tan pequeña (o más) que yo. Supongo que se fiaba de que lo hiciera sola porque antes había menos miedo a que los niños estuviesen en la calle, y porque, al fin y al cabo, a la señora a la que me mandaba ‘entregar’ vivía justo al lado del parque al que tenía más que comprobado que era capaz de ir sin compañía. Así que allá iba yo, con la prenda bien envuelta en papel de seda, con una pequeña nota de mi madre y mucho cuidado, a casa de la señora de R. La señora, con su eterno cardado rubio y sus ojos de agua, me hacía pasar y siempre, siempre, me obsequiaba con unos after eight (creo que a ella debo mi gusto por la menta) y una propinilla que yo me gastaba incluso antes de llegar a casa.

Dignidad

Es un día lluvioso. Vas abrigado hasta las orejas y con tu paraguas abierto sobre la cabeza. En una calle, te cruzas con una persona que va con el paraguas cerrado. Lo miras, te mira. Seguís caminando. Esperas hasta que se aleja un poco más. Bajas el paraguas para comprobar que, efectivamente, ha dejado de llover. Cierras el paraguas. Vuelves la cabeza para comprobar que la otra persona no se ha vuelto a su vez. Sigues caminando, un poco más rápido esta vez.

My alien and I

Pasó sin darme cuenta. Un día ya estaba ahí. Fui a pintarme el ojo y ¡voilà!, me miraba retadora desde el espejo. Pasé de ella, no le eché cuenta, por si se aburría y se iba tal como había aparecido. Y así estuvimos un tiempo. Yo no pensaba en ella y ella no molestaba. Hasta que, a pesar de mi indiferencia, empezó a crecerse. Ahí seguía, sin moverse, pero empezó a irritarme, se hizo visible a los demás, me desafiaba altanera cada mañana, cada noche ante el espejo. Y decidí tomar cartas en el asunto.

Esta mañana me deshice de ella. Un cortecito y ya está. En su lugar, la enfermera puso un pequeñísimo apósito. Ahora, como único recuerdo suyo, llevo el ojo igualito al de Thom Yorke, aunque como va a ser algo pasajero (mañana ya estaré perfecta para seguir encandilando con la mirada), hubiese preferido un parche como Elle Driver.

La imagen, de aquí.