Desayuno #16

Como casi cada mañana, la cafetería estaba atestada. Yo sólo quería un cachito de barra para apoyar mi libro y donde la camarera pudiese poner mi café y tuve suerte. Unos señores trajeados habían terminado de desayunar justo al fondo, en mi sitio favorito, y salían ya. Esperé a que despejaran el pasillo, y cuando tuve vía libre, oí un ¿Ampharou? a mi espalda. Me volví, y allí tenía a uno de los enchaquetados de los que acababa de dejar paso. ¿No te acuerdas de mí? Soy G.

De pronto volví al año ochenta y cuatro, a aquel instituto prefabricado que se caía, literalmente, a trozos. Volví a mi clase de segundo de BUP, a esa segunda fila desde la que tenía una vista privilegiada del aula, porque, al tener un pilar  justo a la derecha, debía estar continuamente girada hacia la clase a fin de que mi codo tuviese espacio a la hora de escribir (o al menos esa era la excusa perfecta que ponía  a los profesores que me increpaban para que  me sentase mirando al frente y no con la espalda apoyada en el pilar, vuelta hacia toda la clase). A mi lado, la chica que había sido mi compañera también en primero. Delante, la empollona y su rémora, detrás, los dos chicos más guapos del curso, J., tan guapo como simpático, y G., el nuevo, el serio, aquél que parecía vestido y peinado cada mañana por su mamá.

Segundo fue el mejor curso de aquel bachillerato. Yo había dejado atrás a la niña ñoña recién salida de un cole de monjas que permaneció asustada todo primero y derrochaba energía a golpe de melena. Luego, ya en tercero y COU, me lancé a los brazos de los existencialistas, me volví intensa y mis constantes indumentarias negras hicieron que un ‘simpático’ profesor me augurara una exitosa carrera como enterradora.

G. seguía contándome lo bien que le iba la vida y cuánto se alegraba de verme, atildado con su chaqueta de terciopelo negro mate, mientras yo estaba en segundo B, poniendo medio empeño en aprender aquel galimatías de la formulación de los ácidos y el otro medio en que G. me hiciera caso de una vez, aunque fuese para explicarme a qué tenía que llamar oso y a qué ico. Pero G., por aquel entonces, era una pequeña ostra huraña que no quería saber nada de niñas con melena por muchos ojitos que le pusieran.

Al siguiente curso yo opté por las letras y él, como era de suponer, por las ciencias, así que perdimos casi todo el contacto. Y menos mal que, ante su actitud, yo ya hacía tiempo que había decidido que no merecía mis atenciones. Cuando terminamos COU, dejé de verle definitivamente, hasta este día que escuché ese ¿Ampharou? a mi espalda. Y me da que, aunque ha dejado de ser una ostra, no ha cambiado demasiado desde aquel año ochenta y cuatro.

Tarde de peluquerida.

Sí, sí. Peluquerida. Ni yo me he equivocado al escribirlo ni vosotros al leerlo. Peluqueridas porque debo ser de las pocas personas que reconocen que les gusta ir a la peluquería. Que a mí me daría igual que fuese una peluquería o una recova siempre que me tocasen el pelo y me hiciesen masajitos en la cabeza también es cierto, pero bueno, hoy vamos a hablar de las peluquerías.

Cuando el verano pasado me corté el pelo (‘corté’ del verbo ‘tenía la melena por la cintura y ahora no sobrepasa un lápiz que tuviera pegado a la cabeza’) fue lo más: cuatro horas de vellón puesta en las manos del guapísimo David Vergés (no os fiéis de la foto, es mucho más guapo en persona) y de la bella Raquel. Cuatro horas en la que cortaron, decoloraron, tiñeron, mecharon, volvieron a cortar, secaron y peinaron con sus correspondientes lavados entre cada proceso. Al final, entre el hambre y lo entusiasmada que estaba, ya ronroneaba tal que el gato con botas. El resultado, pues que salí encantada de la vida, mucho más ligera, más joven (lo menos un par de meses) y convencida de que el pelo corto era mi estado ideal.

A un buen peluquero se le reconoce por sus cortes de pelo. Y a un buen corte de pelo se le reconoce porque no pierde la forma tal que el cabello empieza a crecer, es decir, en cuanto pones un pie fuera de la peluquería, o cuando tienes que enfrentarte por primera vez a él con el pelo recién lavado y chorreando.

En fin, pasaron dos meses y yo seguía con mi peinado perfecto, a pesar de que me crece el pelo como a Tío Cosa. Eso sí, necesitaba ya un tinte como el comer. Descartado el tener que subir a Barna cada vez que tuviera que ir a la peluquería (aunque ya me gustaría), mi elección en Cádiz era fácil: ¡Nolo! A Nolo (que también es guapérrimo) lo conozco desde hace más de quince años, cuando tenía una peluquería chiquitilla y trabajaba solo. Ahora tiene un local enorme, con una parte dedicada en exclusiva a los críos (guardería-peluquería) y sigue siendo un maestro. Cuando tienes el pelo largo, parece más fácil, confías más porque cualquier desaguisado se puede arreglar cortando un poco más. Pero con el pelo corto, tampoco era plan de ponerse en las tijeras de cualquiera, fuera ser que terminara como Natalie Portman en V de Vendetta (si terminara también con su cara no me importaría en absoluto terminar con su ‘peinado’). A Nolo le he sido infiel en multitud de ocasiones, sobre todo últimamente que me cortaba y teñía solita en casa poniendo en práctica mis nulas dotes para la peluquería, pero ahora vuelvo a él con los brazos abiertos. Hace dos meses volví a salir encantada. Un color precioso, un corte diferente y que, lo mejor de todo, podía manejarme en casa sin demasiado problema. Ya me levanto cada día a las seis y poco de la mañana. Sólo me faltaba tener que madrugar más para pelearme con un pelo rebelde. Ducha, y como dice el Figura, peinado con la manopla. Así que ayer (otra vez tras dos meses. No, Nolo no se va a hacer una mansión a mi costa), que necesitaba de nuevo darle un poco de color a dos o tres (millones) de pelos blancos que asomaban ya (no es cuestión de edad, qué va, seguro que es herencia), y tras un ¡Nolo, te necesito! volví a que me mimaran la cabellera otro ratito. Y volví a salir, claro que sí, encantada, guapérrima y tan joven que como vuelva muy a menudo, pronto tendré que hacer la comunión.

Feliz año en curso

Bueno, se acabaron las fiestas, llegó el nuevo año y volvemos a la rutina, a la crisis, se abolió el decreto navideño por el cual todos debemos querernos muchísimo, los jefes vuelven a ser unos cabrones y los compañeros unos trepas. Los cuñados pueden volver a no tener ni pizca de gracia al contar los chistes y los niños volverán a quedar aparcados en el cole.

Este año he tenido, por circunstancias que no vienen al caso, unas navidades distintas. Ni mejores ni peores, sólo distintas, más tranquilas, eso sí. Sin embargo, también he salido, he encontrado a amigos que hacía tiempo que no veía, he conocido gente nueva, he reído, he disfrutado, he bebido, comido, he visto películas que me debía y otras que ya conocía, y series antiguas que son nuevas para mí. He leído poco y he aprendido mucho. He debido ser buena, a pesar de las malas lenguas que dicen que soy lo peor y los reyes majos se han portado estupendamente. Ahora sólo me queda coger carrerilla para afrontar el año lo mejor posible. Pero aún me quedan dos días de vacaciones (y otros dos la semana que viene), y pienso disfrutarlos como si no hubiese (pasado) mañana.

 

Feliz año en curso

Bueno, se acabaron las fiestas, llegó el nuevo año y volvemos a la rutina, a la crisis, se abolió el decreto navideño por el cual todos debemos querernos muchísimo, los jefes vuelven a ser unos cabrones y los compañeros unos trepas. Los cuñados pueden volver a no tener ni pizca de gracia al contar los chistes y los niños volverán a quedar aparcados en el cole.

Este año he tenido, por circunstancias que no vienen al caso, unas navidades distintas. Ni mejores ni peores, sólo distintas, más tranquilas, eso sí. Sin embargo, también he salido, he encontrado a amigos que hacía tiempo que no veía, he conocido gente nueva, he reído, he disfrutado, he bebido, comido, he visto películas que me debía y otras que ya conocía, y series antiguas que son nuevas para mí. He leído poco y he aprendido mucho. He debido ser buena, a pesar de las malas lenguas que dicen que soy lo peor y los reyes majos se han portado estupendamente. Ahora sólo me queda coger carrerilla para afrontar el año lo mejor posible. Pero aún me quedan dos días de vacaciones (y otros dos la semana que viene), y pienso disfrutarlos como si no hubiese (pasado) mañana.

 

Mariposas

Hace siete años, en un día tan luminoso como el de hoy, un tren llegaba, después de atravesar vastos territorios, a una estación terminal. De él descendía un chico, cargado de nervios y regalos. Lo esperaba una chica, con los mismos nervios desbocados y un centenar y medio de mariposas amarillas revoloteándole por dentro.

Hoy, siete años después, en un día tan luminoso como aquél, los nervios hace mucho que desaparecieron. Sin embargo, las mariposas amarillas siguen vivas, más fuertes, más grandes, más hermosas que nunca.

 

Winter is coming

No me gusta el invierno. El frío me encoge y me paraliza hasta extremos insospechados, la falta de luz me entristece, y si llueve más de dos días seguidos, me enerva como a un león encerrado y hambriento. Pues bien, justo hoy lo empezamos. Nos queda por delante unos meses en los que, además, tendré que agradecer estar en esta parte del mundo y no en Verkhoyansk, que no sé qué sería de mí de haber pertenecido al clan de los Stark.

Pero llevo unos días en los que estoy disfrutando con esta estación. De acuerdo que mucho tiene que ver el clima suave que tenemos para que no me esté cagando cada cinco segundos en la marequeparió al frío y pueda fijarme en otras cosas, pero es que me parece a mí, o al menos no recuerdo otro que lo hubiera sido tanto, que éste ha sido el final de otoño (principio de invierno, que empieza hoy y no creo que se estropee todo esta noche) más hermoso de los que he vivido.

Sobre todo me pasa por la mañana temprano. Cuando salgo de casa es todavía de noche, y salvo la hora, no hay nada que indique que vaya a salir el sol. Los últimos días hemos tenido en Cádiz unas nieblas matutinas que, si no eran puré de guisantes, lo eran de coliflores. Yo me bajaba del bus en la parada de al lado del cafetal, cruzaba el semáforo (la visibilidad no estaba para  hacer tonterías) y me topaba con mi querida acacia. Ahora todavía está repleta de hojas, todas de un tono dorado absolutamente precioso, aunque cada mañana amanece con una tupida alfombra amarilla a sus pies. Tiene, además, una farola al lado que la sobrepasa en altura. Uniendo el factor del dorado, la luz anaranjada de la farola sobre la acacia, la noche y la niebla, os podéis hacer una idea de cómo me quedo clavada a sus pies  cada mañana cogiendo el aire que me hace falta después del madrugón para continuar el día, llenándome los ojos de bonitura para que no quepa nada feo de lo que me espera.

Hoy no he madrugado tanto, y cuando llegué a la parada, ya iba despuntando el sol. Estaba todo el cielo nublado, pero un rayo de sol había conseguido eludir las nubes y se había escapado para dar justo en las primeras casas del casco antiguo, allí en Santa Elena. Yo los veía por encima de las Puertas de Tierra, con las que no parecía ir aquel rayo de sol y seguía sumida en colores parduzcos. Si hubiese sido una fotografía, podía haber jurado que estaba hecha de recortes, tan definidos como estaban los cambios de luz.

En fin, que no sé si es que se me ha despertado la glándula pineal o qué, pero pareciera que tuviera ojos nuevos para captar pequeñas cosas hermosas casi sin salir de casa: esos cambios de luz, los árboles con unos tonos que quitan el habla, los olores intensos a mar y el suave y dulzón de las acacias. Este año, casi me gusta el invierno.

Ampharou’s library: diciembre

Terminamos el ‘año Mucha’ (¿qué nos deparará el que viene?) con el tablero titulado ‘Las horas del día, nueva serie de cuatro paneles en los que las ‘mujeres Mucha’ representan, en el ambiente bucólico al que nos tiene acostumbrados, el despertar, la mañana, la tarde y la noche, con gran profusión de elementos florales y enmarcados en una grecas que no son más que continuación del fondo de cada motivo.

Es una lástima, como decía el mes pasado, que el editor del calendario se haya centrado en el Mucha publicista (que ya es mucho y muy grande). Ahora que acaba el año, y con él las ilustraciones de este autor moravo, buscad, si no lo habéis hecho ya, más muestras de su obra, grande toda ella, y que contempla muchas más disciplinas aparte de la pintura.

Este mes me voy a saltar la parte de los libros, porque sigo atascada con el bueno de Sherlock. Bueno, atascada no es la palabra, porque lo sigo leyendo y disfrutando, pero a un ritmo tan lento (apenas unas pocas páginas cada día), que parece que no avanzo lo más mínimo. Mientras tanto, se me siguen acumulando cosas que leer, libros y autores que descubrir.

Terminamos la tercera temporada de Boardwalk empire. Grande. Mucho. Y si con la segunda la serie quedaba totalmente cerrada (podía haber terminado con ella), ésta queda abierta para una próxima. Esperemos que no quieran alargarla inútilmente, sería una lástima para una tan buena serie. Por cierto, que ahora comienzan a ponerla los domingos en la Sexta. Eso sí, si es, como me temo, en versión doblada, huid de ella como la peste: ¡no os podéis perder la particular voz de Steve Buscemi así como así!

También terminamos, gracias a dior, la temporada de Elementary. Podéis prescindir de ella totalmente, dedicar vuestro tiempo a teñiros el pelo de azul o meter los dedos en un enchufe: cualquier cosa será más productiva que verla.

Y como el demonio, que para pasar el tiempo mata moscas con el rabo, nosotros, mientras esperamos a que se estrenen las nuevas temporadas de las series que nos gustan, hemos empezado de nuevo con The Wire. ¡Qué placer reencontrarse con Jimmy McNulty, Lester Freamon, Bubbles… y claro, con Stringer Bell!!

Termino con las películas vistas: la primera, Take Shelter. Tenía curiosidad por ella, desde que leí una reseña en Esquire, aunque debo confesar que más que por el tema, era por el protagonista, Michael Shannon, el Nelson Van Alden de Boardwalk Empire, personajaco donde los haya, sobre todo en la primera temporada. Una película sobre visiones apocalípticas que, si sois muy aprensivos, no os aconsejo ver… por lo menos hasta el día veintitrés.

También vimos Shame, de Steve McQueen (éste, no éste). Además de tener que agradecerle el ponernos en la pantalla a Michael Fassbender como su madre lo trajo al mundo (bueno, un poco más grande. Algunas partes más que otras. Que George Clooney no habla por hablar), tenemos que alabarle su buen hacer y la tremenda visión estética, aunque sea con una historia tan tristísima como ésta, y el que le haya puesto una banda sonora tan increíblemente hermosa.

Y hasta aquí ha dado el año. Ya veremos si continuamos la serie a partir del que viene. Mientras tanto, sed tan felices como podáis.

Cataratas

Es curioso el proceso de aprendizaje del lenguaje, una empresa tan eterna como nosotros mismos, algo que  no acaba, porque siempre estamos aprendiendo palabras e incorporándolas a nuestro vocabulario.

Cuando era niña, ya os he comentado en algún post que tenía ciertas dificultades para pronunciar palabras como ‘monedero’, o que me sorprendía, no siempre gratamente, que palabras a las que yo les había dado un significado tuvieran otro totalmente distinto (qué chasco cuando descubrí que un meteorito no era una caja, preferiblemente cuadrada y negra, donde meter joyas u ‘oritos’). Pero lo que más desataba mi curiosidad eran esas palabras que podían significar varias cosas. De esta forma, cuando empecé a ver películas y leer algún cómic, aprendí que las cataratas eran un sitio donde los novios iban de luna de miel a besarse extasiados mientras toneladas de agua cayendo al vacío producían un sonido ensordecedor. Las cataratas también podían ser donde el bueno de la película, en una canoa chunga y después de mil vicisitudes, perdía de vista por fin al malo malísimo que era arrastrado por la masa de agua hacia un destino tan atroz como merecido. Así que cuando oí esa palabra por primera vez referida a los ojos de mi abuela Ana, pude ver en ellos toda la espuma blanca que producía la caída del agua, y que, hasta entonces, para mí era un lugar idílico porque siempre escondían una cueva con tesoros detrás.

De modo que esa era la razón por la que mi abuela, después de besarnos dejándonos los cachetes calientes para todo el día, nos ‘tentaba’ la cara y el pelo para decir el nombre de cada uno de nosotros, seguido de un suspiro y un ‘qué pena no ver’. Yo, niña de imaginación desbocada, intentaba imaginar qué era ese no ver, desechando la idea de una oscuridad absoluta: si tenía nubes blancas en los ojos, ese debía ser el color de su ceguera.

Hace unas semanas operaron a mi padre. Él no tenía todavía esa nube, pero empezaba a ver mal y su médico consideró que ya era operable (hace tres años le operaron un ojo y esta vez el segundo). Hoy la ciencia avanza que es una barbaridad, y lo que hace unos años era impensable, ahora se hace en un santiamén y con los riesgos mínimos. Al salir, bromeaba con la enfermera, diciéndole que ahora la veía más guapa todavía. Pero guapo me pareció él a mí: sus ojos volvían a ser tremendamente vivos, tremendamente hermosos. Tremendamente verdes.

 

Ampharou’s library: noviembre

..ya se fue, con todas sus castas, que podría ser el subtítulo del post. Porque después de que se acabara la ‘cima’, me las prometía yo muy felices respecto a la tranquilidad, hasta que me di de bruces con la realidad. Ha sido un mes de asco, de cabo a rabo, en el que todo era para la semana pasada y en el que no he tenido ni un ratito pa’ná. Os he tenido abandonados, he tenido abandonada ca’Ampharou y hasta a mí misma, y es que salir a las tantas de currar día sí y día no, y el que no, hacerlo con la cabeza tan saturada que sólo te apetecía golpearla con una esquina, no es bueno para mi vida social… ni para mi salud mental.

Pero vayamos a lo importante: un post para celebrar que ya está, que se acabó, que cumplió con sus treinta días que parecieron trescientos, aunque sea a tres días después.

Para ello, el cartel con el que conocí y me enamoré perdidamente de Mucha, hace unos cuantos años, en el Museo de Arte de Cataluña, en una exposición sobre carteles de principios del siglo XX. Allí estaba él, y me quedé prendada del humo que salía de esa boca. Me recuerdo anotando todos los nombres en servilletas de papel, nombres que no conocía y de los que quería aprender. El que más se repetía, Mucha, y por méritos propios, se convirtió en parte de mi obsesivo particular.

Aquí, la publicidad del papel de fumar Job. Una maravilla, sin duda. El rostro de la modelo, haciendo émulo de Saritísima en aquello de que fumar es un placer. El cabello, el fondo, el marco que se hacen humo para envolverla.

En cuanto a lo demás que suelo contaros en estas librarys, poca cosa. Poco he avanzado con el libro de Sherlock, y eso que me tiene enganchada. No me queda demasiado y espero acabarlo en estos días. Hilando con el libro, una de las películas que he visto: El signo de los cuatro, basada en una de las historias largas de Conan Doyle, con Peter Cushing. Tremendamente entrañable, como un Estudio 1 con pocos recursos, y bastante prescindible, nos hizo pasar, sin embargo, un buen rato.

La otra película mencionable fue Olvídate de mí, de Michel Gondry, o Eternal Sunshine of the Spotless Mind (recordadme que le envíe una cajita del polvorones al traductor), que ya había visto hace unos años. Me volvió a parecer encantadora. Y absurda, pero sobre todo encantadora.

Seguimos hilando y seguimos viendo Elementary. Y ésta sí que es totalmente prescindible. Y denunciable, por mancillar el nombre de Sherlock en vano, que lo sepáis.

También sigo viendo la séptima temporada de Dexter, paciente y semanalmente. Y que es una temporada normalita tirando a cortita da buena muestra de que puedo esperar perfectamente a que pase la semana para ver el nuevo capítulo sin roerme las uñas hasta la muñeca.

Y seguimos también con Boardwalk empire. Al terminar la segunda temporada nos pareció que había acabado de una forma redonda, que no hacía falta llevar más allá las aventuras de Enoch Thompson, que la spoiler de spoiler había puesto el the end definitivo a la serie. Pues nos habíamos equivocado: ha seguido, y de una forma magistral. La aparición de nuevos personajes le ha dado nueva vida que, a falta de un capítulo para terminarla, parece magnífica.

El mes que viene, o mejor, dentro de unos días, más.

Cinco tonterías por minuto

En el cafetal molón somos muchos los que trabajamos y cada uno tiene su pelaje y sus cosas. En los últimos días he descubierto que un compañero está estudiando inglés. No me lo ha dicho (directamente), ni le he visto cargando los libros, pero cuando cree que nadie le escucha, hace ejercicios de lectura tal que si fuera sir Laurence Olivier declamando Hamlet, al volumen que lo haría para la última butaca del Old Vic.

Como digo, cada uno tenemos nuestras cosas. Hay, por ejemplo, quien piensa que los triangulitos enfrentados que hay en la regleta de la parte superior de la pantalla de word están ahí porque quedan monos. Y que a pesar de tener por oficio principal el de escribir, te coloca un texto en la mitad derecha de la pantalla ¡¡llevándolo hasta allí a base de barra espaciadora!! Ni siquiera al tabulador, no, esas flechas están ahí también para hacer bonito. ¿Habéis visto el primer capítulo de The IT crowd, donde contratan a Jenn?  Pues sí, queridos amigos, la realidad supera la ficción.

Los que tenemos gatos notamos cuando llega el frío primero, y como el resto de los mortales, porque lo sentimos en nuestras carnes, y segundo, porque vemos que los gatos pasan muuuuucho más tiempo durmiendo (sí, es posible), que buscan el lugar más cálido de la casa y que se acurrucan como una ensaimada para pasar las horas. Los míos, que además están viejunillos ya, se pasan el día metidos en su caseta para salir un ratín por las tardes (casualidad, a la hora en la que les pongo comida fresca). A Wey, además, le ha dado ahora por seguirme allá donde me muevo, parárseme delante, mirarme con ojillos arrebatados y soltarme maullidos lastimeros para que lo coja. Como ejemplo, sirva decir que esto lo estoy escribiendo con él cortándome la circulación de las piernas. Eso sí, pasan el día durmiendo, juntos, a ser posible, para darse más calor. Pero todo es que llegue la hora de acostarnos, apagar las luces y cerrar la puerta del dormitorio, para que formen unos pitotes que solo pueden ser despejados a base de remojones.

Con mi vecina de arriba no tengo demasiada relación. Llamadme espabilá, pero creo que es porque no le sentó demasiado bien que le ganásemos una demanda por inundar nuestra terraza. Y creo que tampoco le agradó mucho que le mandásemos a la policía una noche en la que hicieron fiesta y en la que, ya a las cinco de la mañana, cantaban el ‘Vaporcito’ dando saltos encima de nuestro dormitorio. Hace tres días encontré un calcetín suyo caído en mi tendedero. Como buena vecina, lo dejé ahí, enganchado con una pinza, para que pueda ver que lo tengo yo y que venga a buscarlo. Se aceptan apuestas.

A este blog, aunque no lo veis (gracias a 3nity, master and commander de esta página), también llega spam. Y es curioso, porque va por tandas. Si hace un tiempo sólo llegaban mensajes de casinos virtuales, ahora sólo me llegan para que compre bolsos de Prada, de Louis Vuitton, Gucci, Burberry… Sin lugar a dudas, añadir a la guapísima Adela a los enlaces de recomendaciones encarecidas en la columnita de la derecha, le ha dado un plus de glamour a ca’Ampharou.