Como casi cada mañana, la cafetería estaba atestada. Yo sólo quería un cachito de barra para apoyar mi libro y donde la camarera pudiese poner mi café y tuve suerte. Unos señores trajeados habían terminado de desayunar justo al fondo, en mi sitio favorito, y salían ya. Esperé a que despejaran el pasillo, y cuando tuve vía libre, oí un ¿Ampharou? a mi espalda. Me volví, y allí tenía a uno de los enchaquetados de los que acababa de dejar paso. ¿No te acuerdas de mí? Soy G.
De pronto volví al año ochenta y cuatro, a aquel instituto prefabricado que se caía, literalmente, a trozos. Volví a mi clase de segundo de BUP, a esa segunda fila desde la que tenía una vista privilegiada del aula, porque, al tener un pilar justo a la derecha, debía estar continuamente girada hacia la clase a fin de que mi codo tuviese espacio a la hora de escribir (o al menos esa era la excusa perfecta que ponía a los profesores que me increpaban para que me sentase mirando al frente y no con la espalda apoyada en el pilar, vuelta hacia toda la clase). A mi lado, la chica que había sido mi compañera también en primero. Delante, la empollona y su rémora, detrás, los dos chicos más guapos del curso, J., tan guapo como simpático, y G., el nuevo, el serio, aquél que parecía vestido y peinado cada mañana por su mamá.
Segundo fue el mejor curso de aquel bachillerato. Yo había dejado atrás a la niña ñoña recién salida de un cole de monjas que permaneció asustada todo primero y derrochaba energía a golpe de melena. Luego, ya en tercero y COU, me lancé a los brazos de los existencialistas, me volví intensa y mis constantes indumentarias negras hicieron que un ‘simpático’ profesor me augurara una exitosa carrera como enterradora.
G. seguía contándome lo bien que le iba la vida y cuánto se alegraba de verme, atildado con su chaqueta de terciopelo negro mate, mientras yo estaba en segundo B, poniendo medio empeño en aprender aquel galimatías de la formulación de los ácidos y el otro medio en que G. me hiciera caso de una vez, aunque fuese para explicarme a qué tenía que llamar oso y a qué ico. Pero G., por aquel entonces, era una pequeña ostra huraña que no quería saber nada de niñas con melena por muchos ojitos que le pusieran.
Al siguiente curso yo opté por las letras y él, como era de suponer, por las ciencias, así que perdimos casi todo el contacto. Y menos mal que, ante su actitud, yo ya hacía tiempo que había decidido que no merecía mis atenciones. Cuando terminamos COU, dejé de verle definitivamente, hasta este día que escuché ese ¿Ampharou? a mi espalda. Y me da que, aunque ha dejado de ser una ostra, no ha cambiado demasiado desde aquel año ochenta y cuatro.








