Ampharou’s library: julio

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Decía George Mikes: “Un inglés, incluso si está solo, hace una cola ordenada de un solo miembro”. Leí esta cita hace tiempo, y es lo primero que se me vino a la cabeza cuando vi este cuadro de Lowry, el que ilustra el mes de julio. Y eso que, técnicamente, lo que aparece en la imagen no es una cola bien formada, una cola genuinamente inglesa, sino un montón de gente que parece esperar algo. ¡Si hasta el perrete parece estar esperando!

Este mes me he resarcido del atraso de lectura que llevaba. Me entregué a los brazos de Bruce Chatwin, mi adorado Chatwin. Hasta ahora había leído sus libros de viajes, Los trazos de la canción, el libro más hermoso que he leído nunca, En la Patagonia, ¿Qué hago yo aquí?, pero ahora le tocó a sus novelas: primero fue su Colina negra, la historia de los gemelos Jones, que nacieron con el siglo XX, y después fue Utz, el coleccionista de porcelana, dos delicias que me bebí en menos que nada.

Y de un adorado a otro adorado: después de Chatwin, Enric González, que me hizo disfrutar con sus Historias líquidas.

Terminamos Mad Men, empezamos y terminamos la tercera temporada de Luther (¡oh!), estamos mediando la tercera de The killing (sin lugar a dudas, la mejor de las tres. Me tiene enganchadísima), empecé también la última (menos mal) de Dexter (flojita por ahora) y disfruté paseando por Oxford con el primer capítulo de Endeavour. Tiene buena pinta ésta última. Ya os iré contando.

Por fin pude ver también el Moby Dick de Huston. No quería verla hasta que no terminara el libro, y no defraudó nada. Grandísimo Orson Welles como el padre Mapple y grandísimo Gregory Peck como Ahab… tan grandísimo que vimos también Matar a un ruiseñor: maravilla del cine que ¡oh, pecado!, todavía no había visto. Boca abierta y días dándole vueltas, cómo algo tan sencillo puede ser a la vez tan grande. Y la última del mes fue En el nombre del padre. Y saqué dos conclusiones: que Daniel Day Lewis ya era tremendo hace veinte años y que me queda muchisísimo cine que ver.

Ampharou’s library: junio

(c) Ms Carol Ann Lowry/DACS; Supplied by The Public Catalogue Foundation

Junio. Esta vez, lo siento, pero no tengo historia para el cuadro de Lowry. No he podido pergeñar ninguna. Lo que sí tengo, por más que miro y remiro la lámina colgada en mi despacho, son muchas preguntas. Porque se trata de un paisaje industrial (éste es precisamente el título), uno de los tantos que pintó el artista. Parece recoger una escena en algún polígono en crecimiento de una gran ciudad. En él aparecen multitud de personas, unas que caminan, otros que corren, unos chicos que parecen jugar en un triste y gris descampado. Están también los perros de Lowry, esas manchitas negras con patas y orejas enhiestas. Un paisaje gris con un cielo sucio. Pero en el centro, en una callecita que atraviesa el lienzo, un tumulto de personas se agolpan alrededor de lo que parece un coche… me parece, influida por multitud de películas que recrean la misma época del cuadro, un coche de policía, demasiado oscuro para ser una ambulancia. Va llegando más gente, y los que aparecen ya por la esquina de la calle, parecen decididos a correr hacia la aglomeración. ¿Qué ha pasado? Las casas más próximas están demasiado lejos, no hay salida desde ellas hasta ese punto de la calle. Las humeantes fábricas quedan más lejos aún. ¿Es ciertamente la policía o se trata sólo del camión de la leche?

En primer plano se nos presenta un otero, bastante apartado de toda la escena pero dominándola. Y sobre ese cerro, alguien que mira. Me muerdo las uñas y no consigo distinguir si mira, vigilándola, la escena, o si mira, vigilándonos, a nosotros. Se me ocurre que en realidad no sea nadie, sino la estatua de algún padre de la patria, o de algún tirano, puesta en lo alto para recordarles a todos quiénes son. Esto me lo lleva a pensar la figura que tiene a la derecha: una mujer de perfil, ajena a lo que sucede abajo, con la cabeza gacha en actitud de reverencia o ¿acaso no bajamos también la cara cuando tenemos miedo?

Por fin arrié las velas y me bajé del Pequod, coche fúnebre en el ecuador. Terminé el libro, pero incorporé a Ahab, Ismael, Queequeg y al pobre Pip a mi devocionario particular. A quien me hubiese dicho que disfrutaría tanto leyendo páginas y páginas sobre anatomía comparada de los cetáceos, lo habría tenido por loco, y luego me habría tenido que comer mis palabras una a una. Casi setecientas páginas con la boca abierta y los últimos capítulos con el corazón encogido. No es gratuito que mi adorado Harold Bloom la tenga por la más grande novela americana.

Seguimos avanzando con Mad Men (¡qué poquito nos queda ya!), terminamos con Juego de Tronos (¡oh, esas lluvias de Castamere!), me temo que también terminamos con Vicius (ésta así, sin avisar…). Seguimos también con The Hour, ahora con la segunda temporada, que parece tener tan buena pinta como la primera y empezamos con la tercera de The Killing, con los mismos personajes que, una vez resuelto el caso Larson, continúan con uno nuevo en la lluviosa Seattle (¿por qué en Frasier no llovía tanto?).

En cuanto a películas, a la espera de ver el Moby Dick de Huston, vimos El Club de la Lucha. No, no la había visto hasta ahora. Sí, ya sé que tengo delito. Y no os voy a decir nada más, que todos sabéis ya cuál es la primera regla del Club de la lucha…

También hemos tenido extra-bonus este mes. Faemino y Cansado, en la gira de Parecido no es lo mismo recalaron en Cádiz, y nosotros, que somos románticos y plantamos perejil, allá que nos fuimos a verlos. Ni que decir tiene que nos pasamos casi dos horas sin parar de reír.