Vivo en la casa en la que nací. No he vivido siempre aquí: cuando tenía nueve años, nos mudamos a la casa donde todavía viven mis padres. Cuando me casé, pasé poco más de un año viviendo en un iglú, pero volví aquí para quedarme embarazada, tener a Lorah y todo lo que he vivido desde entonces.
Algunos de los vecinos de la casa siguen siendo los mismos de cuando yo era pequeña. No muchos, pero alguno queda, como los que viven en mi misma planta que, evidentemente, me conocen de toda la vida (la mía, claro).
La letra A pertenece a una señora mayor, funcionaria jubilada que ahora presta servicios en la CIA (o al menos eso creemos, por la fruición con la que investiga la vida de los demás vecinos) y que vive sola desde que murió su tía hace unos años. Este verano, pobre mujer, se cayó en la calle y se partió un brazo. La secuencia de dónde vengo-caída-sufrimiento-médico-más sufrimiento-sufrimiento sin fin creo que se la ha contado hasta a la farola que tenemos delante del portal.
En la letra B vive un matrimonio gallego que, a pesar de llevar toda la vida en Cádiz, siguen teniendo acento de Porriño. Son los padres de Mariló, conocida de todos ustedes y de otras dos criaturas. Como ya no tienen obligaciones parentales con sus vástagos, aprovechan los veranos (los veranos gaditanos, es decir, de junio a noviembre) para pasar una temporada en su Galicia natal. Durante esos meses, sigo teniendo noticias de ellos, retransmitidas por la red de Little Galizia a la que pertenecen ellos y mis propios padres. Así fue como me enteré que la señora había resbalado en una escalera y tenía puntos desde el flequillo hasta más abajo de la coronilla, como si de la cremallera de una sotana se tratara. Así también fue como me enteré de que, cuando ella estaba más repuesta, el marido resbaló en una escalera (otra) y se partió tres costillas.
En la letra C vivimos Lorah, Beaumont, los dos gatos y su segura servidora. Y tengo miedo.
