Ampharou’s library: diciembre

1936-2-A-Street-Scene-St-Simons-oil

No, no me he vuelto loca con el 2014. Todavía no me ha dado tiempo. Es que en los últimos días del año anterior tuve la intención de colgar esta entrada, pero Ampharou, el blog, no ésta que os escribe, decidió fenecer para despedir el año. Primero él agonizaba, luego llegué yo y terminé de rematarlo. Menos mal que 3nity siempre acude al rescate, como la mejor Chica Maravilla, y en un pispás me lo ha dejado niquelao, precioso por dentro y por fuera, y totalmente operativo. Para entonces ya han pasado el año, las uvas y hasta las repeticiones de los programas de fin de año de todas las cadenas, pero me da penilla el pobre Lowry, que no tiene culpa el hombre de lo vaguísima que he sido yo este año, así que, echad una semanita para atrás y leed, muchachos, leed:

Como os he escatimado los dos últimos meses los cuadros de Lowry, y como éste será el último (pobrecillo, cuánto lo he maltratado saltándome meses), vamos al lío, que se me acaba el tiempo y ya no hay para mucho más.

A street view, St. Simon church es la obra que termina el calendario. Una escena que podría corresponder a cualquier domingo por la mañana de cualquier pueblo, con la gente paseando alrededor de la iglesia, con su cura y los trajes de domingo. Sólo nos falta el perrillo raquítico para que sea una escena típica de Lowry, porque tenemos hasta la chimenea escupiendo humo de su pintura industrial. Sigo insistiendo en que busquéis más obras de este autor: éstas de carácter cotidiano son las más famosas, pero podríais perder horas (yo lo he hecho) observando sus retratos y sus pinturas eróticas.

No sólo he estado perezosa estos meses para escribir, sino también para leer. Le sigo dando vueltas a El final del desfile y mirando de reojillo a un par de libros que tengo pendientes y me muero por leer… bueno, a uno lo miro, pero el otro lo tengo escondido, por propia voluntad, porque la tentación de abandonar las cuitas de los Tietjens era demasiado grande. Espero terminármelo en estos días, y poder empezar el año con lecturas nuevas (¡y sobre todo hincarle el diente por fin a McEwan!) (¡¡Por fin lo terminé!! ¡¡Albricias!!)

Seguimos con las series: llorando todavía que Breaking Bad acabara, seguimos (y acabamos) Boardwalk Empire y House of cards. Las dos altamente recomendables. De la primera ha sido la cuarta temporada la que hemos acabado, y sigue siendo tan buena serie como al principio. De House of cards qué os puedo decir… que tenéis que verla, sobre todo si os gusta Kevin Spacey, que está en estado de gracia en ella.

También he empezado a ver American Horror Story. En ésta, me he tirado de cabeza directamente a la tercera temporada, empujada por Lorah, que intentaba convencerme, pobriña, desde la primera… pero ya sabéis lo miedica que soy, por eso ha tardado tanto la muchacha en conseguir que me sentara con ella a verla, y ¡ahora estoy encantada!, esperando a terminar Coven (ahora están con el parón navideño, parece que está feo emitir una serie de brujas en estas entrañables fechas) para empezar con las dos anteriores.

Y mientras tanto, nos mordemos las uñas porque está a punto de empezar ¡¡Sherlock!! (Ni que decir tiene que a estas alturas, ya hemos visto el primer capítulo de la primera temporada…)

En cuanto a películas sí me ha cundido un poco más el tiempo, que he visto unas cuantas: Lost in traslation (otra vez), Lawrence de Arabia (otra vez y como pequeño homenaje que le quisimos hacer a sir Peter O’Toole, aunque el mejor fue una entrevista que emitieron en noséquécanal, que le hizo Robert Osborne y que es absolutamente deliciosa), Un pez llamado Wanda, Los increíbles, Anna Karenina (preciosa), El último concierto, Gru 2 (¡yo quiero un minion!), la maravillosa El golpe, El verano de Kikujiro (otra vez), la bonitísima My blueberry nights (otra vez), Sherlock Holmes, un juego de sombras (para seguir con el guapo Jude Law) (Expiación -otra vez- y El hombre tranquilo han caído este fin de semana), y alguna más que seguro que me dejo en el tintero.

Bueno, al año le quedan dos días. Literalmente. Así que sólo me queda desearos para el nuevo que venga cargado de cosas hermosas, de mucho arte, de buenos libros, mejores series, grandes películas y tiempo y ganas para disfrutar de todo ello.

 

Ampharou’s library: septiembre

cripples

No estaba muerta, estaba de parranda. O de vacaciones, que es lo mismo. Y ¡albricias!, todavía me queda una semana. Pero ya falté a la cita de agosto (que fue un poco complicado) y no quería faltar también a la de septiembre, así que aquí os traigo la ilustración correspondiente del almanaque de Lowry, The Cripples. Es de suponer que en un Londres con una guerra recién terminada (el cuadro es de 1949), encontrar mutilados de guerra o lisiados por enfermedades no debía ser nada extraño. Lowry los pinta a todos juntos en un espacio vacío y ajeno a la ciudad industrial que aparece detrás de las rejas. No faltan aquí tampoco los perros, más famélicos que nunca.

Sigo con El final del desfile, de Ford Madox Ford. Sigo con él en la mesilla de noche, sin tocarlo, quiero decir. Un poco vaga en lecturas me han encontrado estas vacaciones, vaga y con remordimiento de conciencia, sobre todo cuando veo el montón de libros que tengo pendientes y a los que estoy deseando hincarle el diente.

Para lo que sí ha dado este tiempo es para las series. Vi la octava y última (¡por fin!) temporada de Dexter. La vi porque ya sentía curiosidad con lo que iba a pasar con él, pero es una serie a la que le han sobrado cuatro temporadas de largo. Y de ello me ha terminado de convencer el final, más propio de los Serrano que de una serie que prometía tanto en sus principios.

Con Breaking Bad ha sido intenso: empezamos a ver Beaumont y yo la última temporada (¡y qué última temporada!), pero cuando volvió Lorah, que había empezado a verla, me puse con ella desde la segunda temporada. Resumiendo: capítulo nuevo por semana y, entremedio, tres temporadas que ya había visto y que nos han durado poco más de quince días. El domingo próximo se emite en Estados Unidos el último capítulo de la serie, una serie memorable de principio a fin y que, habiendo visto (y sufrido, y disfrutado) los últimos siete capítulos, estamos con el corazón en un puño deseando ver éste último y con pena al mismo tiempo precisamente por eso, por ser el último.

También terminamos de ver Endeavour, serie inglesa de ITV sobre las andanzas del detective Morse. Lo mejor de esta serie, sin duda alguna, es la ambientación, dan ganas de trasladarse al Oxford de los años sesenta.

Y también empezamos con House of Cards. Sólo he visto dos o tres capítulos, lo suficiente para hacerme a la idea de que me va a gustar mucho muchísimo. Ya os iré contando.

Y ayer empezamos también con la cuarta temporada de Boardwalk Empire… parece que, al fin y al cabo, sí me ha cundido el verano!

Ampharou’s library: julio

1959-656-Group-of-People-1959-300dpi

Decía George Mikes: “Un inglés, incluso si está solo, hace una cola ordenada de un solo miembro”. Leí esta cita hace tiempo, y es lo primero que se me vino a la cabeza cuando vi este cuadro de Lowry, el que ilustra el mes de julio. Y eso que, técnicamente, lo que aparece en la imagen no es una cola bien formada, una cola genuinamente inglesa, sino un montón de gente que parece esperar algo. ¡Si hasta el perrete parece estar esperando!

Este mes me he resarcido del atraso de lectura que llevaba. Me entregué a los brazos de Bruce Chatwin, mi adorado Chatwin. Hasta ahora había leído sus libros de viajes, Los trazos de la canción, el libro más hermoso que he leído nunca, En la Patagonia, ¿Qué hago yo aquí?, pero ahora le tocó a sus novelas: primero fue su Colina negra, la historia de los gemelos Jones, que nacieron con el siglo XX, y después fue Utz, el coleccionista de porcelana, dos delicias que me bebí en menos que nada.

Y de un adorado a otro adorado: después de Chatwin, Enric González, que me hizo disfrutar con sus Historias líquidas.

Terminamos Mad Men, empezamos y terminamos la tercera temporada de Luther (¡oh!), estamos mediando la tercera de The killing (sin lugar a dudas, la mejor de las tres. Me tiene enganchadísima), empecé también la última (menos mal) de Dexter (flojita por ahora) y disfruté paseando por Oxford con el primer capítulo de Endeavour. Tiene buena pinta ésta última. Ya os iré contando.

Por fin pude ver también el Moby Dick de Huston. No quería verla hasta que no terminara el libro, y no defraudó nada. Grandísimo Orson Welles como el padre Mapple y grandísimo Gregory Peck como Ahab… tan grandísimo que vimos también Matar a un ruiseñor: maravilla del cine que ¡oh, pecado!, todavía no había visto. Boca abierta y días dándole vueltas, cómo algo tan sencillo puede ser a la vez tan grande. Y la última del mes fue En el nombre del padre. Y saqué dos conclusiones: que Daniel Day Lewis ya era tremendo hace veinte años y que me queda muchisísimo cine que ver.

Ampharou’s library: junio

(c) Ms Carol Ann Lowry/DACS; Supplied by The Public Catalogue Foundation

Junio. Esta vez, lo siento, pero no tengo historia para el cuadro de Lowry. No he podido pergeñar ninguna. Lo que sí tengo, por más que miro y remiro la lámina colgada en mi despacho, son muchas preguntas. Porque se trata de un paisaje industrial (éste es precisamente el título), uno de los tantos que pintó el artista. Parece recoger una escena en algún polígono en crecimiento de una gran ciudad. En él aparecen multitud de personas, unas que caminan, otros que corren, unos chicos que parecen jugar en un triste y gris descampado. Están también los perros de Lowry, esas manchitas negras con patas y orejas enhiestas. Un paisaje gris con un cielo sucio. Pero en el centro, en una callecita que atraviesa el lienzo, un tumulto de personas se agolpan alrededor de lo que parece un coche… me parece, influida por multitud de películas que recrean la misma época del cuadro, un coche de policía, demasiado oscuro para ser una ambulancia. Va llegando más gente, y los que aparecen ya por la esquina de la calle, parecen decididos a correr hacia la aglomeración. ¿Qué ha pasado? Las casas más próximas están demasiado lejos, no hay salida desde ellas hasta ese punto de la calle. Las humeantes fábricas quedan más lejos aún. ¿Es ciertamente la policía o se trata sólo del camión de la leche?

En primer plano se nos presenta un otero, bastante apartado de toda la escena pero dominándola. Y sobre ese cerro, alguien que mira. Me muerdo las uñas y no consigo distinguir si mira, vigilándola, la escena, o si mira, vigilándonos, a nosotros. Se me ocurre que en realidad no sea nadie, sino la estatua de algún padre de la patria, o de algún tirano, puesta en lo alto para recordarles a todos quiénes son. Esto me lo lleva a pensar la figura que tiene a la derecha: una mujer de perfil, ajena a lo que sucede abajo, con la cabeza gacha en actitud de reverencia o ¿acaso no bajamos también la cara cuando tenemos miedo?

Por fin arrié las velas y me bajé del Pequod, coche fúnebre en el ecuador. Terminé el libro, pero incorporé a Ahab, Ismael, Queequeg y al pobre Pip a mi devocionario particular. A quien me hubiese dicho que disfrutaría tanto leyendo páginas y páginas sobre anatomía comparada de los cetáceos, lo habría tenido por loco, y luego me habría tenido que comer mis palabras una a una. Casi setecientas páginas con la boca abierta y los últimos capítulos con el corazón encogido. No es gratuito que mi adorado Harold Bloom la tenga por la más grande novela americana.

Seguimos avanzando con Mad Men (¡qué poquito nos queda ya!), terminamos con Juego de Tronos (¡oh, esas lluvias de Castamere!), me temo que también terminamos con Vicius (ésta así, sin avisar…). Seguimos también con The Hour, ahora con la segunda temporada, que parece tener tan buena pinta como la primera y empezamos con la tercera de The Killing, con los mismos personajes que, una vez resuelto el caso Larson, continúan con uno nuevo en la lluviosa Seattle (¿por qué en Frasier no llovía tanto?).

En cuanto a películas, a la espera de ver el Moby Dick de Huston, vimos El Club de la Lucha. No, no la había visto hasta ahora. Sí, ya sé que tengo delito. Y no os voy a decir nada más, que todos sabéis ya cuál es la primera regla del Club de la lucha…

También hemos tenido extra-bonus este mes. Faemino y Cansado, en la gira de Parecido no es lo mismo recalaron en Cádiz, y nosotros, que somos románticos y plantamos perejil, allá que nos fuimos a verlos. Ni que decir tiene que nos pasamos casi dos horas sin parar de reír.

Mayo: Ampharou’s library

El chico había pasado toda su vida en la granja de la familia, la que era de su padre, y antes que suya, de su abuelo, y antes que suya, de su bisabuelo… No había salido de allí en su vida, pero sabía que había algo mejor, que los chicos que iban a la ciudad volvían contando cosas maravillosas y con dinero en los bolsillos. Así que, no sin discutir con su padre y hacer llorar a su madre, hizo el petate y se marchó dispuesto a comerse la gran ciudad. Y allí estaba, delante de la pensión en la que tenía derecho a una media cama, una media jarra de agua para lavarse, un puré de guisantes con café para desayunar y todas las chanzas y las burlas de los que, como él, seguramente había llegado de otras granjas u otros pueblos dispuestos a comerse el mundo. Pero hoy se había hartado, y sí, era el último en llegar, y todavía llevaba puesto el traje de los domingos, y el sombrero que había heredado de su abuelo, pero si quería llegar a ser alguien, tendría que plantarle cara a ese pesado…

Todo el mes de abril, al que correspondía este cuadro en mi almanaque, he estado inventando historias para esa escena, para ese bofetón con espectadores, para La pelea que Lowry inventó con dos perros flacos y negros. Ésta que introduce el post es sólo una de ellas, o el resumen de todas. Es increíble cómo este Lowry consigue meterme en sus cuadros y hace que imagine para ellos no sólo lo que está pasando, sino lo que ha pasado hasta llegar aquí.

Mayo también tiene un cuadro maravilloso, pero todavía no me ha dado tiempo a inventar historias para él… sólo me quedo embobada mirando ese horizonte.

Abril (y lo que va de mayo) ha seguido siendo un mes triste para la lectura. Sigo con Moby Dick, estoy disfrutándolo hasta límites insospechados (no hubiese creído al que me dijera que iba a disfrutar con la fisiología comparada de ballenas y cachalotes), y sólo un día que olvidé a la ballena en otro bolso me entregué por completo a las Cartas de mamá de Cortázar.

Un poco menos triste está siendo el apartado series: empezaron las nuevas temporadas de Mad Men y Juego de Tronos, que estamos siguiendo con el mismo interés que dejamos las temporadas anteriores (¡ah, la Khaleesi!), vimos una estupendísima miniserie (cuatro capítulos) inglesa llamada Secret State con un magnífico Gabriel Byrne; para seguir con él, empezamos a ver de nuevo In Treatment, pero ésta es tan intensa que sólo conseguimos ver un par de capítulos de cada vez…

También vimos, catatónicos y de una sentada, la segunda temporada de Black Mirror. Sigue siendo tan devastadora como la primera. Y empezamos también con The Hour, y, aunque sólo hemos visto un capítulo, sospecho que nos va a tener enganchados un tiempecito.

Películas han caído unas cuantas: la más reciente (aunque creo que es la más antigua), Lord Jim, maravillosa, con Peter O’Toole interpretando el mismo papel desgarrado que en Lawrence de Arabia. Cambiando de tercio, Los caballeros de la tabla cuadrada (sí, no la había visto, ¿qué pasa?) fue la que nos arrancó las risas el mes pasado. También vimos The Master, la supuesta historia del fundador de la Iglesia de la Cienciología: Paul Thomas Anderson y yo no conectamos últimamente, qué le vamos a hacer.. No habrá paz para los malvados fue otra de las que vimos, con un Coronado en estado de gracia, con el mejor nombre de personaje de los últimos tiempos, pero, lo siento, tampoco conecto con Urbizu (a ver si la culpa va a ser mía…).

La última joya que recuerdo fue El coleccionista, de Wyler: los ojos y el gesto de Terence Stamp, la historia en general, me tuvieron dando vueltas varias semanas.

Como extra-bonus, también fuimos este mes al teatro: Mujeres de Shakespeare, de Rafael Álvarez El Brujo. He de reconocer que ya me tenía el corazón conquistado antes de hacerme con las entradas, que sólo entrar en el teatro siempre me subyuga, pero que, apenas abierta la boca me nombrara a mi Harold Bloom ya hizo que me entregara totalmente. Y quién no lo hace, oyéndolo declamar esos versos, o comentando con toda la gracia la actualidad, engarzándolo todo en un rato maravilloso que nos hizo pasar.

Ampharou’s library: marzo

Cada año lo terminamos con un ritual: el de encontrar el calendario que compartirá con nosotros, mes a mes, el año que todavía tenemos por estrenar. Esta vez, sin embargo, la decisión se demoró hasta casi mi cumpleaños. Años anteriores, era difícil saber con cuál quedarse, pero éste es que no había ninguno que nos gustara: todos eran de gatitos con mirada tierna, flores con áura o justines biebers o dorasexploradoras varias..

Al fin, cuando ya tenía uno de Van Gogh en la mano, Beaumont dio con el que, desde ese día, adorna el trocito de pared destinado a ello: uno de L. S. Lowry.

He de confesar que no conocía a este pintor, ni siquiera me sonaba. Así que dejé a mi amado Vincent donde estaba y, quedé dispuesta a aprender, durante todo un año, todo lo que pudiera sobre él.

Para empezar, os diré que, ojeando el calendario, no pude hacerme una idea de todo lo que es. Ya veréis por qué si me animo a seguir con la saga. Beaumont, cooperador en todo momento, buscó información sobre él, y descubrió un documental que conseguimos ver hace unos cuantos días. Ha sido flechazo a segunda vista, aunque a ello ha contribuido el tener a Sir Ian McKellen de Cupido (cuando yo tenga su edad, quiero tener los ojos como los suyos, llenos de toda la vida).

Así, ya sé que es un pintor de multitudes, aunque la obra que hoy nos acompaña, correspondiente al mes de marzo en mi calendario, no lo demuestre. Es por lo que decía que el almanaque no era demasiado representativo (éste fue enero y éste febrero).

En fin, que habemus almanaque y este año iremos desgranando al señor Lowry, si os apetece.

Sobre mis lecturas, poco tengo que contaros. Tengo atorado a Sherlock Holmes. Me lo he dejado encima de la mesilla de noche, para evitar que la espalda sufriese más de la cuenta y a fin de leerlo de a  poco cuando me acuesto. El problema es que llego a la cama a lo justo para quedarme dormida y con la condena de las seis de la mañana mirándome desde el despertador, y al pobre libro lo tengo bastante abandonado. A cambio, cargo cada día con Moby Dick (mucho más liviano, dónde va a parar, a pesar de ser una ballena), asignatura que tenía pendiente, y que estoy disfrutando en los desayunos cada día. Poquito a poco, tampoco le doy todo el tiempo que debería. La lectora compulsiva se ha convertido, sin remedio, en una lectora vaga.

En el apartado de series, poco que contar también (¡qué aburrida me estoy volviendo!). Estamos viendo otra vez The Wire, mientras hacemos tiempo para todas las nuevas temporadas de las series que seguimos y que están al caer. También hemos descubierto hace poco The Americans: sólo llevamos tres capítulos y tiene buena pinta. Sólo espero que no se tuerza y tire por el camino fácil (aunque no las tengo todas conmigo).

El tema películas sí ha sido un poco más fructífero. Hace dos días vimos Django desencadenado, de Tarantino. Me encanta Christoph Waltz y he descubierto a Jamie Foxx. La película, tan excesiva como todas las de Tarantino. ¿Habéis visto Malditos bastardos? Pues ésta me parece aquélla disfrazada de spaghetti western.

También vimos Lo imposible, de Juan Antonio Bayona. Llorera al canto. Poco más. Ni fu ni fa ni todo lo contrario. Ya me contaréis los que la hayáis visto, que no quiero ser metepata ni quitarle las ganas a los que tengáis intención de verla.

Otro día enganchamos en televisión La caja 507, de Urbizu (no, no la había visto. Sí, ya sé que tiene unos cuantos años).

Y para años, ayer vimos Blow Up, de Antonioni. Y tampoco la había visto. Y cabezazos que me doy ahora contra la pared, por haberla dejado pasar tantas veces. India, que sepas que estuve toda la película acordándome de ti, Las Armas Secretas, de Cortázar cogen ahora polvo en el cafetal.

Y nos atrevimos con El árbol de la vida, de Malick. Entiendo que en algunos cines pusieran avisos sobre esta película, y permitieran a la gente cambiarse de película. No es fácil, eso está claro, pero es que hablar de la Vida, así, con mayúsculas, de lo que somos, de por qué lo somos, de lo que dejamos cuando no estamos, y de las consecuencias de nuestro estar, es, cuanto menos, algo complicado. Eso sí, visualmente es maravillosa.

Actualizamos: perdonad, pero no había enlazado los cuadros de enero y febrero donde correspondían. Ya podéis pinchar para verlos.