
M.A comparte mesa con mi padre durante las comidas en Balmoral*. M.A. tiene noventa y dos años, una cara de puro melocotón, el porte de una duquesa rusa y, normalmente, los modos de una princesa Disney. Al menos, hasta la hora en la que los visitantes debemos marcharnos, que coincide, por las tardes, con la hora de la cena: entonces M.A. se enfada un poco porque su hijo no quiere quedarse a cenar con ella. Él unos días utiliza la táctica de decirle que no le dejan, otras, que no hay sitio en la mesa para él (error, M.A. termina echando a alguno de los residentes) y, últimamente la más socorrida, por ser también la más efectiva, es decirle que lleva toda la tarde sin fumar y que va a aprovechar que ella está cenando para echar un cigarro y enseguida vuelve. Yo, algunas tardes en las que lo veo más apurado, le ayudo reafirmando lo del cigarro y apuntándome al supuesto volver enseguida.
Hace algunas tardes, M.A. se convenció rápidamente y dejó ir al hijo al supuesto pitillo. Yo estaba despidiéndome de mi padre y ella, risueña y habladora como estaba, se disculpó con mi padre en nombre del hijo porque éste no le había invitado a que lo acompañara a fumar. Yo le dije que no se preocupara, que mi padre no fumaba ni había fumado nunca.
¿Pero nunca, nunca?
No, M.A. Nunca.
¡Ay, qué suerte tiene! ¡Si no ha fumado nunca, qué vejez más buena va a tener!
Noventa y dos años que tiene M.A. Ochenta y siete que tiene mi padre. ¡Qué vejez más buena van a tener!
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*Lo de Balmoral es una pequeña broma familiar. Mi madre se parece tanto a la reina Isabel de Inglaterra que me extraña que todavía no la hayan llamado de la productora de The Crown para protagonizar la sexta o séptima temporada. Cuando vamos a su casa decimos que vamos a Buckingham, así que por ende, la residencia de mi padre es Balmoral.

