Después de diez días en un estado vertiginoso (vertiginoso de vértigo, mareo y náuseas, no de actividad descontrolada y salvaje), el lunes por fin pude poner un pie en la calle… ¡y me encontré con toda la primavera de repente! Los signos eran inequívocos: los días se hacen cada vez más largos (de esto ya me había dado cuenta, que estaba vertiginosa, no viviendo con los niños de Los otros), el sol lame las pieles a poco que te dejes engatusar un poco por él, hay flores por doquier, en las aceras, los alcorques llenos, los arcenes rebosantes y los coches abandonados cubiertos. Los vinagrillos de los solares amenazan con invadir las calles, los caballitos del diablo flotan con la brisa y el polen pulula para congestión de los alérgicos. Los polluelos de aviones y vencejos están a punto de abandonar los nidos, desde donde alargan los cuellos cada vez más, los mirlos entonan trinos cada vez más complejos, viendo que se les pasa el arroz y las cotorras invasoras llenan los medios días de graznidos selváticos. La playa ya huele a verano, es decir, a aceite de coco y embadurnamientos varios. Los autobuses también huelen a verano, es decir, mejor me voy andando. Las chicas acortan las prendas y los chicos abren los ojos de par en par.
Pero la alegría dura poco en la casa del friolero: dos días, sólo dos días.
Hoy me han bajado de la primavera a hostias de poniente.

