Prima Vera

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Después de diez días en un estado vertiginoso (vertiginoso de vértigo, mareo y náuseas, no de actividad descontrolada y salvaje), el lunes por fin pude poner un pie en la calle… ¡y me encontré con toda la primavera de repente! Los signos eran inequívocos: los días se hacen cada vez más largos (de esto ya me había dado cuenta, que estaba vertiginosa, no viviendo con los niños de Los otros), el sol lame las pieles a poco que te dejes engatusar un poco por él, hay flores por doquier, en las aceras, los alcorques llenos, los arcenes rebosantes y los coches abandonados cubiertos. Los vinagrillos de los solares amenazan con invadir las calles, los caballitos del diablo flotan con la brisa y el polen pulula para congestión de los alérgicos. Los polluelos de aviones y vencejos están a punto de abandonar los nidos, desde donde alargan los cuellos cada vez más, los mirlos entonan trinos cada vez más complejos, viendo que se les pasa el arroz y las cotorras invasoras llenan los medios días de graznidos selváticos. La playa ya huele a verano, es decir, a aceite de coco  y embadurnamientos varios. Los autobuses también huelen a verano, es decir, mejor me voy andando. Las chicas acortan las prendas y los chicos abren los ojos de par en par.

Pero la alegría dura poco en la casa del friolero: dos días, sólo dos días.

Hoy me han bajado de la primavera a hostias de poniente.

Un par de tonterías por minuto

Ha llegado la primavera. Eso dice el calendario. Y los meteorólogos, que se afanaron el miércoles pasado en recordarnos que entraba a las doce y tres minutos. Pero esos tres minutos deben ser como las condenas que llevan la coletilla de “y un día”, porque el caso es que la susodicha todavía no ha tenido la deferencia de hacerse notar. Que un día parece que sale un poquito el sol, ¡zasca!, te cae un chaparrón que tú empiezas a buscar a tu pareja y un arca a la que subirte. Así, vamos intercalando paraguas con gafas de sol, atemperamos las ganas de ponernos sandalias a base de meter los pies en los charcos y no dejamos atrás las rebequitas ‘por si refresca’. Que yo ya le voy cogiendo el truquillo a la cosa, que la semana pasada coincidió la lluvia y el sol en días alternos, y tanto orden casi da un respiro, pero a mis biorritmos no les resulta suficiente, y se me ponen en jarras, enfadados, pidiendo un poco de seriedad.

En otro orden de cosas: vivo en un edificio que tiene ya unos años. Muchos años, vamos, con lo cual está llenito de achaques. Uno de esos achaques es del ascensor. El pobre pasó de renqueante a agonizante y, últimamente, no había una semana que no se diese de baja al menos un par de días, para regocijo de los vecinos (a más alta planta, mayor era el regocijo, como podéis suponer). Después de varias reuniones de la comunidad, tan amenas ellas, se llegó al acuerdo (sin peleas ni nada, que somos gente civilizada -pffff), de cambiarlo por completo de una puñetera vez. En fin, que inmersos en la ‘gran’ obra estamos. Una obra que, previsiblemente, tardarán dos meses y medio en realizar. Dos meses y medio que vamos a estar sin ascensor, claro. Viviendo en un quinto. Que a mí no me importaría si eso no supusiera que tengo que subir y bajar por las escaleras. Sobre todo subir. Yo, que tengo la capacidad pulmonar de un boquerón (como si los boquerones tuvieran pulmones) y la última vez que hice algo parecido a ejercicio fue en el año dos mil cuatro. Pero bueno, me voy acostumbrando. Además, cuando voy por el tercero, apenas pienso en un pulmón de acero ya, sino que me visualizo a mí misma en la playa, con las piernas de Elle Macpherson, y recobro la compostura (el aire no lo recobro hasta que llevo media hora en casa, respirando como el boquerón de antes fuera del agua). Lo que peor llevo ahora es llegar a casa cada día a las tres y media de la tarde, con un café ‘bebío’ que, a esas hora, ya debo tener a la altura del tobillo, y subir olisqueando (tened en cuenta que además subo hiperventilando, con lo cual me llevo todo el aire -y el aroma- del mundo) el menudo de la del primero, el puchero del segundo, la tortilla de patatas del tercero…

Un par de tonterías por minuto

Ha llegado la primavera. Eso dice el calendario. Y los meteorólogos, que se afanaron el miércoles pasado en recordarnos que entraba a las doce y tres minutos. Pero esos tres minutos deben ser como las condenas que llevan la coletilla de “y un día”, porque el caso es que la susodicha todavía no ha tenido la deferencia de hacerse notar. Que un día parece que sale un poquito el sol, ¡zasca!, te cae un chaparrón que tú empiezas a buscar a tu pareja y un arca a la que subirte. Así, vamos intercalando paraguas con gafas de sol, atemperamos las ganas de ponernos sandalias a base de meter los pies en los charcos y no dejamos atrás las rebequitas ‘por si refresca’. Que yo ya le voy cogiendo el truquillo a la cosa, que la semana pasada coincidió la lluvia y el sol en días alternos, y tanto orden casi da un respiro, pero a mis biorritmos no les resulta suficiente, y se me ponen en jarras, enfadados, pidiendo un poco de seriedad.

En otro orden de cosas: vivo en un edificio que tiene ya unos años. Muchos años, vamos, con lo cual está llenito de achaques. Uno de esos achaques es del ascensor. El pobre pasó de renqueante a agonizante y, últimamente, no había una semana que no se diese de baja al menos un par de días, para regocijo de los vecinos (a más alta planta, mayor era el regocijo, como podéis suponer). Después de varias reuniones de la comunidad, tan amenas ellas, se llegó al acuerdo (sin peleas ni nada, que somos gente civilizada -pffff), de cambiarlo por completo de una puñetera vez. En fin, que inmersos en la ‘gran’ obra estamos. Una obra que, previsiblemente, tardarán dos meses y medio en realizar. Dos meses y medio que vamos a estar sin ascensor, claro. Viviendo en un quinto. Que a mí no me importaría si eso no supusiera que tengo que subir y bajar por las escaleras. Sobre todo subir. Yo, que tengo la capacidad pulmonar de un boquerón (como si los boquerones tuvieran pulmones) y la última vez que hice algo parecido a ejercicio fue en el año dos mil cuatro. Pero bueno, me voy acostumbrando. Además, cuando voy por el tercero, apenas pienso en un pulmón de acero ya, sino que me visualizo a mí misma en la playa, con las piernas de Elle Macpherson, y recobro la compostura (el aire no lo recobro hasta que llevo media hora en casa, respirando como el boquerón de antes fuera del agua). Lo que peor llevo ahora es llegar a casa cada día a las tres y media de la tarde, con un café ‘bebío’ que, a esas hora, ya debo tener a la altura del tobillo, y subir olisqueando (tened en cuenta que además subo hiperventilando, con lo cual me llevo todo el aire -y el aroma- del mundo) el menudo de la del primero, el puchero del segundo, la tortilla de patatas del tercero…