Ampharou’s library: septiembre

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Se acabó septiembre y con él, toda esperanza de verano. Aunque siga haciendo buen tiempo (¡casi mejor que en agosto!), pero ya no es lo mismo: vamos irremediablemente hacia otro largo invierno. Exactamente igual que otros años por estas fechas, todo hay que decirlo. ¡Pero qué sería de nosotros sin los tópicos!

Pues nada, que septiembre se fue, y hoy volteo este Jarrón azul para dar paso a una nueva ilustración de nuestro pintor del año. No os voy a desvelar cuál es, así me obligo a escribir un nuevo post antes de que acabe el mes. Disfrutad mientras tanto de estas flores, de los colores. De la disposición de esa fruta, como dejada sin querer encima de la mesa. De la textura del lienzo, armazón de la belleza de un jarrón azul y unas flores silvestres.

Agosto y septiembre han sido buenos meses en lo que a lectura se refiere. Después de paladear convenientemente al maravilloso Leight Fermor, me atreví con un libro que me había regalado Beaumont, y que, por una reseña en un artículo que leí, creo que de Jacinto Antón, tenía muchas ganas de leer. Y mi gozo en un pozo. Se trata de El malogrado, de Thomas Bernhard: lo siento, no he conseguido contactar con él. Las ideas en las cuales se urden las poco más de ciento cincuenta páginas son el fracaso, la genialidad, la admiración y la frustración, y la reflexión que sobre ellas se hace me parece espléndida. Pero no he podido hacerme con el tono de la novela. Que esas poco más de ciento cincuenta páginas fuesen un solo párrafo no ha ayudado. Me producía angustia. Pero leído ha quedado.

Ya de vacaciones fue el turno de La fuerza y el viento, de Óscar Lobato. El tercero de mis libros dedicados este año (son los únicos tres que tengo, bien es cierto). Ni una semana me ha durado. Lo he leído a cara perro, reconozco. El cariño que le tengo al autor, y que algunos de los escenarios de la novela sean tan reconocibles han ayudado, pero sobre todo han sido las aventuras de ese trío de arcángeles (Uriel, Miguel y Gabriel) piratas lo que me ha tenido enganchada al libro, algunas veces hasta bien entrada la madrugada.

Hablemos ahora de las series: a estas alturas estamos pendientes de ver el último capítulo de la segunda temporada de Ray Donovan. Si la primera nos gustó mucho, ésta no le va a la zaga. Cada vez va a más, y no vemos el momento de sentarnos con este último capítulo y ver qué hace Ray con todos los enanos que le han crecido alrededor.

A Ray lo simultaneamos con la cuarta temporada de The Killing. La tercera fue una temporada de las que hacen que una serie brille por encima de todas las demás, pero esta tercera ha sido un pequeño desastre (pequeño porque son solo seis capítulos), con un final tan empalagoso y tan fuera de lugar del tono del resto de la serie que más parecía una película Disney que otra cosa.

Y mientras espero que empiece la cuarta de American Horror Story (que veo yo sola, a Beumont no le van esas cosas), seguimos las cuitas de Enoch Thompson en la quinta (y última) temporada de Boardwalk Empire. Cuando acabe, la vamos a echar de menos…

En cuanto a las películas de estos dos meses (acabo de caer en la cuenta que me salté agosto), pues básicamente han sido dos: Cars 2 y Despicable Me 2, así en inglés, que las hemos visto en versión original. Las mil quinientas veces. Cada una. En diez días. Diálogos enteros que me sé, y eso que yo en inglés no paso del hakuna matata..

Bromas aparte, hemos visto Gomorra. La peli, no la serie que pasan ahora no sé por qué cadena. Despiadada, dura, descorazonadora. No me extraña que Saviano esté en paradero desconocido… pero no callado, ojo.

También vimos el otro día X-Men: días del futuro pasado… y qué os voy a contar, que es un gustazo ver en un mismo plano a Michael Fassbender, Hugh Jackman y James McAvoy!

Ampharou’s library: julio

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Decía George Mikes: “Un inglés, incluso si está solo, hace una cola ordenada de un solo miembro”. Leí esta cita hace tiempo, y es lo primero que se me vino a la cabeza cuando vi este cuadro de Lowry, el que ilustra el mes de julio. Y eso que, técnicamente, lo que aparece en la imagen no es una cola bien formada, una cola genuinamente inglesa, sino un montón de gente que parece esperar algo. ¡Si hasta el perrete parece estar esperando!

Este mes me he resarcido del atraso de lectura que llevaba. Me entregué a los brazos de Bruce Chatwin, mi adorado Chatwin. Hasta ahora había leído sus libros de viajes, Los trazos de la canción, el libro más hermoso que he leído nunca, En la Patagonia, ¿Qué hago yo aquí?, pero ahora le tocó a sus novelas: primero fue su Colina negra, la historia de los gemelos Jones, que nacieron con el siglo XX, y después fue Utz, el coleccionista de porcelana, dos delicias que me bebí en menos que nada.

Y de un adorado a otro adorado: después de Chatwin, Enric González, que me hizo disfrutar con sus Historias líquidas.

Terminamos Mad Men, empezamos y terminamos la tercera temporada de Luther (¡oh!), estamos mediando la tercera de The killing (sin lugar a dudas, la mejor de las tres. Me tiene enganchadísima), empecé también la última (menos mal) de Dexter (flojita por ahora) y disfruté paseando por Oxford con el primer capítulo de Endeavour. Tiene buena pinta ésta última. Ya os iré contando.

Por fin pude ver también el Moby Dick de Huston. No quería verla hasta que no terminara el libro, y no defraudó nada. Grandísimo Orson Welles como el padre Mapple y grandísimo Gregory Peck como Ahab… tan grandísimo que vimos también Matar a un ruiseñor: maravilla del cine que ¡oh, pecado!, todavía no había visto. Boca abierta y días dándole vueltas, cómo algo tan sencillo puede ser a la vez tan grande. Y la última del mes fue En el nombre del padre. Y saqué dos conclusiones: que Daniel Day Lewis ya era tremendo hace veinte años y que me queda muchisísimo cine que ver.

Ampharou’s library: junio

(c) Ms Carol Ann Lowry/DACS; Supplied by The Public Catalogue Foundation

Junio. Esta vez, lo siento, pero no tengo historia para el cuadro de Lowry. No he podido pergeñar ninguna. Lo que sí tengo, por más que miro y remiro la lámina colgada en mi despacho, son muchas preguntas. Porque se trata de un paisaje industrial (éste es precisamente el título), uno de los tantos que pintó el artista. Parece recoger una escena en algún polígono en crecimiento de una gran ciudad. En él aparecen multitud de personas, unas que caminan, otros que corren, unos chicos que parecen jugar en un triste y gris descampado. Están también los perros de Lowry, esas manchitas negras con patas y orejas enhiestas. Un paisaje gris con un cielo sucio. Pero en el centro, en una callecita que atraviesa el lienzo, un tumulto de personas se agolpan alrededor de lo que parece un coche… me parece, influida por multitud de películas que recrean la misma época del cuadro, un coche de policía, demasiado oscuro para ser una ambulancia. Va llegando más gente, y los que aparecen ya por la esquina de la calle, parecen decididos a correr hacia la aglomeración. ¿Qué ha pasado? Las casas más próximas están demasiado lejos, no hay salida desde ellas hasta ese punto de la calle. Las humeantes fábricas quedan más lejos aún. ¿Es ciertamente la policía o se trata sólo del camión de la leche?

En primer plano se nos presenta un otero, bastante apartado de toda la escena pero dominándola. Y sobre ese cerro, alguien que mira. Me muerdo las uñas y no consigo distinguir si mira, vigilándola, la escena, o si mira, vigilándonos, a nosotros. Se me ocurre que en realidad no sea nadie, sino la estatua de algún padre de la patria, o de algún tirano, puesta en lo alto para recordarles a todos quiénes son. Esto me lo lleva a pensar la figura que tiene a la derecha: una mujer de perfil, ajena a lo que sucede abajo, con la cabeza gacha en actitud de reverencia o ¿acaso no bajamos también la cara cuando tenemos miedo?

Por fin arrié las velas y me bajé del Pequod, coche fúnebre en el ecuador. Terminé el libro, pero incorporé a Ahab, Ismael, Queequeg y al pobre Pip a mi devocionario particular. A quien me hubiese dicho que disfrutaría tanto leyendo páginas y páginas sobre anatomía comparada de los cetáceos, lo habría tenido por loco, y luego me habría tenido que comer mis palabras una a una. Casi setecientas páginas con la boca abierta y los últimos capítulos con el corazón encogido. No es gratuito que mi adorado Harold Bloom la tenga por la más grande novela americana.

Seguimos avanzando con Mad Men (¡qué poquito nos queda ya!), terminamos con Juego de Tronos (¡oh, esas lluvias de Castamere!), me temo que también terminamos con Vicius (ésta así, sin avisar…). Seguimos también con The Hour, ahora con la segunda temporada, que parece tener tan buena pinta como la primera y empezamos con la tercera de The Killing, con los mismos personajes que, una vez resuelto el caso Larson, continúan con uno nuevo en la lluviosa Seattle (¿por qué en Frasier no llovía tanto?).

En cuanto a películas, a la espera de ver el Moby Dick de Huston, vimos El Club de la Lucha. No, no la había visto hasta ahora. Sí, ya sé que tengo delito. Y no os voy a decir nada más, que todos sabéis ya cuál es la primera regla del Club de la lucha…

También hemos tenido extra-bonus este mes. Faemino y Cansado, en la gira de Parecido no es lo mismo recalaron en Cádiz, y nosotros, que somos románticos y plantamos perejil, allá que nos fuimos a verlos. Ni que decir tiene que nos pasamos casi dos horas sin parar de reír.