Veraneando (III)

mosquito

Soy lo que se suele llamar una saboría. Carezco por completo del gen que se nos presupone a los que nacemos al sur del sur, y ni gracia, ni salero ni nada que se le parezca: soy incapaz de seguir un compás con las palmas, no digamos ya cantar y bailando parezco un click de famobil con epilepsia.

Soy de pronto antipático. Cuando me conozcas, seguramente será la impresión que te daré, y seguramente, también la conservarás hasta que nos mandemos mutuamente a la porra.

Han dicho de mí que soy mala gente (en documento público), que hago daño a mi alrededor (en documento privado. Y sí, éste también lo conservo), y el último epíteto que me han dedicado (verbalmente y con testigos) es el de seca.

Y estos son los motivos (no están científicamente comprobados, pero es que no le encuentro otra explicación) por los que estoy segura  que, ante un ataque masivo de mosquitos hambrientos, soy la única de cuantos me rodean que sale sin un solo picotazo.

Tres tonterías por minuto

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Me gusta la gente educada. La bien educada, quiero decir. No tiene que ser necesariamente gente amable y deferente con los demás (que sería lo ideal), sino que me basta en que piensen lo que puede molestar al otro y eviten hacerlo. Por ejemplo, una chica pijina, super rubia y super ideal, que entra en la cafetería empujando la inglesina de lazos de su bebé, no debería haberlo dejado en medio del pasillo estorbando a los que querían entrar o salir. Y quizá, al tomar posesión de su trozo de barra al lado justo de donde yo estaba con mi café y mi libro, debía haber esperado a que la camarera le retirara el servicio anterior, o en todo caso, haberlo echado un poco hacia adelante, como dando a entender que esperaba a que se lo quitaran. Lo que nunca, pero nunca tuvo que haber hecho es empujar las tazas vacías y sucias, dejándose ella un hueco delante como para que comieran doce, hasta pegarlas a la mía, todavía con mi humeante café esperando a que me lo tomara. Eso sí, bastó una amabilísima mirada mía para que pidiera perdón y decidiera que estaría más a salvo en una mesa que en la barra.

Le tengo miedo a muchas cosas. A cosas serias y cosas que son tonterías. Como éste es un post de pamplinas, hablaremos de las tonterías. En el número uno de las que me dan miedo está la película El exorcista. No es un miedo de ay qué susto, no. Es un miedo cerval, totalmente irracional e histérico. Es curioso, porque en mis tiempos mozos leí el libro y llegué a ver la película unas cuantas veces. Es más, me divertía asustando a mi hermana pequeña (lo sé, soy una cabrona, pero entonces era joven e inocente) repitiendo alguna de las frases de la protagonista. Pero ahora no soporto ver imágenes de la película, algo más o menos controlable, pero tampoco puedo oír su música, y aquí viene el verdadero problema, porque ya alguna vez he abandonado un supermercado con un carrito a medio llenar por incluir el Tubullar Bells en su hilo musical. Así es que cuando el pasado sábado veíamos el telediario mientras comíamos y la señorita presentadora daba como noticia que se cumplían cuarenta años de tan celebrado disco, hice lo que suelo hacer en estos casos: taparme los oídos y maldecir hablar en voz alta para que no llegase a mí ni una nota. Sólo que esta vez tuvo un resultado inesperado: saltaron los plomos y se fue la luz de toda la casa. Beaumont, desde entonces, me mira raro.

En la última semana hemos estrenado ascensor y horno. Sí, es una tontería (la tercera), pero lo hemos celebrado como dior manda: el ascensor con alborozo y saltos de alegría, nosotros y el repartidor del supermercado, y, sobre todo, no volviendo a poner un pie en un peldaño de las escaleras. El horno, como se merece, es decir, con un delicioso bizcocho de chocolate que nos está sabiendo más rico que nunca.

Tres tonterías por minuto

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Me gusta la gente educada. La bien educada, quiero decir. No tiene que ser necesariamente gente amable y deferente con los demás (que sería lo ideal), sino que me basta en que piensen lo que puede molestar al otro y eviten hacerlo. Por ejemplo, una chica pijina, super rubia y super ideal, que entra en la cafetería empujando la inglesina de lazos de su bebé, no debería haberlo dejado en medio del pasillo estorbando a los que querían entrar o salir. Y quizá, al tomar posesión de su trozo de barra al lado justo de donde yo estaba con mi café y mi libro, debía haber esperado a que la camarera le retirara el servicio anterior, o en todo caso, haberlo echado un poco hacia adelante, como dando a entender que esperaba a que se lo quitaran. Lo que nunca, pero nunca tuvo que haber hecho es empujar las tazas vacías y sucias, dejándose ella un hueco delante como para que comieran doce, hasta pegarlas a la mía, todavía con mi humeante café esperando a que me lo tomara. Eso sí, bastó una amabilísima mirada mía para que pidiera perdón y decidiera que estaría más a salvo en una mesa que en la barra.

Le tengo miedo a muchas cosas. A cosas serias y cosas que son tonterías. Como éste es un post de pamplinas, hablaremos de las tonterías. En el número uno de las que me dan miedo está la película El exorcista. No es un miedo de ay qué susto, no. Es un miedo cerval, totalmente irracional e histérico. Es curioso, porque en mis tiempos mozos leí el libro y llegué a ver la película unas cuantas veces. Es más, me divertía asustando a mi hermana pequeña (lo sé, soy una cabrona, pero entonces era joven e inocente) repitiendo alguna de las frases de la protagonista. Pero ahora no soporto ver imágenes de la película, algo más o menos controlable, pero tampoco puedo oír su música, y aquí viene el verdadero problema, porque ya alguna vez he abandonado un supermercado con un carrito a medio llenar por incluir el Tubullar Bells en su hilo musical. Así es que cuando el pasado sábado veíamos el telediario mientras comíamos y la señorita presentadora daba como noticia que se cumplían cuarenta años de tan celebrado disco, hice lo que suelo hacer en estos casos: taparme los oídos y maldecir hablar en voz alta para que no llegase a mí ni una nota. Sólo que esta vez tuvo un resultado inesperado: saltaron los plomos y se fue la luz de toda la casa. Beaumont, desde entonces, me mira raro.

En la última semana hemos estrenado ascensor y horno. Sí, es una tontería (la tercera), pero lo hemos celebrado como dior manda: el ascensor con alborozo y saltos de alegría, nosotros y el repartidor del supermercado, y, sobre todo, no volviendo a poner un pie en un peldaño de las escaleras. El horno, como se merece, es decir, con un delicioso bizcocho de chocolate que nos está sabiendo más rico que nunca.

Un par de tonterías por minuto

Ha llegado la primavera. Eso dice el calendario. Y los meteorólogos, que se afanaron el miércoles pasado en recordarnos que entraba a las doce y tres minutos. Pero esos tres minutos deben ser como las condenas que llevan la coletilla de “y un día”, porque el caso es que la susodicha todavía no ha tenido la deferencia de hacerse notar. Que un día parece que sale un poquito el sol, ¡zasca!, te cae un chaparrón que tú empiezas a buscar a tu pareja y un arca a la que subirte. Así, vamos intercalando paraguas con gafas de sol, atemperamos las ganas de ponernos sandalias a base de meter los pies en los charcos y no dejamos atrás las rebequitas ‘por si refresca’. Que yo ya le voy cogiendo el truquillo a la cosa, que la semana pasada coincidió la lluvia y el sol en días alternos, y tanto orden casi da un respiro, pero a mis biorritmos no les resulta suficiente, y se me ponen en jarras, enfadados, pidiendo un poco de seriedad.

En otro orden de cosas: vivo en un edificio que tiene ya unos años. Muchos años, vamos, con lo cual está llenito de achaques. Uno de esos achaques es del ascensor. El pobre pasó de renqueante a agonizante y, últimamente, no había una semana que no se diese de baja al menos un par de días, para regocijo de los vecinos (a más alta planta, mayor era el regocijo, como podéis suponer). Después de varias reuniones de la comunidad, tan amenas ellas, se llegó al acuerdo (sin peleas ni nada, que somos gente civilizada -pffff), de cambiarlo por completo de una puñetera vez. En fin, que inmersos en la ‘gran’ obra estamos. Una obra que, previsiblemente, tardarán dos meses y medio en realizar. Dos meses y medio que vamos a estar sin ascensor, claro. Viviendo en un quinto. Que a mí no me importaría si eso no supusiera que tengo que subir y bajar por las escaleras. Sobre todo subir. Yo, que tengo la capacidad pulmonar de un boquerón (como si los boquerones tuvieran pulmones) y la última vez que hice algo parecido a ejercicio fue en el año dos mil cuatro. Pero bueno, me voy acostumbrando. Además, cuando voy por el tercero, apenas pienso en un pulmón de acero ya, sino que me visualizo a mí misma en la playa, con las piernas de Elle Macpherson, y recobro la compostura (el aire no lo recobro hasta que llevo media hora en casa, respirando como el boquerón de antes fuera del agua). Lo que peor llevo ahora es llegar a casa cada día a las tres y media de la tarde, con un café ‘bebío’ que, a esas hora, ya debo tener a la altura del tobillo, y subir olisqueando (tened en cuenta que además subo hiperventilando, con lo cual me llevo todo el aire -y el aroma- del mundo) el menudo de la del primero, el puchero del segundo, la tortilla de patatas del tercero…

Un par de tonterías por minuto

Ha llegado la primavera. Eso dice el calendario. Y los meteorólogos, que se afanaron el miércoles pasado en recordarnos que entraba a las doce y tres minutos. Pero esos tres minutos deben ser como las condenas que llevan la coletilla de “y un día”, porque el caso es que la susodicha todavía no ha tenido la deferencia de hacerse notar. Que un día parece que sale un poquito el sol, ¡zasca!, te cae un chaparrón que tú empiezas a buscar a tu pareja y un arca a la que subirte. Así, vamos intercalando paraguas con gafas de sol, atemperamos las ganas de ponernos sandalias a base de meter los pies en los charcos y no dejamos atrás las rebequitas ‘por si refresca’. Que yo ya le voy cogiendo el truquillo a la cosa, que la semana pasada coincidió la lluvia y el sol en días alternos, y tanto orden casi da un respiro, pero a mis biorritmos no les resulta suficiente, y se me ponen en jarras, enfadados, pidiendo un poco de seriedad.

En otro orden de cosas: vivo en un edificio que tiene ya unos años. Muchos años, vamos, con lo cual está llenito de achaques. Uno de esos achaques es del ascensor. El pobre pasó de renqueante a agonizante y, últimamente, no había una semana que no se diese de baja al menos un par de días, para regocijo de los vecinos (a más alta planta, mayor era el regocijo, como podéis suponer). Después de varias reuniones de la comunidad, tan amenas ellas, se llegó al acuerdo (sin peleas ni nada, que somos gente civilizada -pffff), de cambiarlo por completo de una puñetera vez. En fin, que inmersos en la ‘gran’ obra estamos. Una obra que, previsiblemente, tardarán dos meses y medio en realizar. Dos meses y medio que vamos a estar sin ascensor, claro. Viviendo en un quinto. Que a mí no me importaría si eso no supusiera que tengo que subir y bajar por las escaleras. Sobre todo subir. Yo, que tengo la capacidad pulmonar de un boquerón (como si los boquerones tuvieran pulmones) y la última vez que hice algo parecido a ejercicio fue en el año dos mil cuatro. Pero bueno, me voy acostumbrando. Además, cuando voy por el tercero, apenas pienso en un pulmón de acero ya, sino que me visualizo a mí misma en la playa, con las piernas de Elle Macpherson, y recobro la compostura (el aire no lo recobro hasta que llevo media hora en casa, respirando como el boquerón de antes fuera del agua). Lo que peor llevo ahora es llegar a casa cada día a las tres y media de la tarde, con un café ‘bebío’ que, a esas hora, ya debo tener a la altura del tobillo, y subir olisqueando (tened en cuenta que además subo hiperventilando, con lo cual me llevo todo el aire -y el aroma- del mundo) el menudo de la del primero, el puchero del segundo, la tortilla de patatas del tercero…