
El primer año que pasé en el cafetal al dueño se le ocurrió jubilarse en verano y su sucesor le pidió a mi querido compañero de cuarto que, si no le importaba, retrasase sus vacaciones al menos quince días (se ve que al hombre no le daba mucha confianza quedarse solo conmigo. Un señor inteligente). Mi compañero siempre se ha pillado de quince de julio a quince de agosto. Al atrasar las suyas, obviamente, se atrasaron también las mías, que me quedé con septiembre enterito. Y mira por donde, no estuvo ni medio mal eso de retrasarlas.
Para el año siguiente, había cambiado al compañero por una compañera. Dicha compañera (el dios de la flojera la tenga en su gloria. Ahora, jubilada, además de no trabajar, no tiene ni que ir) es de una provincia de esas en las que en verano no se bajan del rojo en los mapas del tiempo ni un ratito por la tarde, y claro, ella veranea en el pueblo. Como para ir el cuatro de agosto. Así que ese año retrasé mis vacaciones un poquito más. Y mira por donde, no estuvo ni medio mal eso de retrasarlas.
Llevo en el cafetal ocho años, y he ido comprobando, año tras año, que en verano, más que un cafetal, es un oasis: ni gente ni líos (eso sí, cuando llega uno, es de agárrate y no te menees), y que no merece la pena, viviendo donde vivo, en esta esquinita al sur del sur, tomar las vacaciones en esa época. Tanto es así que todavía me queda algo más de un mes antes de irme, y que volveré bien entrado noviembre, y eso que sólo me cojo parte de las que me corresponden.
Eso sí, tengo que aguantar que toooooda la plantilla, a medida que van llegando de las suyas, invariablemente encadenen un ¿Y las tuyas? ¿Pero todavía no te has ido? ¡Qué suerte tienes, esa es la mejor época para estar de vacaciones!

