Cuatro tonterías por minuto.

He estado unos días sin poder postear (y eso que estaba inspirada. Además, me he tenido que saltar el post de Febrero) porque hemos tenido la viruela en ca’Ampharou. En concreto, ha sido ca’Ampharou la que ha estado pocha, con un virus del tamaño de Cuenca, con sus conquenses, sus casas colgantes y todo. En un principio pensé que era cosa de mi portatil, que ya está viejecito el pobre y me lo pilla todo. Entonces Beaumont le hizo una cura de urgencia y pareció solucionado el tema. Pero luego Vinti me advirtió que cuando abría mi blog, le saltaban todas las alarmas, incluida la del coche que tenía aparcado abajo en la calle, y yo, ni corta ni perezosa (bueno, un poco perezosa sí que soy) me dispuse a poner fin al virus y al ataque de los clones que había infectado mi página de una vez por todas. Así que llamé a 3nity. 3nity, además de lista-listísima y guapa-guapísima (no es peloteo, es la verdad), es un solete de webmistress, y en un pispás, luego de meterme todo el miedito del mundo en el cuerpo, no sólo redujo y aniquiló al bicho, sino que además le ha dado una manita de pintura y me ha ordenado las tripas de ca’Ampharou, que me lo ha dejado hecho un primor, oigas.

Siguiendo con mi vocación de Terminatrix, también me he cargado mi móvil. Ahora tengo miedo, porque como todo el mundo sabe, no hay dos sin tres, así que a la espera estoy de lo que pueda suceder. En fin, que eso, que me lo he cargado. Mi móvil preciosísimo, que me lo regaló Beaumont hace… pues creo que va a hacer cinco años!! Que vosotros diréis que ya iba siendo hora de que lo cambiara, pero que eso es algo que a mí me cuesta horrores. Me acostumbro a uno y ya sé a qué tecla tengo que darle sin mirar, y sé dónde tiene cada cosa. Ahora me tengo que acostumbrar a otro (ya he dicho antes que soy muy perezosa), que además no me gusta nada. Y es que mi móvil en realidad funciona: todo le va perfectamente, lo único que, cuando llamo o recibo llamadas, mi interlocutor no me oye. Una tontería de nada, vamos, pero que, siendo un teléfono, igual sí que es importante, no?

Hoy ha amanecido un día espectacular: precioso, sin el viento del norte que nos ha helado estos días atrás, un poco frío pero delicioso. A medida que ha ido avanzando la mañana, el cielo ha tornado del azul prodigioso al negro abetunado. Hace un momento, desde mi balcón en el cafetal, he podido ver pasar un autobús turístico de esos que llevan la parte de arriba descubierta. Iba repleto de turistas sonrosados. Aunque acababan de pasar por uno de nuestros monumentos ilustres, creo que no atendían a las explicaciones del guía. Sólo tenían ojos para elevar plegarias al cielo a fin de que éste no descargara sobre sus cabezas todo lo que su negritud prometía.

Hablando del cafetal (ea, la última vez, lo prometo), hoy comienza mi prueba de fuego: mi compañero se ha tomado una semana de vacaciones, así que estaré sola ante el peligro los próximos días. Si el lunes catorce queda algo más que los cimientos de esta ilustre casa, creo que habré superado la prueba.

Cuatro tonterías por minuto.

He estado unos días sin poder postear (y eso que estaba inspirada. Además, me he tenido que saltar el post de Febrero) porque hemos tenido la viruela en ca’Ampharou. En concreto, ha sido ca’Ampharou la que ha estado pocha, con un virus del tamaño de Cuenca, con sus conquenses, sus casas colgantes y todo. En un principio pensé que era cosa de mi portatil, que ya está viejecito el pobre y me lo pilla todo. Entonces Beaumont le hizo una cura de urgencia y pareció solucionado el tema. Pero luego Vinti me advirtió que cuando abría mi blog, le saltaban todas las alarmas, incluida la del coche que tenía aparcado abajo en la calle, y yo, ni corta ni perezosa (bueno, un poco perezosa sí que soy) me dispuse a poner fin al virus y al ataque de los clones que había infectado mi página de una vez por todas. Así que llamé a 3nity. 3nity, además de lista-listísima y guapa-guapísima (no es peloteo, es la verdad), es un solete de webmistress, y en un pispás, luego de meterme todo el miedito del mundo en el cuerpo, no sólo redujo y aniquiló al bicho, sino que además le ha dado una manita de pintura y me ha ordenado las tripas de ca’Ampharou, que me lo ha dejado hecho un primor, oigas.

Siguiendo con mi vocación de Terminatrix, también me he cargado mi móvil. Ahora tengo miedo, porque como todo el mundo sabe, no hay dos sin tres, así que a la espera estoy de lo que pueda suceder. En fin, que eso, que me lo he cargado. Mi móvil preciosísimo, que me lo regaló Beaumont hace… pues creo que va a hacer cinco años!! Que vosotros diréis que ya iba siendo hora de que lo cambiara, pero que eso es algo que a mí me cuesta horrores. Me acostumbro a uno y ya sé a qué tecla tengo que darle sin mirar, y sé dónde tiene cada cosa. Ahora me tengo que acostumbrar a otro (ya he dicho antes que soy muy perezosa), que además no me gusta nada. Y es que mi móvil en realidad funciona: todo le va perfectamente, lo único que, cuando llamo o recibo llamadas, mi interlocutor no me oye. Una tontería de nada, vamos, pero que, siendo un teléfono, igual sí que es importante, no?

Hoy ha amanecido un día espectacular: precioso, sin el viento del norte que nos ha helado estos días atrás, un poco frío pero delicioso. A medida que ha ido avanzando la mañana, el cielo ha tornado del azul prodigioso al negro abetunado. Hace un momento, desde mi balcón en el cafetal, he podido ver pasar un autobús turístico de esos que llevan la parte de arriba descubierta. Iba repleto de turistas sonrosados. Aunque acababan de pasar por uno de nuestros monumentos ilustres, creo que no atendían a las explicaciones del guía. Sólo tenían ojos para elevar plegarias al cielo a fin de que éste no descargara sobre sus cabezas todo lo que su negritud prometía.

Hablando del cafetal (ea, la última vez, lo prometo), hoy comienza mi prueba de fuego: mi compañero se ha tomado una semana de vacaciones, así que estaré sola ante el peligro los próximos días. Si el lunes catorce queda algo más que los cimientos de esta ilustre casa, creo que habré superado la prueba.

Y más…

Sede central de cafetal, también llamada Gran Cafetal. Departamento de Migajas a Esclavos:

¡Así que la tal Ampharou no sólo es una traidora que nos abandona, sino que además va contando por ahí que somos unos chungos tan grandes como una tonelada de achicoria! ¡Pues se va a enterar! ¡Nuestra venganza será terrible!

¡Sí, enviémosle al burro de Juan Valdés para que se coma la orquideapreciosa que se va llevando de tostadero en tostadero!

No, esa no es suficiente venganza. Además, nuestro inflitrado ya se encargó de espachurrarle la orquideapreciosa contra el suelo simulando un accidente. No creo que la maldita planta sobreviva a esta primavera.

¡Entonces, pongamos un topo en su nuevo cafetal para que le haga la vida imposible!

No serviría de nada. ¿No sabes que a ese sitio se le conoce como Buenrollismo-cafetal? Hasta las malas vibraciones heredadas de épocas pretéritas allí no tienen efecto… Mejor, ya que no tenemos que darle su saco mensual de café molido, hagamos que tampoco pueda conseguir, durante un buen tiempo, la dosis de cafeína en cápsulas de la que tanto se vanagloria ahora. ¡Maldecirá al mismísimo Clooney, muahahahahaha!!!

¡Gran idea, Excelentísimo Cafetero Mayor! Ahí será donde le duela de veras. ¡A ver qué hace sin poder llevarse cafeína al coleto!! Aunque para eso… para conseguirlo… creo que sólo tenemos que dejar que los nuestros trabajen de la forma habitual. Que vamos, que eso, al fin y al cabo, es lo que hacemos siempre, ¿no?

Y más…

Sede central de cafetal, también llamada Gran Cafetal. Departamento de Migajas a Esclavos:

¡Así que la tal Ampharou no sólo es una traidora que nos abandona, sino que además va contando por ahí que somos unos chungos tan grandes como una tonelada de achicoria! ¡Pues se va a enterar! ¡Nuestra venganza será terrible!

¡Sí, enviémosle al burro de Juan Valdés para que se coma la orquideapreciosa que se va llevando de tostadero en tostadero!

No, esa no es suficiente venganza. Además, nuestro inflitrado ya se encargó de espachurrarle la orquideapreciosa contra el suelo simulando un accidente. No creo que la maldita planta sobreviva a esta primavera.

¡Entonces, pongamos un topo en su nuevo cafetal para que le haga la vida imposible!

No serviría de nada. ¿No sabes que a ese sitio se le conoce como Buenrollismo-cafetal? Hasta las malas vibraciones heredadas de épocas pretéritas allí no tienen efecto… Mejor, ya que no tenemos que darle su saco mensual de café molido, hagamos que tampoco pueda conseguir, durante un buen tiempo, la dosis de cafeína en cápsulas de la que tanto se vanagloria ahora. ¡Maldecirá al mismísimo Clooney, muahahahahaha!!!

¡Gran idea, Excelentísimo Cafetero Mayor! Ahí será donde le duela de veras. ¡A ver qué hace sin poder llevarse cafeína al coleto!! Aunque para eso… para conseguirlo… creo que sólo tenemos que dejar que los nuestros trabajen de la forma habitual. Que vamos, que eso, al fin y al cabo, es lo que hacemos siempre, ¿no?

Pros y contras.

Después de una semana en el nuevo cafetal, creo que ya estoy en disposición de hacer una lista de pros y contras con respecto al anterior. Y aunque no lo estuviera, la verdad es que no se me ocurre nada más para postear, así que ahí va la listita:

Pros:

El nuevo cafetal mola. Está en un sitio magnífico, tengo un balcón desde el que si me asomo mucho, prácticamente caigo al mar. Bueno, en realidad, caigo casi a los pies de uno de los monumentos más significativos de esta ciudad, pero una vez caída, me bastaría rodar sólo un poquito para llegar a la playa.

En el nuevo cafetal no nos entrenan para el fin del mundo, ese momento en el que el sol habrá estallado y se precipitará sobre nosotros una nueva era glacial. Aquí saben que para entonces ya no quedará ni el Tato y podemos vivir sin tener que quitarnos constantemente una capa de hielo de encima.

En el nuevo cafetal trabaja muuuucha gente. Pero yo tengo un despacho que comparto sólo con otra persona. Esa persona, además, no grita ni hace chistes de mal gusto, ni me cuenta detalles de su vida que no me interesan ni se interesa por detalles de la mía que yo considero que no le interesan a él. Lo mejor: no hay radio.

Los baños del nuevo cafetal también molan. Para llegar a ellos cruzo una galería de ventanales desde los que se ve la calle. Y están im-po-lu-tos. Todo el día. Que en el anterior curro, llegabas por la mañana y sí, olía a lejía que tú no sabías si sería peligroso cerrar la puerta por aquéllo de la intoxicación por inhalación, pero a medida que pasaban las horas y las señoras que consideran que no hay que sentarse en los baños públicos, aunque sean los de tu trabajo y pases más horas allí que en tu casa, pero que también consideran que para qué van a levantar el asiento o, mejor aún, para qué van a limpiarlo luego de haberlo regado por aspersión, aquello se ponía que si acaso ya aguanto un poco y lo hago al llegar a casa.
En fin, que divago: que estos están impecables todo el día, que parece que hay alguien esperando detrás de la puerta a que tú acabes para entrar a limpiarlos. Eso sí, algo malo tenían que tener,  y es que por lo visto, al señor arquitecto, para ahorrar costes, se le debió ocurrir que para qué vamos a poner un portarrollos en cada servicio. Y una perchita, eso es un despilfarro. Eso sí, no sé yo si al final le cuadraron las cuentas, porque para mitigar el inconveniente de su ausencia, colocó en cada servicio un bidé.

En el nuevo cafetal todo el mundo es simpático a rabiar. Bueno, mejor dicho, simpáticos de tres tipos diferentes, a saber: la gente a la que ya conocía y han sido simpáticos siempre; la gente a la que no conocía y parecen simpáticos y majos; y los que ya conocía, para los que parecía ser absolutamente invisible en cualquier sitio en el que me los encontrara y ahora parece que he adquirido el don de la corporeidad y ellos son mis amigosss amigosss de la muerte.

El nuevo cafetal está más lejos que el anterior. Medio kilómetro, según GoogleMaps. Esto, lejos de ser un inconveniente, es una ventaja, porque, como voy y vuelvo caminando, a velocidad crucero, me pego cada día unos tres kilómetros y medio de lo más parecido al ejercio que hago. Además, como trabajo dos tardes, se le suman dos nuevas ventajas: que hay días que hago doble ejercicio y que, además, no puedo caer desmayada en el sofá después de comer y pegarme una siesta de antología, que como todo el mundo sabe, es la máxima aspiración del criador de lorzas. Vistas así las cosas, preveo que ya para verano, tendré unas cachas de la firmeza (y el color, me temo) del alabastro.

En los últimos tiempos en el antiguo curro dormía como un bebé, es decir, me despertaba cada media hora casi llorando, y me costaba un triunfo volver a dormirme. Además, me levantaba día sí y día no con el mismo dolor de cabeza con el que me había acostado (sé que eran los mismos porque les ponía nombre y cuando los llamaba me contestaban y todo). Ahora duermo toda la noche como un lirón con narcolepsia.

Y éstas son las ventajas que se me ocurren por ahora.

Contras:

… …

..

.

Ya.

Nacho.

Se separó de la pared con los ojos cerrados. Se dio la vuelta lentamente, apretando un poco más los párpados, como intentando agarrarse a un clavo ardiendo, y los abrió de golpe. Nada. Allí estaba, inclemente, en el trozo de pared que su madre había utilizado desde que se mantuvo en pie para marcar el paso del tiempo, la raya que acababa de pintar poniendo un lápiz justo por encima de su cabeza. Había tenido la tentación de alzarse, sólo un poquito, sobre los dedos de los pies. Entonces, esa raya, la maldita raya, no habría coincidido tan exactamente con la que había trazado hacía ya casi seis meses.

No tenía que haberse enfadado con su madre y haberla dejado allí, en medio del salón, con la pila de ropa del verano pasado encima de la silla cuando salió dando un portazo. Al fin y al cabo, ella no tenía la culpa. O quizá sí. Porque claro, para ella era un alivio no tener que cambiar todo su armario cada temporada, pero no debía haber sonreído así cuando, al probarle los primeros pantalones dijo eso de ´”qué bien, no tendremos ni que bajarle los dobladillos”. Además, sabía que ahora Álvaro y Pedro se reirían otra vez de él. Sólo tenían dos y tres años más, pero ambos le sacaban ya al menos una decena de centímetros. De nada valía decirles que ellos no hacía tanto que habían dado el estirón, ni compararse en las fotos de cuando sus hermanos tenían su edad. O que su madre les llamase la atención cada vez que le llamaban “enano” e invocase a la genética para consolarlo recordándole lo altos que eran todos en la familia.

Él, Nacho Medina, tenía un propósito y pensaba cumplirlo. Y tenía todo el verano para ello: al volver de las vacaciones, Marta Vázquez, la niña más guapa de su clase, no tendría que volver a besarlo en la frente.

¡Cambio, change, exchange, wechsel, valuta!

¡¡Por fin!! Al final, es cierto que todo llega. Sólo que lo que iba a ser cosa de veinte días, máximo un mes, ha sucedido casi tres meses después (las cosas de palacio, que van despacio), ya os decía en el anterior post que para mi desespero y resignación. Pero ya está, ya os lo puedo contar: ¡¡mañana me incorporo en mi nuevo cafetal!! ¡Qué ganas tenía, por dior! ¡Qué tres meses más malitos! Porque yo ya tenía el cuerpo hecho a jubilarme escuchando el KissFm y utilizando sólo la parte derecha del teclado, pero claro, te ponen el caramelo en los labios, te prometen algo mejor, y la espera se hace insufrible.

Porque sí, este cambio es para mejor. Un trabajo mejor, mucho mas interesante, que ya he hecho antes y en el que me siento muy a gusto (ojo, que parto de la base de que no hay trabajo bueno. Que mi vocación en realidad es ser rentista, pero esas oposiciones sí que están restringidas). Digamos que hasta el viernes estuve recolectando granos en el cafetal de Juan Valdés y a partir de mañana le estaré vendiendo capsulitas al Clooney. Un despacho con unas vistas preciosas, compartido con un solo compañero al que además conozco hace mil años, sin radio ni emisoras rompetímpanos y con aire acondicionado para dos. Utilizaré todo el teclado, no sólo la parte derecha y el numérico será únicamente el del teléfono, que por cierto, usaré muchísimo.

En fin, que estoy como una niña con zapatos nuevos!

¡Cambio, change, exchange, wechsel, valuta!

¡¡Por fin!! Al final, es cierto que todo llega. Sólo que lo que iba a ser cosa de veinte días, máximo un mes, ha sucedido casi tres meses después (las cosas de palacio, que van despacio), ya os decía en el anterior post que para mi desespero y resignación. Pero ya está, ya os lo puedo contar: ¡¡mañana me incorporo en mi nuevo cafetal!! ¡Qué ganas tenía, por dior! ¡Qué tres meses más malitos! Porque yo ya tenía el cuerpo hecho a jubilarme escuchando el KissFm y utilizando sólo la parte derecha del teclado, pero claro, te ponen el caramelo en los labios, te prometen algo mejor, y la espera se hace insufrible.

Porque sí, este cambio es para mejor. Un trabajo mejor, mucho mas interesante, que ya he hecho antes y en el que me siento muy a gusto (ojo, que parto de la base de que no hay trabajo bueno. Que mi vocación en realidad es ser rentista, pero esas oposiciones sí que están restringidas). Digamos que hasta el viernes estuve recolectando granos en el cafetal de Juan Valdés y a partir de mañana le estaré vendiendo capsulitas al Clooney. Un despacho con unas vistas preciosas, compartido con un solo compañero al que además conozco hace mil años, sin radio ni emisoras rompetímpanos y con aire acondicionado para dos. Utilizaré todo el teclado, no sólo la parte derecha y el numérico será únicamente el del teléfono, que por cierto, usaré muchísimo.

En fin, que estoy como una niña con zapatos nuevos!

Enero.

Mi actividad bloguera ha estado bastante resentida este último mes. Apenas he publicado (eso ya lo habéis visto) y es que estaba esperando poder postear algo que os quiero contar pero que no termina de llegar (para mi desespero y resignación). Y como no termina de llegar, los días de enero van acabando y hace más de dos semanas que ya tengo mi calendario nuevo, pues retomo la saga que abrí ya hace un par de años de colgar un post mensual, aprovechando las ilustraciones de ese calendario y los libros que voy leyendo.

El almanaque elegido para el 2011 (no sin cierta dificultad) ha sido uno de Edward Hopper. A Hopper lo descubrí hace relativamente poco. Mis escasos conocimientos de arte no se centran precisamente en el siglo XX, y menos aún en el arte norteamericano, pero en cuanto lo descubrí me quedé prendada de sus cuadros. No sé mucho del autor, así que estos posts me ayudarán a indagar un poco más sobre su obra y su vida (igual que casi me he hecho una experta de Klimt, Schiele y Modigliani). Así que toca cambio de tercio, cruzamos el charco y le damos la bienvenida al costumbrista Hopper. Para empezar, esta Habitación en Nueva York, óleo sobre lienzo de 1932, una ventana, una escena para hacer volar la imaginación.

En lo que a lecturas se refiere, he empezado el año vaga, muy vaga. Sólo he conseguido leerme un libro. Eso sí, me lo bebí. Desde hace mucho tenía ganas de leerlo, y en una de las incursiones estas navidades a una de las  librerías de esta ciudad en busca de regalos, y debido a que, aprovechando el tirón del nóbel, las editoriales han desempolvado toda su obra, no pude resistirme a La tía Julia y el escribidor, de Vargas Llosa, que me miraba con ojitos tiernos desde lo alto de un stand dedicado por completo al escritor peruano. Y fue buena decisión adoptarlo, porque me ha regalado, mientras duraba su lectura, divertidísimos momentos y la oportunidad, otra vez, de disfrutar de la prosa del Varguitas.

Si todavía no la habéis leído, ya estáis tardando. Don Mario mezcla en ella su propia historia, la historia de sus amores con la cuñada de su tío, la tía Julia del título, con las radionovelas del escribidor Pedro Camacho, personaje estrafalario donde los haya, que eran emitidas por la misma emisora en la que él trabajaba.

Otras dos recomendaciones, ahora de cine: La cinta blanca, de Michael Haneke, y El escritor, de Roman Polanski. Ambas tratan de los secretos y sus consecuencias, la primera de una forma despiadada y terrible, la segunda en forma de magnífico thriller. Las dos, para ver y disfrutar de buen cine.