Rindiéndome ante la evidencia.

Mira que he tratado de negarlo, agarrando una estampa de san Miguel con una mano y un membrillo con la otra, santificando cada grado de más que nos regaló este primer fin de semana de un noviembre con vocación de mayo, con su festivo y todo. Pero ya el martes fue poner el pie fuera de casa, a las siete y cuarto de la mañana, con mis preciosísimas sandalias negras, y porque llevo las uñas pintadas de negro, que si no hubiera podido ver cómo se me iban poniéndo lívidas de puro frío. Si hasta me bailaban las sandalias y chancleteaban más de la cuenta, convirtiendo su ‘zip-zap’ veraniego en un crotoreo huidor de humedades.

Así que hoy, con todo el dolor de mi corazón, y tratando de evitar otra congelación podal, he empezado a sacar toda la batería de botas, rebotas y botines que tengo.

Echaré de menos mis sandalias ligeras, a todas ellas, guardadas hasta mejores (y más calientes) tiempos. Pero ese echar de menos será corto, hasta que vuelva a domar mis botas o hasta que ellas domen a mis pies, y vuelva a comprobar, un año más, lo bien que se combate el frío con los pies bien abrigados y lo donairosos que se vuelven mis pasos con un buen par de botas (o dos).

Rindiéndome ante la evidencia.

Mira que he tratado de negarlo, agarrando una estampa de san Miguel con una mano y un membrillo con la otra, santificando cada grado de más que nos regaló este primer fin de semana de un noviembre con vocación de mayo, con su festivo y todo. Pero ya el martes fue poner el pie fuera de casa, a las siete y cuarto de la mañana, con mis preciosísimas sandalias negras, y porque llevo las uñas pintadas de negro, que si no hubiera podido ver cómo se me iban poniéndo lívidas de puro frío. Si hasta me bailaban las sandalias y chancleteaban más de la cuenta, convirtiendo su ‘zip-zap’ veraniego en un crotoreo huidor de humedades.

Así que hoy, con todo el dolor de mi corazón, y tratando de evitar otra congelación podal, he empezado a sacar toda la batería de botas, rebotas y botines que tengo.

Echaré de menos mis sandalias ligeras, a todas ellas, guardadas hasta mejores (y más calientes) tiempos. Pero ese echar de menos será corto, hasta que vuelva a domar mis botas o hasta que ellas domen a mis pies, y vuelva a comprobar, un año más, lo bien que se combate el frío con los pies bien abrigados y lo donairosos que se vuelven mis pasos con un buen par de botas (o dos).

Octubre.

¿No es verdad, ángel de amor,
que en esta apartada orilla
más pura la luna brilla
y se respira mejor?

Esta aura que vaga llena
de los sencillos olores
de las campesinas flores
que brota esa orilla amena;
esa agua limpia y serena
que atraviesa sin temor
la barca del pescador
que espera cantando al día,
¿no es cierto, paloma mía,
que están respirando amor?

Terminamos octubre y nos damos de bruces con noviembre, y para darnos de morros, ahí tenemos la fiesta de Todos los Santos, los Tosantos gaditanos, con sus mercados adornados, sus huesos de santo, sus nichos limpios (y tan limpios, como que en la ciudad ya no queda ninguno y los gaditanos pasamos a mejor vida -si existiera una mejor vida que la de estar en Cádiz- en municipios cercanos). Así que aprovecho esta víspera para entonar el mea culpa de postear octubre tan tarde y para romper una lanza por los Tosantos, sin denostar por ello el Halloween del truco y el trato. Que cada uno piense en sus muertos como quiera y cuando quiera y se divierta como tenga a mejor entender.

Mi queridísima India, impulsora de esta sección, me ha preguntado algunas veces de dónde saco las imágenes que ilustran mis posts (del anterior, con la niña del sexto sentido, no me ha preguntado: se ha acordado directamente de mis ancestros). Casi en cada artículo que cuelgo, tardo más en buscar la imagen que en escribir lo que os quiero decir. Y si no encuentro una imagen que me satisfaga, ese post se quedará metidito en la nevera esperando tiempos mejores.

Lo que ha ocurrido con este post tiene que ver con esto que os cuento: no he sido capaz de encontrar en toda la red (debe ser que voy perdiendo las facultades que han hecho que mis compañeros me llamen Miss Google) el cuadro que lleva adornando mi despacho todo este mes. Ni levantándole las alfombras al google la he encontrado. Y lo normal es que no lo hubiese publicado, pero con esta sección tengo una especie de compromiso, así que simplemente he decidido cambiar la imagen del calendario por ésta otra que iba a poner de todas formas, cuando acabase el año por ejemplo, porque es un cuadro que me maravilla absolutamente. Además, el título es parecido al del no encontrado.

Se trata de Dos muchachas acostadas y entrelazadas, de 1915, realizado con lápiz y técnica de aguada. Y me encanta. Me encanta por el color, mucho más cálido que todos los que hemos visto hasta ahora. Me encanta por esos escorzos fantásticos de los cuerpos, por el dibujo impecable. Pero sobre todo me encanta por lo que es capaz de transmitir, la tristeza que lo impregna, las historias que evoca.

En cuanto a libros, ha estado flojito el mes. Bueno, la que ha estado flojita he sido yo, y sólo ha caído uno, Primer amor, últimos ritos, de Ian McEwan. Se trata de un libro de relatos, el segundo que leo de este autor (el primero fue Entre las sábanas), y me ha dejado la misma sensación que éste: la singular maestría del escritor para el relato corto, la desbordante imaginación, la capacidad de resolver situaciones, por más rocambolescas que parezcan, en breves páginas y de forma brillante y el talento de tejer un mundo de sensaciones en historias en las que parece que no pasa nada.

Para el mes que viene, prometo que habrá más.

Editado a 3 de noviembre:

Valiada, cabezota y sabuesa que es, aburrida que está, después de varios infructuosos intentos, ha dado con el cuadro en cuestión. Está visto que le va haciendo falta una nueva edición de enigmas.

Aquí está el maldito:

Dentista (otra vez)

Ayer mi dentista (ya lo sé, ya lo sé. Prometo que es la última vez que hablo de él) tomó un molde de mi dentadura completa. No, contra todo pronóstico y aunque parezca increíble, no se agotó en la provincia el stock de los compuestos que utilizan los dentistas para obtener moldes.

Después de la operación (molde de arriba con una especie de plastilina verde pistacho, molde de abajo con otra especie de plastilina azul monstruo de las galletas, molde a la vez de arriba y abajo con otra especie de plastilina rosa chicle cheiw fresa ácida) debía parecer que me había comido la colección otoño-invierno de Ágata Ruiz de la Prada.

El hecho de que existan unos moldes de mi dentadura no tendría mayor importancia si no fuese por dos consecuencias que marcarán el resto de mi existencia y a las que les estoy dando vueltas desde que salí de la clínica, a saber:

  1. En el caso de que a partir de hoy quisiera desarrollar una fulgurante carrera como serial killer, tendré que poner sumo cuidado en no morder a nadie, ya que cualquier mordisco podría ser pista definitiva y utilizada en mi contra.

  2. En el caso de que el barco en el que viajase desde Southampton hasta Nueva York colisionase con un iceberg en plena noche sin que quedasen supervivientes, podría ser identificada aunque los boquerones se hubiesen dado un festín a mi costa.

He pasado de ser un número a ser un número con dientes.

Capricho.

Los que pasáis habitualmente por esta humilde casa, sabéis de mi adoración por Schiele, tanta que me lleva a postear, aprovechando las ilustraciones de un calendario que tuvieron a bien regalarme a principio de año, mensualmente (que por cierto, ya va tocando) un cuadro suyo.
Así que supongo que entenderéis el capricho que acabo de darme y que hoy vengo a mostraros:

¿Son o no son preciosos? Y lo son todavía más vistos en ‘persona’. La divina facedora de estas preciosidades es Pendientera, una artesana que tiene dos blogs (en el nombre tenéis enlazado uno. Los dos los podéis encontrar aquí a la derecha, en la lista de amigos) en los que muestra sus trabajos, a cada cual más bonito y con unos precios que merecen mucho la pena, y a los que llegué en una de esas tardes de dar saltos de página en página.

La forma de hacer los pedidos la explica Pendientera en cada una de las páginas, pero basta con ponerse en contacto con ella (además de artista es simpática) vía mail para que os vaya indicando los pasos. Y después de pedirlos, rápido rápido tendréis en vuestras manos estas pequeñas joyas.

Advertidos quedáis: si la visitáis, no podréis resistiros.

¡Planazo!

Beaumont y yo teníamos un plan de lo más apetecible para el fin de semana pasado. La verdad es que teníamos ese plan desde hacía más de un mes y que llegamos a él de la manera más tonta: veréis, en los entresijos de este vuestro blog hay una aplicación que me chivatea las visitas que recibo cada día, de dónde me llegan o buscando qué cosas son dirigidas hacia aquí (sólo este último punto ya daría para unas cuantas entradas). Pues bien, un día, bicheando por esos entresijos, aparecía la frase, que alguien puso en google y que lo trajo hasta Ampharou ‘Josh Rouse concierto Alicante’ que me hizo enseguida hilar pensamientos del tipo ‘si alguien busca concierto en Alicante de Josh Rouse, es posible que haya gira española de este hombre y quizá toque en algún sitio más accesible que Alicante’ (que no es que yo le tenga manía a esa ciudad, pero hay que reconocer que me queda un poco a contramano y que las comunicaciones entre Cádiz y Alicante son infames).

Así que me meto directamente en la página de don Josh y casi me caigo de la silla al comprobar no sólo que sí había gira española, sino que además otro de los sitios elegidos era ¡El Puerto de Santa María! ¡A veinte kilómetros de mi casa!

Seguí indagando: resulta que era uno de los artistas invitados en el Monkey Week Festival (festival del que, por cierto, no había oído hablar en mi vida). Como el concierto que habíamos visto hace ahora casi dos años en Barcelona nos había dejado tan buen sabor de boca, no dudamos ni un momento qué íbamos a hacer el día 10 de octubre y esperamos pacientemente a que salieran las entradas a la venta. Beaumont, además, convulsionó de placer al enterarse de que esa misma noche y en el mismo escenario, actuaría también Jon Spencer. Noche redonda, se prometía.

Cuatro días antes del concierto recibimos la llamada de unos amigos que, aprovechando el puente, tenían la intención de hacernos una visita. ¿Para qué están los amigos? ¿Para desbaratarte los planes?¿ Noooooo, ¡para hacerlos mejores todavía! Porque sí, a dos días vista, habían conseguido vuelos, a uno, tenían hotel y la tarde antes de llegar compraron las entradas para el Festival. Así que un plan que ya era perfecto de por sí, quedó ampliado y mejorado con estos amigos, que volvieron a mejorar y ampliar al incorporar a otra amiga, con los que no sólo disfrutamos de los conciertos, sino de todo el fin de semana. Tanto tanto, que necesitamos de todo el lunes para recuperarnos.

De los conciertos, Josh Rouse presentó nuevo disco, que mezcló con temas anteriores. Para mí, divino, como siempre, pero es que yo tengo adoración por este hombre cálido.

Jon Spencer se enfadó. Mucho. Problemas de sonido. Pero parece que el enfado lo inspiró, porque cuando consiguió casi solucionarlos se encontró con un público rendido a sus pies. Y ante quien nos rendimos todos sin excepción fue ante Kitty, Daisy & Lewis: tremendísima fuerza la de estos mocitos.

Eso sí, como a mí lo de las crónicas se me da fatal (como habéis podido comprobar), aquí os dejo una de las pocas que he encontrado, cortita, pero al menos inteligible y un vídeo para que veáis lo que fue.

¡Planazo!

Beaumont y yo teníamos un plan de lo más apetecible para el fin de semana pasado. La verdad es que teníamos ese plan desde hacía más de un mes y que llegamos a él de la manera más tonta: veréis, en los entresijos de este vuestro blog hay una aplicación que me chivatea las visitas que recibo cada día, de dónde me llegan o buscando qué cosas son dirigidas hacia aquí (sólo este último punto ya daría para unas cuantas entradas). Pues bien, un día, bicheando por esos entresijos, aparecía la frase, que alguien puso en google y que lo trajo hasta Ampharou ‘Josh Rouse concierto Alicante’ que me hizo enseguida hilar pensamientos del tipo ‘si alguien busca concierto en Alicante de Josh Rouse, es posible que haya gira española de este hombre y quizá toque en algún sitio más accesible que Alicante’ (que no es que yo le tenga manía a esa ciudad, pero hay que reconocer que me queda un poco a contramano y que las comunicaciones entre Cádiz y Alicante son infames).

Así que me meto directamente en la página de don Josh y casi me caigo de la silla al comprobar no sólo que sí había gira española, sino que además otro de los sitios elegidos era ¡El Puerto de Santa María! ¡A veinte kilómetros de mi casa!

Seguí indagando: resulta que era uno de los artistas invitados en el Monkey Week Festival (festival del que, por cierto, no había oído hablar en mi vida). Como el concierto que habíamos visto hace ahora casi dos años en Barcelona nos había dejado tan buen sabor de boca, no dudamos ni un momento qué íbamos a hacer el día 10 de octubre y esperamos pacientemente a que salieran las entradas a la venta. Beaumont, además, convulsionó de placer al enterarse de que esa misma noche y en el mismo escenario, actuaría también Jon Spencer. Noche redonda, se prometía.

Cuatro días antes del concierto recibimos la llamada de unos amigos que, aprovechando el puente, tenían la intención de hacernos una visita. ¿Para qué están los amigos? ¿Para desbaratarte los planes?¿ Noooooo, ¡para hacerlos mejores todavía! Porque sí, a dos días vista, habían conseguido vuelos, a uno, tenían hotel y la tarde antes de llegar compraron las entradas para el Festival. Así que un plan que ya era perfecto de por sí, quedó ampliado y mejorado con estos amigos, que volvieron a mejorar y ampliar al incorporar a otra amiga, con los que no sólo disfrutamos de los conciertos, sino de todo el fin de semana. Tanto tanto, que necesitamos de todo el lunes para recuperarnos.

De los conciertos, Josh Rouse presentó nuevo disco, que mezcló con temas anteriores. Para mí, divino, como siempre, pero es que yo tengo adoración por este hombre cálido.

Jon Spencer se enfadó. Mucho. Problemas de sonido. Pero parece que el enfado lo inspiró, porque cuando consiguió casi solucionarlos se encontró con un público rendido a sus pies. Y ante quien nos rendimos todos sin excepción fue ante Kitty, Daisy & Lewis: tremendísima fuerza la de estos mocitos.

Eso sí, como a mí lo de las crónicas se me da fatal (como habéis podido comprobar), aquí os dejo una de las pocas que he encontrado, cortita, pero al menos inteligible y un vídeo para que veáis lo que fue.

Montones de piedras y el coraje para levantarlas.

Porque imagina que se te rompe algo, el vaso, por ejemplo, ese que tiras sin querer, y la gente se limita a traer una bayeta para el agua y una escoba para los cristales. Pero imagina que tú no quieres la bayeta. Querías ese vaso. Te importaba ese vaso. No entiendes que esté roto. Y entonces te pones a recoger los cristales uno a uno. Y tratas de pegarlos. Aunque, claro, mientras haces eso, se te ha olvidado secar el agua con la bayeta. Y también se te ha olvidado la hora que es. Y, encima, hay veces que las cosas se rompen en siete trozos y vale, las puedes pegar. Pero a veces se rompen en cien o más. ¿Entonces qué haces? Pues lo que él hacía era intentar pegarlas de todas formas. No abandonaba, aunque en el suelo hubiera cuatrocientos trozos. Y al final, sin querer, acababa dejando tirada a mucha gente, porque él estaba con el vaso. Que no era un vaso: era una persona.

 

Éste es un fragmento del libro ‘Deseo de ser punk’ de Belén Gopegui, un fragmento que me llamó poderosamente la atención. Sí, ya sé que he hablado antes de este libro, pero es que este fragmento se me vino ayer a la mente y lo tuve presente durante las dos horas que duró la película ‘Hoy empieza todo’, de Bertrand Tavernier, que tuve la suerte de pillar en CTK y ver (bajo la recomendación de Beaumont, que ya la conocía).

Porque la película habla de vasos resquebrajados, de copas frágiles, de los que dan vueltas en el aire para terminar cayendo y haciéndose añicos contra el suelo. Pero también habla de gente que no espera a que el vaso termine de caer para recogerlo en el aire, aún a riesgo de partirse los dientes en su propia caída, de esas personas con vocación de cristaleros, de personas que, si a pesar de todos los esfuerzos el vaso termina por estrellarse, no desdeñan ni uno solo de esos fragmentos de vidrio que cubren el suelo de sus vidas, y se empeñan una y otra vez en recogerlos y pegarlos, sin soportar la idea de, simplemente, pasar la escoba.

La imagen, de Rafa Márquez.

Churras y merinas.

No sé si es que el dentista con el pinchazo de la semana pasada (¡zas, en toda la boca!) destapó el frasco de las esencias, abrió la caja de Pandora, que cuando haces pop ya no hay stop (me contengo y no recurro al chiste) o qué tripa se le habrá roto a vaya usted a saber qué cuervo, pero lo cierto es que a partir de ahí la semana se fue volviendo cada vez más raruna.

Que ayer incluso una compañera me decía a primera hora que hoy quemara romero, y yo le contestaba a última ya que lo que iba a quemar no iba a ser romero, sino a mí misma al más depurado estilo bonzo.

Que en realidad, miro para atrás y hago recuento y me digo a mí misma que no sea idiota, que con todas las cosas realmente chungas que le pueden pasar a una, mi semana ha sido como haber estado en un balneario. Pero ya me lo decía India, en el fondo soy una quejica y una lloreras. Bueno, quizá es que estoy más acostumbrada a que las cosas regularcillas vengan de una en una y no de quince en quince…

En fin, que ya está bien de lamentos. La semana también ha tenido cosas buenas. Algunas (vale, que ya he dicho que paraba). La mejor, tener a Beaumont al lado aguantando mis lloros y intentando (y consiguiendo) hacerme reír.

Después de ésta, y sin que de ningún modo se le pueda comparar, está que al final arrancamos y nos fuimos a ver Malditos Bastardos. Y tuvimos suerte: seis personas en la sala, y por el precio de una, vimos tres películas y nos ahorramos cuatro próximas entradas (¿alguien sabe de dónde viene la manía de detriparte las películas en los trailers de los próximos estrenos?).

De los Malditos no os voy a decir nada. Tarantino es Tarantino, y siempre tendrá sus fanes incondicionales y sus detractores acérrimos. A mí la película me gustó, me entretuvo, no se me hizo larga (otra cuestión ¿dónde quedaron las películas de hora y media? ¿es por aprovechar luego mejor los DVD’s?) y, contra todo pronóstico, Brad Pitt no fue el que más me gustó (que sí lo hizo y mucho), porque ahí estaba, grandísimo, Christopher Waltz, el malo malísimo malérrimo Hans Landa. Pero mejor no os cuento nada más. Vedla. Terminad con la crisis de la industria cinematográfica. O con la de los proveedores de adsl.

Otra de las cosas buenas fue descubrir un nuevo lugar de tapeo en Cádiz. Se llama DiVino y, para los que vivís aquí, en las inmediaciones o tenéis prevista alguna visita, está en la plaza Candelaria. Son simpáticos, amables, aceptan las críticas, agradecen los halagos y sobre todo, tienen unas tapas de lujo y una carta de vinos mucho más que aceptable. Y no, no soy amiga ni familiar de nadie que obtenga beneficio alguno de dicho lugar. Eso sí, si vais, que sea de uno en uno o de dos en dos, que el lugar tiene encanto pero es pequeñito.

Hoy vuelve a ser viernes. Después de este batiburrillo-catarsis, y aprovechando que el día está precioso y que huele a mar en toda la ciudad, pondremos buena cara, levantaremos la barbilla y dejaremos que el aire del sur nos despeine bien a gusto.

 

La imagen, de aquí.

Fin de semana.

Me las prometía muy felices yo este fin de semana. No tenía ningún plan especial, quizá dormir más de la cuenta, ir al cine, con cenita después. Ayer me bastaba con que fuera viernes, que hiciera buen tiempo, que san Miguel nos regalara un trocito más de verano. El sol brillaba, era viernes y con eso bastaba.

Pero claro, volvía a tener cita con el dentista. Tranquilidad, no pasa nada. Sólo que salí de allí con el labio superior y la nariz como si no fueran míos. El ojo derecho tampoco lo era. Mientras me ponían la anestesia noté cómo ésta subía por mi cachete hasta el ojo. Es normal, me dijo él. No fue a mayores, menos mal, y no salí de allí con el ojo ‘chiguato’, como he visto alguna vez. Aún así, me coloqué mis gafas de sol hasta llegar a casa.

A medida que pasaba la tarde se fue pasando el efecto de la anestesia. Ya por la noche no podía abrir la boca con toda la naturalidad que hubiese querido. A la hora de dormir seguía sintiendo molestias en las ‘bisagras’. Esto se quita durmiendo, me dije, y caí como una piedra sobre la almohada.

Esta mañana apenas podía abrir los ojos. De tanto dormir, pensé. Hasta que me miré al espejo. Un hermosísimo orzuelo coronaba el párpado de mi ojo izquierdo. ¡Ea, que se note que en esta casa no nos privamos de nada! Ahora sí que tenía un ojo chiguato. Alguna embarazada a la que se le han antojado tus ojos, diría mi madre. Pues menos mal que me ha pegado el orzuelo y no la barriga, diría yo.

En fin, Beaumont me ha hecho llorar para que se me limpiara bien el ojo (es un solete, me ha hecho llorar de la mejor y más efectiva forma: me ha puesto esto. ¡Cómo me conoce el joío!) y luego ha ido a la farmacia a buscarme un remedio mejor que los ya conocidos de mi madre, léase frotarse un ajo cortado o un anillo de oro por el párpado.

A estas alturas del día el ojo ya está bastante mejor. Aunque puede ser que todavía no esté todo perdido: podría aprovechar para disfrazarme de Elle Driver.