Vacaciones.

A ver, hagamos inventario.

La tengo a ella:

a él

ella está casi de camino

Y me trae a

y a

También volverán mis padres, y estará

con

y

Ya ha llegado

así que seguramente también veremos a

y a

Espero por fin conocer a India (como la joía ha cerrao el blog, no tengo forma de seguir con el criptograma),

que nos hará una visita junto con

Además también tengo esto

y esto

 

Así que mejor que irme de vacaciones, me voy a quedar de vacaciones.

Cumpleaños feliz.

Lavarse las manos, con agua y jabón y durante aproximadamente 1 minuto* para que el lavado sea eficaz

¿Por qué?

El virus de la gripe se transmite por medio de las gotitas de saliva y las secreciones nasales al toser o estornudar.

Las gotitas pueden quedar en las manos o en superficies (de muebles, pomos, objetos…) por eso es importante, además del lavado de manos, evitar compartir objetos como vasos, cubiertos, botellas, etc. y limpiar más frecuentemente estas superficies con los productos de limpieza habituales.

¿Cómo? 

Con agua y jabón durante, al menos, un minuto

* 1 minuto equivale a cantar 2 veces seguidas CUMPLEAÑOS FELIZ.

 

Ésta es una de las recomendaciones que hace el Ministerio de Sanidad y Política Social para evitar el contagio de la gripe A (H1N1).

Pillarla no sé si la vamos a pillar, pero lo vamos a tener más que ensayado para el próximo aniversario.

Cumpleaños feliz.

Lavarse las manos, con agua y jabón y durante aproximadamente 1 minuto* para que el lavado sea eficaz

¿Por qué?

El virus de la gripe se transmite por medio de las gotitas de saliva y las secreciones nasales al toser o estornudar.

Las gotitas pueden quedar en las manos o en superficies (de muebles, pomos, objetos…) por eso es importante, además del lavado de manos, evitar compartir objetos como vasos, cubiertos, botellas, etc. y limpiar más frecuentemente estas superficies con los productos de limpieza habituales.

¿Cómo? 

Con agua y jabón durante, al menos, un minuto

* 1 minuto equivale a cantar 2 veces seguidas CUMPLEAÑOS FELIZ.

 

Ésta es una de las recomendaciones que hace el Ministerio de Sanidad y Política Social para evitar el contagio de la gripe A (H1N1).

Pillarla no sé si la vamos a pillar, pero lo vamos a tener más que ensayado para el próximo aniversario.

¡He ligao!

Llegaba hoy arrastrándome a la oficina (es lo que tiene estar a una semana de las vacaciones: una llega fané y descangayá), pensando en mis cosas y con los auriculares puestos. En la puerta de entrada, tres compañeros formaban un grupito en torno a un anciano, viejo como el sol, trajeado y pinturero, que blandía un bastón con el que parecía querer reforzar el discurso que daba a tan temprana hora.

Al verme llegar me abrieron paso, di mis buenos días, ellos contestaron y mientras subía las escaleras dejándolos donde los había encontrado, oí unas risas a mis espaldas. Intuí que las risas las había provocado mi paso, así que me giré y los vi a todos vueltos hacia mí y a D. diciéndome algo. Como no lo oía bien, volví a bajar las escaleras y me incorporé al grupo. D. repitió lo que me decía:

D.: Que le has gustado a este señor. Dice que eres una monada.

Señor viejo como el sol: No, yo sólo estaba diciendo que mi hija es catedrática de filosofía.

D. me aclara. Estaba el señor sumido en su perorata hasta que he pasado. Entonces ha parado de hablar y me ha hecho tres radiografías y dos escáners en lo que yo subía las escaleras.

D.: Pero dígalo usted. Si la muchacha es una monería y usted se la ha quedado mirando… (recordar: hacerle un monumento a D. Por lo de muchacha, no por lo de monada)

Señor viejo como el sol: Que yo lo que estaba diciendo es que mi hija es catedrática. No. Es mentira. La que es catedrática es mi nieta. Y mi nieto también.

El señor viejo como el sol seguía en sus trece, negando lo que decía D. para hilaridad de éste y de los otros dos compañeros, cuando de pronto ha avanzado torpemente hacia mí, haciendo gestos con la mano como para que me acercara y ha soltado, tomándose tiempo para respirar, como si para él fuese incompatible hacerlo y hablar al mismo tiempo:

Señor viejo como el sol: Lo que dice ese señor es mentira. Pero ven, acércate y dame un besito.

Ahí la carcajada ya ha sido general. Yo he dado un salto para atrás mientras abría los ojos todo lo que daban de sí y el anciano seguía acercándose a mí, diciendo una y otra vez, entre respiración y respiración:

Señor viejo como el sol: Pero ven, mujer, dame un besito.

He puesto la disculpa de que llegaba tarde, le he dado los buenos días al señor y he huido escaleras arriba como alma que lleva el diablo.

D. lleva riéndose toda la mañana. Ya se ha quedado sin monumento, ea.

¡He ligao!

Llegaba hoy arrastrándome a la oficina (es lo que tiene estar a una semana de las vacaciones: una llega fané y descangayá), pensando en mis cosas y con los auriculares puestos. En la puerta de entrada, tres compañeros formaban un grupito en torno a un anciano, viejo como el sol, trajeado y pinturero, que blandía un bastón con el que parecía querer reforzar el discurso que daba a tan temprana hora.

Al verme llegar me abrieron paso, di mis buenos días, ellos contestaron y mientras subía las escaleras dejándolos donde los había encontrado, oí unas risas a mis espaldas. Intuí que las risas las había provocado mi paso, así que me giré y los vi a todos vueltos hacia mí y a D. diciéndome algo. Como no lo oía bien, volví a bajar las escaleras y me incorporé al grupo. D. repitió lo que me decía:

D.: Que le has gustado a este señor. Dice que eres una monada.

Señor viejo como el sol: No, yo sólo estaba diciendo que mi hija es catedrática de filosofía.

D. me aclara. Estaba el señor sumido en su perorata hasta que he pasado. Entonces ha parado de hablar y me ha hecho tres radiografías y dos escáners en lo que yo subía las escaleras.

D.: Pero dígalo usted. Si la muchacha es una monería y usted se la ha quedado mirando… (recordar: hacerle un monumento a D. Por lo de muchacha, no por lo de monada)

Señor viejo como el sol: Que yo lo que estaba diciendo es que mi hija es catedrática. No. Es mentira. La que es catedrática es mi nieta. Y mi nieto también.

El señor viejo como el sol seguía en sus trece, negando lo que decía D. para hilaridad de éste y de los otros dos compañeros, cuando de pronto ha avanzado torpemente hacia mí, haciendo gestos con la mano como para que me acercara y ha soltado, tomándose tiempo para respirar, como si para él fuese incompatible hacerlo y hablar al mismo tiempo:

Señor viejo como el sol: Lo que dice ese señor es mentira. Pero ven, acércate y dame un besito.

Ahí la carcajada ya ha sido general. Yo he dado un salto para atrás mientras abría los ojos todo lo que daban de sí y el anciano seguía acercándose a mí, diciendo una y otra vez, entre respiración y respiración:

Señor viejo como el sol: Pero ven, mujer, dame un besito.

He puesto la disculpa de que llegaba tarde, le he dado los buenos días al señor y he huido escaleras arriba como alma que lleva el diablo.

D. lleva riéndose toda la mañana. Ya se ha quedado sin monumento, ea.

Julio.

 

Pues mira que me iba a poner a escribir otro post, pero he caído en la cuenta de que hoy ya es treinta y uno y no he tenido la decencia de presentaros el Schiele que me ha estado acompañando todo el mes.

Ha sido el Retrato de Friederike Maria Beer, de 1914 (como podéis comprobar, algo más tapadita de lo que estábamos acostumbrados ya a las modelos de los últimos meses), bohemia coetanea del artista que también fue modelo de Klimt dos años más tarde. De hecho, es más conocido el retrato que le hizo éste último que el que os presento hoy.

En cuanto a lecturas, entre viaje a Barna y viaje a Cartagena, la verdad es que me ha cundido bastante. Lo que han sido los viajes, claro, que luego en las estancias he cogido el libro de turno sólo para sacarlo del bolso y dejarlo en casa. He estado (y voy a estar, me temo) dedicada casi en exclusiva a Kapuściński (me tiene con la boca abierta este hombre). El primero fue Los cínicos no sirven para este oficio: sobre el buen periodismo, donde se recogen tres entrevistas hechas al periodista y que debiera ser manual de estudio obligado en todas las facultades de periodismo del mundo. Como hoy no lo tengo a mano, y el libro lo merece, queda pendiente colgar una cita otro día.

El segundo fue Ébano, de donde extrae vivencias de sus treinta años como corresponsal en África, con el telón de fondo de todas las guerras de independencia que vivió en ellos, pero desde el punto de vista de los protagonistas de estas guerras: los que las sufrieron, sufrieron su violencia, sus hambres, alejándose de las versiones oficiales y haciéndose parte del pueblo.

El tercero leído (cambiando un poco de tercio. Necesitaba un respiro después de tanta realidad) ha sido El arrancacorazones, de Boris Vian. Casi tan magnífica como la ya leída y recomendadísima La espuma de los días, se trata de un pequeño cuento sobre la culpa y la vergüenza, sobre una madre ultraprotectora y unos trillizos (dos y uno más) que aprenden a volar comiendo orugas azules.

De El Imperio, también de Kapuściński, ya os hablaré el mes que viene.

Regreso.

Ya estoy de vuelta. Sí, ayer, con todo el dolor de mi corazón, me metí en el autobús de nuevo rumbo a Cádiz. Lo del dolor de corazón lo entenderéis al ver la foto del post anterior. Y es que no me han dejado traérmelo (menudas son la madre y la abuela) y eso que intenté salir ayer disimulando con él en brazos. No coló.

Pero bueno, ya estoy aquí. Prometo no daros la tabarra con la batería de fotos que me traje y ejercer de babeante tía sólo en la intimidad. La estancia, como podéis imaginar, fantástica, a pesar de que pisé la calle bien poco. Tampoco era plan, todo hay que decirlo, porque con cuarenta y un grados a las ocho de la tarde, las chicharras sin parar todo el día y un aire que abrasaba tal que ponías un pie en el exterior, sólo faltaba ver pasar un cardo ruso y a tito Clint apostado esperándome en cada esquina.

Además de los buenos ratos, de las risas, de las celebraciones, de la cara de mi Pabletillo a cada momento y sus ‘¿tú eres mi tita Ana?’ que me derretían, de los maratones de Bob Esponja, también me he traído mi portátil niquelao, gracias a J., con lo cual ya tengo sonido (Coltrane y sus favourite things suenan ahora mismito en ca’Ampharou, ¡gusto, por dió!)

Así que cansada pero contenta. Contenta por estos días atrás. Contenta por los días que vienen, de mucho lío, pero que van a tener una recompensa magnífica.

¡Qué buen verano está siendo éste!

Natalicio.

Pablo tiene nuevo compañero de juegos. Bueno, tendrá que esperar un poco todavía hasta poder corretear con él en el parque, pero seguro que tendrá la paciencia suficiente. Y no es un compañero cualquiera, no, es un hermano, Marco, un nuevo murciaditano que ha escogido este día de julio para venir al mundo.

Pablo tiene suerte. No hay mejor compañero que un hermano. Sus papás también tienen mucha suerte. No hay nada mejor que dos pequeños barrabases para animarte los días y las noches.

¡¡Felicidades a los cuatro!!  

 

P.D.: Sí, ya sé que la imagen es empalagosa hasta la diabetes, pero es que hoy estoy ñoña, ñoña, ñoña…

Perros, cigüeñas, estorninos y demás.

Desde que empecé mi vida laboral, hace ya unos cuantos años (y los que me quedan), siempre he trabajado en el mismo barrio de Cádiz: el barrio pudiente, el que huele, como decía alguna chirigota, a Chanel nº 5, el barrio de la gente bien, el del pedigrí y las marcas, en el que cuando hay elecciones no es necesario hacer ni recuento de votos.

Hasta hace poco, trabajaba en un edificio que linda con la frontera oeste y casi con la norte de este barrio. Llegaba en autobús cada mañana, y desde la parada tenía dos entradas naturales para acceder al Barrio (sí, con mayúsculas, porque él lo vale). Me daba igual una que otra, ya que había la misma distancia hasta mi oficina, pero entrara por donde entrara, me sentía como una pequeña Dorothy saltando por el camino de baldosas amarillas, claro que más que Judy Garland cantando el We’re off to see the Wizard, parecía una cigueña en celo, ya que mis zapatitos rojos caminaban sobre un acerado crotorante del que el adjudicatario de la obra debió pensar que en ese tramo tampoco hacía falta tanto cemento, que era un derroche y que estaría mejor empleado si lo utilizaba para terminar su chalecito en la sierra.

Si entraba por el acceso norte, además, debía poner mayor cuidado todavía en dónde ponía el pie: rodeaba por este camino el chalé de uno de los principales de esta ciudad. Más que el chalé, sus jardines. Y por una de las paredes que lo delimitaban, sobresalía hacia la calle un ficus que era residencia habitual de estorninos en otoño e invierno. Los bajos del ficus se convertían entonces en una pista de patinaje, acrecentada cuando caía cuatro gotas, debido a la dieta de aceitunas y acebuchinas de cientos de pajaritos.

Hace un año cambié de trabajo. Sigo en el mismo barrio, ahora en su frontera sur, más cerca de casa, por lo que voy y vengo dando paseítos. A medida que me voy acercando va aumentando la cantidad de árboles y, en estas fechas, basta que haga una ligera brisa para que el espectáculo esté servido: de las melias y las acacias van cayendo flores que, tras describir un breve baile en el aire, forman una tupida alfomba blanca y violeta por todo el camino. Sería mi gusto pasar por debajo de esos árboles mirando hacia el cielo, para ver caer las flores, como una CandyCandy de tres al cuarto. Y sin embargo, tengo que hacer todo el recorrido con los ojos puestos en el suelo, a fin de no llevarme ningún «regalito» y acordándome de lo que cierta vez le oí decir a Alejandro: en este barrio hay muchas «perras», pero también hay muchos perros.Y es cierto. Y aunque sé que Alejandro lo decía con todo el retintín del mundo, añadiría, por si alguien no se entera, que además de muchos perros, hay muchos animales bípedos con una notable disfunción en la columna vertebral que les impide agacharse cuando sacan a sus perritos a pasear. O eso, o es que son todos unos guarros.

La imagen, de Rubén González Galera.