
Llegaba hoy arrastrándome a la oficina (es lo que tiene estar a una semana de las vacaciones: una llega fané y descangayá), pensando en mis cosas y con los auriculares puestos. En la puerta de entrada, tres compañeros formaban un grupito en torno a un anciano, viejo como el sol, trajeado y pinturero, que blandÃa un bastón con el que parecÃa querer reforzar el discurso que daba a tan temprana hora.
Al verme llegar me abrieron paso, di mis buenos dÃas, ellos contestaron y mientras subÃa las escaleras dejándolos donde los habÃa encontrado, oà unas risas a mis espaldas. Intuà que las risas las habÃa provocado mi paso, asà que me giré y los vi a todos vueltos hacia mà y a D. diciéndome algo. Como no lo oÃa bien, volvà a bajar las escaleras y me incorporé al grupo. D. repitió lo que me decÃa:
D.: Que le has gustado a este señor. Dice que eres una monada.
Señor viejo como el sol: No, yo sólo estaba diciendo que mi hija es catedrática de filosofÃa.
D. me aclara. Estaba el señor sumido en su perorata hasta que he pasado. Entonces ha parado de hablar y me ha hecho tres radiografÃas y dos escáners en lo que yo subÃa las escaleras.
D.: Pero dÃgalo usted. Si la muchacha es una monerÃa y usted se la ha quedado mirando… (recordar: hacerle un monumento a D. Por lo de muchacha, no por lo de monada)
Señor viejo como el sol: Que yo lo que estaba diciendo es que mi hija es catedrática. No. Es mentira. La que es catedrática es mi nieta. Y mi nieto también.
El señor viejo como el sol seguÃa en sus trece, negando lo que decÃa D. para hilaridad de éste y de los otros dos compañeros, cuando de pronto ha avanzado torpemente hacia mÃ, haciendo gestos con la mano como para que me acercara y ha soltado, tomándose tiempo para respirar, como si para él fuese incompatible hacerlo y hablar al mismo tiempo:
Señor viejo como el sol: Lo que dice ese señor es mentira. Pero ven, acércate y dame un besito.
Ahà la carcajada ya ha sido general. Yo he dado un salto para atrás mientras abrÃa los ojos todo lo que daban de sà y el anciano seguÃa acercándose a mÃ, diciendo una y otra vez, entre respiración y respiración:
Señor viejo como el sol: Pero ven, mujer, dame un besito.
He puesto la disculpa de que llegaba tarde, le he dado los buenos dÃas al señor y he huido escaleras arriba como alma que lleva el diablo.
D. lleva riéndose toda la mañana. Ya se ha quedado sin monumento, ea.