Cumpleaños.

¿Veis la foto de arriba? El muñeco de ventrílocuo con los ojos espantados soy yo. Sí, ya lo sé, pero todos tenemos un pasado. La chica de cara dulce y melena larga es mi hermana mayor. Su melena ya no es tan larga, y además, en algún momento posterior a la foto, se rizó, pero su gesto sigue siendo tan dulce como aparece ahí, tal y como es ella, ni más ni menos. Y hoy además es su cumpleaños, así que quiero felicitarla desde aquí (luego ya lo haré en persona, delante de una deliciosa tarta) y decirle que es un auténtico lujo tenerla como hermana.

Y hablando de personas dulces, también es el cumpleaños hoy de 3nity, una de mis blogueras favoritas, una de las primeras que me visitaron y visité y a la que he seguido por todos los blogs que ha tenido. 3nity, además, es la santa hacedora de este blog,  la que lo puso así de bonito para que todos os sintáis en él como en casa, a la que doy la lata interminablemente cuando tengo algún problema con él. Felicidades también, preciosa. Pásalo bien, que ya toca.

Gato por liebre.

Imaginen que quieren ustedes comprar un sofá. Normalmente visitarían algunas tiendas para comprobar lo que les ofrecen. Compararían precios, y al final se quedarían con aquél que se ajuste más a sus necesidades: tamaño, color, comodidad y precio. Imaginen que lo compran y lo pagan. Pocos días antes de la fecha convenida con la tienda para que le lleven SU sofá, les llaman y les dicen que en su deseo constante de ofrecer los mejores servicios al menor coste posible, en vez del sofá le van a llevar cuatro sillas. A partir de ahí ustedes tienen varias opciones: en una se quedan con las sillas, y las próximas siestas se las echan con el cuello doblado; en otra, rechazan la nueva oferta, con lo que se quedan sin sillas, sin sofá y sin el dinero que les costó y en una última remueven Roma con Santiago, se acuerdan de la señora madre del dueño de la tienda y tras siete dolores de cabeza del tamaño de Toledo, consiguen que, por el mismo precio, le traigan un sofá que en vez de ser gris de Payne es rojo cadmio y los asientos son de guata de poliester y no de espuma de poliuretano.

Pues eso mismo es lo que hacen Vueling y Clickair, que tanto monta como monta tanto, que son lo mismo, pero no, porque según para qué, te remiten a la página de uno o a la del otro.

Planeas un viaje con dos meses y medio de antelación, compras los billetes y a estas compañías no les duelen prendas al, mes y medio antes de la salida, cambiarte los vuelos a conveniencia, eso sí, siempre esgrimiendo la preocupación por ofrecer un mejor servicio. ¡Y una m**rd*! Para mí no es un mejor servicio que me cambien un vuelo para siete horas antes, sobre todo cuando tienen uno que sale media hora más tarde que el vuelo que había comprado. Para mí tampoco es mejor servicio que cuando llamo a atención al cliente (por cierto, un 807) me quieran cobrar por el cambio más de lo que me costó el billete. Y tampoco lo es que el señorito que me atiende la llamada se ponga chulesco e impertinente cuando le repito, por tercera vez y muy lentamente, que no soy yo la que quiero cambiar el vuelo, que son ellos los que me lo han cambiado.

En fin, que ahora tengo un sofocón de mil pares, un sofá rojo cadmio y un billete a Barcelona hasta que los chicos de Clickair-Vueling quieran.

Mateo.

Hace poco fue su cumpleaños. Es rubio como las candelas, guapo y muy buen mozo.  Yo lo conocí hace siete años y me enamoré de él, a pesar que ese día no era su mejor día y estaba bastante enfadado. Pero con él me quedé, y él conmigo. Y desde entonces apenas nos hemos separado: sólo los días que él pasó reponiéndose de un accidente y las ocasiones en las que yo he hecho algún viaje, pero sé que cada una de esas veces, me ha echado de menos tremendamente, porque cuando hemos vuelto a encontrarnos sus mimos y arrumacos han sido todavía más insistentes de lo que es habitual.

Él vive atento a cada uno de mis movimientos, me persigue por la casa, le encanta echarse a mi lado en el sofá y que le haga cosquillas en el cuello. Es el único que viene a recibirme cuando llego a casa y muchos fines de semana su voz ha sido la única que he escuchado. Cuando estoy enferma permanece ahí, quieto, a mi lado, sin moverse ni siquiera para comer.

Es celoso. Mucho. No le gusta compartirme. Si cojo al pequeño en brazos, protesta. Si alguien se me acerca demasiado, ahí está él para interponerse. A mí me hace gracia que se comporte así y me río, mientras él intenta amedrentar sólo con la mirada a su adversario.

En fin, así es él. Mateo, mi Mateo. Aunque todos (casi) le llamemos Nano.

Plan Oculto.

Es la película que vi anoche. Es buena, creo. Deberíais verla. Eso sí, si la pilláis en la tele, pasad. Esa o cualquier otra que no den en una cadena de las que emiten películas sin cortes. Si no, salid a compradla, o pedídsela a un amigo. A un amigo de esos con los que os soléis tomar una cervecita o un café, o uno de esos otros «amigos» que te dejan las cosas colgadas a trozos de las orejas de un onagro. Porque a mí me comentaron que la pasaban anoche, y que era buena película. Y claro, me dije que hacía mucho tiempo que no veía una película en la tele, que sólo la enciendo justo el ratito que tardo en cenar cada noche para ver algún trozo de algún capítulo repetido de alguna serie que no me interesa demasiado (para las que sí me interesan, también recurro a los amigos).

Así que me senté a verla. Tenía muy buena pinta. A la media hora ya estaba enganchada, pero entonces… corte para publicidad, justo en un momento de tensión. Aproveché para salir corriendo a llevar los platos de la cena a la cocina. Como desde allí oigo la televisión, viendo que no empezaba, encendí un cigarro, dispuesta a salir corriendo en cuanto escuchara la musiquilla de continuidad. Terminé el cigarro, bebí un vaso de agua, terminé de meter los platos en el lavavajillas, volví arrastrando los pies al sofá, me pregunté qué diablos es lo que estaba viendo y entonces sí, continuó la película. Sólo habían pasado quince minutos. Me relajé, seguí viéndola, me metí en situación y cuando llevaba otra media hora ¡zas! otro nuevo corte para publicidad. Esta vez me dio tiempo de lavarme los dientes, aplicarme el tónico y la hidratante de noche y volver tranquilamente al sofá. Para cuando quiso empezar la película de nuevo, había pasado otro cuarto de hora. Y así estuvimos, yo cada vez más de los nervios, viendo la hora que era, queriendo terminar de ver la película que me tenía intrigadísima, pensando que hoy el despertador sonaría a las seis de la mañana y acordándome de toda la parentela de los directivos de la primera, de la segunda y de la marcha atrás. Porque es que además, durante esos cortes, les da tiempo a hacer desconexiones y plantarnos los anuncios territoriales. Así, para mayor penitencia, tuve que sufrir al Arrebato pidiendo «cafelito y emociones» y los culebrones del supermercado local en varias ocasiones.

Esta mañana cuando sonó el despertador, efectivamente, yo era un basilisco con ojeras hasta las rodillas. La próxima vez que diga que voy a ver una película en la tele, os dejo que me deis de collejas hasta que me tiemblen las orejas.

No ‘semos’ nadie.

Miércoles 29 de abril, 9:30 horas: Ampharitou, como cada mañana de su semana laboral, tras haber desplegado todos los clips y los lápices por la mesa, ordena los expedientes y se dispone a mecanizarlos. Clica sobre el icono de la aplicación, que se abre, como cada mañana, pidiéndole el usuario. Ampharitou, con las mismas ganas de ponerse a trabajar en tan divertida labor como de cortarse un dedo, teclea. Mensaje del administrador: usuario desconocido. La leche. A ver, hija, Amparou, presta atención. Vuelve a teclear. Usuario desconocido. Pregunta a sus compañeras si han podido entrar, que a veces la aplicación también se ha puesto farruca y ha reservado el derecho de admisión, la joía. Pero esta vez no. Todos entran sin problemas.

Vamos, chica. Teclea de nuevo. Nada. Jo.

Doscientas pruebas más tardes, entre las que se encontraba la inefable ‘apaga y enciende’, sigue siendo un “usuario desconocido” y termina por convencerse de que, aunque no quiera, tendrá que hacerlo: ir a ver a los informáticos.

Miércoles 29 de abril, 10:00 horas: Con suma cautela, Amparitou se adentra en la sagrada estancia donde los informáticos desarrollan toda su sabiduría. Se dirige a uno de ellos (no al gran ¡oh! maestro, por supuesto) y le cuenta sus cuitas con la aplicación. ¿No habrás puesto el usuario con mayúsculas?, le pregunta. Piensa ¿tanto se me nota, a simple vista, lo inútil que soy con un ordenador entre las manos?, pero se repone rápido y contesta que no, ninguna de las doscientas veces que ha intentado entrar sin conseguirlo. A partir de ahí, y después de preguntarle su usuario, deja de existir. Se centra en la pantalla, y Ampharitou se pregunta si no será en verdad un espejo, porque va haciendo unas muecas muy graciosas: infla un carrillo a la vez que arquea la ceja contraria, frunce el ceño, pone morros, arquea las dos cejas a la vez, encoge los ojos para abrirlos de golpe… y al fin, dictamina:

– Es que te hemos dado de baja.

Entonces a lo mejor va a ser por eso, piensa ella. Le explica que recibieron órdenes del jefazo todopoderoso para que diesen de baja todos los usuarios que no fueran utilizados o que fueran utilizados por otras personas que no fueran sus titulares.

– Ah, pero es que yo sí lo utilizo. Todos los días. Vamos, de hecho, no hago otra cosa.

– Claaaaaaaaaaaaro, pero estabas utilizando la clave de otro.

– Perdona, yo utilizo la que me asignasteis vosotros, ¡oh, grandezas!, cuando entré aquí.

– Sí, pero no era tuya. Era de Ampharitou Guapa Guapísima.

– ¡¡Pero si yo soy Ampharitou Guapa Guapísima!!

– Ah, ¿tú no te llamas Gema??

Viendo cómo pone un puchero, le explica que le va a volver a dar de alta, pero que los cambios no se consolidan hasta el día siguiente, por lo que, en esa mañana no podrá utilizar la aplicación. O sea, que le queda toda la mañana por delante para no hacer ni el huevo. Fantástico… si no tuviera que estar aquí sí o sí.

Miércoles 29 de abril, 14:00 horas: Se recibe un correo interno de personal, indicando los días de vacaciones que los empleados tienen según la antigüedad. Ser viejuna es un grado, y aquí se premia con días de vacaciones. Ampharitou este año es lo suficientemente vieja para que le den uno. Pero en ese correo aparecen los mismos días que tenía cuando era una mozalbeta. ¿Con arrugas y sin días extra? Ni mijita, así que se va al departamento de personal, donde le dicen que ‘tendrán que comprobarlo’. Espera que al salir, el guardia de seguridad de la puerta no le ponga una zancadilla.

Jueves 30 de abril, 9:00 horas: Ampharitou, como cada mañana de su semana laboral, tras haber desplegado todos los clips y los lápices por la mesa, ordena los expedientes y se dispone a mecanizarlos. Clica sobre el icono de la aplicación, que se abre, como cada mañana, pidiéndole el usuario. Ampharitou, con las mismas ganas de ponerse a trabajar en tan divertida labor como de cortarse un dedo, teclea, esperando a que los cambios se hayan consolidado. ¡Eureka! Puedo entrar. Pantalla, pantalla, pantalla… ¿dónde están los menús desde los que accede a su zona de trabajo?

Jueves 30 de abril, 9:15 horas: Con suma cautela, Amparitou se adentra en la sagrada estancia donde los informáticos desarrollan toda su sabiduría. Esta vez sólo está el gran ¡oh! maestro. Con una graciosa reverencia, se dirige a él y le cuenta sus cuitas con la aplicación. ¿Qué privilegios tienes?, le responde. Ampharitou piensa que, a juzgar por los últimos días, no tiene ninguno, pero en previsión a la pregunta, le planta delante el correo del verano pasado del jefazo todopoderoso en el que le asignaba todas las tareas. A partir de aquí, empieza a hablar en clave:

– ¿¿Pero tú entras en jaremorenauer o sólo en jaremor??

– Mira, ponme los mismos que a E., al fin y al cabo, hacemos prácticamente lo mismo.

– Sí, pero ¿es supercalifragilisticoespialidoso o abracadabrapatadecabra?

– Mira, yo hago esto, lo otro y lo de la moto. Igual que E.¿Por qué no me pones los mismos privilegios?

– ¿Tenías pablitoclavóunclavito o elobispodeconstantinopla?

Ampharitou vio como el gran ¡oh! maestro entraba en bucle y le dijo que sí. El miró extasiado el monitor durante un rato en el que cambiaba de pantallas rápidamente. Entonces volvió a repetirle aquello de ‘los privilegios se consolidan por las noches’. Ampharitou pensó que era una buena frase para tatuársela debajo del ombligo y regresó a su cubículo a volver a no hacer nada.

Lunes 4 de mayo, 9:00 horas: Habían pasado un día de fiesta y un fin de semana. Ampharitou pensó que en tres noches a los privilegios les habría dado tiempo a consolidarse, casarse y tener un par de niños, así que, tras cruzar todos los dedos que es posible cruzar y realizar todos los pasos que ya conocemos, comprueba que ya no es un usuario desconocido, que en una pantalla aparecen todos sus menús, pero que en la otra… no, como en un flan aguado, aquello no ha terminado de cuajar. Siguen faltando opciones.

Lunes 4 de mayo, 9:05 horas: De vuelta al templo de la sabiduría. El gran ¡oh! maestro no está, debe encontrarse salvándole el http a algún pobre mortal, así que se dirige al gurú que le atendió la primera vez.

– Sigo sin todos los privilegios que me hacen falta. ¿Por qué no me copias el perfil de E.?

– Vale… ya está. Y recuerda que los privilegios se consolidan por la noche.

Debe ser la frase de la logia, así que se despide uniendo el dedo índice al corazón y separándolos mucho del anular, que está unido al meñique. Le queda otra mañana de hacer poco más que nada. Afuera brilla el sol.

Martes, 5 de mayo, 9:00 horas: Ampharitou enciende. Usuario. Contraseña. Pantalla-pantalla, menú-menú. Todo vuelve a ser como en los viejos tiempos.

My blueberry nights.

No es lo mejor de Wong Kar-Wai (2046 o In the mood for love son las películas más hermosas que haya podido ver), pero hasta lo peor de este director -que tampoco es el caso- está a mil años luz de cualquier taquillazo de los que pueblan cada semana nuestros cines.

Porque algunas veces cruzamos la calle por el camino más largo. Porque un pastel de arándanos es delicioso sobre todo cuando nunca se termina y te lo sirve un Jude Law que guarda llaves por no cerrar puertas.

Historias de café.

Los que sois habituales a esta bitácora habéis leído algunas veces en ella historias que tienen que ver con el café. Con un café en concreto, al que acudo todas (o casi todas) las mañanas de mi vida laboral desde hace un montón de años. Me acostumbré a ir allí porque estaba cerca de mi anterior trabajo y, a pesar de que queda un poco más alejada de mi oficina actual y en la misma esquina de ésta hay otras dos cafeterías, sigo yendo a la misma de siempre, en parte porque allí, durante los veinte minutos que dura mi desayuno, puedo estar tranquila si quiero, puedo charlar con los parroquianos -conocidos, que siempre somos los mismos- si me apetece y además me tratan como si estuviera en casa, y en parte porque cuando le dije a Alejandro, el dueño, que me trasladaba, me dijo con cara de pena que entonces me olvidaría de ellos y yo le prometí que no, que me seguiría teniendo allí como cada día. Han pasado casi diez meses y, aunque he reducido la ingesta de café, sigo fiel a mi palabra y cada mañana, durante un ratito, allí me acogen, a mi libro de turno y a mí.

La cafetería no tiene nada de particular. Es de esas que no tienen mesas, sólo una barra larga y en forma de «u» dentro de la cual Alejandro se desenvuelve como el capitán de un barco, rápido, enérgico, pero siempre con una palabra amable o un chascarrillo para sus incondicionales. Pregona la paella cuando va llegando la hora, adoctrina a su hijo en las labores camareriles, aconseja a Mariya como haría un hermano mayor y está al tanto de todo lo que ocurre en su calle. Allí los chicos Erasmus han aprendido más que en las clases de español de la academia de al lado y han ido dejando trocitos de ellos mismos cuando se han marchado en forma de fotos, recuerdos o cartas desde lejanos países que Ale va atesorando con cariño en el botellero que corona la barra.

Durante la Semana Santa, aprovechando el bajón de clientela (prácticamente todos somos trabajadores de los alrededores), Ale decidió hacer reformas. Cuando me avisó de que estaría esa semana cerrado, que iban a hacer algunos cambios, le pedí, por favor, que no hiciera demasiados, que se estaba demasiado a gusto allí. Después de las vacaciones, al volver, la agradable sensación de que todo seguía igual. Suelo nuevo, nueva pintura, más luz. A todo el que entra y dice que está así mucho más bonita, Alejandro le contesta que eso es porque sus clientas cada día están más guapas. Porque en el fondo la cafetería sigue siendo la misma. Allí podréis encontrarme si queréis que os invite a un café. De allí seguiréis leyendo, de vez en cuando, historias de café.

Era una chica guapísima, muy joven. Desayunaba una cocacola y una tostada de foiegras. Un chihuahua, con la correa presa de una de las patas del taburete, iba dando vueltas alrededor liándose a sí mismo. Un gran danés hembra demostraba demasiado interés por permanecer cerca de la chica, mientras que ésta se empeñaba en que la perra permaneciera sentada en un rincón para que no molestase a los demás clientes. Molestia de paso, más bien, que el animal ocupaba todo el pasillo y no hacía otra cosa que arrimarse a la muchacha y llamar su atención. Y ella, a cada bocado, invocaba a la danesa a que se sentara. Y le hacía caso, pero tardaba menos en levantarse que la chica en sentarse de nuevo. El chihuahua seguía dando vueltas, la danesa quería obedecer, pero de verdad que no podía: cada vez que la joven le mandaba volver a su sitio, moviendo la mano para enfatizar la orden, lo hacía con la que todavía sujetaba la tostada y la pobre perra se relamía sólo de pensar que aquel trozo de pan con aquella delicia untada podía terminar en su boca.

Historias de café.

Los que sois habituales a esta bitácora habéis leído algunas veces en ella historias que tienen que ver con el café. Con un café en concreto, al que acudo todas (o casi todas) las mañanas de mi vida laboral desde hace un montón de años. Me acostumbré a ir allí porque estaba cerca de mi anterior trabajo y, a pesar de que queda un poco más alejada de mi oficina actual y en la misma esquina de ésta hay otras dos cafeterías, sigo yendo a la misma de siempre, en parte porque allí, durante los veinte minutos que dura mi desayuno, puedo estar tranquila si quiero, puedo charlar con los parroquianos -conocidos, que siempre somos los mismos- si me apetece y además me tratan como si estuviera en casa, y en parte porque cuando le dije a Alejandro, el dueño, que me trasladaba, me dijo con cara de pena que entonces me olvidaría de ellos y yo le prometí que no, que me seguiría teniendo allí como cada día. Han pasado casi diez meses y, aunque he reducido la ingesta de café, sigo fiel a mi palabra y cada mañana, durante un ratito, allí me acogen, a mi libro de turno y a mí.

La cafetería no tiene nada de particular. Es de esas que no tienen mesas, sólo una barra larga y en forma de «u» dentro de la cual Alejandro se desenvuelve como el capitán de un barco, rápido, enérgico, pero siempre con una palabra amable o un chascarrillo para sus incondicionales. Pregona la paella cuando va llegando la hora, adoctrina a su hijo en las labores camareriles, aconseja a Mariya como haría un hermano mayor y está al tanto de todo lo que ocurre en su calle. Allí los chicos Erasmus han aprendido más que en las clases de español de la academia de al lado y han ido dejando trocitos de ellos mismos cuando se han marchado en forma de fotos, recuerdos o cartas desde lejanos países que Ale va atesorando con cariño en el botellero que corona la barra.

Durante la Semana Santa, aprovechando el bajón de clientela (prácticamente todos somos trabajadores de los alrededores), Ale decidió hacer reformas. Cuando me avisó de que estaría esa semana cerrado, que iban a hacer algunos cambios, le pedí, por favor, que no hiciera demasiados, que se estaba demasiado a gusto allí. Después de las vacaciones, al volver, la agradable sensación de que todo seguía igual. Suelo nuevo, nueva pintura, más luz. A todo el que entra y dice que está así mucho más bonita, Alejandro le contesta que eso es porque sus clientas cada día están más guapas. Porque en el fondo la cafetería sigue siendo la misma. Allí podréis encontrarme si queréis que os invite a un café. De allí seguiréis leyendo, de vez en cuando, historias de café.

Era una chica guapísima, muy joven. Desayunaba una cocacola y una tostada de foiegras. Un chihuahua, con la correa presa de una de las patas del taburete, iba dando vueltas alrededor liándose a sí mismo. Un gran danés hembra demostraba demasiado interés por permanecer cerca de la chica, mientras que ésta se empeñaba en que la perra permaneciera sentada en un rincón para que no molestase a los demás clientes. Molestia de paso, más bien, que el animal ocupaba todo el pasillo y no hacía otra cosa que arrimarse a la muchacha y llamar su atención. Y ella, a cada bocado, invocaba a la danesa a que se sentara. Y le hacía caso, pero tardaba menos en levantarse que la chica en sentarse de nuevo. El chihuahua seguía dando vueltas, la danesa quería obedecer, pero de verdad que no podía: cada vez que la joven le mandaba volver a su sitio, moviendo la mano para enfatizar la orden, lo hacía con la que todavía sujetaba la tostada y la pobre perra se relamía sólo de pensar que aquel trozo de pan con aquella delicia untada podía terminar en su boca.

Sueño.

He vuelto a soñar con ella. Como cada cierto tiempo. Sabía que iba a morir: en esto, como siempre, los sueños superan la realidad, porque nadie que la conociera hubiera podido sospechar que quince días bastarían para llevársela.

Sabía que iba a morir, en mi sueño, y en qué preciso instante. Y había vuelto para despedirse, que es mucho más de lo que pude hacer. Y no había tristeza, porque en mis sueños la muerte es más un desaparecer tranquilo que un caer.Tan solo sosiego y paz, sosiego para ella, la inquieta, la activa activista, la crítica mordaz, la que no callaba aunque ofendiera si sabía que tenía razón, la que siempre encontraba la forma de hacer lo que debía hacer.La amiga: sobre todo, la grandísima amiga.

No había tristeza hasta que le pregunté ¿a dónde vas? No lo sé, me respondió.

Hoy he despertado con un tremendo hueco dentro de mí.

La ilustración, de neso.

Sueño.

He vuelto a soñar con ella. Como cada cierto tiempo. Sabía que iba a morir: en esto, como siempre, los sueños superan la realidad, porque nadie que la conociera hubiera podido sospechar que quince días bastarían para llevársela.

Sabía que iba a morir, en mi sueño, y en qué preciso instante. Y había vuelto para despedirse, que es mucho más de lo que pude hacer. Y no había tristeza, porque en mis sueños la muerte es más un desaparecer tranquilo que un caer.Tan solo sosiego y paz, sosiego para ella, la inquieta, la activa activista, la crítica mordaz, la que no callaba aunque ofendiera si sabía que tenía razón, la que siempre encontraba la forma de hacer lo que debía hacer.La amiga: sobre todo, la grandísima amiga.

No había tristeza hasta que le pregunté ¿a dónde vas? No lo sé, me respondió.

Hoy he despertado con un tremendo hueco dentro de mí.

La ilustración, de neso.