Cinco tonterías por minuto.

A Kato Malo se le han caído sus colmillos de leche. Uno detrás de otro. El Ratón Pérez ha declinado la invitación para venir a recogerlos por razones obvias.

Todo cambia en esta vida. A mí me ha cambiado el spam que me llega al blog. Si antes se me llenaba la bandeja de mensajes de casinos, desde el de Torrelodones al de Montecarlo, instándome a que me gastara los leiros que no tengo; o de anuncios de Viagra, instándome que a que levantara los órganos que no tengo, ahora son empresas las que escriben, como si de verdad les interesase el blog, y lo mismo da que hagas una entrada titulada La fisión nuclear: el poder del átomo u otro Belenestebanismo: lo choni te hace rico, que ellos te dirán que tienes un blog superinteresante de la muerte y se preguntan cómo han podido vivir sin conocerte hasta ahora. Yo ya tengo enamoradísimos a una empresa de limpieza y a otra de blanqueamiento dental. Pa que veáis.

Corren vientos de cambio en ca’Ampharou. Les contaré más detenidamente en cuanto se hagan efectivos (o no). El silencio ahora es más por un tema de superstición que de prudencia.

El tiempo está loco. De buenas a primeras te cae tanta agua que tú no puedes más que acordarte de Noé y de toda su parentela -que luego te enteras que es una ciclogénesis explosiva y claro, tú te quedas mucho más tranquilo- que hace un solecito magnífico y un día que recuerda más a abril que a noviembre. Pero más locos estamos nosotros: esta mañana (07:30 hora zulú) una chica esperaba el autobús con unas botas de pelo clavaditas a las que llevaba Ringo Starr en la obra maestra del cine mundial llamada Cavernícola, unos vaqueros y.. ¡¡una camiseta de tirantes!! ¡¡Que he cogido yo la gripe sólo de verla a ella!!

Al escribir el anterior sólo me he acordado de las nuevas reglas ortográficas. Os comunico que, dado la edad que tiene servidora ya y los años que lleva escribiendo bes, uves, íes griegas, sólos y solos, aquéllos, éstas y demás tal cual, voy a continuar haciéndolo de igual forma, porque las que nos impone ahora la Real Academia hace que las lentillas se me retuerzan en los ojos y me provoquen ganitas de llorar.

Historias de plazoleta (II)

Una bandada desbocada de palomas huye del barrendero y de su cepillo, precipitándose casi sobre mí, que duermo mi libro al sol en esta mañana brillante de otoño. Alguna ha llegado a rozarme el pelo, sobresaltándome, pues las muy pérfidas me han atacado por la espalda. Pronto olvidan el susto de la escoba y se lanzan sobre el mismo rayo de sol que me calienta a mí. Aparco mi sueño y dejo el libro abierto sobre las rodillas mientras las observo. Nunca me han gustado, y ahora tengo algunas decenas de ella abriendo sus plumas al sol, inflándose hasta casi doblar su tamaño, atusándose las alas en un contorsionismo imposible. El negro de su plumaje se vuelve verde brillante, el gris, púrpura. Se persiguen unas a otras, cae algún picotazo suelto, algunas se tumban en el albero para llenarse del calor que el mediodía nos regala. Estoy quieta y se atreven a pasearse cerca de mis pies, cuello adelante, cuello atrás, con esos ojillos despavoridos y sus caras de tontas. Un par de ellas beben del pequeño charco que se ha formado a la sombra enfrente de mi. Cada una parece ir a sus asuntos (¡como si las palomas tuviesen asuntos!), menos aquélla grande que persigue a la tortolilla, pero ninguna se despega de la bandada. Dejan espiguitas dibujadas en el albero, espigas en círculos, en caminos casuales, formando líneas dispersas, huellas que pisan huellas, hasta que unas piernas regordetas, enfundadas en unos leotardos rosa, que pasan en una carrera tambaleante arrastrando tras de sí un abriguito de lana, las pone de nuevo en fuga en un breve momento de aleteos y rumores.

La buena vida.

Ayer Rune, al dejarme un comentario en el anterior post, se despedía con un “que tengas un buen día”. Preciosa despedida, precioso desearle a otro que el día le sea favorable.

Con esa despedida me recordó otra. En el anterior trabajo, como ya os he contado algunas veces, tenía que atender al público. Sólo tramitábamos un par de documentos: uno de ellos, apenas daba trabajo, porque eran pocos los que lo solicitaban (que haya que tener un barco para realizarlo limita bastante la demanda) y otro que, sobre todo en los últimos tiempos (coincidió prácticamente que yo dejara de trabajar allí y que desapareciera dicho trámite. Mera coincidencia, lo prometo) hacía que nos visitasen bastantes personas todos los días. La mayoría de esas personas eran nacionales, sobre todo de la provincia, pero también teníamos extranjeros. Y éstos últimos se dividían entre sudamericanos (con los que no había ningún problema de lenguaje) y marroquíes, argelinos o senegaleses, con los cuales, el tema “vamos a entendernos” se volvía más complicado, ya que nosotros no los entendíamos a ellos lo suficiente y ellos no se enteraban demasiado de los documentos que le pedíamos ni con las solicitudes que debían rellenar. La mayoría de las veces (por no decir siempre), como ya sabíamos qué era lo que querían, le pedíamos mal que bien la documentación que necesitábamos y rellenábamos nosotros mismos las solicitudes como forma de solucionar un poco el problema, a falta sólo de que ellos las firmaran. Era un poco entretenido, sobre todo cuando teníamos a unos cuantos en el mostrador, pero nada que no se pudiese solventar con un mínimo de agrado.

Al final se iban todos encantados (momento ego subidito a la parra), nos daban mil veces las gracias y, muchos de ellos, volvían para traer a sus compañeros. Pero fue sobre todo uno el que se me quedó grabado: era un chico marroquí que sólo farfullaba un poco de castellano. Como yo la lengua de Molière ni siquiera la farfullo, y el árabe ya ni os cuento, me soltó todos los documentos que traía encima del mostrador, yo cogí los que me hacían falta, los fotocopié, rellené la solicitud y se la di para que la firmara. Con más pena que gloria, me hice entender cuánto tiempo tardaría en llegarle la tarjeta y que le llegaría al domicilio por correo. Me dio las gracias efusivamente, y al marcharse alcanzó a decir en castellano: que tengas una buena vida.

Me pareció la forma más hermosa de despedirse de alguien, la mejor cosa que nadie te pueda desear. Una buena vida, ahí es nada. Un deseo que lo engloba todo, ya que no se puede pedir nada más grande. Y aquel chico me lo deseaba a mí, que sólo le había rellenado una solicitud. Sonreí y dije que yo esperaba que él también tuviera una vida dichosa.

PD.: Que siguiera deseándome una buena vida cada vez que me llamaba (cada semana) para preguntar por su tarjeta y, de paso, para invitarme a salir, es otra historia que debe ser contada en otra ocasión.

PD2.: Como por ahora los deseos del joven (sólo en lo que respecta a lo que yo espero de una buena vida) se cumplen con creces, tenga o no tenga poder invocador, una buena vida es lo que yo espero para todos vosotros.

Cinco tonterías por minuto.

Leo un libro que a cada línea me provoca un suspiro. En él, Agnes piensa que cuando se harte de la fealdad que inunda el mundo, se comprará una única siempreviva azul para llevarla entre sus manos justo delante de los ojos y así ver sólo un punto de hermoso añil; y que así caminará por las calles siempre, y que al tiempo seguro que todos la conocerán como la loca de la flor. Pienso en esa idea cada mañana, mientras me coloco los auriculares, no sé por qué.

Casi dos meses después de que decidiera dejar un dedo del pie pegado a la esquina de un baúl, varios días con el pie en cabestrillo, una radiografía, y varias visitas al médico más tarde, hoy pruebo con el modo tacones on. De momento, va bien, pero estoy frita por llegar a casa y plantarme mis babuchas. Una, que no ha nacido para ser Carrie Bradshaw.

Todavía hay personas/cosas/situaciones que me provocan tanta ternura que me llevan hasta las lágrimas (aunque trate de disfrazarlas de risa).

Este fin de semana tenemos boda. No, no os asustéis, no es la nuestra. Un catalán ni siquiera me lo ha pedido, gracias a Tutatis. En fin, volvamos a la boda. A estas alturas todavía no sé qué modelito de los dos que tengo voy a ponerme. Sólo tengo una cosa clara: me ponga el que me ponga, me voy a pelar de frío.

Tontería derivada: me releo (por aquello de las faltas de ortografía, nada de vanidad) y compruebo que tengo el día superficial y profundo a partes iguales.

Cinco tonterías por minuto.

Leo un libro que a cada línea me provoca un suspiro. En él, Agnes piensa que cuando se harte de la fealdad que inunda el mundo, se comprará una única siempreviva azul para llevarla entre sus manos justo delante de los ojos y así ver sólo un punto de hermoso añil; y que así caminará por las calles siempre, y que al tiempo seguro que todos la conocerán como la loca de la flor. Pienso en esa idea cada mañana, mientras me coloco los auriculares, no sé por qué.

Casi dos meses después de que decidiera dejar un dedo del pie pegado a la esquina de un baúl, varios días con el pie en cabestrillo, una radiografía, y varias visitas al médico más tarde, hoy pruebo con el modo tacones on. De momento, va bien, pero estoy frita por llegar a casa y plantarme mis babuchas. Una, que no ha nacido para ser Carrie Bradshaw.

Todavía hay personas/cosas/situaciones que me provocan tanta ternura que me llevan hasta las lágrimas (aunque trate de disfrazarlas de risa).

Este fin de semana tenemos boda. No, no os asustéis, no es la nuestra. Un catalán ni siquiera me lo ha pedido, gracias a Tutatis. En fin, volvamos a la boda. A estas alturas todavía no sé qué modelito de los dos que tengo voy a ponerme. Sólo tengo una cosa clara: me ponga el que me ponga, me voy a pelar de frío.

Tontería derivada: me releo (por aquello de las faltas de ortografía, nada de vanidad) y compruebo que tengo el día superficial y profundo a partes iguales.

Historias de plazoleta.

El cuidador del geriatrico cercano a mi parquecito, un mocetón prodigioso tamaño XXL, se ha propuesto hoy que las ancianas a su cuidado no se pasen el recreo sentadas. Es la cuarta vez que pasan delante de mí en el rato que llevo aquí, dando vueltas alrededor del mismo parterre. Del brazo derecho le cuelga al mozo una abuela doblada sobre sí misma, vieja como el sol, que arrastra unos zapatos demasiado grandes (¿por qué a todos los abuelos les quedan los zapatos grandes?) y un bastón con más pena que gloria, que no para de parlotear con una voz cascada y estridente, interrogando, sin la más mínima vergüenza, al muchacho sobre novias y cotilleos varios. Su hablar es incesante, reclamando toda la atención del muchacho. Será por ello que la anciana que lleva cogida al brazo izquierdo, derecha como una vela derecha, altiva y coqueta, desvía la mirada hacia otro lado, en un gesto entre ofendido y celoso, silenciosa y digna, mientras arrastra a sus acompañantes en un paso que quiere pretender ligero, por parecer más ágil y joven, pero  que ve aminorado por el coloso y los zapatos de la otra paseante.

Vuelven a pasar por delante de mí. Yo vuelvo a fingir que leo, con la mirada perdida entre las líneas de mi libro, mientras escucho los torpes intentos del mocetón por deshacerse de las preguntas de la dama.

Octubre.

Poco queda por decir de Amedeo y Jeanne, salvo que su relación fue tan breve como intensa, a juzgar por su desenlace. De ella quedaron una treintena larga de cuadros que se dedicaron el uno al otro y una hija llamada igual que su madre que, si bien fue reconocida, fue entregada al nacer a una institución que pudiese hacerse cargo de ella de la forma en que sus padres no podrían, hasta que fue adoptada por la hermana de Amedeo, que la crió. Ya de adulta Jeanne Hebuterne Modigliani escribió la más importante biografía sobre su padre: Modigliani, hombre y mito.

Octubre nos trae “Jeanne con collar”, pintado en 1917, año en el que Modi conoció a Jeanne. Quizá por eso, por ese conocimiento reciente, es por lo que la retratada parece una más de las modelos que el artista utilizó durante su vida, más estereotipada de lo que hemos podido ver en cuadros posteriores, como más impersonal y no con unos rasgos tan definidos como el que ilustraba septiembre.

En este trozo de mes que llevamos me ha dado tiempo a disfrutar de dos maravillosos libros. Empecé con El Emperador, de Ryszard Kapuściński. Los que no hayáis leído nada de este periodista polaco ya estáis tardando. En El Emperador, Kapuściński hace un retrato de Haile Selassie, emperador de Etiopía entre 1930 y 1974, a través de las entrevistas que el periodista mantuvo con con distintos miembros de la corte del emperador tras su derrocamiento y muerte. El resultado es un relato terrible en el que estos cortesanos justifican absolutamente el proceder de Selassie en sus más de cincuenta años de dictadura en un país asolado por las hambrunas y las injusticias.

El segundo, que tardé en leerme media tarde (la de ayer, concretamente), es un libro al que le tenía ganas pero del que no sabía absolutamente nada. Se trata del cuento corto de Herman Melville, Bartleby el escribiente. Todavía estoy terminando de procesarlo, pero puedo deciros que me ha impactado en sobremanera: ese «preferiría no hacerlo» que disfraza de pasividad toda una rebelión, esa misma rebelión llevada hasta sus últimas consecuencias. Y las páginas finales del cuento, el rumor sobre Bartleby, la quizá causa de su actitud que no hace más que descorazonar aún más al lector. Una obra, sin duda, de lectura obligatoria.

La ilustración la he tomado de aquí.

Bueno y malo.

Ayer fue fiesta en Cádiz. El día de la patrona, la Virgen del Rosario, así que podéis imaginar que la mitad de la plantilla de cafetal ha hecho puente hoy (otro día analizaremos la incidencia de las fiestas patronales en los cardados y coloración capilar de la población femenina en tramos de edad de sesenta a noventa y siete años)

El miércoles, antes de salir, un compañero me preguntaba: ¿Tú vienes el viernes?. Le contesté que si no me pasaba algo muy bueno o muy malo, sí que vendría. Se me quedó mirando con el rabillo de la interrogación saliéndole por encima de las cejas, así que le expliqué: «Si mañana me pasa algo muy, pero que muy malo, seguramente no podré venir. Pero si me pasa algo muy, pero que muy bueno (mañana es jueves, imagina que me toca la primitiva), evidentemente, tampoco vendré».

Hoy es viernes. Son las diez y veinte de la mañana y ya llevo casi tres horas en el cafetal. Claramente, no me sucedió nada tan bueno que me permitiera no venir. Afortunadamente, algo demasiado malo tampoco.