Los que sois habituales a esta casa sabéis que siempre (salvo los dÃas que tenemos consejo de sabios -todavÃa no es de ancianos porque Malatesta nos baja la media) desayunaba en una cafeterÃa a la que iba desde que empecé a trabajar, allá por el año… hace muchos trienios ya. Y lo sabéis porque más de una vez os he contado cosas de allà o he dejado relatos que me inspiraban la gente con la que allà coincidÃa. Pues bien, desde hace unas cuantas semanas mis desayunos se han trasladado a una placita cercana donde leo al sol durante la media hora que tengo de descanso. Allà comparto ese tiempo con abuelas que llevan a sus nietos a los columpios o con abuelas del geriátrico cercano que comparten hora de recreo conmigo. En fin, que la juventud baila y ya os he dicho que es Malatesta el que baja la media de edad.
El porqué del cambio, después de tantos años, se debe a que es mala cosa encontrarte con alguien con el sÃndrome del hijo del dueño, sea de la profesión que sea, neurocirujano, capataz de obra o camarero, y que cuando se deja de estar a gusto en algún sitio, pues mira, ancha es la calle y soleada mi plaza.
Eso sÃ, no temáis por las historias de café, que me parece a mà que la placita en cuestión también va a dar mucho juego…
El vecino del piso de abajo del mÃo, aquél que nos maldecÃa a las once de la mañana porque no le dejábamos dormir la siesta a pesar de que no hacÃamos ningún ruido, se ha ido. En su lugar, se ha mudado una familia entera cuya principal actividad es pelear entre ellos. A todas horas. A toda voz. Que no es que no cenen All Bran, es que no pasan siquiera por el pasillo del supermercado donde los tienen.
Cada dÃa escucho al menos veinte cosas de tipo “a mà me gustan las gulas del norte, las que están hechas de tsunamiâ€; o “los chinos tienen un gen que hace que se distingan unos a otros. Como nosotros no lo tenemos, por eso nos parecen todos iguales†que me hacen poner los ojos en blanco. En realidad, tengo la pupila ausente casi toda la mañana.
Sin embargo, también escucho cosas como ésta que me hacen levitar en mi propia silla.
Si por casualidad pilláis la pelÃcula Un largo adiós, protagonizada por Elliot Gould, huid despavoridos gritando con los brazos en alto, estudiad la incidencia del encaje de bolillos en la moda maragata o haceos el hara-kiri directamente, pero por Tutatis, no la veáis. No creáis a quien os diga que es una adaptación de El largo adiós, de Raimond Chandler, porque en verdad la pelÃcula es una demostración del odio que le profesaban el director, el productor, los guionistas y todo el equipo técnico y artÃstico al autor de novela negra. Odio de muerte, a juzgar por el horror que es la pelÃcula. Advertidos quedáis.
Le estamos buscando la cremallera del disfraz a Kato, convencidos como estamos de que es un cochino en vez de un gato. Mientras se la descubrimos, hemos descubierto que también le gusta el pan, el cazón en amarillo (con sus chÃcharos y todo) y las madalenas de chocolate.





