Seis tonterías por minuto.

Los que sois habituales a esta casa sabéis que siempre (salvo los días que tenemos consejo de sabios -todavía no es de ancianos porque Malatesta nos baja la media) desayunaba en una cafetería a la que iba desde que empecé a trabajar, allá por el año… hace muchos trienios ya. Y lo sabéis porque más de una vez os he contado cosas de allí o he dejado relatos que me inspiraban la gente con la que allí coincidía. Pues bien, desde hace unas cuantas semanas mis desayunos se han trasladado a una placita cercana donde leo al sol durante la media hora que tengo de descanso. Allí comparto ese tiempo con abuelas que llevan a sus nietos a los columpios o con abuelas del geriátrico cercano que comparten hora de recreo conmigo. En fin, que la juventud baila y ya os he dicho que es Malatesta el que baja la media de edad.
El porqué del cambio, después de tantos años, se debe a que es mala cosa encontrarte con alguien con el síndrome del hijo del dueño, sea de la profesión que sea, neurocirujano, capataz de obra o camarero, y que cuando se deja de estar a gusto en algún sitio, pues mira, ancha es la calle y soleada mi plaza.
Eso sí, no temáis por las historias de café, que me parece a mí que la placita en cuestión también va a dar mucho juego…

El vecino del piso de abajo del mío, aquél que nos maldecía a las once de la mañana porque no le dejábamos dormir la siesta a pesar de que no hacíamos ningún ruido, se ha ido. En su lugar, se ha mudado una familia entera cuya principal actividad es pelear entre ellos. A todas horas. A toda voz. Que no es que no cenen All Bran, es que no pasan siquiera por el pasillo del supermercado donde los tienen.

Cada día escucho al menos veinte cosas de tipo “a mí me gustan las gulas del norte, las que están hechas de tsunami”; o “los chinos tienen un gen que hace que se distingan unos a otros. Como nosotros no lo tenemos, por eso nos parecen todos iguales” que me hacen poner los ojos en blanco. En realidad, tengo la pupila ausente casi toda la mañana.

Sin embargo, también escucho cosas como ésta que me hacen levitar en mi propia silla.

Si por casualidad pilláis la película Un largo adiós, protagonizada por Elliot Gould, huid despavoridos gritando con los brazos en alto, estudiad la incidencia del encaje de bolillos en la moda maragata o haceos el hara-kiri directamente, pero por Tutatis, no la veáis. No creáis a quien os diga que es una adaptación de El largo adiós, de Raimond Chandler, porque en verdad la película es una demostración del odio que le profesaban el director, el productor, los guionistas y todo el equipo técnico y artístico al autor de novela negra. Odio de muerte, a juzgar por el horror que es la película. Advertidos quedáis.

Le estamos buscando la cremallera del disfraz a Kato, convencidos como estamos de que es un cochino en vez de un gato. Mientras se la descubrimos, hemos descubierto que también le gusta el pan, el cazón en amarillo (con sus chícharos y todo) y las madalenas de chocolate.

Seis tonterías por minuto.

Los que sois habituales a esta casa sabéis que siempre (salvo los días que tenemos consejo de sabios -todavía no es de ancianos porque Malatesta nos baja la media) desayunaba en una cafetería a la que iba desde que empecé a trabajar, allá por el año… hace muchos trienios ya. Y lo sabéis porque más de una vez os he contado cosas de allí o he dejado relatos que me inspiraban la gente con la que allí coincidía. Pues bien, desde hace unas cuantas semanas mis desayunos se han trasladado a una placita cercana donde leo al sol durante la media hora que tengo de descanso. Allí comparto ese tiempo con abuelas que llevan a sus nietos a los columpios o con abuelas del geriátrico cercano que comparten hora de recreo conmigo. En fin, que la juventud baila y ya os he dicho que es Malatesta el que baja la media de edad.
El porqué del cambio, después de tantos años, se debe a que es mala cosa encontrarte con alguien con el síndrome del hijo del dueño, sea de la profesión que sea, neurocirujano, capataz de obra o camarero, y que cuando se deja de estar a gusto en algún sitio, pues mira, ancha es la calle y soleada mi plaza.
Eso sí, no temáis por las historias de café, que me parece a mí que la placita en cuestión también va a dar mucho juego…

El vecino del piso de abajo del mío, aquél que nos maldecía a las once de la mañana porque no le dejábamos dormir la siesta a pesar de que no hacíamos ningún ruido, se ha ido. En su lugar, se ha mudado una familia entera cuya principal actividad es pelear entre ellos. A todas horas. A toda voz. Que no es que no cenen All Bran, es que no pasan siquiera por el pasillo del supermercado donde los tienen.

Cada día escucho al menos veinte cosas de tipo “a mí me gustan las gulas del norte, las que están hechas de tsunami”; o “los chinos tienen un gen que hace que se distingan unos a otros. Como nosotros no lo tenemos, por eso nos parecen todos iguales” que me hacen poner los ojos en blanco. En realidad, tengo la pupila ausente casi toda la mañana.

Sin embargo, también escucho cosas como ésta que me hacen levitar en mi propia silla.

Si por casualidad pilláis la película Un largo adiós, protagonizada por Elliot Gould, huid despavoridos gritando con los brazos en alto, estudiad la incidencia del encaje de bolillos en la moda maragata o haceos el hara-kiri directamente, pero por Tutatis, no la veáis. No creáis a quien os diga que es una adaptación de El largo adiós, de Raimond Chandler, porque en verdad la película es una demostración del odio que le profesaban el director, el productor, los guionistas y todo el equipo técnico y artístico al autor de novela negra. Odio de muerte, a juzgar por el horror que es la película. Advertidos quedáis.

Le estamos buscando la cremallera del disfraz a Kato, convencidos como estamos de que es un cochino en vez de un gato. Mientras se la descubrimos, hemos descubierto que también le gusta el pan, el cazón en amarillo (con sus chícharos y todo) y las madalenas de chocolate.

Septiembre.

Nada, no hay forma. No tengo enmienda. Mira que me propongo hacer este post los primeros días del mes, y poco a poco me voy retrasando y aquí me tenéis, el último día y a lo justo. Casi mejor tendría que poner la foto del Conejo Blanco!

Pero no, vamos a lo que vamos, que es ver un nuevo cuadro de Modigliani, Retrato de muchacha, óleo sobre lienzo de 1918. La modelo es Jeanne Hébuterne, una joven estudiante de arte que el pintor había conocido el año anterior y con la que inmediatamente se fue a vivir. Se dice de Modigliani que tuvo tantas amantes como borracheras, pero sin dudas, Jeanne fue el amor de su vida, la madre de su hija y la compañera hasta el final de sus días y más allá. Más allá porque, cuando Amedeo muere el 24 de enero de 1920, a causa de una tuberculosis que había arrastrado prácticamente desde niño y que la vida de crápula no había ayudado precisamente a mejorar, ella, a punto de dar a luz al segundo hijo del artista, se suicida arrojándose por una ventana en casa de sus padres.

En la época en la que, debido a un empeoramiento en su salud, Jeanne y él se trasladaron a Niza, periodo al que corresponde el cuadro que ilustra este post, aunque sigue fiel a su estilo, sus figuras se estilizan aún más y los colores se hacen más vivos. Es también en esta época en la que llega a pintar unos veinticinco retratos de su principal musa, en los que llega a reflejar por completo su interior a través de la expresión de sus ojos.

Vayamos ahora con las lecturas que he tenido a bien disfrutar este mes (mes y medio, no voy a tener más poca vergüenza). Aunque la verdad es que he ido retrasando este post porque quería que me diera tiempo a incluir el último que tenía entre manos y luego veréis por qué (aparte de porque soy una novelera sin remedio)

El primero que leí fue Opiniones de un payaso, de Heinrich Böll, autor alemán del que no había oído hablar a pesar de que fue Premio Nóbel de Literatura en 1972. El payaso del título es un joven, payaso de profesión, abandonado por su amante, desengañado por todo y por todos, abocado al fracaso en una Alemania de postguerra que, en su intento por recuperar a su pareja, va hablando con distintos personajes a la vez que explica su historia y lo que le ha llevado a encontrarse en esa situación. Esa historia y esas conversaciones las aprovecha Böll para arremeter vigorosamente contra todos los estamentos: la iglesia protestante y la católica, la sociedad, la guerra, los nuevos ricos, los viejos pobres, sin dejar títeres con cabeza.

Al payaso le siguió El inocente, de Ian McEwan. Sí, lo sé, soy tremendamente cansina con este autor, y no soy nada objetiva con él. Pero es que mientras me siga encontrando relatos como el que ha caído este mes, ni quiero ni puedo serlo. He leído sobre él que es el mejor narrador actual en lengua inglesa. Yo, pobre de mí, me gustaría ser como mi también adorado Harold Bloom, capaz de aprender una lengua para poder leer los libros en su idioma original, pero, pobre de mí otra vez, sólo me apaño en castellano y a duras penas.

A lo que iba: la narración, las descripciones de McEwan son de abrir la boca cuando abres el libro y no poder cerrarla hasta que no te lo acabas. Eso sí, si os interesáis por éste en concreto, espero que tengáis el estómago sano sanito y en buena disposición.

El tercero (y aquí me tengo que inclinar y quitarme el sombrero) ha sido Vercoquin y el placton, de Boris Vian. Cuando me llegó el boletín de Casa del libro y vi que lo iban a editar  (ha estado inédito en España hasta ahora y ha sido Impedimenta quien ha tenido ocasión de sacarlo a la luz) no tardé ni cero coma en reservarlo, y cuando me llegó a casa, casi lloro: Impedimenta ha sacado una edición que es una auténtica maravilla. Un libro que huele intensamente a libro, con unas páginas que da gusto pasar y con una portada y sobreportada que, simplemente, son preciosas. Esto en cuanto al continente. El contenido, desde luego, no desmerece esta edición deliciosa: el ritmo rápido, los diálogos delirantes, las situaciones absurdas y los personajes más absurdos aún. Palabras descontenidas de su significado con las que Vian juega a su antojo realizando malabarismos que hacen de este libro una auténtica joya.

Por lo tanto, tres nuevos libros recomendados.

Mientras tanto, seguimos con Treme. No es que sean tantos capítulos, es que nos da rabia que se acabe y nos la vamos dosificando mucho. Quizá este finde le demos un nuevo empujoncito.

Y en cuanto a cine, nos fuimos el otro día, venciendo la pereza (pereza porque sólo la ponían en la sala que menos nos gusta de esta bendita ciudad, en los macrocines del centro comercial, con lo encantadores que son las pequeñas salitas del centro) a ver El americano, de Corbijn, con George Clooney. Un aviso para navegantes sobre esta película: los que queráis ir a verla convencidos por los trailers y escenas que se ven por ahí, pensando que es un nuevo 007 malísimo o un Bourne madurito, olvidaos. No tiene nada que ver. Avisados quedáis (eso sí, las que queráis ir convencidas por Clooney, deciros que los cuarenta y nueve años los tiene muuuuy bien cumplidos).

La mala educación.

Y no, no es una película (mala, muy mala) de Álmodovar. Es cuando te miran con cara de oso enfadado si das los buenos días por la mañana. Es el jovencito que mira para otro lado sentado mientras un anciano se sostiene de pie a duras penas en el vaivén del autobús.

Es la señora que con cara de perrillo apaleado se va metiendo delante tuya en la cola del supermercado y la que le vocifera al carnicero que sólo quiere cuarto y mitad de carne pa’guisá cuando tiene cuatro personas delante.

Es el que te hace gestos con la mano cuando ha querido girar la curva antes de que apareciera nadie por su izquierda y para a dos centímetros de ti, que estás con el corazón en la garganta y el paso de cebra debajo de tus pies. Es el camarero que te tira el café desde el otro lado de la barra, la señora que te empuja para coger antes que tú un asiento que no tienes la más mínima intención de ocupar. Es el que tira disimuladamente el envoltorio del helado a medio metro de una papelera y el que no recoge las cacas de su gran danés.

También el que habla por el móvil a gritos en un vagón silencioso, la que pasea el chihuahua con tres metros de correa atravesando la calle, el compañero que te maldice de mala manera (¿hay buenas maneras para maldecir?) al darte la vuelta por llevarte el último café de la máquina cuando no hay café desde la semana pasada y tú remueves un chocolate humeante en tu vaso de papel.

Es el operador que te marea y te torea durante horas al teléfono sólo porque quieres poner una reclamación.

Es el vecino que a pesar de verte entrar cargada en el portal, se mete en el ascensor dejándote con el saludo en la boca y el alma y las bolsas en los pies.

Es la ladrona pillada in fraganti que lejos de azorarse amenaza al dependiente y lo insulta, y le grita, y le humilla dejándole un sabor acre en la boca y los puños crispados.

Lo malo es que hay miles de ejemplos más. Lo triste, que cada vez son más frecuentes.

La mala educación.

Y no, no es una película (mala, muy mala) de Álmodovar. Es cuando te miran con cara de oso enfadado si das los buenos días por la mañana. Es el jovencito que mira para otro lado sentado mientras un anciano se sostiene de pie a duras penas en el vaivén del autobús.

Es la señora que con cara de perrillo apaleado se va metiendo delante tuya en la cola del supermercado y la que le vocifera al carnicero que sólo quiere cuarto y mitad de carne pa’guisá cuando tiene cuatro personas delante.

Es el que te hace gestos con la mano cuando ha querido girar la curva antes de que apareciera nadie por su izquierda y para a dos centímetros de ti, que estás con el corazón en la garganta y el paso de cebra debajo de tus pies. Es el camarero que te tira el café desde el otro lado de la barra, la señora que te empuja para coger antes que tú un asiento que no tienes la más mínima intención de ocupar. Es el que tira disimuladamente el envoltorio del helado a medio metro de una papelera y el que no recoge las cacas de su gran danés.

También el que habla por el móvil a gritos en un vagón silencioso, la que pasea el chihuahua con tres metros de correa atravesando la calle, el compañero que te maldice de mala manera (¿hay buenas maneras para maldecir?) al darte la vuelta por llevarte el último café de la máquina cuando no hay café desde la semana pasada y tú remueves un chocolate humeante en tu vaso de papel.

Es el operador que te marea y te torea durante horas al teléfono sólo porque quieres poner una reclamación.

Es el vecino que a pesar de verte entrar cargada en el portal, se mete en el ascensor dejándote con el saludo en la boca y el alma y las bolsas en los pies.

Es la ladrona pillada in fraganti que lejos de azorarse amenaza al dependiente y lo insulta, y le grita, y le humilla dejándole un sabor acre en la boca y los puños crispados.

Lo malo es que hay miles de ejemplos más. Lo triste, que cada vez son más frecuentes.

Relatos en cadena.

El otro día, de casualidad, y siguiendo las pistas de la gran Vinti para saber más sobre la música de Treme, me topé con que el programa Hoy por hoy de la Cadena Ser ha comenzado con una nueva edición de su concurso Relatos en Cadena.

Las bases son sencillas: cada semana se podrán enviar microrrelatos (tantos como deseéis y con un máximo cien palabras cada uno) que deben comenzar exactamente con la frase que termine el relato ganador de la semana anterior. Así, los relatos que se pueden enviar esta semana (desde hoy hasta el domingo), deben comenzar con la frase Y dio otro bocado.

Y dicho todo esto, me voy a escribir algo… al menos hasta que la pereza o la falta de imaginación  puedan conmigo.

Las bases del concurso, el formulario para participar, los ganadores anteriores y tal y cual, AQUÍ.

Doña Mercedes.

La había visto caer. Había sido como en una de esas películas modernas que tanto le gustaban, en las que los héroes parecían desafiar la gravedad y caían en sus luchas como a cámara lenta. Su madre no era heroína de ninguna película. Bueno sí, de la que había sido su vida y la del propio Roberto, que seguía con los ojos llenos de aquella escena, sin poder explicarse realmente lo que había ocurrido. Había sido una fracción de segundo, y ella estaba en el suelo. Acudieron los paseantes cercanos, algunos corriendo y uno de ellos, con buen criterio, estaba impidiendo que los demás se le acercaran demasiado, evitando también que nadie la moviera. Otro, un poco más lejos, con un móvil en una oreja, le hacía señas de que estaba llamando a la ambulancia. Una caída así puede ser peligrosa, sobre todo si tienes noventa y tres años. Aunque ella no parecía estar mal, si no fuera, claro, por cómo se iba extendiendo aquella mancha roja y viscosa por el pelo tan bien peinado. Pero estaba tendida en el suelo y reía. Reía como si no pudiese parar de hacerlo, como si no sintiese el dolor del golpe. La madre del pequeño se dirigió hacia Roberto. El niño, de unos cinco o seis años lloraba y no cesaba de repetir que él no había hecho nada. Se agarraba a la pierna de su madre con una manita como si le fuese a pasar algo malo, mientras que con la otra sostenía aquel balón. Roberto le puso a la mujer la mano en el hombro y con una caída de ojos le indicó que no se preocupase, que lo había visto todo. Lo había visto todo, pero no podía explicárselo. Seguía perplejo. Porque sí, su madre estaba bastante bien de salud, pero la edad no perdona. Ya casi nunca salía de aquél segundo sin ascensor que era su casa, la casa de los dos, ya que Roberto seguía viviendo con mamá, si no era para ir al médico o algún domingo que hiciera bueno en la que podía sacarla a misa con la promesa de llevarla luego a comer un arroz a aquél sitio que le gustaba tanto. Y precisamente hoy era uno de esos domingos. Apenas hacía dos minutos que habían salido de misa. Doña Mercedes iba de su brazo, coqueta y contenta, oliendo a colonia de bebé. Había parado un momento para limpiar sus gafas de miope extremo y entonces sucedió: la pelota que se acercaba rodando, el chico que le iba detrás, la anciana que suelta el brazo y se dirige hacia el balón. Cuatro o cinco pasos que sin ser carrera ni de lejos, sí fueron mucho más acelerado de lo que las piernas nonagenarias podía permitirse.

Y por último, la patada. No oyó como el hijo la llamaba asustado, no pensó en nada, sólo sintió el irrefrenable impulso de chutar. Y ahora estaba allí tendida, con todos aquellos extraños alrededor que no la dejaban levantarse. Pudo ver a su hijo a su lado, ni las gruesas gafas podían empequeñecerle los ojos, parecía que sonaba una sirena a lo lejos… y ella ya no podía parar de reír.

Doña Mercedes.

La había visto caer. Había sido como en una de esas películas modernas que tanto le gustaban, en las que los héroes parecían desafiar la gravedad y caían en sus luchas como a cámara lenta. Su madre no era heroína de ninguna película. Bueno sí, de la que había sido su vida y la del propio Roberto, que seguía con los ojos llenos de aquella escena, sin poder explicarse realmente lo que había ocurrido. Había sido una fracción de segundo, y ella estaba en el suelo. Acudieron los paseantes cercanos, algunos corriendo y uno de ellos, con buen criterio, estaba impidiendo que los demás se le acercaran demasiado, evitando también que nadie la moviera. Otro, un poco más lejos, con un móvil en una oreja, le hacía señas de que estaba llamando a la ambulancia. Una caída así puede ser peligrosa, sobre todo si tienes noventa y tres años. Aunque ella no parecía estar mal, si no fuera, claro, por cómo se iba extendiendo aquella mancha roja y viscosa por el pelo tan bien peinado. Pero estaba tendida en el suelo y reía. Reía como si no pudiese parar de hacerlo, como si no sintiese el dolor del golpe. La madre del pequeño se dirigió hacia Roberto. El niño, de unos cinco o seis años lloraba y no cesaba de repetir que él no había hecho nada. Se agarraba a la pierna de su madre con una manita como si le fuese a pasar algo malo, mientras que con la otra sostenía aquel balón. Roberto le puso a la mujer la mano en el hombro y con una caída de ojos le indicó que no se preocupase, que lo había visto todo. Lo había visto todo, pero no podía explicárselo. Seguía perplejo. Porque sí, su madre estaba bastante bien de salud, pero la edad no perdona. Ya casi nunca salía de aquél segundo sin ascensor que era su casa, la casa de los dos, ya que Roberto seguía viviendo con mamá, si no era para ir al médico o algún domingo que hiciera bueno en la que podía sacarla a misa con la promesa de llevarla luego a comer un arroz a aquél sitio que le gustaba tanto. Y precisamente hoy era uno de esos domingos. Apenas hacía dos minutos que habían salido de misa. Doña Mercedes iba de su brazo, coqueta y contenta, oliendo a colonia de bebé. Había parado un momento para limpiar sus gafas de miope extremo y entonces sucedió: la pelota que se acercaba rodando, el chico que le iba detrás, la anciana que suelta el brazo y se dirige hacia el balón. Cuatro o cinco pasos que sin ser carrera ni de lejos, sí fueron mucho más acelerado de lo que las piernas nonagenarias podía permitirse.

Y por último, la patada. No oyó como el hijo la llamaba asustado, no pensó en nada, sólo sintió el irrefrenable impulso de chutar. Y ahora estaba allí tendida, con todos aquellos extraños alrededor que no la dejaban levantarse. Pudo ver a su hijo a su lado, ni las gruesas gafas podían empequeñecerle los ojos, parecía que sonaba una sirena a lo lejos… y ella ya no podía parar de reír.

Crepúsculo.

El gatito nuevo, bien, gracias. Bueno, bien ahora, que en el poco más de mes y medio que hace que lo tenemos ya ha ido más veces al veterinario que yo al médico en todo el año: entre la revisión, la revisión de la revisión, las vacunas, que ahora me duele la tripa o porque tenía un ojo pachucho (el ojo distinto, como dijo el veterinario. A ver, tiene uno azul y el otro verde: ¿cuál es el distinto?), ya entramos por la consulta como si fuera nuestra. Claro que, con la pasta que nos estamos dejando allí, algo nuestra sí que es. Además, el gatrín ya tiene pasaporte y todo. Que tiene guasa, porque yo el mío lo tengo caducado desde el año noventa y seis.

Pero como decía, ya está bien. En todo lo suyo, vamos, sin parar ni medio momento, haciendo que Wey tenga cada vez más ganas de suicidarse y que Nano esté en conversaciones con distintas embajadas a ver a qué país es más seguro huir. Come como siete y bebe como dieciséis, y me temo que de aquí a unos meses va a ser una pantera blanca que nos va a tener acojonados a los cinco. Pero por ahora sigue siendo igual de mono y adorable (sobre todo cuando arranca las cortinas) que cuando nos lo dieron.

La cuestión del nombre quedó resuelta, al final por unanimidad, en cuanto descubrimos que tiene la bonita costumbre de hacer emboscadas por cada rincon de la casa. Que vas tú del salón a la cocina y cuando estás llegando, te sale una bala blanca que se te engancha con las uñas a los tobillos. Que vuelves al salón, y entonces te sale de detrás del sofá. De todas formas, se está especializando en las emboscadas al Wey, al que espera en su sitio favorito con la pose de Morante en la suerte de banderillas. Así que entonces, un día, haciendo zapping, apareció en no sé qué cadena El nuevo caso del Inspector Clouseau y ahí quedó claro el nombre: Kato, Kato Malo para los amigos.

Aún así, aunque todos estemos de acuerdo, aunque lo llamemos así (en el pasaporte sigue siendo Enough), yo lo miro, y con lo que veo y lo que sé de él, todavía me asaltan dudas, porque:

  • Resulta que no le puede dar el sol. Es blanco blanquísimo (como Robert Pattinson, pero en guapo) y podría quemarse. Lo de la crema solar está descartado, con lo que se lame, no quiero llevarlo de nuevo al veterinario a que le hagan un lavado de estómago. Por ahora todavía no le ha dado por tumbarse horas y horas al sol, como hace Nano, y espero que no le dé, o me veo como Nicole Kidman en Los otros, cerrando cortinas por toda la casa a su paso.
  • No se refleja en los espejos. Más que nada porque no le da tiempo, porque a poco que se intuye en ellos, se arquea, se le pone el pelo como si lo hubiera estando frotando en un jersey de lana y sale huyendo como gato que lleva el diablo asustado de la fiera que lo mira desde el otro lado del cristal.
  • No come ajos. Y quizá sea lo único que no come, porque es un tripero y aparte de volverse loco con su comida, le encantan, por ejemplo, los macarrones con tomate, las palomitas de maíz y las patatas fritas de bolsa.
  • Otra de sus aficiones, aparte de hacer emboscadas, es chupar. Cuellos todavía no, pero tengo los flecos de todos los cojines almidonados y como me pille un mechón de pelo, sé que tengo fijador para todo el día. Infantilismo, instinto de succión, que dijo la veterinaria. Yo creo que se está entrenando para otra cosa.
  • Duerme casi todo el día. De noche, sin embargo, le entra una actividad inusitada y corre de arriba a abajo de la casa como un poseso. A veces, cuando está en pleno frenesí, tiene una cara parecida a ésta.
  • Crucifijos en casa no tenemos, así que este punto no lo tenemos controlado.

En fin, que a ver si dentro de unos meses no os tengo que contar que, definitivamente, el gato se llama Vlad.

Crepúsculo.

El gatito nuevo, bien, gracias. Bueno, bien ahora, que en el poco más de mes y medio que hace que lo tenemos ya ha ido más veces al veterinario que yo al médico en todo el año: entre la revisión, la revisión de la revisión, las vacunas, que ahora me duele la tripa o porque tenía un ojo pachucho (el ojo distinto, como dijo el veterinario. A ver, tiene uno azul y el otro verde: ¿cuál es el distinto?), ya entramos por la consulta como si fuera nuestra. Claro que, con la pasta que nos estamos dejando allí, algo nuestra sí que es. Además, el gatrín ya tiene pasaporte y todo. Que tiene guasa, porque yo el mío lo tengo caducado desde el año noventa y seis.

Pero como decía, ya está bien. En todo lo suyo, vamos, sin parar ni medio momento, haciendo que Wey tenga cada vez más ganas de suicidarse y que Nano esté en conversaciones con distintas embajadas a ver a qué país es más seguro huir. Come como siete y bebe como dieciséis, y me temo que de aquí a unos meses va a ser una pantera blanca que nos va a tener acojonados a los cinco. Pero por ahora sigue siendo igual de mono y adorable (sobre todo cuando arranca las cortinas) que cuando nos lo dieron.

La cuestión del nombre quedó resuelta, al final por unanimidad, en cuanto descubrimos que tiene la bonita costumbre de hacer emboscadas por cada rincon de la casa. Que vas tú del salón a la cocina y cuando estás llegando, te sale una bala blanca que se te engancha con las uñas a los tobillos. Que vuelves al salón, y entonces te sale de detrás del sofá. De todas formas, se está especializando en las emboscadas al Wey, al que espera en su sitio favorito con la pose de Morante en la suerte de banderillas. Así que entonces, un día, haciendo zapping, apareció en no sé qué cadena El nuevo caso del Inspector Clouseau y ahí quedó claro el nombre: Kato, Kato Malo para los amigos.

Aún así, aunque todos estemos de acuerdo, aunque lo llamemos así (en el pasaporte sigue siendo Enough), yo lo miro, y con lo que veo y lo que sé de él, todavía me asaltan dudas, porque:

  • Resulta que no le puede dar el sol. Es blanco blanquísimo (como Robert Pattinson, pero en guapo) y podría quemarse. Lo de la crema solar está descartado, con lo que se lame, no quiero llevarlo de nuevo al veterinario a que le hagan un lavado de estómago. Por ahora todavía no le ha dado por tumbarse horas y horas al sol, como hace Nano, y espero que no le dé, o me veo como Nicole Kidman en Los otros, cerrando cortinas por toda la casa a su paso.
  • No se refleja en los espejos. Más que nada porque no le da tiempo, porque a poco que se intuye en ellos, se arquea, se le pone el pelo como si lo hubiera estando frotando en un jersey de lana y sale huyendo como gato que lleva el diablo asustado de la fiera que lo mira desde el otro lado del cristal.
  • No come ajos. Y quizá sea lo único que no come, porque es un tripero y aparte de volverse loco con su comida, le encantan, por ejemplo, los macarrones con tomate, las palomitas de maíz y las patatas fritas de bolsa.
  • Otra de sus aficiones, aparte de hacer emboscadas, es chupar. Cuellos todavía no, pero tengo los flecos de todos los cojines almidonados y como me pille un mechón de pelo, sé que tengo fijador para todo el día. Infantilismo, instinto de succión, que dijo la veterinaria. Yo creo que se está entrenando para otra cosa.
  • Duerme casi todo el día. De noche, sin embargo, le entra una actividad inusitada y corre de arriba a abajo de la casa como un poseso. A veces, cuando está en pleno frenesí, tiene una cara parecida a ésta.
  • Crucifijos en casa no tenemos, así que este punto no lo tenemos controlado.

En fin, que a ver si dentro de unos meses no os tengo que contar que, definitivamente, el gato se llama Vlad.