El gatito nuevo, bien, gracias. Bueno, bien ahora, que en el poco más de mes y medio que hace que lo tenemos ya ha ido más veces al veterinario que yo al médico en todo el año: entre la revisión, la revisión de la revisión, las vacunas, que ahora me duele la tripa o porque tenía un ojo pachucho (el ojo distinto, como dijo el veterinario. A ver, tiene uno azul y el otro verde: ¿cuál es el distinto?), ya entramos por la consulta como si fuera nuestra. Claro que, con la pasta que nos estamos dejando allí, algo nuestra sí que es. Además, el gatrín ya tiene pasaporte y todo. Que tiene guasa, porque yo el mío lo tengo caducado desde el año noventa y seis.
Pero como decía, ya está bien. En todo lo suyo, vamos, sin parar ni medio momento, haciendo que Wey tenga cada vez más ganas de suicidarse y que Nano esté en conversaciones con distintas embajadas a ver a qué país es más seguro huir. Come como siete y bebe como dieciséis, y me temo que de aquí a unos meses va a ser una pantera blanca que nos va a tener acojonados a los cinco. Pero por ahora sigue siendo igual de mono y adorable (sobre todo cuando arranca las cortinas) que cuando nos lo dieron.
La cuestión del nombre quedó resuelta, al final por unanimidad, en cuanto descubrimos que tiene la bonita costumbre de hacer emboscadas por cada rincon de la casa. Que vas tú del salón a la cocina y cuando estás llegando, te sale una bala blanca que se te engancha con las uñas a los tobillos. Que vuelves al salón, y entonces te sale de detrás del sofá. De todas formas, se está especializando en las emboscadas al Wey, al que espera en su sitio favorito con la pose de Morante en la suerte de banderillas. Así que entonces, un día, haciendo zapping, apareció en no sé qué cadena El nuevo caso del Inspector Clouseau y ahí quedó claro el nombre: Kato, Kato Malo para los amigos.
Aún así, aunque todos estemos de acuerdo, aunque lo llamemos así (en el pasaporte sigue siendo Enough), yo lo miro, y con lo que veo y lo que sé de él, todavía me asaltan dudas, porque:
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Resulta que no le puede dar el sol. Es blanco blanquísimo (como Robert Pattinson, pero en guapo) y podría quemarse. Lo de la crema solar está descartado, con lo que se lame, no quiero llevarlo de nuevo al veterinario a que le hagan un lavado de estómago. Por ahora todavía no le ha dado por tumbarse horas y horas al sol, como hace Nano, y espero que no le dé, o me veo como Nicole Kidman en Los otros, cerrando cortinas por toda la casa a su paso.
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No se refleja en los espejos. Más que nada porque no le da tiempo, porque a poco que se intuye en ellos, se arquea, se le pone el pelo como si lo hubiera estando frotando en un jersey de lana y sale huyendo como gato que lleva el diablo asustado de la fiera que lo mira desde el otro lado del cristal.
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No come ajos. Y quizá sea lo único que no come, porque es un tripero y aparte de volverse loco con su comida, le encantan, por ejemplo, los macarrones con tomate, las palomitas de maíz y las patatas fritas de bolsa.
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Otra de sus aficiones, aparte de hacer emboscadas, es chupar. Cuellos todavía no, pero tengo los flecos de todos los cojines almidonados y como me pille un mechón de pelo, sé que tengo fijador para todo el día. Infantilismo, instinto de succión, que dijo la veterinaria. Yo creo que se está entrenando para otra cosa.
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Duerme casi todo el día. De noche, sin embargo, le entra una actividad inusitada y corre de arriba a abajo de la casa como un poseso. A veces, cuando está en pleno frenesí, tiene una cara parecida a ésta.
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Crucifijos en casa no tenemos, así que este punto no lo tenemos controlado.
En fin, que a ver si dentro de unos meses no os tengo que contar que, definitivamente, el gato se llama Vlad.








