Ante la evidencia de que el verano se va diluyendo por momentos, he invertido un ratejo suelto que tenía guardado por aquí en hacer una lista de las razones que me daría a mí misma para convencerme de que la inminencia de un largo invierno no es tan mala:
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Podré terminar de maquillarme el ojo izquierdo sin que el rimmel del ojo derecho se haya derretido por completo. Además, el maquillaje dejará de parecer barro sobre mi cara a los cinco minutos de salir de casa.
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No desearé tener un Barrett M82 con mira telescópica y visión nocturna apoyado en la mesilla de noche para que, cuando un grillo comience su ronda a las cuatro de la mañana, recordarle que el silencio es sagrado y mi sueño más.
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El punto anterior es totalmente aplicable a los mosquitos. Normalmente no tengo quejas de ellos, porque Beaumont es el centro de sus atenciones, pero desde que le picó aquel dinosaurio, los demás insectos debieron pensar que él ya tenía bastante y se dedicaron a alergrarme a mí el verano. En una semana consiguieron que tuviera los tobillos como una torta de Inés Rosales.
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Ya no moriré de congelación debido al aire acondicionado de la oficina: a cambio, moriré de congelación a temperatura ambiente.
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No tendré que buscar más excusas los días que me apetece más una siesta que bajar a la playa.
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Podré pasar los sábados tirada en el sofá y arrebujada en una manta sin remordimientos de conciencia (la verdad es que nunca los tengo…)
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También tendré vacaciones en invierno, así que ahora mismo están más próximas que las del verano que viene.
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Podré ponerme de nuevo la chaqueta monérrima que me compré al final del invierno pasado y que sólo me dio tiempo a estrenar.
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Sacaré el edredón nórdico y volveré a tener muuuuuucho sitio en el armario.
Conclusión: podría inventar siete mil excusas más y ninguna de ellas me serviría de consuelo.








