Estampas de verano (y VI)

Ante la evidencia de que el verano se va diluyendo por momentos, he invertido un ratejo suelto que tenía guardado por aquí en hacer una lista de las razones que me daría a mí misma para convencerme de que la inminencia de un largo invierno no es tan mala:

  • Podré terminar de maquillarme el ojo izquierdo  sin que el rimmel del ojo derecho se haya derretido por completo. Además, el maquillaje dejará de parecer barro sobre mi cara a los cinco minutos de salir de casa.
  • No desearé tener un Barrett M82 con mira telescópica y visión nocturna apoyado en la mesilla de noche para que, cuando un grillo comience su ronda a las cuatro de la mañana, recordarle que el silencio es sagrado y mi sueño más.
  • El punto anterior es totalmente aplicable a los mosquitos. Normalmente no tengo quejas de ellos, porque Beaumont es el centro de sus atenciones, pero desde que le picó aquel dinosaurio, los demás insectos debieron pensar que él ya tenía bastante y se dedicaron a alergrarme a mí el verano. En una semana consiguieron que tuviera los tobillos como una torta de Inés Rosales.
  • Ya no moriré de congelación debido al aire acondicionado de la oficina: a cambio, moriré de congelación a temperatura ambiente.
  • No tendré que buscar más excusas los días que me apetece más una siesta que bajar a la playa.
  • Podré pasar los sábados tirada en el sofá y arrebujada en una manta sin remordimientos de conciencia (la verdad es que nunca los tengo…)
  • También tendré vacaciones en invierno, así que ahora mismo están más próximas que las del verano que viene.
  • Podré ponerme de nuevo la chaqueta monérrima que me compré al final del invierno pasado y que sólo me dio tiempo a estrenar.
  • Sacaré el edredón nórdico y volveré a tener muuuuuucho sitio en el armario.

Conclusión: podría inventar siete mil excusas más y ninguna de ellas me serviría de consuelo.

Pieses para qué os quiero…

¿Os habéis fijado qué magnifica estructura es un pie? ¿Lo bien construidos que están, con lo que deben soportar y las perrerías que les hacemos? ¿Y os habéis fijado en los dedines? No son como los de las manos, que sirven para tanto, sino que parecen que están ahí más para adornar que para otra cosa. Y sin embargo son una parte indispensable del pie, fundamentales en el equilibrio al caminar.

A mí me gustan los míos. De hecho, casi al principio de este blog, hace ya más de cinco años, escribí un post sobre ellos. Me gusta cuidarlos, les pongo cremas, me pinto las uñas, los adorno con anillos y pulseras (es curioso: en las muñecas nunca llevo). No sé si este cuidado se debe a que de pequeña tuve serios problemas con ellos o es que me gustan tanto los zapatos que tengo que mimar donde los llevo.

¿Y a qué viene esto?, os preguntaréis. ¿Es que nos va a dar ahora una clase de pedicura? Nada más lejos. Todo viene a que ayer me di un golpe en uno de los dedos del pie que todavía estoy viendo las estrellas. No sabes cómo duele eso, como le dijo aquél al amigo que llevaba el ojo colgando. Fue una patada a un mueble. Sin querer, claro. Pero es que no hay patadas más fuertes que las que se dan a algo que no has visto. La leche. Ni Maradona, oiga.

Y gracias a que Beaumont me preparó una bolsa con hielo (yo no atinaba a ver la cubitera con las lágrimas) que supongo que me habrá controlado bastante la hinchazón, aunque algo más infladito que el resto sí que está. Incluso un poco más que el gordo. Y me voy a tener que pintar las uñas esta tarde otra vez, que el rojo que llevo ahora no pega nada con el morado del dedo. Total, voy a tener que estar con los pies en alto un buen rato, así que no se me estropeará el esmalte.

Pieses para qué os quiero…

¿Os habéis fijado qué magnifica estructura es un pie? ¿Lo bien construidos que están, con lo que deben soportar y las perrerías que les hacemos? ¿Y os habéis fijado en los dedines? No son como los de las manos, que sirven para tanto, sino que parecen que están ahí más para adornar que para otra cosa. Y sin embargo son una parte indispensable del pie, fundamentales en el equilibrio al caminar.

A mí me gustan los míos. De hecho, casi al principio de este blog, hace ya más de cinco años, escribí un post sobre ellos. Me gusta cuidarlos, les pongo cremas, me pinto las uñas, los adorno con anillos y pulseras (es curioso: en las muñecas nunca llevo). No sé si este cuidado se debe a que de pequeña tuve serios problemas con ellos o es que me gustan tanto los zapatos que tengo que mimar donde los llevo.

¿Y a qué viene esto?, os preguntaréis. ¿Es que nos va a dar ahora una clase de pedicura? Nada más lejos. Todo viene a que ayer me di un golpe en uno de los dedos del pie que todavía estoy viendo las estrellas. No sabes cómo duele eso, como le dijo aquél al amigo que llevaba el ojo colgando. Fue una patada a un mueble. Sin querer, claro. Pero es que no hay patadas más fuertes que las que se dan a algo que no has visto. La leche. Ni Maradona, oiga.

Y gracias a que Beaumont me preparó una bolsa con hielo (yo no atinaba a ver la cubitera con las lágrimas) que supongo que me habrá controlado bastante la hinchazón, aunque algo más infladito que el resto sí que está. Incluso un poco más que el gordo. Y me voy a tener que pintar las uñas esta tarde otra vez, que el rojo que llevo ahora no pega nada con el morado del dedo. Total, voy a tener que estar con los pies en alto un buen rato, así que no se me estropeará el esmalte.

Estampas de verano (V)

Pensaba dejar aquí esta serie de vacaciones, pero me parece poco elegante acabar algo con el número cinco, que después vienen las rimas y tal y cual, así que habrá una nueva crónica, aprovechando que la titulé Estampas de verano y no de vacaciones, ya que verano sí queda (poco, pero queda) y las vacaciones ya pasaron a mejor vida (espera, esto es una redundancia: las vacaciones SON la mejor vida).

Pues sí, queridos, se me acabó lo bueno. Hoy ya he vuelto al cafetal, y después de las horas correspondientes allí, es como si no me hubiese ido. Qué asquito, tú. Lo único bueno es que todavía no ha vuelto todo el mundo y aún se respira algo de tranquilidad. Eso sí, el KissFM que no falte, no sea que perdamos el abono de temporada. Aunque a mí plim, que yo a lo que estoy abonada la mayoría del tiempo es a Radio Clásica (cuando no, Neil Hannon, Rufus Wainwrigth o Micah P. Hinson suelen acompañarme), gracias a san mp3 bendito, abogado de los tímpanos de mármol.

Y para recordar que aunque ya he vuelto sí que me fui, los últimos días de vacaciones dieron bastante de sí, a saber:

  • Fue el cumpleaños de mi progenitor. Setenta y ocho del ala y más guapo que un san Luis de palo. Lo celebramos reuniéndonos todos (no ha sido demasiado difícil este año, ni tampoco la primera vez), como no, para comer. Hay pocas cosas que me emocionen más que los abrazos largos y apretaos con mi padre.
  • Por fin pudimos ver Origen, de Christopher Nolan: después de que tuvieran una semana estropeado el aire acondicionado de la sala donde la proyectaban, por fin la cambiaron. Eso sí, con gran visión comercial, los del cine decidieron poner en la sala-caldero la última de Woody Allen, de estreno. En cuanto a la película, no puedo daros una opinión: todavía la estoy procesando. Eso sí, creo que la veré alguna que otra vez más, la siguiente sin tardar mucho.
  • Hemos descubierto un par de joyas. La primera, Treme, nueva serie de David Simon, creador de The Wire, que trata sobre varios músicos en el Nueva Orleans post Katrina. Sólo por la banda sonora ya merece la pena verla, pero después de sólo dos capítulos me parece que estamos ante algo muuuuuuy grande.
  • La segunda joya, recomendación de mi sobrino mayor, que es guapo, listo y tiene muy buen gusto: la serie Sherlock, de la BBC. Ayer en la comida nos habló de ella y por la noche ya estabamos viendo el primer capítulo. Se trata de un Sherlock moderno, que vive y resuelve sus casos en el Londres de hoy, y ha cambiado su capa y su pipa por un abrigo largo y parches de nicotina. Entretenida, muy amena, la única pega es que la primera temporada (se prevé una segunda para otoño del año que viene) consta tan sólo de tres capítulos, eso sí, de hora y media de duración. Está visto que estos ingleses saben cómo dejarte con la miel en los labios.

    Pues nada, ya tenéis deberes para el comienzo del curso. Ya sabéis, no me dejéis las cosas para el final, que se os amontona la tarea y después no me aprobáis nada.

    P.D.: Ahora mismo están haciendo las pruebas de sonido del concierto de esta noche, como a ciento cincuenta metros de mi ventana, y por los gritos femeninos que se oyen, Chayanne debe estar paseando palmito por el escenario al sol. ¡Que Tutatis nos pille cofesaos!

    Agosto.

    Agosto, mes de vacaciones por excelencia, merece un homenaje como dior manda, así que hago un alto en el camino para traeros el correspondiente cuadro de don Amedeo, recomendaros los últimos libros que he tenido la oportunidad de leer y contaros un poco a qué dedico este tiempo de asueto veraniego.

    El cuadro, fresquito para este tiempo, es Desnudo en un diván o La Belle Romaine, un óleo sobre lienzo pintado en 1917 y subastado por Sotherby’s en Nueva York, en 1999, por más de dieciséis millones de dólares. Un desnudo antiacademicista de Modigliani, con sus características típicas como son la sensación de languidez de la modelo, a la vez que muestra un enorme erotismo: parece algo recatada en su pose, a pesar de estar desnuda, pero su mirada invita al espectador a un mundo de sensualidad. De nuevo parece ser el fondo el que delimita las líneas del cuerpo, de un cuerpo etéreo, casi falto de rasgos pero que resulta un magnífico retrato, sin artificios ni temática que no sea el propio desnudo.

    En cuanto a los libros, la verdad es que ha sido un mes bastante prolífico: después de haber leído el intensísimo El libro de mi madre, de Cohen, del que os hablé el mes pasado, necesitaba algo un poco más alegre, así que me acogí al gran Enric González y me leí sus Historias de Roma. No me defraudó en absoluto. Lo que puedo llegar a reírme con este periodista, que actualmente se encuentra ejerciendo como corresponsal en Jerusalem (esperemos que siga la saga y también escriba unas Historias de esta ciudad). Las anécdotas y vivencias que cuenta no tienen desperdicio. Lo único malo que tiene es que resulta demasiado corto, pero con los buenos ratos que hace pasar, es un mal absolutamente perdonable.

    Seguí con Los perros negros, de mi adorado Ian McEwan. Posiblemente, uno de mis favoritos del autor (del que ya me he leído unos cuantos) junto con Expiación y Sábado. En él, y con el marco de la caída del muro de Berlín, McEwan nos habla del bien y del mal, de la diferente concepción que cada uno podemos tener de ambos y de la forma que cada uno tenemos de enfrentarnos a nuestros fantasmas.

    El siguiente, por recomendación de Beaumont, fue El largo adiós, de Raymond Chandler. Confieso que nunca me ha llamado mucho la atención la novela negra, pero las que he leído hasta ahora (Hammet y Chandler), me han cautivado. El largo adiós es de esas novelas que no puedes dejar de leer, que mantiene el suspense hasta la última página, y además ambientada en esa época en el que los hombres siempre llevaban sombrero, las mujeres tacones y medias de costura y hasta los delincuentes hablaban y podían presumir de su honor.

    Y ya por último, El último encuentro, de Sándor Márai. Otra novela intensa, sobre la amistad, la amistad real, la que es capaz de unir a dos personas a través del tiempo y a pesar de las vicisitudes. La amistad que está por encima de todo y la capacidad de perdón cuando se habla en su nombre.

    Como veis, me ha cundido el tiempo. Y eso que he estado tremendamente ocupada yendo a la playa, acudiendo al más glamouroso, estiloso y sobre todo, divertido evento del verano gaditano, ejerciendo de ogro-canguro y perreando todo y cuanto puedo.

    Seguiremos informando.

    Estampas de verano (III)

    Hay que ser muy ceniza para que, al tercer día de las vacaciones, coger un constipado del tamaño de Groenlandia. Que me paso once meses en la oficina muriéndome de frío, en invierno porque lo hace y en verano porque ya se encargan mis compañeras de mantener una agradable y constante temperatura de menos quince grados, y nada, como una rosa (crionizada, pero una rosa al fin y al cabo) todo el año, pero me voy de vacaciones, pasando un calorcillo que ya lo quisiera yo para enero, y a los tres días estoy medio moribunda. Pero ya he avisado: ni por esas voy a volver antes de tiempo. Aunque tenga que estar a ibuprofenos las tres semanas.

    Estampas de verano (II)

    Tengo por delante tres semanas de vacaciones que son como un rosario glorioso del que iré desgranando los días como cuentas de fruta, saboreándolos poco a poco, uno a uno, tan lentamente como me sea posible, poniendo todo el empeño en disfrutarlos.

    No me voy de vacaciones. Me quedo de vacaciones. Es la suerte de vivir en esta esquinita, que no hace falta ir a ningún sitio para tener todo lo que buscan los demás en otros lugares. Así que aquí seguiré. Aquí estaré para contaros algunas de las cosas que sucedan en esas tres semanas. Sólo algunas, que estoy de vacaciones.

    Estampas de verano.

    Paseo al atardecer, cuando el calor empieza a dejar vivir. La calle tomada por propios y extraños que la hacen suya. Céntricas calles comerciales, atestadas de los que terminaron sus obligaciones playeras por hoy. Luz de verano. Olor de verano. Relax de verano. Visita obligada a una librería donde repostar lectura para las vacaciones. La felicidad de, por casualidad, encontrar esta pequeña joya. De vuelta a la calle, un trío de cuerda hace las delicias de su público. Niños en primera fila, sentados en el suelo, embobados. La Violetera, el Canon de Pachelbel, el Danubio Azul… un tipo alto toma de la cintura a una chica y es capaz de trazar un par de vueltas de tres por cuatro. Cada vez que acaban una pieza, una lluvia de monedas menudas cae en la funda de un violín. Maravilla de calle, al otro extremo un jipi viejo hace pompas de jabón gigantes con la ayuda de dos palos y una tira de tela. La brisa arrastra calle adelante las pompas que se salvan de los saltos de la chiquillería, niños que se retan unos a otros a ver cuál es capaz de explotar más burbujas. Saltan, se salpican, se preguntan nombres, juegan. Todo es más fácil cuando eres un niño feliz: miras los colores de las efímeras esferas  y tienes un nuevo amigo con el que estallarlas, que es el fin natural de una burbuja de jabón.

    El nuevo.

    Desde el sábado 17 de julio, 9:15 hora zulú (jo, qué ganas tenía de poner esto!), hay un nuevo miembro en ca’Ampharou. Es blanco inmaculado, salvo el rosa de la naricilla y las almohadillas de las patas, tiene un ojo azul y el otro medio azul-medio verde (literalmente) y cabe en una mano de niño. Ha sido recibido con alborozo por la sección humana (más o menos) de la casa, y no tan felizmente por la gatuna, que ha evolucionado sus reacciones desde el asco-agobio con vómitos incluidos (Wey, el gato místico), al bufido continuado (Nano, el rey bidestronado), pasando por la indiferencia, el ninguneo y la negación mal interpretada, por lo que, de momento, hemos decidido no dejarlo al alcance de los gatos y mantener en un lugar fresco y seco, es decir, recluido y a buen recaudo cuando es imposible tenerle un ojo fijo encima y el otro puesto en los otros dos, a fin de evitar que haya almuerzo de gato a la albina. Cuando no está recluido, campa a sus anchas por el salón, le hace emboscadas a unos calcetines liados y se ha propuesto conquistar el mundo mordiéndole los pies a un piolín de peluche y haciéndose el cuartel general en una bolsa de papel. Creo que en cuanto descubra el pasillo estaremos todos perdidos.

    Aquí os dejo una foto, y con eso lo doy por presentado oficialmente. El nombre de este nuevo miembro, pues es algo que depende de según a quién le preguntéis. Oficialmente, y según Beaumont, que se adjudicó esa potestad, se llama Enough. Él dice que es como homenaje al gato de un escritor muy admirado por nosotros, pero en realidad creo que quiere decirme algo…

    Lorah lo llama ACO, que es un acrónimo de Andrés Cásper Octavo (Andrés por Iniesta, goleador y blanquito donde los haya y Cásper por razones obvias. Lo de Octavo no he terminado de entenderlo). Valiada lo llama Hugo sin razón aparente, Pablo depende de cuándo le preguntes y yo… yo quería llamarlo Alfredo o Rasputín!

    En fin. Creo que va a ser simplemente Gato. Eso sí, es una monada!!!