Julio.

Sí, lo sé. Estoy vaguna. Podéis reñirme, porque tenéis todo el derecho a hacerlo. No sé si es el calor que por fin se deja notar (y que a mí no me molesta lo más mínimo, después del frío horroroso que he pasado este invierno), o que tengo los días un poco más liados (y a partir de la semana que viene más, con los diversos visitantes que ya han anunciado su visita), pero lo cierto es que cada vez me cuesta más encontrar el momento de ponerme a escribir algo y concentrarme para hacerlo. Pero al fin hoy es el día, con toda la resaca futbolera en lo alto, el golazo de Iniesta y el besazo más comentado desde el de Scarlett O’Hara y Rhett Butler todavía en la retina.

Así, empezamos el mes de julio como siempre con Modigliani, con uno de sus cuadros clásicos, el retrato de la Mujer con vestido azul. Y como digo, clásico en él, una sola figura centrada en un fondo neutro, con una pose lánguida y un tanto despreocupada, con una ropa tan neutra como el fondo. Un peinado a la moda y los ojos velados tan frecuentes en la pintura de Amedeo, los ojos almendrados, llenos de cielo. El cuello alargado y los hombros derrumbados por una suerte de sino tragicómico y una boca que, a pesar del desprendimiento que deja entrever toda la figura, sostiene una media sonrisa que parece buscar la complicidad del espectador.

Vayamos ahora con los libros: dos fueron, dos. El primero de ellos, Orlando, de Virginia Woolf. Estaba deseando leerlo desde que leí El canon occidental de Harold Bloom. Bueno, en realidad, desde que leí ese libro, estoy deseando leerme absolutamente todos los que allí nombra el crítico literario. Y ya llevo alguno, no creáis. Lo que pasa es que me harían falta un par de vidas más para leerlos todos y llegar al entendimiento que de cada libro hace el autor. Pero bueno, vuelvo a Orlando, el ejercicio maestro de la elipsis, porque Virginia Woolf se las apaña en ella para contar cinco siglos de la historia inglesa a través de un personaje que comienza como hombre y termina como mujer, pero en la que el sexo es una circunstancia meramente accesoria y una excusa para la crítica feroz del tratamiento de la mujer a lo largo de los siglos, especialmente en la literatura.

Con el segundo, volví a mi adorado Albert Cohen, leyendo El libro de mi madre. Todas las risas, todas las carcajadas que Cohen me hizo dar con sus anteriores libros (Comeclavos, Solal…) me las ha cobrado en forma de lágrimas y de nudo en la garganta y el estómago en las ciento cuarenta y una páginas que conforman este librito. Librito que a pesar de su brevedad he sido incapaz de leerme de una sentada, tal era la angustia que provoca el tristísimo diálogo que el autor mantiene con su madre muerta. Un canto al amor filial, con la tristeza de que se produce cuando ya no hay remedio. Un último acto de amor hacia una madre.

Por cierto, hoy también quiero recomendaros (por una vez y sin que sirva de precedente, que la música se la dejo mejor a quien de verdad entiende de ella, pero es que estoy tan contenta de haberme librado del kissfm!!) a mi querido y adoradísimo Neil Hannon y a su último disco que no me canso de escuchar. Puede hasta que termine aprendiéndome alguna canción!

Y como colofón, y aprovechando que la vi el otro día, os dejo la más preciosísima imagen del cine español de todos los tiempos.

Luther.

Es que somos unos impacientes. Todavía no hemos terminado de ver The Wire (recién empezada la quinta -y última, sniff- temporada, todavía con el regusto de haber visto una cuarta memorable y el comienzo de ésta con una escena que todavía hace que me tire al suelo cuando la recuerdo), sólo nos tuvieron que soplar al oído que corría por ahí otra serie grande para que se pusiera en marcha el operativo y esa misma noche ya dispusiéramos de los seis únicos capítulos que componen la primera y hasta ahora única (sanjudastadeo, que no sea la última) temporada.

A mí me había bastado saber quién era el protagonista para querer verla (¿te suena, India?). Que fuera una serie BBC le ponía el plus de garantía. Y leer todo lo que leí apenas me dieron el primer aviso ya terminó de convencerme.

Y somos unos malditos impacientes. No pudimos esperar y en dos días nos la hemos bebido. ¿Y ahora qué? Porque lo único malo que tiene la serie es que hasta ahora (sanjudastadeo, acuérdate, hombre) sólo hay una temporada. Y que las temporadas ‘made in England’ sólo tienen seis capítulos. Y eso sabe a poco. A muy poco.

Si alguien quiere echarle un primer vistazo, aquí.

India, por aquí te buscan…

…porque debe ser que tu risa (y la alegría que a los que te conocemos nos provoca) ya ha trascendido y hay quien la busca como al agua de mayo o a la sombra de agosto, mira lo que me he encontrado en los entresijos de esta vuestra casa, el lugar donde miro de vez en cuando para teneros controlados y saber cómo y desde dónde llegáis a ca’Ampharou:

India, por aquí te buscan…

…porque debe ser que tu risa (y la alegría que a los que te conocemos nos provoca) ya ha trascendido y hay quien la busca como al agua de mayo o a la sombra de agosto, mira lo que me he encontrado en los entresijos de esta vuestra casa, el lugar donde miro de vez en cuando para teneros controlados y saber cómo y desde dónde llegáis a ca’Ampharou:

José Saramago.

Las fuerzas de José cedieron de golpe ante el desastre. Como un ternero fulminado, de aquellos que vio sacrificar en el templo, cayó de rodillas y, con las manos contra el rostro, se le soltaron de una vez todas las lágrimas que desde hacía trece años venía acumulando, a la espera del día en que pudiera perdonarse a sí mismo o tuviera que enfrentarse con su definitiva condena. Dios no perdona los pecados que manda a cometer.
José no regresó al almacén, había comprendido que el sentido de sus acciones estaba perdido para siempre, ni el mundo, el propio mundo, tenía ya sentido, el sol iba naciendo y para qué, Señor, en el cielo había mil pequeñas nubes dispersas en todas las direcciones como las piedras del desierto.
Viéndolo allí, secándose las lágrimas con la manga de la túnica, cualquiera pensaría que se le había muerto un pariente entre los heridos recogidos en el almacén, y lo cierto es que José estaba llorando sus lágrimas naturales, las del dolor de la vida.

Fragmento de El evangelio según Jesucristo.
La imagen, de Christopher Cart.

José Saramago.

Las fuerzas de José cedieron de golpe ante el desastre. Como un ternero fulminado, de aquellos que vio sacrificar en el templo, cayó de rodillas y, con las manos contra el rostro, se le soltaron de una vez todas las lágrimas que desde hacía trece años venía acumulando, a la espera del día en que pudiera perdonarse a sí mismo o tuviera que enfrentarse con su definitiva condena. Dios no perdona los pecados que manda a cometer.
José no regresó al almacén, había comprendido que el sentido de sus acciones estaba perdido para siempre, ni el mundo, el propio mundo, tenía ya sentido, el sol iba naciendo y para qué, Señor, en el cielo había mil pequeñas nubes dispersas en todas las direcciones como las piedras del desierto.
Viéndolo allí, secándose las lágrimas con la manga de la túnica, cualquiera pensaría que se le había muerto un pariente entre los heridos recogidos en el almacén, y lo cierto es que José estaba llorando sus lágrimas naturales, las del dolor de la vida.

Fragmento de El evangelio según Jesucristo.
La imagen, de Christopher Cart.

Junio.

Junio. La puerta a las vacaciones, la llegada del verano. La semana que viene, la noche de San Juan. Tiempo abierto, tiempo que invita a relajarse, a asilvestrarse, a expandirse. Tiempo lleno de tiempo, días largos y luminosos, atardederes postergados, noches cortas e intensas.

Y para celebrarlo, hoy os dejo tres obras de arte, las tres referidas al mismo hombre que nos lleva ocupando todo el año. La primera, la que corona este post, como siempre, el cuadro correspondiente al mes en el calendario que me sirve de guía para publicar estas entradas. Aquí tenemos un retrato clásico de Jean Alexandre, hermano del amigo y mecenas de Modigliani, el doctor Paul Alexandre. En un dos por uno, en el reverso de este cuadro, éste otro. La precaria situación económica del pintor, sobre todo al principio de su estancia en París, le llevaba a utilizar los lienzos por ambas caras. Así, la espalda de Jean Alexandre esconde este desnudo de joven, obra tan distinta, cromáticamente hablando, de la anterior, ya que si en el retrato del hombre el fondo es apenas una prolongación de la indumentaria, en éste el cuerpo de colores tostados resalta particularmente sobre el vivo añil.

Y como bonus track, y aprovechando que don Modi ha sido noticia estos días, la obra por la que lo ha sido, al haber superado el doble record de obra del autor por la que más se ha llegado a pagar (más de cuarenta y tres millones de euros) y el de obra más cara vendida en Francia, y que presenta las características de la pintura del artista (ojos almendrados, cara y cuello alargados, labios finos), visiblemente influenciado por las máscaras rituales africanas.

En cuanto a lectura, este mes lo he dedicado a terminar la saga de los Solal de Cefalonia con Los Esforzados, de Albert Cohen. Como ya me pasó con Comeclavos, he sido por su culpa objeto de miradas asombradas tanto en casa como en cualquier sitio (llámese cafetería, autobús, salas de espera varias) debido a las carcajadas que no podía evitar al leer algunos de los pasajes. Totalmente desternillante la verborrea de Comeclavos, hilarantes las situaciones que provocan los cefalonios, grandiosas las descripciones de Cohen del aspecto de los cinco primos, acidísimas las ideas que pone en sus bocas.

Gran libro, al fin y al cabo. Grandes libros, pues ninguno tiene desperdicio. Ahora espero con impaciencia que mi proveedor habitual aparezca con el libro que me queda por leer de Albert Cohen. Pero esa me parece que será otra historia.

Termostato.

Nueve de la mañana. Una oficina cualquiera en un punto cualquiera de esta ciudad al sur, muy al sur. Por la ventana abierta entran los piídos de las golondrinas que a estas horas tienen su momento de mayor actividad, el aroma de los lilos y las acacias y un airecillo de lo más agradable que me va erizando los vellos de los brazos.

De pronto, alguien se acuerda de que estamos en junio y que hace demasiado calor. Suena la alarma como si de un submarino nuclear se tratara, zafarrancho, cerrada de ventanas masiva y conexión del aire acondicionado. Al tiempo que el papelillo chivato de la salida del aire comienza a vibrar, me levanto resignada, cojo la pashmina y me la relío allá donde las frigorías más me atacan, es decir, envolviéndome los hombros y el cuello, al tiempo que le doy más volumen mi zipy falcon, mi adorado, mi salvador, porque a esta manada de locas no se les ocurre más que poner el aire a veintiún grados. Prudente que soy, no protesto. ¿Para qué? no tendría caso entre estas enfermas del síndrome Minerva Piquero, éstas que para ver si el día está nublado se conectan al windgurú en lugar de asomarse a la ventana. Es junio y en junio hace calor, sí o sí.

Y es que a lo mejor no sos vos, soy yo. Que creo que aguantar el frío de todo este crudo invierno de mi desencanto me ha escacharrao el termostato y ahora no consigo entrar en calor ni a la de tres. Si todavía duermo reliada en mi supercolcha (¡qué bonita que es, Beaumont!), me ducho con el agua al punto de escaldamiento y sigo usando las babuchas de invierno. Y ayer mismo el tema de conversación fue el calor que hizo el sábado y yo en la feria (¡porque fui a la feria!) tenía gallina de piel y ni todo el agua del Carmen que bebí hizo que no pasara frío en la puerta de la caseta. O lo mismo tampoco soy yo, sino que es una conspiración. Que el domingo, cuando pude abrir un ojo, estaban dando la noticia de una ola de calor, pero la corresponsal en Vitoria llevaba una chaqueta y un pañuelo hasta la barbilla a modo de bufanda.

La imagen, de Russ G..

Aromas.

Vivo a escasos metros de la playa, aunque desde mi ventana sólo veo un trocito de mar por culpa de unos edificios que tengo delante. Hace poquito que se ha puesto el sol, el cielo todavía conserva algunos reflejos por el horizonte y se oyen, por la ventana abierta, el jaleo de los pisos cercanos que se preparan para la noche. Por esa misma ventana, se cuela una brisa con olor a mar, con olor a verano. Y sólo escribo para deciros que, si pudiera, os enviaría un poquito de ese aroma delicioso.

La foto, de Jesús Martínez Ardura.

Inauguración.

Aprovechando que ayer Beaumont se iba a pasar calorín a tierras jerezanas, decidí solidarizarme con él  y hacer lo propio en mi propia tierra, bueno, arena, y, previo desbroce ético y estético (que no está bonito ir a la playa con las piernas como Roberto Carlos… bueno, atendiendo al color, mejor como las de Iniesta. Aunque en verdad creo que cualquiera de los dos se depila más que yo. En invierno, hasta Copito de Nieve se depilaba más que yo), enfilé hacia la playa. Así que fue solidaridad a medias solo, porque seguro que en la Victoria se estaba bastante mejor que en Jerez (Jabe, recuerda que este es un blog políticamente correcto y queremos que todo el mundo -cuando digo todo, quiero decir TODO- lo siga leyendo).

En fin, que embadurnada de factor de protección tropecientos mil, que el sol está muy perro y yo estoy muy blanca, allá que me fui, a lucir mis carnes y este cuerpo de perdición que Tutatis me ha dado, con mi toalla y mi libro en la mano.

Como los domingos en la Victoria son monte abonado para estudios sociológicos, decidí mantenerme alejada del mundanal ruido, a salvo de Kévines y Yésicas especialistas en enterrarte en arena a su paso, aunque ello supusiera quedarme en la ‘arena seca’, es decir, a doce mil kilómetros lineales de la orilla, y por ende, de toda la aglomeración. Y allí estaba yo, vuelta y vuelta a la parrilla, cuando me acordé de Landahlauts y de su post de hace unos días: cuatro kilómetros de playa, y ahí estaban esa pareja con churumbela incluida, a menos de dos metros de mí, gritándose al oído, en pantalón corto y camiseta, sentados los tres en una toalla doblada mientras pasaban las hojas de una revista como si quisieran arrancarlas. Que digo yo que para estar enfadado, me quedo en mi casa, donde al menos estoy fresquita. Yo también gritaría, si ese fuese mi modo de ir a la playa. Y como gritaría si tuviera que aguantar mucho rato, aprovechando que mi piel iba tomando ya un delicado tono rosado, decidí recoger mis bártulos y tomar el camino hacia el frescor de mi salón y de la cervecita que me esperaba en el frigo.

Contado todo lo cual, echando enormemente de menos los días en los que disponía de solarium particular, doy por inaugurada la temporada de playa.