Nacho.

Se separó de la pared con los ojos cerrados. Se dio la vuelta lentamente, apretando un poco más los párpados, como intentando agarrarse a un clavo ardiendo, y los abrió de golpe. Nada. Allí estaba, inclemente, en el trozo de pared que su madre había utilizado desde que se mantuvo en pie para marcar el paso del tiempo, la raya que acababa de pintar poniendo un lápiz justo por encima de su cabeza. Había tenido la tentación de alzarse, sólo un poquito, sobre los dedos de los pies. Entonces, esa raya, la maldita raya, no habría coincidido tan exactamente con la que había trazado hacía ya casi seis meses.

No tenía que haberse enfadado con su madre y haberla dejado allí, en medio del salón, con la pila de ropa del verano pasado encima de la silla cuando salió dando un portazo. Al fin y al cabo, ella no tenía la culpa. O quizá sí. Porque claro, para ella era un alivio no tener que cambiar todo su armario cada temporada, pero no debía haber sonreído así cuando, al probarle los primeros pantalones dijo eso de ´”qué bien, no tendremos ni que bajarle los dobladillos”. Además, sabía que ahora Álvaro y Pedro se reirían otra vez de él. Sólo tenían dos y tres años más, pero ambos le sacaban ya al menos una decena de centímetros. De nada valía decirles que ellos no hacía tanto que habían dado el estirón, ni compararse en las fotos de cuando sus hermanos tenían su edad. O que su madre les llamase la atención cada vez que le llamaban “enano” e invocase a la genética para consolarlo recordándole lo altos que eran todos en la familia.

Él, Nacho Medina, tenía un propósito y pensaba cumplirlo. Y tenía todo el verano para ello: al volver de las vacaciones, Marta Vázquez, la niña más guapa de su clase, no tendría que volver a besarlo en la frente.

¡Cambio, change, exchange, wechsel, valuta!

¡¡Por fin!! Al final, es cierto que todo llega. Sólo que lo que iba a ser cosa de veinte días, máximo un mes, ha sucedido casi tres meses después (las cosas de palacio, que van despacio), ya os decía en el anterior post que para mi desespero y resignación. Pero ya está, ya os lo puedo contar: ¡¡mañana me incorporo en mi nuevo cafetal!! ¡Qué ganas tenía, por dior! ¡Qué tres meses más malitos! Porque yo ya tenía el cuerpo hecho a jubilarme escuchando el KissFm y utilizando sólo la parte derecha del teclado, pero claro, te ponen el caramelo en los labios, te prometen algo mejor, y la espera se hace insufrible.

Porque sí, este cambio es para mejor. Un trabajo mejor, mucho mas interesante, que ya he hecho antes y en el que me siento muy a gusto (ojo, que parto de la base de que no hay trabajo bueno. Que mi vocación en realidad es ser rentista, pero esas oposiciones sí que están restringidas). Digamos que hasta el viernes estuve recolectando granos en el cafetal de Juan Valdés y a partir de mañana le estaré vendiendo capsulitas al Clooney. Un despacho con unas vistas preciosas, compartido con un solo compañero al que además conozco hace mil años, sin radio ni emisoras rompetímpanos y con aire acondicionado para dos. Utilizaré todo el teclado, no sólo la parte derecha y el numérico será únicamente el del teléfono, que por cierto, usaré muchísimo.

En fin, que estoy como una niña con zapatos nuevos!

¡Cambio, change, exchange, wechsel, valuta!

¡¡Por fin!! Al final, es cierto que todo llega. Sólo que lo que iba a ser cosa de veinte días, máximo un mes, ha sucedido casi tres meses después (las cosas de palacio, que van despacio), ya os decía en el anterior post que para mi desespero y resignación. Pero ya está, ya os lo puedo contar: ¡¡mañana me incorporo en mi nuevo cafetal!! ¡Qué ganas tenía, por dior! ¡Qué tres meses más malitos! Porque yo ya tenía el cuerpo hecho a jubilarme escuchando el KissFm y utilizando sólo la parte derecha del teclado, pero claro, te ponen el caramelo en los labios, te prometen algo mejor, y la espera se hace insufrible.

Porque sí, este cambio es para mejor. Un trabajo mejor, mucho mas interesante, que ya he hecho antes y en el que me siento muy a gusto (ojo, que parto de la base de que no hay trabajo bueno. Que mi vocación en realidad es ser rentista, pero esas oposiciones sí que están restringidas). Digamos que hasta el viernes estuve recolectando granos en el cafetal de Juan Valdés y a partir de mañana le estaré vendiendo capsulitas al Clooney. Un despacho con unas vistas preciosas, compartido con un solo compañero al que además conozco hace mil años, sin radio ni emisoras rompetímpanos y con aire acondicionado para dos. Utilizaré todo el teclado, no sólo la parte derecha y el numérico será únicamente el del teléfono, que por cierto, usaré muchísimo.

En fin, que estoy como una niña con zapatos nuevos!

Enero.

Mi actividad bloguera ha estado bastante resentida este último mes. Apenas he publicado (eso ya lo habéis visto) y es que estaba esperando poder postear algo que os quiero contar pero que no termina de llegar (para mi desespero y resignación). Y como no termina de llegar, los días de enero van acabando y hace más de dos semanas que ya tengo mi calendario nuevo, pues retomo la saga que abrí ya hace un par de años de colgar un post mensual, aprovechando las ilustraciones de ese calendario y los libros que voy leyendo.

El almanaque elegido para el 2011 (no sin cierta dificultad) ha sido uno de Edward Hopper. A Hopper lo descubrí hace relativamente poco. Mis escasos conocimientos de arte no se centran precisamente en el siglo XX, y menos aún en el arte norteamericano, pero en cuanto lo descubrí me quedé prendada de sus cuadros. No sé mucho del autor, así que estos posts me ayudarán a indagar un poco más sobre su obra y su vida (igual que casi me he hecho una experta de Klimt, Schiele y Modigliani). Así que toca cambio de tercio, cruzamos el charco y le damos la bienvenida al costumbrista Hopper. Para empezar, esta Habitación en Nueva York, óleo sobre lienzo de 1932, una ventana, una escena para hacer volar la imaginación.

En lo que a lecturas se refiere, he empezado el año vaga, muy vaga. Sólo he conseguido leerme un libro. Eso sí, me lo bebí. Desde hace mucho tenía ganas de leerlo, y en una de las incursiones estas navidades a una de las  librerías de esta ciudad en busca de regalos, y debido a que, aprovechando el tirón del nóbel, las editoriales han desempolvado toda su obra, no pude resistirme a La tía Julia y el escribidor, de Vargas Llosa, que me miraba con ojitos tiernos desde lo alto de un stand dedicado por completo al escritor peruano. Y fue buena decisión adoptarlo, porque me ha regalado, mientras duraba su lectura, divertidísimos momentos y la oportunidad, otra vez, de disfrutar de la prosa del Varguitas.

Si todavía no la habéis leído, ya estáis tardando. Don Mario mezcla en ella su propia historia, la historia de sus amores con la cuñada de su tío, la tía Julia del título, con las radionovelas del escribidor Pedro Camacho, personaje estrafalario donde los haya, que eran emitidas por la misma emisora en la que él trabajaba.

Otras dos recomendaciones, ahora de cine: La cinta blanca, de Michael Haneke, y El escritor, de Roman Polanski. Ambas tratan de los secretos y sus consecuencias, la primera de una forma despiadada y terrible, la segunda en forma de magnífico thriller. Las dos, para ver y disfrutar de buen cine.

Felicidades.

Hay músicas que te llegan al alma la primera vez que las oyes, haciendo que se te eleve, tocándote esa fibra a la que no todo llega. Luego sigues escuchándola y ves que esa primera impresión no era casual, que hay algo en ella que de verdad te hace fluir, como si te complementara. Entonces ya la sientes parte de ti y cada vez que suena te hace un poco más grande, mucho más dichoso, tal vez feliz.

Hay personas que son como esas músicas. India es una de ellas, y por eso no se me ocurre qué podría regalarle que no fuera ESTO.

(Los que me conocen, saben la honda emoción que me provoca esta pieza. WordPress no me deja subir vídeos, pero podéis disfrutarlo pinchando en el link)

¡Felicidades, reguapa!

Libros.

Ya he comentado alguna vez, aquí y en vuestros blogs, que si hay algo que nunca falla en mi bolso es un libro. Da igual que sean libros de bolsillo, novelas cortas o cuentos de ciento y pico de páginas o volúmenes extraordinarios de más de mil (Montaigne estuvo a punto de causarme una escoliosis): si sé que mientras esté fuera de casa voy a tener aunque sean dos minutos de espera (llámese autobús, un café a solas, el turno en el médico o la cola para comprar unas entradas), el libro está ahí, esperando a ser abierto y deleitarme aunque sea con dos líneas cada vez. Si preveo que la espera será más larga, puede que lleve hasta dos ejemplares, no sea que se me acabe uno y me quede sin palabras impresas y sin magia que llevarme a los ojos. Aunque realmente da igual que sepa si voy a poder disfrutar de esos ratos: no salgo de casa sin libro.

Todo esto que os cuento (u os repito) viene a por algo en lo que caí estas pasadas vacaciones. Un viaje a Barcelona, con trayecto en tren y avión incluido, pronosticaba más de medio día sin otra cosa que hacer que estar sentada y esperar llegar. A ello se le unió un retraso (¡cómo no!) en el vuelo, con lo que el libro que llevaba en el bolso llegó a su fin y, en medio de la sala de embarque del aeropuerto, tuve que abrir la maleta y sacar el que tenía guardado para la vuelta. Al entrar en el avión, arrastrando la maleta, con el bolso colgado, el abrigo en un brazo, la tarjeta de embarque y la identificación en la mano, luchando por no llevarme la rodilla de nadie con el trollei, sudando por alcanzárselo a Beaumont sin que la auxiliar lo cogiese para ayudarme y me diese una patada que me hiciese cruzar el finger sin poner el pie en el suelo, a mí y a mi superexcedida de peso maleta, me hice un barullo que conseguí desliar cuando me senté, saqué el nuevo libro de nuevo, guardé el deneí en la cartera y doblé la tarjeta de embarque para guardarla entre las páginas del libro. Pensé entonces en cuántas tarjetas de embarque, cuántos tickets de tren, de metro, había entre las páginas de los libros que duermen en mis estanterías. Cuántas direcciones o teléfonos, anotados en servilletas o post-it, reposaban entre sus hojas. Acudir a los libros que voy leyendo es como hacer un esquema de mis pasos: en éste una cita para el médico, en aquél, el resguardo de unas clases de inglés. En el que leí la semana pasada, la hora y la consulta a la que debía acompañar a mi madre, en el que me entretuvo y me enseñó en los primeros días de mayo, el recordatorio de una cita con el dentista. En uno de Vian, la hoja arrancada de un almanaque con una dirección web que me interesó, en el de McEwan, la receta de un bizcocho de chocolate. En todos ellos, un bonobús gastado (que utilizo como marcapáginas) con anotaciones de las páginas que más me han gustado de cada uno, o con las palabras que he de buscar en el diccionario.

Ese vuelo y los viajes en tren de los días posteriores consiguieron terminar también el nuevo libro. Gracias a que en Barcelona conseguí otro para que fuera testigo material de mi vuelta a casa.

Diciembre.

El año Modigliani llega a su fin, y tras saltarme noviembre, lo despedimos con este Retrato de J. Borowski. Poco más puedo decir del pintor, salvo que me ha encantado traeros un trocito de su obra cada mes, que hacerlo me ha ayudado a saber más de él y que espero que vosotros hayáis disfrutado de su obra y de su vida tanto como yo.

En cuanto a las lecturas de estos dos meses, la verdad es que he estado un poco vaga. Noviembre lo ocupé casi por completo con La inmortalidad, de Milan Kundera. Maravilloso libro que me ha hecho reencontrarme con el autor checo al que abandoné hace mucho tras leer La insoportable levedad del ser. La inmortalidad son muchas historias dentro de una historia, una “novela que no se puede contar”, según las palabras del autor en el propio libro, pero que a mí me tuvo enganchada y extasiada durante casi un mes.

Diciembre fue el mes Vian. Boris Vian, para ser exactos. Obsesiva compulsiva que soy, desde que Endora me descubrió a este autor regalándome La espuma de los días (no pongo ningún adjetivo porque cualquiera que quiera decir lo increíble que es esta novela se queda corto. A Endora ya le eché en cara estas navidades su culpabilidad en mi obsesión por Vian), voy devorando su obra poco a poco. O mucho a mucho, que este mes han caído tres: Escupiré sobre vuestra tumba, Otoño en Pekín y Que se mueran los feos.

Tiene Vian dos vertientes en cuanto a escritor (en realidad tenía muchas más: fue ingeniero, trompetista, cantante, inventor, traductor, locutor, escenógrafo… un alma inquieta, sin duda). Las novelas que firmaba con su nombre, novelas irreales que se desarrollan en un mundo extraño en el que lo mismo un perro habla francés que el sol brilla en rayas concéntricas que alternan luz y oscuridad; y las novelas que firmaba con pseudónimo (y que normalmente prologaba con su nombre real), parodias de novela negra con un sentido del humor del mismo color que arranca no pocas carcajadas.

Otoño en Pekín pertenecería a la primera vertiente. Extraña, onírica, imposible. Tan imposible que no tiene nada que ver ni con el otoño ni con Pekín. Absolutamente encantadora.

Escupiré sobre vuestra tumba y Que se mueran los feos (¡qué títulos, dior mío! ¡Sólo por ellos ya hay que leerlas!) pertenecerían a la segunda. Bestias, muy bestias, sobre todo Escupiré… Vian no se anda con tonterías en ellas y pone en jaque modelos de sociedad falsamente puritanas, totalmente hipócritas y absolutamente superficiales.

De cine he tenido poco, y entre lo poco que he visto, destaca por méritos más que propios La red social. Además, tuvimos la suerte de que, aprovechando un fin de semana con boda incluida en Sevilla, pudimos verla en una sala de versión original (¡cuánto lo echo de menos en Cádiz!). Aparte de ella, el maratón de Harry Potter al que me sometieron en casa a fin de que me enterara de algo en la sexta entrega.

Y de series, cuentagotas de Treme para que no se nos termine y enganche absoluto a The Big Bang Theory. ¡Amo a Sheldon Cooper!!

Ja estem aquí.

Ya estamos de vuelta de mis primeras navidades fuera de Cádiz. En Cataluña, para ser exactos, disfrutando del calorcito que nos han dado la familia y los amigos, porque lo que es frío, ha hecho y mucho. Ahora, a pasar el resto de las vacaciones y de las fiestas con la familia y los amigos gaditanos.

Ante todo, felicitaros. Los últimos días antes del viaje estuve un poco liada. Muchos de vosotros me enviasteis felicitaciones, o las dejasteis en vuestros blogs. No pude contestar a ninguna y estos días han sido de vacaciones totales, con desconexión incluida. Pero no creáis que me he olvidado de vosotros: todavía estoy a tiempo de desearos que paséis unas felicísimas fiestas, que los encuentros sean dichosos, que comáis, que bebáis, que améis muchísimo. Que disfrutéis de estos días y del resto del año. Que seáis felices, en definitiva.