Se separó de la pared con los ojos cerrados. Se dio la vuelta lentamente, apretando un poco más los párpados, como intentando agarrarse a un clavo ardiendo, y los abrió de golpe. Nada. Allí estaba, inclemente, en el trozo de pared que su madre había utilizado desde que se mantuvo en pie para marcar el paso del tiempo, la raya que acababa de pintar poniendo un lápiz justo por encima de su cabeza. Había tenido la tentación de alzarse, sólo un poquito, sobre los dedos de los pies. Entonces, esa raya, la maldita raya, no habría coincidido tan exactamente con la que había trazado hacía ya casi seis meses.
No tenía que haberse enfadado con su madre y haberla dejado allí, en medio del salón, con la pila de ropa del verano pasado encima de la silla cuando salió dando un portazo. Al fin y al cabo, ella no tenía la culpa. O quizá sí. Porque claro, para ella era un alivio no tener que cambiar todo su armario cada temporada, pero no debía haber sonreído así cuando, al probarle los primeros pantalones dijo eso de ´”qué bien, no tendremos ni que bajarle los dobladillos”. Además, sabía que ahora Álvaro y Pedro se reirían otra vez de él. Sólo tenían dos y tres años más, pero ambos le sacaban ya al menos una decena de centímetros. De nada valía decirles que ellos no hacía tanto que habían dado el estirón, ni compararse en las fotos de cuando sus hermanos tenían su edad. O que su madre les llamase la atención cada vez que le llamaban “enano” e invocase a la genética para consolarlo recordándole lo altos que eran todos en la familia.
Él, Nacho Medina, tenía un propósito y pensaba cumplirlo. Y tenía todo el verano para ello: al volver de las vacaciones, Marta Vázquez, la niña más guapa de su clase, no tendría que volver a besarlo en la frente.






