Prometido.

Nos lo teníamos prometido. Cuando dejásemos de perseguirnos por la geografía española, cuando nuestros viajes dejaran de ser el ir en busca el uno del otro, comenzarían a ser un viajar los dos en el mismo sentido, un disfrutar los dos del placer del viajero, un caminar en el mismo sentido.

Hoy empezamos. Dentro de un rato salimos con destino conocido, los dos juntos por fin, arrastrando nuestras maletas a la vez.

Nos lo teníamos prometido y nos lo debíamos. Ahora sí, nos vamos de parranda.

No estaba muerta…

… ni estaba de parranda: me tenían secuestrada en un curso que me dejaba cada día fané y descangayá, y a mi pobre media neurona en estado catatónico hasta que se ponía a duras penas en marcha otra vez para una nueva sesión del curso. Un curso que nos han dado, cómo no, para en un momento de necesidad (todos lo son), poder tirar de los efectivos que ya tienen y no tener que contratar a nadie más. Un curso de una semana con unos contenidos, cómo no, que hubieran necesitado cuatro meses al menos. Un curso que han impartido, cómo no, nuestros propios compañeros, sirviéndose de su experiencia, que sí, es un grado y todos ellos saben mucho y tal, pero una cosa es lo que saben y otra muy distinta cómo hacen saber lo que saben.

Un curso que se empezó con unas ganas que hicieron que los primero fallos (uish, que al ordenador que han puesto para las demostraciones no le funcionaba el F5, tecla imprescindible para las aplicaciones que utilizamos. Uish, que a nadie se le ocurre cambiarlo. Uish, que tampoco podemos abrir otra de las aplicaciones, porque si no, el personal que está trabajando no podrá hacerlo…) nos los tomásemos medio a broma, pero que el viernes a última hora nos llegaban al ras de los tacones, y eso, cuando se inflaban con los bostezos… Menos mal que el último ponente tuvo a bien hacernos una magnífica imitación de Faemino… ah, no, es que el hombre habla así, pensé, mientras trataba de ahogar las carcajadas no fuera que el señor me enviase ‘ah’kalabosso deh’cuhsso’.

En fin, una semana que me he librado de estar en la segunda planta del algodonal para estar en la primera, asimilando conceptos a base de calzador. Lo bueno, que al menos allí no podían poner la radio y reblandecerme la sesera (más todavía) a ritmo de Kiss FM. Lo malo, cuando compruebas las pocas ganas que tienen de aprender ciertas personas, o las pocas que tienen otras de simplemente parecer bien educados, por ejemplo, apagando un móvil durante unas clases o intentando ser puntuales…

No estaba de parranda, pero lo estaré, ¡vaya si lo estaré!

Rindiéndome ante la evidencia.

Mira que he tratado de negarlo, agarrando una estampa de san Miguel con una mano y un membrillo con la otra, santificando cada grado de más que nos regaló este primer fin de semana de un noviembre con vocación de mayo, con su festivo y todo. Pero ya el martes fue poner el pie fuera de casa, a las siete y cuarto de la mañana, con mis preciosísimas sandalias negras, y porque llevo las uñas pintadas de negro, que si no hubiera podido ver cómo se me iban poniéndo lívidas de puro frío. Si hasta me bailaban las sandalias y chancleteaban más de la cuenta, convirtiendo su ‘zip-zap’ veraniego en un crotoreo huidor de humedades.

Así que hoy, con todo el dolor de mi corazón, y tratando de evitar otra congelación podal, he empezado a sacar toda la batería de botas, rebotas y botines que tengo.

Echaré de menos mis sandalias ligeras, a todas ellas, guardadas hasta mejores (y más calientes) tiempos. Pero ese echar de menos será corto, hasta que vuelva a domar mis botas o hasta que ellas domen a mis pies, y vuelva a comprobar, un año más, lo bien que se combate el frío con los pies bien abrigados y lo donairosos que se vuelven mis pasos con un buen par de botas (o dos).

Rindiéndome ante la evidencia.

Mira que he tratado de negarlo, agarrando una estampa de san Miguel con una mano y un membrillo con la otra, santificando cada grado de más que nos regaló este primer fin de semana de un noviembre con vocación de mayo, con su festivo y todo. Pero ya el martes fue poner el pie fuera de casa, a las siete y cuarto de la mañana, con mis preciosísimas sandalias negras, y porque llevo las uñas pintadas de negro, que si no hubiera podido ver cómo se me iban poniéndo lívidas de puro frío. Si hasta me bailaban las sandalias y chancleteaban más de la cuenta, convirtiendo su ‘zip-zap’ veraniego en un crotoreo huidor de humedades.

Así que hoy, con todo el dolor de mi corazón, y tratando de evitar otra congelación podal, he empezado a sacar toda la batería de botas, rebotas y botines que tengo.

Echaré de menos mis sandalias ligeras, a todas ellas, guardadas hasta mejores (y más calientes) tiempos. Pero ese echar de menos será corto, hasta que vuelva a domar mis botas o hasta que ellas domen a mis pies, y vuelva a comprobar, un año más, lo bien que se combate el frío con los pies bien abrigados y lo donairosos que se vuelven mis pasos con un buen par de botas (o dos).

Octubre.

¿No es verdad, ángel de amor,
que en esta apartada orilla
más pura la luna brilla
y se respira mejor?

Esta aura que vaga llena
de los sencillos olores
de las campesinas flores
que brota esa orilla amena;
esa agua limpia y serena
que atraviesa sin temor
la barca del pescador
que espera cantando al día,
¿no es cierto, paloma mía,
que están respirando amor?

Terminamos octubre y nos damos de bruces con noviembre, y para darnos de morros, ahí tenemos la fiesta de Todos los Santos, los Tosantos gaditanos, con sus mercados adornados, sus huesos de santo, sus nichos limpios (y tan limpios, como que en la ciudad ya no queda ninguno y los gaditanos pasamos a mejor vida -si existiera una mejor vida que la de estar en Cádiz- en municipios cercanos). Así que aprovecho esta víspera para entonar el mea culpa de postear octubre tan tarde y para romper una lanza por los Tosantos, sin denostar por ello el Halloween del truco y el trato. Que cada uno piense en sus muertos como quiera y cuando quiera y se divierta como tenga a mejor entender.

Mi queridísima India, impulsora de esta sección, me ha preguntado algunas veces de dónde saco las imágenes que ilustran mis posts (del anterior, con la niña del sexto sentido, no me ha preguntado: se ha acordado directamente de mis ancestros). Casi en cada artículo que cuelgo, tardo más en buscar la imagen que en escribir lo que os quiero decir. Y si no encuentro una imagen que me satisfaga, ese post se quedará metidito en la nevera esperando tiempos mejores.

Lo que ha ocurrido con este post tiene que ver con esto que os cuento: no he sido capaz de encontrar en toda la red (debe ser que voy perdiendo las facultades que han hecho que mis compañeros me llamen Miss Google) el cuadro que lleva adornando mi despacho todo este mes. Ni levantándole las alfombras al google la he encontrado. Y lo normal es que no lo hubiese publicado, pero con esta sección tengo una especie de compromiso, así que simplemente he decidido cambiar la imagen del calendario por ésta otra que iba a poner de todas formas, cuando acabase el año por ejemplo, porque es un cuadro que me maravilla absolutamente. Además, el título es parecido al del no encontrado.

Se trata de Dos muchachas acostadas y entrelazadas, de 1915, realizado con lápiz y técnica de aguada. Y me encanta. Me encanta por el color, mucho más cálido que todos los que hemos visto hasta ahora. Me encanta por esos escorzos fantásticos de los cuerpos, por el dibujo impecable. Pero sobre todo me encanta por lo que es capaz de transmitir, la tristeza que lo impregna, las historias que evoca.

En cuanto a libros, ha estado flojito el mes. Bueno, la que ha estado flojita he sido yo, y sólo ha caído uno, Primer amor, últimos ritos, de Ian McEwan. Se trata de un libro de relatos, el segundo que leo de este autor (el primero fue Entre las sábanas), y me ha dejado la misma sensación que éste: la singular maestría del escritor para el relato corto, la desbordante imaginación, la capacidad de resolver situaciones, por más rocambolescas que parezcan, en breves páginas y de forma brillante y el talento de tejer un mundo de sensaciones en historias en las que parece que no pasa nada.

Para el mes que viene, prometo que habrá más.

Editado a 3 de noviembre:

Valiada, cabezota y sabuesa que es, aburrida que está, después de varios infructuosos intentos, ha dado con el cuadro en cuestión. Está visto que le va haciendo falta una nueva edición de enigmas.

Aquí está el maldito:

Dentista (otra vez)

Ayer mi dentista (ya lo sé, ya lo sé. Prometo que es la última vez que hablo de él) tomó un molde de mi dentadura completa. No, contra todo pronóstico y aunque parezca increíble, no se agotó en la provincia el stock de los compuestos que utilizan los dentistas para obtener moldes.

Después de la operación (molde de arriba con una especie de plastilina verde pistacho, molde de abajo con otra especie de plastilina azul monstruo de las galletas, molde a la vez de arriba y abajo con otra especie de plastilina rosa chicle cheiw fresa ácida) debía parecer que me había comido la colección otoño-invierno de Ágata Ruiz de la Prada.

El hecho de que existan unos moldes de mi dentadura no tendría mayor importancia si no fuese por dos consecuencias que marcarán el resto de mi existencia y a las que les estoy dando vueltas desde que salí de la clínica, a saber:

  1. En el caso de que a partir de hoy quisiera desarrollar una fulgurante carrera como serial killer, tendré que poner sumo cuidado en no morder a nadie, ya que cualquier mordisco podría ser pista definitiva y utilizada en mi contra.

  2. En el caso de que el barco en el que viajase desde Southampton hasta Nueva York colisionase con un iceberg en plena noche sin que quedasen supervivientes, podría ser identificada aunque los boquerones se hubiesen dado un festín a mi costa.

He pasado de ser un número a ser un número con dientes.

Capricho.

Los que pasáis habitualmente por esta humilde casa, sabéis de mi adoración por Schiele, tanta que me lleva a postear, aprovechando las ilustraciones de un calendario que tuvieron a bien regalarme a principio de año, mensualmente (que por cierto, ya va tocando) un cuadro suyo.
Así que supongo que entenderéis el capricho que acabo de darme y que hoy vengo a mostraros:

¿Son o no son preciosos? Y lo son todavía más vistos en ‘persona’. La divina facedora de estas preciosidades es Pendientera, una artesana que tiene dos blogs (en el nombre tenéis enlazado uno. Los dos los podéis encontrar aquí a la derecha, en la lista de amigos) en los que muestra sus trabajos, a cada cual más bonito y con unos precios que merecen mucho la pena, y a los que llegué en una de esas tardes de dar saltos de página en página.

La forma de hacer los pedidos la explica Pendientera en cada una de las páginas, pero basta con ponerse en contacto con ella (además de artista es simpática) vía mail para que os vaya indicando los pasos. Y después de pedirlos, rápido rápido tendréis en vuestras manos estas pequeñas joyas.

Advertidos quedáis: si la visitáis, no podréis resistiros.

Hojas.

Aquella mañana de noviembre,  Sebastián G. P., operario municipal de sesenta y cuatro años, once meses y veintinueve días de edad se dispuso a empezar su jornada laboral, casi aún de madrugada, como si fuese un día corriente. Ataviado con las botas de agua y la ropa reflectante que le hacían parecer una luciérnaga hasta que salía el sol, y empujando su carrito con la misma diligencia con la que lo había empujado los últimos treinta y cinco años (bueno, no tantos, que todavía recordaba los tiempos en los que tenía que cargar con un capazo), se dirigió al sector que tenía asignado. Le gustaba su zona, aunque en esta época del año el viento que nunca faltaba y las ocasionales lluvias le dieran bastante trabajo en ese trozo de avenida con su plazoleta llena de árboles. Desde luego, no tenía nada que ver con algunas zonas del centro, en las que, sobre todo en febrero, los compañeros trabajaban durante una semana más que todo el resto del año junto.

De pronto, Sebastián G.P. cayó en la cuenta de que aquella mañana sería la última que barrería todas aquellas hojas amarillas, la última que recogería aquella alfombra , la última vez que haría el vano esfuerzo de dejar la calle limpia. Se dio cuenta de que aquél sería el último día en que tendría que calzarse aquellas botas y ponerse ese chaleco reflectante que le hacían parecer una luciérnaga hasta que salía el sol. Y entonces barrió y barrió, pero en lugar de recoger las hojas cada vez, fue amontonándolas en medio de la placita. Se afanó en recoger cada hoja y volvió a pasar el cepillo otra vez para reunir también las que seguían cayendo de los árboles al son del aire frío de aquella mañana de noviembre. Sólo paró de barrer cuando el montón de hojas le pareció lo suficientemente alto y mullido.

Aquella mañana de noviembre, Pilar D. M. llegó al trabajo, antes de que saliera el sol, con una sonrisa pintada en la boca y la alegría que no había sentido en mucho tiempo. En el trayecto en autobús hacia la oficina le había parecido ver, a través de una de las ventanillas, en la plazoleta que había justo en medio de la avenida, a un hombre vestido de luciérnaga saltando dichoso sobre una montaña de hojas amarillas.

La imagen, de Adriana Quirós.

¡Planazo!

Beaumont y yo teníamos un plan de lo más apetecible para el fin de semana pasado. La verdad es que teníamos ese plan desde hacía más de un mes y que llegamos a él de la manera más tonta: veréis, en los entresijos de este vuestro blog hay una aplicación que me chivatea las visitas que recibo cada día, de dónde me llegan o buscando qué cosas son dirigidas hacia aquí (sólo este último punto ya daría para unas cuantas entradas). Pues bien, un día, bicheando por esos entresijos, aparecía la frase, que alguien puso en google y que lo trajo hasta Ampharou ‘Josh Rouse concierto Alicante’ que me hizo enseguida hilar pensamientos del tipo ‘si alguien busca concierto en Alicante de Josh Rouse, es posible que haya gira española de este hombre y quizá toque en algún sitio más accesible que Alicante’ (que no es que yo le tenga manía a esa ciudad, pero hay que reconocer que me queda un poco a contramano y que las comunicaciones entre Cádiz y Alicante son infames).

Así que me meto directamente en la página de don Josh y casi me caigo de la silla al comprobar no sólo que sí había gira española, sino que además otro de los sitios elegidos era ¡El Puerto de Santa María! ¡A veinte kilómetros de mi casa!

Seguí indagando: resulta que era uno de los artistas invitados en el Monkey Week Festival (festival del que, por cierto, no había oído hablar en mi vida). Como el concierto que habíamos visto hace ahora casi dos años en Barcelona nos había dejado tan buen sabor de boca, no dudamos ni un momento qué íbamos a hacer el día 10 de octubre y esperamos pacientemente a que salieran las entradas a la venta. Beaumont, además, convulsionó de placer al enterarse de que esa misma noche y en el mismo escenario, actuaría también Jon Spencer. Noche redonda, se prometía.

Cuatro días antes del concierto recibimos la llamada de unos amigos que, aprovechando el puente, tenían la intención de hacernos una visita. ¿Para qué están los amigos? ¿Para desbaratarte los planes?¿ Noooooo, ¡para hacerlos mejores todavía! Porque sí, a dos días vista, habían conseguido vuelos, a uno, tenían hotel y la tarde antes de llegar compraron las entradas para el Festival. Así que un plan que ya era perfecto de por sí, quedó ampliado y mejorado con estos amigos, que volvieron a mejorar y ampliar al incorporar a otra amiga, con los que no sólo disfrutamos de los conciertos, sino de todo el fin de semana. Tanto tanto, que necesitamos de todo el lunes para recuperarnos.

De los conciertos, Josh Rouse presentó nuevo disco, que mezcló con temas anteriores. Para mí, divino, como siempre, pero es que yo tengo adoración por este hombre cálido.

Jon Spencer se enfadó. Mucho. Problemas de sonido. Pero parece que el enfado lo inspiró, porque cuando consiguió casi solucionarlos se encontró con un público rendido a sus pies. Y ante quien nos rendimos todos sin excepción fue ante Kitty, Daisy & Lewis: tremendísima fuerza la de estos mocitos.

Eso sí, como a mí lo de las crónicas se me da fatal (como habéis podido comprobar), aquí os dejo una de las pocas que he encontrado, cortita, pero al menos inteligible y un vídeo para que veáis lo que fue.

¡Planazo!

Beaumont y yo teníamos un plan de lo más apetecible para el fin de semana pasado. La verdad es que teníamos ese plan desde hacía más de un mes y que llegamos a él de la manera más tonta: veréis, en los entresijos de este vuestro blog hay una aplicación que me chivatea las visitas que recibo cada día, de dónde me llegan o buscando qué cosas son dirigidas hacia aquí (sólo este último punto ya daría para unas cuantas entradas). Pues bien, un día, bicheando por esos entresijos, aparecía la frase, que alguien puso en google y que lo trajo hasta Ampharou ‘Josh Rouse concierto Alicante’ que me hizo enseguida hilar pensamientos del tipo ‘si alguien busca concierto en Alicante de Josh Rouse, es posible que haya gira española de este hombre y quizá toque en algún sitio más accesible que Alicante’ (que no es que yo le tenga manía a esa ciudad, pero hay que reconocer que me queda un poco a contramano y que las comunicaciones entre Cádiz y Alicante son infames).

Así que me meto directamente en la página de don Josh y casi me caigo de la silla al comprobar no sólo que sí había gira española, sino que además otro de los sitios elegidos era ¡El Puerto de Santa María! ¡A veinte kilómetros de mi casa!

Seguí indagando: resulta que era uno de los artistas invitados en el Monkey Week Festival (festival del que, por cierto, no había oído hablar en mi vida). Como el concierto que habíamos visto hace ahora casi dos años en Barcelona nos había dejado tan buen sabor de boca, no dudamos ni un momento qué íbamos a hacer el día 10 de octubre y esperamos pacientemente a que salieran las entradas a la venta. Beaumont, además, convulsionó de placer al enterarse de que esa misma noche y en el mismo escenario, actuaría también Jon Spencer. Noche redonda, se prometía.

Cuatro días antes del concierto recibimos la llamada de unos amigos que, aprovechando el puente, tenían la intención de hacernos una visita. ¿Para qué están los amigos? ¿Para desbaratarte los planes?¿ Noooooo, ¡para hacerlos mejores todavía! Porque sí, a dos días vista, habían conseguido vuelos, a uno, tenían hotel y la tarde antes de llegar compraron las entradas para el Festival. Así que un plan que ya era perfecto de por sí, quedó ampliado y mejorado con estos amigos, que volvieron a mejorar y ampliar al incorporar a otra amiga, con los que no sólo disfrutamos de los conciertos, sino de todo el fin de semana. Tanto tanto, que necesitamos de todo el lunes para recuperarnos.

De los conciertos, Josh Rouse presentó nuevo disco, que mezcló con temas anteriores. Para mí, divino, como siempre, pero es que yo tengo adoración por este hombre cálido.

Jon Spencer se enfadó. Mucho. Problemas de sonido. Pero parece que el enfado lo inspiró, porque cuando consiguió casi solucionarlos se encontró con un público rendido a sus pies. Y ante quien nos rendimos todos sin excepción fue ante Kitty, Daisy & Lewis: tremendísima fuerza la de estos mocitos.

Eso sí, como a mí lo de las crónicas se me da fatal (como habéis podido comprobar), aquí os dejo una de las pocas que he encontrado, cortita, pero al menos inteligible y un vídeo para que veáis lo que fue.