Porque imagina que se te rompe algo, el vaso, por ejemplo, ese que tiras sin querer, y la gente se limita a traer una bayeta para el agua y una escoba para los cristales. Pero imagina que tú no quieres la bayeta. Querías ese vaso. Te importaba ese vaso. No entiendes que esté roto. Y entonces te pones a recoger los cristales uno a uno. Y tratas de pegarlos. Aunque, claro, mientras haces eso, se te ha olvidado secar el agua con la bayeta. Y también se te ha olvidado la hora que es. Y, encima, hay veces que las cosas se rompen en siete trozos y vale, las puedes pegar. Pero a veces se rompen en cien o más. ¿Entonces qué haces? Pues lo que él hacía era intentar pegarlas de todas formas. No abandonaba, aunque en el suelo hubiera cuatrocientos trozos. Y al final, sin querer, acababa dejando tirada a mucha gente, porque él estaba con el vaso. Que no era un vaso: era una persona.
Éste es un fragmento del libro ‘Deseo de ser punk’ de Belén Gopegui, un fragmento que me llamó poderosamente la atención. Sí, ya sé que he hablado antes de este libro, pero es que este fragmento se me vino ayer a la mente y lo tuve presente durante las dos horas que duró la película ‘Hoy empieza todo’, de Bertrand Tavernier, que tuve la suerte de pillar en CTK y ver (bajo la recomendación de Beaumont, que ya la conocía).
Porque la película habla de vasos resquebrajados, de copas frágiles, de los que dan vueltas en el aire para terminar cayendo y haciéndose añicos contra el suelo. Pero también habla de gente que no espera a que el vaso termine de caer para recogerlo en el aire, aún a riesgo de partirse los dientes en su propia caída, de esas personas con vocación de cristaleros, de personas que, si a pesar de todos los esfuerzos el vaso termina por estrellarse, no desdeñan ni uno solo de esos fragmentos de vidrio que cubren el suelo de sus vidas, y se empeñan una y otra vez en recogerlos y pegarlos, sin soportar la idea de, simplemente, pasar la escoba.








