Montones de piedras y el coraje para levantarlas.

Porque imagina que se te rompe algo, el vaso, por ejemplo, ese que tiras sin querer, y la gente se limita a traer una bayeta para el agua y una escoba para los cristales. Pero imagina que tú no quieres la bayeta. Querías ese vaso. Te importaba ese vaso. No entiendes que esté roto. Y entonces te pones a recoger los cristales uno a uno. Y tratas de pegarlos. Aunque, claro, mientras haces eso, se te ha olvidado secar el agua con la bayeta. Y también se te ha olvidado la hora que es. Y, encima, hay veces que las cosas se rompen en siete trozos y vale, las puedes pegar. Pero a veces se rompen en cien o más. ¿Entonces qué haces? Pues lo que él hacía era intentar pegarlas de todas formas. No abandonaba, aunque en el suelo hubiera cuatrocientos trozos. Y al final, sin querer, acababa dejando tirada a mucha gente, porque él estaba con el vaso. Que no era un vaso: era una persona.

 

Éste es un fragmento del libro ‘Deseo de ser punk’ de Belén Gopegui, un fragmento que me llamó poderosamente la atención. Sí, ya sé que he hablado antes de este libro, pero es que este fragmento se me vino ayer a la mente y lo tuve presente durante las dos horas que duró la película ‘Hoy empieza todo’, de Bertrand Tavernier, que tuve la suerte de pillar en CTK y ver (bajo la recomendación de Beaumont, que ya la conocía).

Porque la película habla de vasos resquebrajados, de copas frágiles, de los que dan vueltas en el aire para terminar cayendo y haciéndose añicos contra el suelo. Pero también habla de gente que no espera a que el vaso termine de caer para recogerlo en el aire, aún a riesgo de partirse los dientes en su propia caída, de esas personas con vocación de cristaleros, de personas que, si a pesar de todos los esfuerzos el vaso termina por estrellarse, no desdeñan ni uno solo de esos fragmentos de vidrio que cubren el suelo de sus vidas, y se empeñan una y otra vez en recogerlos y pegarlos, sin soportar la idea de, simplemente, pasar la escoba.

La imagen, de Rafa Márquez.

Churras y merinas.

No sé si es que el dentista con el pinchazo de la semana pasada (¡zas, en toda la boca!) destapó el frasco de las esencias, abrió la caja de Pandora, que cuando haces pop ya no hay stop (me contengo y no recurro al chiste) o qué tripa se le habrá roto a vaya usted a saber qué cuervo, pero lo cierto es que a partir de ahí la semana se fue volviendo cada vez más raruna.

Que ayer incluso una compañera me decía a primera hora que hoy quemara romero, y yo le contestaba a última ya que lo que iba a quemar no iba a ser romero, sino a mí misma al más depurado estilo bonzo.

Que en realidad, miro para atrás y hago recuento y me digo a mí misma que no sea idiota, que con todas las cosas realmente chungas que le pueden pasar a una, mi semana ha sido como haber estado en un balneario. Pero ya me lo decía India, en el fondo soy una quejica y una lloreras. Bueno, quizá es que estoy más acostumbrada a que las cosas regularcillas vengan de una en una y no de quince en quince…

En fin, que ya está bien de lamentos. La semana también ha tenido cosas buenas. Algunas (vale, que ya he dicho que paraba). La mejor, tener a Beaumont al lado aguantando mis lloros y intentando (y consiguiendo) hacerme reír.

Después de ésta, y sin que de ningún modo se le pueda comparar, está que al final arrancamos y nos fuimos a ver Malditos Bastardos. Y tuvimos suerte: seis personas en la sala, y por el precio de una, vimos tres películas y nos ahorramos cuatro próximas entradas (¿alguien sabe de dónde viene la manía de detriparte las películas en los trailers de los próximos estrenos?).

De los Malditos no os voy a decir nada. Tarantino es Tarantino, y siempre tendrá sus fanes incondicionales y sus detractores acérrimos. A mí la película me gustó, me entretuvo, no se me hizo larga (otra cuestión ¿dónde quedaron las películas de hora y media? ¿es por aprovechar luego mejor los DVD’s?) y, contra todo pronóstico, Brad Pitt no fue el que más me gustó (que sí lo hizo y mucho), porque ahí estaba, grandísimo, Christopher Waltz, el malo malísimo malérrimo Hans Landa. Pero mejor no os cuento nada más. Vedla. Terminad con la crisis de la industria cinematográfica. O con la de los proveedores de adsl.

Otra de las cosas buenas fue descubrir un nuevo lugar de tapeo en Cádiz. Se llama DiVino y, para los que vivís aquí, en las inmediaciones o tenéis prevista alguna visita, está en la plaza Candelaria. Son simpáticos, amables, aceptan las críticas, agradecen los halagos y sobre todo, tienen unas tapas de lujo y una carta de vinos mucho más que aceptable. Y no, no soy amiga ni familiar de nadie que obtenga beneficio alguno de dicho lugar. Eso sí, si vais, que sea de uno en uno o de dos en dos, que el lugar tiene encanto pero es pequeñito.

Hoy vuelve a ser viernes. Después de este batiburrillo-catarsis, y aprovechando que el día está precioso y que huele a mar en toda la ciudad, pondremos buena cara, levantaremos la barbilla y dejaremos que el aire del sur nos despeine bien a gusto.

 

La imagen, de aquí.

Fin de semana.

Me las prometía muy felices yo este fin de semana. No tenía ningún plan especial, quizá dormir más de la cuenta, ir al cine, con cenita después. Ayer me bastaba con que fuera viernes, que hiciera buen tiempo, que san Miguel nos regalara un trocito más de verano. El sol brillaba, era viernes y con eso bastaba.

Pero claro, volvía a tener cita con el dentista. Tranquilidad, no pasa nada. Sólo que salí de allí con el labio superior y la nariz como si no fueran míos. El ojo derecho tampoco lo era. Mientras me ponían la anestesia noté cómo ésta subía por mi cachete hasta el ojo. Es normal, me dijo él. No fue a mayores, menos mal, y no salí de allí con el ojo ‘chiguato’, como he visto alguna vez. Aún así, me coloqué mis gafas de sol hasta llegar a casa.

A medida que pasaba la tarde se fue pasando el efecto de la anestesia. Ya por la noche no podía abrir la boca con toda la naturalidad que hubiese querido. A la hora de dormir seguía sintiendo molestias en las ‘bisagras’. Esto se quita durmiendo, me dije, y caí como una piedra sobre la almohada.

Esta mañana apenas podía abrir los ojos. De tanto dormir, pensé. Hasta que me miré al espejo. Un hermosísimo orzuelo coronaba el párpado de mi ojo izquierdo. ¡Ea, que se note que en esta casa no nos privamos de nada! Ahora sí que tenía un ojo chiguato. Alguna embarazada a la que se le han antojado tus ojos, diría mi madre. Pues menos mal que me ha pegado el orzuelo y no la barriga, diría yo.

En fin, Beaumont me ha hecho llorar para que se me limpiara bien el ojo (es un solete, me ha hecho llorar de la mejor y más efectiva forma: me ha puesto esto. ¡Cómo me conoce el joío!) y luego ha ido a la farmacia a buscarme un remedio mejor que los ya conocidos de mi madre, léase frotarse un ajo cortado o un anillo de oro por el párpado.

A estas alturas del día el ojo ya está bastante mejor. Aunque puede ser que todavía no esté todo perdido: podría aprovechar para disfrazarme de Elle Driver.

Septiembre.

“Mi ser, mi descomposición, trasplantado a valores permanentes, tiene que producir mi fuerza en otros seres más desarrollados (…) Soy tan rico que tengo que regalarme a otros”.

Es el Schiele narcisista, el que pintó multitud de autorretratos enfrentándose a un espejo, el Schiele más tenebroso, el más expresionista, el más trágico. Es Schiele «El poeta», pintado en 1911, el mismo año en el que terminó su poemario, Yo, eterno niño. El cuadro, mucho más oscuro de lo que nos tiene acostumbrados, pero sigue centrando la mirada del espectador justo donde a él le interesa: el rostro del autor, contraído en apenas una mueca, la postura imposible, las manos deformadas. El sexo apenas insinuado, a diferencia de otros autorretratos, mucho más claros, donde lo luce ostentosamente. El Schiele más introspectivo.

En cuanto a lecturas, septiembre ha dado bastante de sí. Por fin terminé El Imperio, de Ryszard Kapuściński, una crónica sobre el derrumbamiento de la Unión Soviética y el papel de Stalin en su historia, sucesos conocidos a veces a través de testigos, otras de primera mano, pero siempre contadas con la pasión que tienen los hombres comprometidos.

Después llegó el momento de John Ajvide Lindqvist y su Déjame entrar. Había visto la película hace un par de meses, y tenía muchas ganas de leerlo. Y no ha defraudado. Un libro sobre soledad, acoso escolar, amores adolescentes, sobre el bien y el mal, sobre egoísmo, sobre entrega… ah, y también sobre vampiros. Un consejo: si queréis leerlo, primero ved la película.

Luego fue el turno de Historias de cronopios y de famas, de Julio Cortázar. ¿Qué os voy a contar a estas alturas que no sepáis ya?? Una absoluta maravilla. Después de haber leído Rayuela una y otra vez, al derecho y al revés, y Las armas secretas, era imperdonable no haberme acercado todavía a los cronopios, a las famas y a las esperanzas. Imprescindible y delicioso.

Y entonces sí, llegó, por fin, Deseo de ser punk, de Belén Gopegui. Desde que leí de esta mujer La escala de los mapas (gracias Kamenah), he devorado todo lo que ha publicado, y he esperado con anhelo sus nuevos libros. Y los he gozado, uno a uno, todos ellos. Éste no ha sido una excepción. La misma prosa brillante, en forma ahora de carta-confesión de una adolescente, con todo lo que conlleva serlo: la lealtad, la rebeldía, la rabia. La música.

Y, como siempre, si se ha retrasado un poco este post mensual, ha sido por incluir un último libro. Y este mes le ha tocado a El placer del viajero, de Ian McEwan. Me pasa con este autor como con Gopegui, salvando las distancias: en cuanto cayó en mis manos un libro suyo, he tratado de conseguir (voy a tener que dejar de pasar por delante de Quorum) toda obra suya que se me pusiera a tiro. Y me pasa igual que con Gopegui, salvando las distancias: cada obra logra sorprenderme, engancharme. Cada obra me deja dándole vueltas aún cerrada la última página. Cada obra estoy deseando terminarla para empezarla de nuevo.

El dentista.

Estoy tendida en el sillón de las torturas. Aparece detrás de mí, me pregunta cómo va todo. Quiere que me confíe. Cuando se sienta a mi lado, ya tiene la mascarilla puesta, tapándole la nariz y la boca, y se está poniendo unos guantes. Por higiene, quieren que pensemos, pero a mí no me engaña: es que no quiere dejar pruebas, no quiere que lo reconozca. Pero no le servirá de nada. Cuando se abalanza sobre mí, haciéndome abrir la boca, me fijo en sus ojos. No estás a salvo, podría reconocerte en cualquier lugar…

Al final no ha sido para tanto. Salgo de allí con el labio dormido y un gesto igual que si me hubiesen dado ¡zas!, un chancletazo en toda la boca. Y una cita para la siguiente semana, a la que iré, ya sí, más relajada. Es lo que tiene tener una dentadura como comprada de saldo, como esas bragas que se pueden comprar en el mercadillo y que lavas antes de estrenarlas, ahora sí, por higiene. Y que cuando abres la lavadora, aparece el elástico de la cintura por un lado, la braga por otro y la doble tela de los bajos (que antes eran de felpilla. ¿Dónde está la felpilla de nuestras braguitas de niña?) se ha desintegrado. Así han sido siempre mis dientes, de mala calidad. Y quizá eso es lo que me hace tener un miedo irracional a los dentistas, que afortunadamente consiguen desbaratarme tras la primera consulta.

Ahora estaré una temporada visitándolo, a ver si le pone remedio a lo que la naturaleza dejó a medias. Trabajo tiene, la criatura, que ya me decía mi madre: todo el mundo tiene una caja de dientes y tú, mi niña, tienes un baúl.

Pelayo

Un día del mes de abril del año cuarenta y tres del siglo pasado, la señora de P. de L., de soltera Merceditas S. de P., tras un parto que se alargó durante dos días, trajo al mundo a su primogénito, al que se le impuso en la pila bautismal el nombre de Pelayo. Fueron tantas las penalidades sufridas por la joven madre en el heróico acto de traer a su retoño al mundo que, incluso antes de verle la cara ya había decidido que aquél sería su único hijo y que a partir de entonces, su amante marido y ella dormirían en habitaciones separadas.

Y no fue lo único que decidió. Aquel mismo día se movieron todas las influencias y conocimientos de la familia para que, al día siguiente, un ama de cría se hiciera cargo del pequeño Pelayo.

La elegida resultó ser una muchacha del norte, de familia pobre pero honrada que habiendo parido hacía poco, no había tenido más remedio que dejar a su vástago al recaudo de la familia del pueblo para ir a buscarse un futuro a la capital.

El ama, bien dispuesta y llena de nostalgias, acogió al calor de sus alimenticios senos al pequeño, que respondió vorazmente y con gran regocijo.

Pasaron los años y el ama de cría pasó a ser ama seca. Lo único que no cambió fue la circustancia de tener a Pelayín pegado a sus faldas día y noche, que ni durante la corta hora en que el niño disfrutaba de la compañía de sus padres, siempre que se portara bien y no hubiera visitas, conseguía soltarlo de su abrazo. Ya hacía tiempo que no lo amamantaba, pero el mejor momento de los días del niño era cuando el ama lo cogía entre sus brazos y lo acunaba, y aspiraba aquel aroma de magadalenas y miel que lo alimentó antaño. Y siguió haciéndolo cuando ya los pies no le colgaban sentado sobre las enaguas del ama, sino que le descansaban tranquilamente sobre el suelo e incluso ayudaba a acunarse. Y así continuó, hasta que al cumplir los dieciséis años fue enviado a un internado a fin de que se hiciera un hombre de pro. Grande fue la tristeza del ama al separarse de su pequeño, pero nada comparada con la de éste al abandonar el regazo. El ama, acabado su trabajo, volvió a encontrarse con su propio hijo, hecho ya un mozalbete. Pelayo, sin embargo, no volvió a encontrar en nadie aquel abrazo cálido y amoroso que le acompañó durante su niñez.

Don Pelayo P. de L., honorable anciano, acompañado de su chófer, acude cada mañana a una vieja panadería del centro de la ciudad, a la hora en la que la panadera saca las magdalenas del horno, y permanece allí, aspirando aromas antiguos, aromas dulces de magdalenas y miel.

El sol del membrillo.

Cambian los días camino del otoño. Se vuelven más cortos, más perezosos. El sol, después del esfuerzo del verano, juega al escondite. Empieza a costarle calentar y los grados comienzan ya a caer, esperando el desplome sin remedio del invierno. Invierno. Sólo con pensarlo ya se me ponen los vellos como estalactitas. ¿O eran estalagmitas? Aunque presiento que no será más que cambiar el frío del aire acondicionado por el aire ambiente. Frío al fin y al cabo.

Vuelve a salir el sol y parece que todavía hay esperanza. Y el consuelo del membrillo.

El cuadro, Membrillero, de Antonio López.

Cotilleo!

Algo que no entiendo ni nunca entenderé es el afán de la gente por saber la vida y milagro de los demás. Y no me refiero ya al ‘salsarroseo’ ni al resto de circos que cada vez son más frecuentes a poco que enciendas la tele. Me refiero al día a día, a la gente a la que conoces, con la que te tienes que relacionar quieras o no.

Tengo una vecina que está pendiente a la hora a la que salgo o a la que entro. Lo sé porque después se lo cuenta a mi madre. Tengo otra que si oye a mucha gente entrar o salir de mi casa (más de dos, quiero decir), abre la puerta poniendo cualquier excusa. Y otra que te cuenta hasta los más recónditos detalles de cualquier vecino, aunque éste se haya mudado al piso hace dos días.

En el trabajo pasa lo mismo. Ahora comparto área con otras ocho personas. Ocho personas que lo saben todo de todos. Yo ya llevo más de un año aquí. Saben que tengo una hija porque Lorah ha venido varias veces a recogerme. Saben de Beaumont porque las veces que viajaba a Barcelona tenía que traer la maleta a la oficina para poder salir directamente desde aquí e hicieron sus propias cábalas que acabé confirmando a base de dar largas, y que tengo una hermana en Valiadalandia porque me pedí vacaciones cuando nació Marco. Así que soy la rara. Desde el principio de estar aquí he desayunado sola, a pesar de que me han invitado a integrarme en varios grupos. No entro en la ‘puesta en común’ de los temas de actualidad que se celebran invariablemente cada mañana.

Y toda esta retahila viene por algo que me ha pasado esta mañana que me ha dejado patitiesa. Estaban las compañeras que me quedan a la derecha charlando de sus cosas (tema favorito en estas fechas: comienzo de curso y gripe A). Los compañeros que me quedan a la izquierda tienen la bendita costumbre de hablar entre ellos a grito pelao, sea de trabajo o no. Y en esas estábamos hoy, yo concentradísima visitando blogs en mi trabajo, y tanto jaleo a mi alrededor que hubo un momento que me tuve que levantar e ir a la vaquita del agua sólo para volver a centrar los pensamientos. Cuando volví seguían a lo mismo. Recordé entonces que tenía que llamar a casa (nunca hago llamadas personales desde el trabajo si no es por una urgencia y ésta lo era). Descolgué, marqué, esperé los tonos. Alrededor seguían las voces. A los tonos sucedió la voz que esperaba. Contesté a mi vez con un ‘hola guapo’ casi susurrado. Y entonces se produjo el milagro: el silencio se hizo a mi alrededor y duró lo que duró mi conversación. Y diréis que soy una malpensada, pero no creo que lo hicieran precisamente para que pudiera hablar tranquila.

Cada vez estoy más convencida de estar trabajando en una plaza de pueblo.

Noticiero.

El viernes cuatro de mayo, a las siete y treinta y cuatro de una mañana que se prometía soleada, Ramón J. C., dueño de la pescadería situada en el número once de la calle Azucena, descargaba las cajas del pescado que vendería a un precio más que razonable a lo largo de todo el día. Al coger la segunda caja de unas sardinas fresquísimas, una de ellas se deshizo del hielo que la cubría y aún con instinto natatorio, se deslizó hacia un charco que se había formado a base de riegos matutinos y que se encontraba entre el bordillo de la acera y el borde de la furgoneta de Ramón J. C.

En aquel preciso instante, Calixto, el gato blanco, negro y crápula que convivía con Mercedes G. M., septuagenaria vecina del número trece de la calle Azucena, volvía de su correspondiente incursión nocturna dedicada al acoso y derribo de gatitas de mal vivir. Al pasar por delante de la pescadería, donde le gustaba detenerse antes de entrar en casa y dedicarse el resto del día al noble oficio de dormitar al sol, se percató de aquella sardina huérfana y abandonada a su suerte. Sabedor de lo perverso de sus intenciones, prefirió esconderse bajo la furgoneta a fin de evitar ser descubierto y sortear las iras del pescadero. Sólo asomó una pata calzada de blanco, y tan rápidamente lo hizo, que sólo pudo ser visto por alguien que estuviera realmente atento a sus acciones, pero fue suficiente para alzarse con el plateado botín. Allí mismo dio buena cuenta del pez, justo antes de salir de su escondite para relamerse convenientemente, atusarse los bigotes y limpiar las minúsculas manchas que se camuflaban en su moteado pelaje.

El viernes cuatro de mayo, Calixto, acostumbrado a la comida de lata, durmió durante todo el día.

Ramón J. C., dueño de la pescadería situada en el número once de la calle Azucena, vendió todo el género que había comprado a buen precio antes de que amaneciera. Ni siquiera echó de menos una sardina que sirvió de desayuno a un gato blanco, negro y crápula.

La ilustración, de Amy Reges.