Julio.

 

Pues mira que me iba a poner a escribir otro post, pero he caído en la cuenta de que hoy ya es treinta y uno y no he tenido la decencia de presentaros el Schiele que me ha estado acompañando todo el mes.

Ha sido el Retrato de Friederike Maria Beer, de 1914 (como podéis comprobar, algo más tapadita de lo que estábamos acostumbrados ya a las modelos de los últimos meses), bohemia coetanea del artista que también fue modelo de Klimt dos años más tarde. De hecho, es más conocido el retrato que le hizo éste último que el que os presento hoy.

En cuanto a lecturas, entre viaje a Barna y viaje a Cartagena, la verdad es que me ha cundido bastante. Lo que han sido los viajes, claro, que luego en las estancias he cogido el libro de turno sólo para sacarlo del bolso y dejarlo en casa. He estado (y voy a estar, me temo) dedicada casi en exclusiva a Kapuściński (me tiene con la boca abierta este hombre). El primero fue Los cínicos no sirven para este oficio: sobre el buen periodismo, donde se recogen tres entrevistas hechas al periodista y que debiera ser manual de estudio obligado en todas las facultades de periodismo del mundo. Como hoy no lo tengo a mano, y el libro lo merece, queda pendiente colgar una cita otro día.

El segundo fue Ébano, de donde extrae vivencias de sus treinta años como corresponsal en África, con el telón de fondo de todas las guerras de independencia que vivió en ellos, pero desde el punto de vista de los protagonistas de estas guerras: los que las sufrieron, sufrieron su violencia, sus hambres, alejándose de las versiones oficiales y haciéndose parte del pueblo.

El tercero leído (cambiando un poco de tercio. Necesitaba un respiro después de tanta realidad) ha sido El arrancacorazones, de Boris Vian. Casi tan magnífica como la ya leída y recomendadísima La espuma de los días, se trata de un pequeño cuento sobre la culpa y la vergüenza, sobre una madre ultraprotectora y unos trillizos (dos y uno más) que aprenden a volar comiendo orugas azules.

De El Imperio, también de Kapuściński, ya os hablaré el mes que viene.

Regreso.

Ya estoy de vuelta. Sí, ayer, con todo el dolor de mi corazón, me metí en el autobús de nuevo rumbo a Cádiz. Lo del dolor de corazón lo entenderéis al ver la foto del post anterior. Y es que no me han dejado traérmelo (menudas son la madre y la abuela) y eso que intenté salir ayer disimulando con él en brazos. No coló.

Pero bueno, ya estoy aquí. Prometo no daros la tabarra con la batería de fotos que me traje y ejercer de babeante tía sólo en la intimidad. La estancia, como podéis imaginar, fantástica, a pesar de que pisé la calle bien poco. Tampoco era plan, todo hay que decirlo, porque con cuarenta y un grados a las ocho de la tarde, las chicharras sin parar todo el día y un aire que abrasaba tal que ponías un pie en el exterior, sólo faltaba ver pasar un cardo ruso y a tito Clint apostado esperándome en cada esquina.

Además de los buenos ratos, de las risas, de las celebraciones, de la cara de mi Pabletillo a cada momento y sus ‘¿tú eres mi tita Ana?’ que me derretían, de los maratones de Bob Esponja, también me he traído mi portátil niquelao, gracias a J., con lo cual ya tengo sonido (Coltrane y sus favourite things suenan ahora mismito en ca’Ampharou, ¡gusto, por dió!)

Así que cansada pero contenta. Contenta por estos días atrás. Contenta por los días que vienen, de mucho lío, pero que van a tener una recompensa magnífica.

¡Qué buen verano está siendo éste!

Natalicio.

Pablo tiene nuevo compañero de juegos. Bueno, tendrá que esperar un poco todavía hasta poder corretear con él en el parque, pero seguro que tendrá la paciencia suficiente. Y no es un compañero cualquiera, no, es un hermano, Marco, un nuevo murciaditano que ha escogido este día de julio para venir al mundo.

Pablo tiene suerte. No hay mejor compañero que un hermano. Sus papás también tienen mucha suerte. No hay nada mejor que dos pequeños barrabases para animarte los días y las noches.

¡¡Felicidades a los cuatro!!  

 

P.D.: Sí, ya sé que la imagen es empalagosa hasta la diabetes, pero es que hoy estoy ñoña, ñoña, ñoña…

Perros, cigüeñas, estorninos y demás.

Desde que empecé mi vida laboral, hace ya unos cuantos años (y los que me quedan), siempre he trabajado en el mismo barrio de Cádiz: el barrio pudiente, el que huele, como decía alguna chirigota, a Chanel nº 5, el barrio de la gente bien, el del pedigrí y las marcas, en el que cuando hay elecciones no es necesario hacer ni recuento de votos.

Hasta hace poco, trabajaba en un edificio que linda con la frontera oeste y casi con la norte de este barrio. Llegaba en autobús cada mañana, y desde la parada tenía dos entradas naturales para acceder al Barrio (sí, con mayúsculas, porque él lo vale). Me daba igual una que otra, ya que había la misma distancia hasta mi oficina, pero entrara por donde entrara, me sentía como una pequeña Dorothy saltando por el camino de baldosas amarillas, claro que más que Judy Garland cantando el We’re off to see the Wizard, parecía una cigueña en celo, ya que mis zapatitos rojos caminaban sobre un acerado crotorante del que el adjudicatario de la obra debió pensar que en ese tramo tampoco hacía falta tanto cemento, que era un derroche y que estaría mejor empleado si lo utilizaba para terminar su chalecito en la sierra.

Si entraba por el acceso norte, además, debía poner mayor cuidado todavía en dónde ponía el pie: rodeaba por este camino el chalé de uno de los principales de esta ciudad. Más que el chalé, sus jardines. Y por una de las paredes que lo delimitaban, sobresalía hacia la calle un ficus que era residencia habitual de estorninos en otoño e invierno. Los bajos del ficus se convertían entonces en una pista de patinaje, acrecentada cuando caía cuatro gotas, debido a la dieta de aceitunas y acebuchinas de cientos de pajaritos.

Hace un año cambié de trabajo. Sigo en el mismo barrio, ahora en su frontera sur, más cerca de casa, por lo que voy y vengo dando paseítos. A medida que me voy acercando va aumentando la cantidad de árboles y, en estas fechas, basta que haga una ligera brisa para que el espectáculo esté servido: de las melias y las acacias van cayendo flores que, tras describir un breve baile en el aire, forman una tupida alfomba blanca y violeta por todo el camino. Sería mi gusto pasar por debajo de esos árboles mirando hacia el cielo, para ver caer las flores, como una CandyCandy de tres al cuarto. Y sin embargo, tengo que hacer todo el recorrido con los ojos puestos en el suelo, a fin de no llevarme ningún «regalito» y acordándome de lo que cierta vez le oí decir a Alejandro: en este barrio hay muchas «perras», pero también hay muchos perros.Y es cierto. Y aunque sé que Alejandro lo decía con todo el retintín del mundo, añadiría, por si alguien no se entera, que además de muchos perros, hay muchos animales bípedos con una notable disfunción en la columna vertebral que les impide agacharse cuando sacan a sus perritos a pasear. O eso, o es que son todos unos guarros.

La imagen, de Rubén González Galera.

Perros, cigüeñas, estorninos y demás.

Desde que empecé mi vida laboral, hace ya unos cuantos años (y los que me quedan), siempre he trabajado en el mismo barrio de Cádiz: el barrio pudiente, el que huele, como decía alguna chirigota, a Chanel nº 5, el barrio de la gente bien, el del pedigrí y las marcas, en el que cuando hay elecciones no es necesario hacer ni recuento de votos.

Hasta hace poco, trabajaba en un edificio que linda con la frontera oeste y casi con la norte de este barrio. Llegaba en autobús cada mañana, y desde la parada tenía dos entradas naturales para acceder al Barrio (sí, con mayúsculas, porque él lo vale). Me daba igual una que otra, ya que había la misma distancia hasta mi oficina, pero entrara por donde entrara, me sentía como una pequeña Dorothy saltando por el camino de baldosas amarillas, claro que más que Judy Garland cantando el We’re off to see the Wizard, parecía una cigueña en celo, ya que mis zapatitos rojos caminaban sobre un acerado crotorante del que el adjudicatario de la obra debió pensar que en ese tramo tampoco hacía falta tanto cemento, que era un derroche y que estaría mejor empleado si lo utilizaba para terminar su chalecito en la sierra.

Si entraba por el acceso norte, además, debía poner mayor cuidado todavía en dónde ponía el pie: rodeaba por este camino el chalé de uno de los principales de esta ciudad. Más que el chalé, sus jardines. Y por una de las paredes que lo delimitaban, sobresalía hacia la calle un ficus que era residencia habitual de estorninos en otoño e invierno. Los bajos del ficus se convertían entonces en una pista de patinaje, acrecentada cuando caía cuatro gotas, debido a la dieta de aceitunas y acebuchinas de cientos de pajaritos.

Hace un año cambié de trabajo. Sigo en el mismo barrio, ahora en su frontera sur, más cerca de casa, por lo que voy y vengo dando paseítos. A medida que me voy acercando va aumentando la cantidad de árboles y, en estas fechas, basta que haga una ligera brisa para que el espectáculo esté servido: de las melias y las acacias van cayendo flores que, tras describir un breve baile en el aire, forman una tupida alfomba blanca y violeta por todo el camino. Sería mi gusto pasar por debajo de esos árboles mirando hacia el cielo, para ver caer las flores, como una CandyCandy de tres al cuarto. Y sin embargo, tengo que hacer todo el recorrido con los ojos puestos en el suelo, a fin de no llevarme ningún «regalito» y acordándome de lo que cierta vez le oí decir a Alejandro: en este barrio hay muchas «perras», pero también hay muchos perros.Y es cierto. Y aunque sé que Alejandro lo decía con todo el retintín del mundo, añadiría, por si alguien no se entera, que además de muchos perros, hay muchos animales bípedos con una notable disfunción en la columna vertebral que les impide agacharse cuando sacan a sus perritos a pasear. O eso, o es que son todos unos guarros.

La imagen, de Rubén González Galera.

Atila.

Lo he conseguido. Me he superado a mí misma, y eso que parecía imposible. Ya no soy Terminatrix. He evolucionado a Atila, el rey de los hunos. De los unos y los ceros soy yo la reina, no se me resiste ninguno: me he cargado, yo solita, el disco duro del ordenador del trabajo (y van…). Seis meses me ha durado, que era nuevecito del paquete. Ahí, con un par.

El informático me ha dicho que puede ser por los fallos eléctricos que hemos tenido en los últimos días. Y es que el jueves pasado se fue la luz a última hora de la mañana. Luego volvió, pero el viernes, desde temprano (los que llegaron temprano me lo contaron) ya no teníamos suministro. A media mañana volvíó, pudimos leer la prensa, el correo y los blogs trabajar, pero no duró mucho. A última hora, cuando ya estábamos desesperados, más que nada porque tampoco teníamos aire acondicionado, volvió otra vez. Pero mi pc ya había muerto. Sólo el mío, de todos los que hay en el edificio. Así que sospecho que echarle la culpa a los cortes de luz es sólo es una excusa, ganas de quitarme méritos conseguidos por mí misma con muchísimo esfuerzo.

Sólo espero no terminar en la cárcel por destrozo de bienes públicos.

 

Actualización a 10 de julio:

Me han cambiado el disco duro y en este preciso instante está mi gurú informático (no el ¡oh! gran todopoderoso) instalándome todas las aplicaciones necesarias para que pueda trabajar (¡¡qué manía!!).

Me doy de plazo hasta final de año para volver a destruirlo.

Faraday.

Casi acabo de aterrizar. No, no he estado de vacaciones, que sólo ha sido el fin de semana (un poquito más largo, eso sí, que me he reservado este lunes para volver), pero podría haberlo parecido si no hubiese sido por lo corto. Pero he estado allí donde quiero estar, y eso siempre son un poco vacaciones. Y como donde quiero estar no es un lugar, sino unos brazos, unos labios y miles de risas y arrumacos, daría igual que el avión que cogí el viernes me hubiese llevado a Tudela, a Melbourne o a Sebastopol siempre que él estuviera allí esperándome.

Pero me esperaba en el Prat (no, tampoco he conocido la terminal nueva. Ya tengo bastante con perderme en la de toda la vida), y allí llegaba yo, cansada pero contenta, después de medio día de viaje.

El motivo de la escapada, aparte del obvio de regalarnos unos días juntos, fue que por fin íbamos a poder disfrutar de la actuación de The Divine Comedy en el Faraday Festival que se ha celebrado este fin de semana en Vilanova i la Geltrú. Y ha merecido mucho la pena. Primero, porque el lugar elegido para el festival es un sitio increíble, a pie de playa, lleno de árboles y plantas y lo suficientemente pequeño como para que las multitudes no lo estropearan. El sábado, día del concierto, lucía además una luna casi llena que rielaba en un mar sereno, así que el espectáculo estaba en el escenario y justo a nuestras espaldas. Segundo, el señor Neil Hannon se marcó un concierto que nos dejó a todos un dulcísimo sabor de boca y muchas ganas de más. Continuaremos siguiéndole la pista, que el caballero lo merece, y esperemos que vuelva pronto, aunque sea para que siga practicando el ‘mooooltes gràcies’ que decía cada vez que nosotros nos hinchábamos a aplaudirle, pero parece que por ahora nos tendremos que conformar con el nuevo disco que sacará a finales de año. Por lo de pronto, yo, al volver hoy de Barcelona, lo he hecho con mi mp3 y mis auriculares anatómico-forenses (es que me matan las orejas, sabéis?) escuchando esto una y otra vez.

Lo siento. WordPress no me deja poner vídeos, así que si queréis disfrutar un ratito con lo que yo disfruté el sábado, tendréis que pinchar en el enlace.

Junio.

De nuevo casi se acaba el mes sin que yo haya posteado mi hoja del calendario Schiele. Un mes con sus cosas malas, menos malas y alguna buena que hubo también. Un mes que se acaba y que nos deja más cerquita las vacaciones.

La chica que me ha acompañado las últimas semanas ha sido Wally con camisa roja. Con camisa roja y poco más, como nos tiene acostumbrados el artista en los últimos meses. Wally fue Valerie Neuzil, una joven de diecisiete años, amante de Schiele que le sirvió de modelo para algunas de sus mejores obras y con la que huyó de Viena para instalarse en el campo, en Krumau, lo que hizo que fuese acusado de corrupción de menores.

Y si Wally me acompañó, también lo hicieron Ryszard Kapuściński y Enric González. El primero, con sus Viajes con Heródoto, un maravilloso relato de viajes que comienza con un joven periodista en la década de los cincuenta, que sólo conocía su Polonia natal y que, tras plantearse la sensación que sentiría al cruzar la frontera, sólo cruzarla, es enviado a la India, con poco más que lo puesto y, en la maleta, un ejemplar de las Historias de Heródoto que lo acompañará, después de la India, a China y a África.

A decir verdad, no sabemos lo que incita al hombe a recorrer el mundo. ¿Curiosidad? ¿Anhelo irrefrenable de aventura? ¿Necesidad de ir de asombro en asombro? Tal vez: la persona que deja de asombrarse está vacía por dentro; tiene el corazón quemado. En aquéllos que lo consideran todo déjà vu y creen que no hay nada que pueda asombrarlos ha muerto lo más hermoso: la plenitud de la vida. Heródoto se sitúa en el  polo opuesto. Con su continuo ir y venir, es un nómada infatigable, ocupado en mil cosas, rebosante de planes, ideas, hipótesis… Siempre de viaje. Incluso cuando está en casa (pero, ¿dónde está su casa?), es porque o acaba de volver de un viaje o está preparando el siguiente, el cual ha de ser entendido como un esfuerzo e indagación, como un intento de conocerlo todo: la vida, el mundo, a sí mismo.

El segundo libro, Historias de Nueva York, de Enric González. Ya he contado muchas veces que en los desayunos de mis jornadas laborales lo único que me acompaña es un libro. Mucha gente en la cafetería me mira, todavía hay quien no concibe ver a alguien tomando café y leyendo algo que no sea el periódico. Alguna vez, algún conocido con el que he coincidido ha llegado a preguntarme ‘¿tan temprano y ya leyendo?’. Así que debo ser la rara de la cafetería. Y supongo que el hecho de que me hayan visto los días que me ha durado el libro de Enric González soltando alguna que otra carcajada no ha debido mejorar precisamente mi fama.

Los forasteros en Nueva York somos reconocibles porque vamos por la calle mirando hacia el cielo con la boca abierta. A algunos se les pasa en unos días. Otros llevamos la nuca encajada entre los omóplatos durante meses. Soy de los que se emboban con los rascacielos, quizá porque me producen vértigo, o porque son las catedrales contemporáneas y están para eso, para embobar a gente como yo.

Este mes, además, quiero hacer otra recomendación. No se trata de otro libro, sino de una película, la sueca Déjame entrar, de Tomas Alfredson. No os diré de ella nada más que por favor, por favor, hagáis por verla. Dejaré que hable de ella quien realmente sabe.

Carne.

Es muy inquietante que, queriendo buscar el convenio colectivo de carnicerías, ponga en el buscador ‘carne’ y la primera entrada que aparezca sea ‘Transportes de viajeros’ y la segunda ‘Trasporte de mercancías por carretera’.

Pero lo que da escalofríos de verdad es que la tercera sea ‘Pompas fúnebres’.