
Los que sois habituales a esta bitácora habéis leÃdo algunas veces en ella historias que tienen que ver con el café. Con un café en concreto, al que acudo todas (o casi todas) las mañanas de mi vida laboral desde hace un montón de años. Me acostumbré a ir allà porque estaba cerca de mi anterior trabajo y, a pesar de que queda un poco más alejada de mi oficina actual y en la misma esquina de ésta hay otras dos cafeterÃas, sigo yendo a la misma de siempre, en parte porque allÃ, durante los veinte minutos que dura mi desayuno, puedo estar tranquila si quiero, puedo charlar con los parroquianos -conocidos, que siempre somos los mismos- si me apetece y además me tratan como si estuviera en casa, y en parte porque cuando le dije a Alejandro, el dueño, que me trasladaba, me dijo con cara de pena que entonces me olvidarÃa de ellos y yo le prometà que no, que me seguirÃa teniendo allà como cada dÃa. Han pasado casi diez meses y, aunque he reducido la ingesta de café, sigo fiel a mi palabra y cada mañana, durante un ratito, allà me acogen, a mi libro de turno y a mÃ.
La cafeterÃa no tiene nada de particular. Es de esas que no tienen mesas, sólo una barra larga y en forma de «u» dentro de la cual Alejandro se desenvuelve como el capitán de un barco, rápido, enérgico, pero siempre con una palabra amable o un chascarrillo para sus incondicionales. Pregona la paella cuando va llegando la hora, adoctrina a su hijo en las labores camareriles, aconseja a Mariya como harÃa un hermano mayor y está al tanto de todo lo que ocurre en su calle. Allà los chicos Erasmus han aprendido más que en las clases de español de la academia de al lado y han ido dejando trocitos de ellos mismos cuando se han marchado en forma de fotos, recuerdos o cartas desde lejanos paÃses que Ale va atesorando con cariño en el botellero que corona la barra.
Durante la Semana Santa, aprovechando el bajón de clientela (prácticamente todos somos trabajadores de los alrededores), Ale decidió hacer reformas. Cuando me avisó de que estarÃa esa semana cerrado, que iban a hacer algunos cambios, le pedÃ, por favor, que no hiciera demasiados, que se estaba demasiado a gusto allÃ. Después de las vacaciones, al volver, la agradable sensación de que todo seguÃa igual. Suelo nuevo, nueva pintura, más luz. A todo el que entra y dice que está asà mucho más bonita, Alejandro le contesta que eso es porque sus clientas cada dÃa están más guapas. Porque en el fondo la cafeterÃa sigue siendo la misma. Allà podréis encontrarme si queréis que os invite a un café. De allà seguiréis leyendo, de vez en cuando, historias de café.
Era una chica guapÃsima, muy joven. Desayunaba una cocacola y una tostada de foiegras. Un chihuahua, con la correa presa de una de las patas del taburete, iba dando vueltas alrededor liándose a sà mismo. Un gran danés hembra demostraba demasiado interés por permanecer cerca de la chica, mientras que ésta se empeñaba en que la perra permaneciera sentada en un rincón para que no molestase a los demás clientes. Molestia de paso, más bien, que el animal ocupaba todo el pasillo y no hacÃa otra cosa que arrimarse a la muchacha y llamar su atención. Y ella, a cada bocado, invocaba a la danesa a que se sentara. Y le hacÃa caso, pero tardaba menos en levantarse que la chica en sentarse de nuevo. El chihuahua seguÃa dando vueltas, la danesa querÃa obedecer, pero de verdad que no podÃa: cada vez que la joven le mandaba volver a su sitio, moviendo la mano para enfatizar la orden, lo hacÃa con la que todavÃa sujetaba la tostada y la pobre perra se relamÃa sólo de pensar que aquel trozo de pan con aquella delicia untada podÃa terminar en su boca.