My blueberry nights.

No es lo mejor de Wong Kar-Wai (2046 o In the mood for love son las películas más hermosas que haya podido ver), pero hasta lo peor de este director -que tampoco es el caso- está a mil años luz de cualquier taquillazo de los que pueblan cada semana nuestros cines.

Porque algunas veces cruzamos la calle por el camino más largo. Porque un pastel de arándanos es delicioso sobre todo cuando nunca se termina y te lo sirve un Jude Law que guarda llaves por no cerrar puertas.

Historias de café.

Los que sois habituales a esta bitácora habéis leído algunas veces en ella historias que tienen que ver con el café. Con un café en concreto, al que acudo todas (o casi todas) las mañanas de mi vida laboral desde hace un montón de años. Me acostumbré a ir allí porque estaba cerca de mi anterior trabajo y, a pesar de que queda un poco más alejada de mi oficina actual y en la misma esquina de ésta hay otras dos cafeterías, sigo yendo a la misma de siempre, en parte porque allí, durante los veinte minutos que dura mi desayuno, puedo estar tranquila si quiero, puedo charlar con los parroquianos -conocidos, que siempre somos los mismos- si me apetece y además me tratan como si estuviera en casa, y en parte porque cuando le dije a Alejandro, el dueño, que me trasladaba, me dijo con cara de pena que entonces me olvidaría de ellos y yo le prometí que no, que me seguiría teniendo allí como cada día. Han pasado casi diez meses y, aunque he reducido la ingesta de café, sigo fiel a mi palabra y cada mañana, durante un ratito, allí me acogen, a mi libro de turno y a mí.

La cafetería no tiene nada de particular. Es de esas que no tienen mesas, sólo una barra larga y en forma de «u» dentro de la cual Alejandro se desenvuelve como el capitán de un barco, rápido, enérgico, pero siempre con una palabra amable o un chascarrillo para sus incondicionales. Pregona la paella cuando va llegando la hora, adoctrina a su hijo en las labores camareriles, aconseja a Mariya como haría un hermano mayor y está al tanto de todo lo que ocurre en su calle. Allí los chicos Erasmus han aprendido más que en las clases de español de la academia de al lado y han ido dejando trocitos de ellos mismos cuando se han marchado en forma de fotos, recuerdos o cartas desde lejanos países que Ale va atesorando con cariño en el botellero que corona la barra.

Durante la Semana Santa, aprovechando el bajón de clientela (prácticamente todos somos trabajadores de los alrededores), Ale decidió hacer reformas. Cuando me avisó de que estaría esa semana cerrado, que iban a hacer algunos cambios, le pedí, por favor, que no hiciera demasiados, que se estaba demasiado a gusto allí. Después de las vacaciones, al volver, la agradable sensación de que todo seguía igual. Suelo nuevo, nueva pintura, más luz. A todo el que entra y dice que está así mucho más bonita, Alejandro le contesta que eso es porque sus clientas cada día están más guapas. Porque en el fondo la cafetería sigue siendo la misma. Allí podréis encontrarme si queréis que os invite a un café. De allí seguiréis leyendo, de vez en cuando, historias de café.

Era una chica guapísima, muy joven. Desayunaba una cocacola y una tostada de foiegras. Un chihuahua, con la correa presa de una de las patas del taburete, iba dando vueltas alrededor liándose a sí mismo. Un gran danés hembra demostraba demasiado interés por permanecer cerca de la chica, mientras que ésta se empeñaba en que la perra permaneciera sentada en un rincón para que no molestase a los demás clientes. Molestia de paso, más bien, que el animal ocupaba todo el pasillo y no hacía otra cosa que arrimarse a la muchacha y llamar su atención. Y ella, a cada bocado, invocaba a la danesa a que se sentara. Y le hacía caso, pero tardaba menos en levantarse que la chica en sentarse de nuevo. El chihuahua seguía dando vueltas, la danesa quería obedecer, pero de verdad que no podía: cada vez que la joven le mandaba volver a su sitio, moviendo la mano para enfatizar la orden, lo hacía con la que todavía sujetaba la tostada y la pobre perra se relamía sólo de pensar que aquel trozo de pan con aquella delicia untada podía terminar en su boca.

Historias de café.

Los que sois habituales a esta bitácora habéis leído algunas veces en ella historias que tienen que ver con el café. Con un café en concreto, al que acudo todas (o casi todas) las mañanas de mi vida laboral desde hace un montón de años. Me acostumbré a ir allí porque estaba cerca de mi anterior trabajo y, a pesar de que queda un poco más alejada de mi oficina actual y en la misma esquina de ésta hay otras dos cafeterías, sigo yendo a la misma de siempre, en parte porque allí, durante los veinte minutos que dura mi desayuno, puedo estar tranquila si quiero, puedo charlar con los parroquianos -conocidos, que siempre somos los mismos- si me apetece y además me tratan como si estuviera en casa, y en parte porque cuando le dije a Alejandro, el dueño, que me trasladaba, me dijo con cara de pena que entonces me olvidaría de ellos y yo le prometí que no, que me seguiría teniendo allí como cada día. Han pasado casi diez meses y, aunque he reducido la ingesta de café, sigo fiel a mi palabra y cada mañana, durante un ratito, allí me acogen, a mi libro de turno y a mí.

La cafetería no tiene nada de particular. Es de esas que no tienen mesas, sólo una barra larga y en forma de «u» dentro de la cual Alejandro se desenvuelve como el capitán de un barco, rápido, enérgico, pero siempre con una palabra amable o un chascarrillo para sus incondicionales. Pregona la paella cuando va llegando la hora, adoctrina a su hijo en las labores camareriles, aconseja a Mariya como haría un hermano mayor y está al tanto de todo lo que ocurre en su calle. Allí los chicos Erasmus han aprendido más que en las clases de español de la academia de al lado y han ido dejando trocitos de ellos mismos cuando se han marchado en forma de fotos, recuerdos o cartas desde lejanos países que Ale va atesorando con cariño en el botellero que corona la barra.

Durante la Semana Santa, aprovechando el bajón de clientela (prácticamente todos somos trabajadores de los alrededores), Ale decidió hacer reformas. Cuando me avisó de que estaría esa semana cerrado, que iban a hacer algunos cambios, le pedí, por favor, que no hiciera demasiados, que se estaba demasiado a gusto allí. Después de las vacaciones, al volver, la agradable sensación de que todo seguía igual. Suelo nuevo, nueva pintura, más luz. A todo el que entra y dice que está así mucho más bonita, Alejandro le contesta que eso es porque sus clientas cada día están más guapas. Porque en el fondo la cafetería sigue siendo la misma. Allí podréis encontrarme si queréis que os invite a un café. De allí seguiréis leyendo, de vez en cuando, historias de café.

Era una chica guapísima, muy joven. Desayunaba una cocacola y una tostada de foiegras. Un chihuahua, con la correa presa de una de las patas del taburete, iba dando vueltas alrededor liándose a sí mismo. Un gran danés hembra demostraba demasiado interés por permanecer cerca de la chica, mientras que ésta se empeñaba en que la perra permaneciera sentada en un rincón para que no molestase a los demás clientes. Molestia de paso, más bien, que el animal ocupaba todo el pasillo y no hacía otra cosa que arrimarse a la muchacha y llamar su atención. Y ella, a cada bocado, invocaba a la danesa a que se sentara. Y le hacía caso, pero tardaba menos en levantarse que la chica en sentarse de nuevo. El chihuahua seguía dando vueltas, la danesa quería obedecer, pero de verdad que no podía: cada vez que la joven le mandaba volver a su sitio, moviendo la mano para enfatizar la orden, lo hacía con la que todavía sujetaba la tostada y la pobre perra se relamía sólo de pensar que aquel trozo de pan con aquella delicia untada podía terminar en su boca.

Sueño.

He vuelto a soñar con ella. Como cada cierto tiempo. Sabía que iba a morir: en esto, como siempre, los sueños superan la realidad, porque nadie que la conociera hubiera podido sospechar que quince días bastarían para llevársela.

Sabía que iba a morir, en mi sueño, y en qué preciso instante. Y había vuelto para despedirse, que es mucho más de lo que pude hacer. Y no había tristeza, porque en mis sueños la muerte es más un desaparecer tranquilo que un caer.Tan solo sosiego y paz, sosiego para ella, la inquieta, la activa activista, la crítica mordaz, la que no callaba aunque ofendiera si sabía que tenía razón, la que siempre encontraba la forma de hacer lo que debía hacer.La amiga: sobre todo, la grandísima amiga.

No había tristeza hasta que le pregunté ¿a dónde vas? No lo sé, me respondió.

Hoy he despertado con un tremendo hueco dentro de mí.

La ilustración, de neso.

Sueño.

He vuelto a soñar con ella. Como cada cierto tiempo. Sabía que iba a morir: en esto, como siempre, los sueños superan la realidad, porque nadie que la conociera hubiera podido sospechar que quince días bastarían para llevársela.

Sabía que iba a morir, en mi sueño, y en qué preciso instante. Y había vuelto para despedirse, que es mucho más de lo que pude hacer. Y no había tristeza, porque en mis sueños la muerte es más un desaparecer tranquilo que un caer.Tan solo sosiego y paz, sosiego para ella, la inquieta, la activa activista, la crítica mordaz, la que no callaba aunque ofendiera si sabía que tenía razón, la que siempre encontraba la forma de hacer lo que debía hacer.La amiga: sobre todo, la grandísima amiga.

No había tristeza hasta que le pregunté ¿a dónde vas? No lo sé, me respondió.

Hoy he despertado con un tremendo hueco dentro de mí.

La ilustración, de neso.

Abril.

Y como hoy ya ha empezado a hacer calor, pero calorcito del bueno (¡por fin!), pues toca el post de abril, que la ilustración lo merece.

La obra de Schiele que corresponde a este mes en mi calendario es Desnudo con medias verdes, dibujado en 1918, y que es parte de esos dibujos eróticos que, como ya comenté, le sirvieron como medio de vida gracias a la demanda que encontraron en la Viena de la Primera Guerra Mundial.

El dibujo, de factura magistral, muestra su estilo inconfundible, la desnudez de forma casi obscena, en posturas excesivas y con un fondo vacío, con apenas un toque de color, eso sí, vibrante, sin nada que desvíe la atención del espectador.

Durante abril he terminado dos libros (llevo un tercero entre manos, pero no creo que me dé tiempo a acabarlo en estos poco días que restan del mes, así que os hablaré de él el mes que viene). Para empezar, La espuma de los días, de Boris Vian, descubrimiento y regalo de mi queridísima Endora (el libro también da nombre a su blog), una preciosísima historia que mezcla lo absurdo, lo tristísimo, lo divertido y lo tierno en una delirante prosa que ya estáis tardando en leer si no lo habéis hecho ya. Y si lo habéis hecho, también, porque os aseguro que es uno de esos libros a los que hay que volver cada cierto (y no demasiado largo) tiempo.

El segundo libro, Humo, de Felipe Benítez Reyes. He de confesar que no estaba en mis planes leer nada de este autor, ni siquiera por el hecho de que sea paisano. Y que tenía bastantes libros pendientes (todavía lo están), pero me lo dejaron y tengo la manía de querer devolver tan pronto como sea posible las cosas que me prestan, así que me lo leí rápidamente. Y la verdad es que no me costó nada hacerlo, y además me sorprendió muy gratamente.

En mayo, más.

Phalaenopsis.

India ya está reclamando su post mensual, y yo tenía previsto para hoy otro (sí, anoche no me podía dormir, y cuando no duermo, pienso, igual que cuando friego), pero ha sido llegar esta mañana a la oficina y encontrarme en el correo las fotos que una compañera, Rosa, les había hecho a mis orquídeas recién florecidas. Y menos mal que lo ha hecho ella, porque quería enseñároslas, pero no tengo modo de sacar después las fotos que hago con el móvil (ya sabéis, Terminatrix, que traducido al castellano significa puto desastre).

Así que como a Rosa les han salido preciosas, aquí os las dejo y así presumo un poco.

Un trocito de primavera.

Terminatrix.

Sí. Esa soy yo. Eso sí, sin querer, no vayáis a pensar. Pero es que últimamente parece que no hay cosa que toque que no muera directamente en mis manos. Cosas con enchufe, digo. Las demás (no asustaros) todavía sobreviven.

Como ya os conté, Beaumont consiguió revivirme el pc, me cedió su portátil y nos buscamos una conexión inalámbrica. Yo me peleé, me peleé y me peleé con ella, y al final conseguí instalarla. Eso sí, dejé tanto al portátil como al pecé sin sonido. No me preguntéis cómo, si lo supiera no lo habría hecho. Así que ahora tenía a mi disposición tres ordenadores (cuento el de la ofi, al fin y al cabo, paso allí bastante tiempo) y ninguno de ellos me decía nada. Y vosotros venga colgar vídeos, jodíos.

No tuve más remedio que, pacientemente, esperar el segundo advenimiento de mi salvador, aka Beaumont, que se produjo esta semana santa. Tanto trabajo tuvo con los dos ordenadores que no pudo ir a ver ni una triste procesión, pobrecillo. Pero consiguió dejarme el pecé niquelao, tan perfecto que de fondo de pantalla me buscó y me puso esto (¿No es para comérselo? Sí, a Beaumont también, por el detalle). El portátil, sin embargo, ha decidido, después del recogimiento espiritual, seguir con su voto de silencio, así que he pensado que mientras navego le voy a ir cantando bajito y por peteneras, a ver si se anima.

Una vez arreglado, o casi, el sistema informático de casa, intentó poner remedio al sufrimiento que es tener el ordenador de la oficina también en silencio y tener que padecer en mis carnes (en la de los oídos) que lo único que pueda escuchar allí sea la infumable KissFM. Para ello me pasó el mp3 que ya no utilizaba desde que los reyes majos le trajeron uno muy chulo. Yo, en agradecimiento, me lo cargué en poco más de veinticuatro horas. Sí, como lo leéis: llenito de música que me lo pasó y no sólo me la he cargado toda, sino que además el cacharrito no va ni pa’lante ni pa’tras. Vamos, totalmente bloqueado, lo mismo que me hace con los ordenadores cuando lo enchufo para intentar bucearle por las tripas.

Ayer me llamó mi madre para decirme que su ordenador no se encendía. Os juro que yo no he tenido nada que ver.

El afilaó.

De las cosas que más me gusta recordar de cuando era pequeña y vivía como un cachorrillo en casa de mis padres sin haber ido siquiera todavía al colegio, en los días en que mi mayor preocupación era que mi Nancy tuviera el pelo bien brillante y volver a ser la ‘madre’ en los juegos de cocinitas con Mariló, mi vecina, es cuando me levantaba las mañanas de verano con mi camisón de topos azules y, tras seguir con el dedo las flechitas de taracea del cabecero de mi cama, poniendo cuidado de que no se hubiera caído ninguna durante la noche, salía a un pasillo inundado de luz y me entretenía, hasta que me llamaban a desayunar mis migotes con colacao, enredándome en los visillos de la ventana, que siempre olía a cristasol y jugando al escondite con las motitas de polvo que se deslizaban por los rayos de sol. Me gustaba comprobar, descalza y de puntillas como vivía, lo caliente que estaba el suelo de barro en las losas en las que el sol pegaba, y sentir la diferencia de temperatura con las que permanecían a la sombra. Mi madre, agorera, me pedía una y otra vez que no jugara con las cortinas, que terminaría echándome el riel encima y haciéndome daño. Y más vueltas daba yo dentro de ellas, sólo por el gusto del mareíllo y de que a cada vuelta, la capa que me iba cubriendo se iba haciendo cada vez más tupida.

En esas mañanas de verano feliz, de vez en cuando, para completar la magia, se oía un sonido de la calle. «El afilaó», decía entonces mi madre. Desde las ventanas de casa no podía verlo, pero las veces que estaba en la calle cuando él pasaba, me quedaba maravillada de aquel prodigio, el señor que iba haciendo sonar aquella pequeña zampoña y que empujaba la motillo tuneada con sus aperos de trabajo, hasta que algún vecino reclamaba sus servicios y él la ponía en marcha con una verbena de destellos y chispas y aquél olor tan especial.

Años, muchos, han pasado. Las veces que he vuelto a escuchar aquél sonido característico, reclamo de cuchillos y tijeras bien afilados, no he podido por menos que dibujarme una sonrisa, pues con esa tonadilla venían todos estos recuerdos. Ese sonido que sabe a días de sol, a juegos de niña, a olores de casa.

La semana pasada, estando en la oficina, lo volví a oír. Me asomé a la ventana, y lo que vi pasar bien despacito, fue un coche con el maletero abierto, con unos altavoces enormes a modo de pandillero de botellón y de los cuales iba saliendo aquella melodía. La sonrisa se me quebró, me volví a sentar y de pronto sentí que me habían quitado algo.