Hace unos días, Landahlauts, aprovechando este anuncio, hacía una reflexión sobre los maestros y me uní a ella, dando un repaso a los profesores que han poblado mis años escolares. Entre ellos ha habido de todo, como en botica. Profesores malos y profesores buenos, Y entre los malos, recuerdo especialmente como el peor al que me dio Historia en primero de BUP y en COU, donde ya, harto de mí (aunque creo que no tanto como yo de él), me aconsejó que dejara de estudiar y me dedicara al muy honorable oficio de enterrador (supongo que dijo enterrador sólo como un acto de originalidad que él quería disfrazar de ironía recalcando mi afición por aquellos años a vestir de negro, pero que lo mismo pudo decir pocero). Y es que este hombre era un auténtico fusilador que me hizo odiar la historia durante mi adolescencia (gracias a Tutatis, me reconcilié con ella años más tarde). Sus métodos didácticos no eran, digamos, los más apropiados, ya que sus clases se convertían en un dictado de una hora que, además, no se podía interrumpir, so pretexto de no hacerle perder el hilo. Eso sí, al César lo que es del César, que el hombre tenía su mérito, ya que dictaba de memoria, puntos y comas incluidos, y que daba igual que estudiaras por tus apuntes o por los de tu hermano mayor que había recibido sus clases cuatro años antes porque, si no hubiese sido por el cambio de letra, hubiesen parecido fotocopias de su guión, incluidos los chistes. Si durante el dictado algo lo frenaba (un murmullo al final de la clase, una pregunta sobre el tema, un portazo al fondo del pasillo), trastabillaba en su discurso hasta que caía de bruces sobre él tartamudeando, soltando luego un casto ¡lechugas! para recomponerse.
Y como dios aprieta pero no ahoga, vine a tener ese mismo curso el mejor de los profesores de toda mi vida académica, un profesor que hizo que sus clases fueran las únicas con nivel de absentismo cero, que nos trataba como a personas inteligentes (no quiere decir esto que lo fuéramos), que invitaba al pensamiento y a la discusión como métodos educativos y que consiguió que termináramos adorando sus clases de filosofía.
Algunas veces aún me los encuentro por la calle. Mi profesor de filosofía es un abuelo adorable que lleva a sus nietos al autobús del colegio, que me saluda tan afable como aquel mismo curso, hace tantísimo tiempo. El de historia sigue igual, con su mirada de iluminado, balbuciendo de forma confusa continuamente, supongo que repasando sus temas para que no se le olviden, tan ensimismado que no atina a reconocer a quien fue su pesadilla durante dos largos años. Quizá sea porque ya no suelo vestir de negro.





