Ventanas.

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Me gusta mirar por las ventanas. Desde mi casa el paisaje puede no parecer demasiado alentador, sólo una pequeña franja de mar justo donde coincide con el horizonte: mis ventanas dan a un patio. Enorme, pero patio al fin y al cabo, circunscrito por otros tres bloques de pisos. Pero esos pisos tienen a su vez ventanas. Y no es que a la vejez me haya convertido en una voyeur, pero me gusta adivinar las historias que dejan traslucir esos cuadraditos límites de la intimidad.

A la izquierda, en el tercero, una familia con trillizos. Veo crecer a esos niños en cómo crece la ropa que aparece tendida: tres uniformes completos, tres equipaciones de fútbol. Ahora en verano, tres bañadores y tres toallas perfectamente ordenadas. Ya dejaron de tender de vez en cuando toda una familia de peluches. Se van haciendo unos mayores, igual que A., la cría del bajo de enfrente (sé su nombre porque su madre se empeña en recordárnoslo a todos los vecinos cada atardecer, cuando la niña juega en el patio, cuando la llama para la cena).

En el bloque de al lado, A. ya ha instalado las mosquiteras para poder dormir al calor sin amanecer acribillado de picotazos. Algo así tendría que hacer yo, aunque las mías se llamaran murcielagueras. De este A. conozco el nombre porque fue compañero mío en el instituto, ahora, al cabo de los años, casi somos vecinos. Al frente, el mismo señor que sea invierno o verano, sale por la mañana tempranísimo, día sí y día también, en bañador a tender algo en su pequeña terraza. Dos ventanas más allá, esta mañana había un crío durmiendo como duermen los niños felices, en la eterna competición de ocupar el mayor espacio posible de una cama. La ventana de arriba la ocupa la chica que vive sus noches iluminada por una pantalla de ordenador.

También invento historias. La del balcón que permanece siempre con la persiana echada hasta que alguna noche, muy de vez en cuando, aparece abierta dejando adivinar la luz de unas velas, o la del tercero de la derecha, desde donde salen ejercicios de una flauta travesera alguna mañana que me he quedado en casa.

De vez en cuando también me da por pensar si alguien inventará historias para mí.

Carnivàle.

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Ya terminé de verla. De engullirla más bien. Veinticuatro capítulos que me han tenido a mí en vilo y a la burra dando vueltas como una ídem a la noria día y noche. Que hubo un día que por un fallo de previsión me quedé sin capítulos que ver y solo me faltó darle a la manivela para que fuese más aprisa. Veinticuatro capítulos de casi una hora cada uno que saben a poco, a muy poco.

No voy a deciros nada más. Si la habéis visto, sabéis a qué me refiero. Si no, ya estáis tardando en buscarla y verla. Eso sí, en versión original, por favor. La única concesión, los subtítulos para los que el nivel de inglés (como es mi caso) no os lo permita. Y no, los subtítulos no producen ceguera.

Actualización:

No  he podido resistirme. Aquí os dejo el trailer, para los que queráis echarle un vistazo:

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Carnivàle.

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Ya terminé de verla. De engullirla más bien. Veinticuatro capítulos que me han tenido a mí en vilo y a la burra dando vueltas como una ídem a la noria día y noche. Que hubo un día que por un fallo de previsión me quedé sin capítulos que ver y solo me faltó darle a la manivela para que fuese más aprisa. Veinticuatro capítulos de casi una hora cada uno que saben a poco, a muy poco.

No voy a deciros nada más. Si la habéis visto, sabéis a qué me refiero. Si no, ya estáis tardando en buscarla y verla. Eso sí, en versión original, por favor. La única concesión, los subtítulos para los que el nivel de inglés (como es mi caso) no os lo permita. Y no, los subtítulos no producen ceguera.

Actualización:

No  he podido resistirme. Aquí os dejo el trailer, para los que queráis echarle un vistazo:

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ar pharou

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¡Por fin! La historia que comenzó en julio del año pasado y que continuó y continuó y continuó, la, posiblemente, más aburrida de las historias que os he contado, ha llegado a su fin. El lunes, recién aterrizada de Madrid, tomé posesión de mi plaza, como una Isabel la Católica cualquiera y el martes me incorporé a mi nuevo destino, justo tres calles más abajo del que tenía hasta ahora, en un lugar soleado ¡y con ventanas! Pero si hasta tengo una para mí sola, desde el que se divisan cúpulas, árboles y donde las golondrinas hacen sus nidos y no se cansan de dar vueltas y gritos.

Lo peor, sin duda alguna, ha sido despedirme de mis antiguos compañeros. Cuando llegué el lunes a recoger mis cosas, me encontré encima de mi mesa, decorada para regalo, una planta de orquídeas violetas, lo cual no ayudó demasiado a pasar el trance. Como tampoco lo hicieron los abrazos y los besos, los «te vamos a echar de menos» y los «no te vayes» de mi asturianica favorita. Yo sé que también los voy a echar de menos a todos los que allí se quedan, así que iba yo, calle abajo, con una caja en la que cabían cinco años, con una lagrimilla peleando por salir, el deseo de no perder el contacto de mis antiguos compañeros y el anhelo de llevarme tan bien con los nuevos. Y me parece que no va a ser muy difícil.

Del Foro vengo…

Cuando un fin de semana estás con la persona justa con la que quieres estar. Cuando además lo pasas en una ciudad hermosa con monumentos en cada esquina

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cuando te encuentras con amigos a los que hace tiempo que no ves y compartes cenas, comidas, muchas copas y más risas. Cuando recuerdas a alguno de esos amigos que no ha podido estar viendo un cuadro maravilloso en una maravillosa exposición

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cuando disfrutar un concierto es disfrutarlo el doble al verlo reflejado en el rostro puro del deleite

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cuando el cansancio no importa y el calor casi tampoco, resulta que has vivido un fin de semana extraordinario.

Había una vez…

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Después de una primavera típica de rebequita, y unas cuantas semanas seguidas de poniente, cuando ya nos prometíamos un verano felicísimo y fresquito, ¡ea!, llega el circo a Cádiz a fastidiarlo, porque, como por todos es sabido, circo en Cádiz es sinónimo de levante fuerza siete. No es una leyenda urbana, no, ni siquiera es un bulo que yo quiera levantar debido a mi reconocido aborrecimiento por «el mayor espectáculo» del mundo (que no es ni más ni menos que un poni como un caballo, fruto sin duda alguna, de la primera función circense a la que me llevaron, allá por mis cinco o seis años, y donde asistí, aterrorizada y escondida detrás de los bancos que hacían el papel de gradas, al número de un fakir forzudo y barbudo que se atravesaba los mofletes con unas agujas larguísimas). No, es una verdad como un templo, un hecho empírico que quien quiera constatar no tiene más que irse a la barriada de la Paz con una faldita de vuelo a ver cómo levantan la carpa.

 

Y esto no ha hecho más que empezar, que por ahora sólo han puesto los carteles-anuncio por la avenida y hoy ya no hay quien pare en la playa sin parecer un filete empanado a los cuarenta y cinco segundos exactos.

 

Así que, previendo que esto va a más, el viernes, día de la sesión inaugural, yo pillo un AVE hacia Madriz.

Había una vez…

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Después de una primavera típica de rebequita, y unas cuantas semanas seguidas de poniente, cuando ya nos prometíamos un verano felicísimo y fresquito, ¡ea!, llega el circo a Cádiz a fastidiarlo, porque, como por todos es sabido, circo en Cádiz es sinónimo de levante fuerza siete. No es una leyenda urbana, no, ni siquiera es un bulo que yo quiera levantar debido a mi reconocido aborrecimiento por «el mayor espectáculo» del mundo (que no es ni más ni menos que un poni como un caballo, fruto sin duda alguna, de la primera función circense a la que me llevaron, allá por mis cinco o seis años, y donde asistí, aterrorizada y escondida detrás de los bancos que hacían el papel de gradas, al número de un fakir forzudo y barbudo que se atravesaba los mofletes con unas agujas larguísimas). No, es una verdad como un templo, un hecho empírico que quien quiera constatar no tiene más que irse a la barriada de la Paz con una faldita de vuelo a ver cómo levantan la carpa.

 

Y esto no ha hecho más que empezar, que por ahora sólo han puesto los carteles-anuncio por la avenida y hoy ya no hay quien pare en la playa sin parecer un filete empanado a los cuarenta y cinco segundos exactos.

 

Así que, previendo que esto va a más, el viernes, día de la sesión inaugural, yo pillo un AVE hacia Madriz.

Y yo con estos pelos..

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Esta mañana entré en la perfumería que hay justo debajo de casa. Necesitaba champú y la crema del pelo que me permite lucir esta maravillosa y lustrosa melena. Como es mi perfumería habitual, de estas de grandes cadenas, me la conozco al dedillo, así que fui directamente al estante en el que están los productos para el cabello. La señorita dependienta estaba terminando de endosarle un champú carisísimo a una señora viejuna mayor con alopecia, y cuando la envió hacia la caja, se dirigió a mí:

Ella: ¿Puedo ayudarla en algo?

Yo (ya he cogido lo que necesito y sé dónde está cada cosa mejor que tú, pero intentaré ser amable): Gracias, ¿de esta crema no tenéis la del tarro verde?

Ella: Si no está ahí es que no hay.

Y se dio media vuelta y se fue a buscar a otra señora viejuna mayor.

Evidentemente, ella también sólo intentaba también ser amable.

Obviamente, a ella le salió como el culo.

Pongo un circo…

 

Y sin regarlos con plantavit ni ponerles colacao en el desayuno… ¡pero si ni siquiera los dejo que tomen petit suisses para que no crezcan ni un poquito «así»!!

 

Pues nada, se me han desmadrao, crecen que se las pelan, se reproducen como conejos y han pasado de ser una pandilla amable y bonachona como la que dibujó Disney, totalmente dominable y llevadera, a ser una recua recién salida del Smackdown de Cuatro.

 

Y yo sin vacaciones…