Martes, ni te cases ni te embarques…

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Como los pimientos de Padrón, hay unos que sí y otros que no. Unos que pasan sin pena ni gloria y otros que son tremendos. Y otros que se disfrazan con la apariencia de días normales y, cuando menos te lo esperas, cuando ya parece que nada va a pasar, ¡zas!, te hacen recordar de pronto el refrán y acordarte, de paso, de la familia del señor que lo enunció y de la mala hora en la que no se te ocurrió tatuártelo en la frente.

El día de ayer era un martes normal: levantarme con mucho sueño, ir a trabajar, volver a casa, acogerme a san sofá bendito después de comer, quehaceres domésticos, leer un buen rato, terminarme un libro, empezar otro…

Todo se sucedía de una forma aplacible y con mucho calor, así que, a la hora de la fresquita (en realidad un rato antes, como comprobamos en cuanto pusimos un pie en la calle) le propuse a Lorah dar un paseo por la playa. Nos pusimos nuestras mejores galas –chanclas y pantalones cortos- y allí que nos fuimos, tranquilas, por la orilla del mar, sorteando a los bañistas rezagados (unos quince por metro cuadrado), charlando (tema principal de Lorah: Iniesta. Sí, a mi hija le gustan los deportistas, y cuanto más pequeños y más sosos, mejor) y riendo.

La vuelta, ya por el paseo marítimo, por entre los puestos de artesanía, los top manta, los top camisetas y los top gafas de sol, y sorteando esta vez a los ciudadanos (oriundos y foráneos) que habían tenido la misma idea que nosotras (esta vez, unos ciento cincuenta por metro cuadrado).

Así que llegamos a casa contentas, deseando darnos una ducha, cenar y tomar posiciones en el sofá un rato antes de ir a dormir, para que el cuerpo se fuera acostumbrando a la horizontalidad, pero, al llegar a la puerta de casa y meter la llave en la cerradura, ésta no entró del todo. Y si no entraba, no podía girar, y si no giraba, la puerta no se abría. Como dicen que les pasa a los que van a morir, pasó por delante de mis ojos no la película de mi vida, sino sólo los últimos capítulos: yo cogiendo las llaves de mi bolso antes de salir, abrir la puerta con las llaves de Lorah que estaban puestas en la cerradura… y que seguían allí puestas!

Las lamentaciones ya no servían, estábamos encerradas fuera de casa, así que agradeciendo haberme llevado el móvil y maldiciendo no haber enseñado todavía a los gatos a abrir la puerta, llamé a un cerrajero que había tenido a bien forrar con pegatinas con su número de teléfono todos los buzones de la comunidad. Al otro lado de la línea, una voz cazallera que parecía que todavía no había abandonado un sueño interrumpido, después de interrogarme sobre causas, motivos y diagnóstico de la situación, me prometió que en media hora estaría en casa.

Veintitrés minutos exactos y apareció el clon perfecto del yayo Luis. Una réplica exacta, con los mismos reflejos que un koala anestesiado, de Luis Aragonés. Y digo yo que en plena euforia post eurocopa, ya podría haberme tocado Casillas, que está mucho más bueno es mucho más atractivo y que para eso es el «portero».

En fin, que el yayo, armado con un trozo de radiografía, tardó bastante menos en abrir la puerta que en redactar la factura, o sea, nada comparado con lo que estoy tardando yo en reponerme del sablazo en la yugular (ahí más que Aragonés se parecía el buen señor a José Tomás), sobre todo después de que hoy, la señorita operadora de mi seguro, después de una sonora carcajada, me haya asegurado que mi póliza no cubre tal percance y que lo mejor que puedo hacer es invertir en rabitos de pasas, graparme las llaves a un dedo y olvidarme completamente de aquel modelito tan precioso al que le había echado el ojo.

El hombre pequeño.

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El hombre pequeño habita en el último taburete del fondo de la cafetería. Juguetea distraído con el azucarillo del café que humea entre sus brazos mientras sospecha, más que mira, por encima de sus gafas de concha, a los parroquianos de ida y vuelta del bar.

El hombre pequeño no tiene horas. Las pasa todas en ese rincón, junto a la máquina registradora que tintinea cada comanda cobrada. Lo puedes encontrar cada vez que te acerques a buscar un café mañanero que te despeje media neurona más, en el receso del bocadillo, a la hora del aperitivo, en la comida, el café, el puro y la copa. Estará ahí en el «mañana paella a partir de las dos» o en el «ven a ver el partido del plus». Estará ahí, como un convidado de piedra, o como una visita recién llegada a la que ofrecemos un café, un refresco o una cerveza, según nuestras propias preferencias y lo adecuado de la hora, que él acepta con un tímido «si tú también vas a tomar».

Estará ahí, hasta que el camarero, acostumbrado a su presencia como un día se acostumbró a la máquina de tabaco parlanchina o a la recreativa de las cerezas, empiece a ordenar los taburetes y a barrer el serrín mezclado con colillas. Entonces el hombre pequeño bajará de su pedestal de un salto, enfilará sus pasos hacia la puerta caminando hacia la nada y, sin siquiera volver la cabeza, voceará un «hasta mañana» para quién quiera escucharlo.

El hombre pequeño es también un hombre antiguo. Dejó de preocuparse por la moda hace al menos treinta años, cuando todavía no se había replegado sobre sí mismo y necesitaba ropa tres tallas mayor, la misma que luce ahora, pulcra, impoluta, muestrario de pliegues y cuellos holgados, hombros que parecen codos y codos demasiado cercanos a los puños. El peinado también quedó anclado en un pasado que apenas puede recordar, e intenta emular, a través de un ingenio de arquitectura impasible a los vientos, una cabellera frondosa que dejó de ser lo que era mucho tiempo atrás.

El hombre pequeño no tiene amigos. Las pocas palabras que cruza con otras personas no pasan de ser breves fórmulas de cortesía, porque el hombre pequeño también es un hombre invisible. Él vigila, estudia puntillosamente a cada cliente, asintiendo o negando con la cabeza a una conversación secreta consigo mismo sobre las actitudes o apariencias de los observados. Sin embargo, si preguntásemos a alguno de éstos, casi ninguno sería capaz de recordarlo y alguno, incluso, se atrevería a jurar que nunca jamás hubo nadie sentado en el último taburete del fondo del bar.

La imagen, de Miguel Covarrubias.

El hombre pequeño.

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El hombre pequeño habita en el último taburete del fondo de la cafetería. Juguetea distraído con el azucarillo del café que humea entre sus brazos mientras sospecha, más que mira, por encima de sus gafas de concha, a los parroquianos de ida y vuelta del bar.

El hombre pequeño no tiene horas. Las pasa todas en ese rincón, junto a la máquina registradora que tintinea cada comanda cobrada. Lo puedes encontrar cada vez que te acerques a buscar un café mañanero que te despeje media neurona más, en el receso del bocadillo, a la hora del aperitivo, en la comida, el café, el puro y la copa. Estará ahí en el «mañana paella a partir de las dos» o en el «ven a ver el partido del plus». Estará ahí, como un convidado de piedra, o como una visita recién llegada a la que ofrecemos un café, un refresco o una cerveza, según nuestras propias preferencias y lo adecuado de la hora, que él acepta con un tímido «si tú también vas a tomar».

Estará ahí, hasta que el camarero, acostumbrado a su presencia como un día se acostumbró a la máquina de tabaco parlanchina o a la recreativa de las cerezas, empiece a ordenar los taburetes y a barrer el serrín mezclado con colillas. Entonces el hombre pequeño bajará de su pedestal de un salto, enfilará sus pasos hacia la puerta caminando hacia la nada y, sin siquiera volver la cabeza, voceará un «hasta mañana» para quién quiera escucharlo.

El hombre pequeño es también un hombre antiguo. Dejó de preocuparse por la moda hace al menos treinta años, cuando todavía no se había replegado sobre sí mismo y necesitaba ropa tres tallas mayor, la misma que luce ahora, pulcra, impoluta, muestrario de pliegues y cuellos holgados, hombros que parecen codos y codos demasiado cercanos a los puños. El peinado también quedó anclado en un pasado que apenas puede recordar, e intenta emular, a través de un ingenio de arquitectura impasible a los vientos, una cabellera frondosa que dejó de ser lo que era mucho tiempo atrás.

El hombre pequeño no tiene amigos. Las pocas palabras que cruza con otras personas no pasan de ser breves fórmulas de cortesía, porque el hombre pequeño también es un hombre invisible. Él vigila, estudia puntillosamente a cada cliente, asintiendo o negando con la cabeza a una conversación secreta consigo mismo sobre las actitudes o apariencias de los observados. Sin embargo, si preguntásemos a alguno de éstos, casi ninguno sería capaz de recordarlo y alguno, incluso, se atrevería a jurar que nunca jamás hubo nadie sentado en el último taburete del fondo del bar.

La imagen, de Miguel Covarrubias.

Alea iacta est.

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Yo no he cruzado el Rubicón, sólo la avenida (justo enfrente de Hacienda, sin semáforo ni nada, sino tirándome a la carretera cuando los semáforos estaban en rojo, que también tiene su aquél) con las cartas de mi futuro en la mano. Seis cartas, para ser más exactos, una por cada uno de los futuros posibles. Ya están barajadas y la partida jugada, sólo queda saber el resultado.

Al fin, después de casi un año de espera, y lo único que tengo seguro es que dejo mi actual oficina. Quince años en el mismo edificio, casi cinco en el mismo departamento, son demasiados años. Y supongo que es normal que ante la inminencia del cambio, se me planteen serias dudas, porque, a ver, ¿quién va a regar ahora todas las plantas? ¿Quién va a mimar al cóleo, todavía en terapia desde que una airada rabiosa lo quebró? ¿Tendré un lugar en la nueva oficina donde colocar los peluches de Winnie the Pooh que ahora viven sentados en mi PC? ¿Tendré también una pared donde colgar todas mis láminas de Klimt? ¿Podré oír música? Si es así, ¿podré usar los altavoces o tendré que tirar de auriculares? ¿Habrá una impresora para mí sola?

Realmente, no sé si podré dormir de aquí a que me adjudiquen la plaza.

Siesta.

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Después de levantarme a las siete, tener una horrible mañana de trabajo, salir pasadas las tres con el ánimo a ras de la Fosa de las Marianas y terminar de comer a las cuatro de la tarde (feliz idea la de dejar la comida preparada la noche antes), que eso ya más que un almuerzo parece una merienda, lo que más me apetecía era dar una cabezada… qué leches, una siesta como dios manda de pijama y cama.

Corta no, pero perezosa todo lo que queráis, me dirigí a mi habitación, dispuesta a dejarla lo más oscura posible, pero… Ya he contado en alguna ocasión que la pared de mi dormitorio es la pared del dormitorio del vecino. Y en algunas ocasiones, si no fuera porque la tengo pintada de azul y tiene pegado una barra de forja a modo de cabecero, pensaría que la tal pared no existe. Y esta era una de las veces. El vecino (al menos a éste se le entiende) había decidido ponerse a ensayar justo en ese momento. Por la voz, un vecino adolescente. Por el tema, un vecino adolescente con males de amores. Porque el muchacho se estaba dedicando a destrozar, a base de guitarra y gallos, si es que se puede destrozar algo tan horroroso como el “Me muero por conocerte” del triste del Alex Ubago (me niego a poner un link, así que si alguien no sabe a quién me refiero, que tire de Youtube).

En fin, me metí en la cama con la esperanza de que el chico se cansara pronto, que decidiera calmar sus males de amores a base de jugar con la wii o que alguien desde el Messenger lo llamara. Cuando ya había empezado tres veces la canción sin llegar a terminarla, pensé en golpear la pared, pero deseché la idea porque no tenía ganas de pelearme con nadie pared por medio. Acometió de nuevo la canción y esta vez sí la terminó. Entonces vino la idea y empecé a aplaudir como si Rufus acabara de cantarme el Cigarettes and Chocolate Milk al oído. Silencio. Creí que lo había conseguido, pero el adolescente empezó a ejecutar (y torturar) otra vez la misma canción con idéntica mala fortuna. Pensé que debía estar ensayando para una fiesta de fin de curso, con lo cual el chico debía buscar sin duda un nuevo instituto para el año que viene. O quizá quiere conquistar a alguna chica. Entonces, en lugar de instituto que busque un monasterio bien apartado de la civilización.

Cambio de estrategia. Debe haber pensado que me ha gustado y, tímido, va cantando mucho más bajito que antes, aunque la guitarra parece estar sufriendo lo mismo. Pero en el estribillo se anima, sube la voz y los gallos se hacen más y más patentes. Justo en el momento en el que le falta música o le sobra letra, me pongo de rodillas en la cama y empiezo a aplaudir mucho más fuerte que antes, silbando al mismo tiempo y bien pegada a la pared.

Ahora sí. Silencio. La siesta me espera. Me vuelvo a arrebujar en la cama. La gravedad va haciendo estragos en mis párpados y el sopor en mi mente… cuando Bárbara comienza a tender.

Mañana me voy a dormir a la playa.

Biografía.

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Aprovechando que el Guadalquivir pasa por Sanlúcar (a mí es que el Pisuerga y Valladolid me pillan muy lejos), que quería postear y no se me ocurría qué y que la fnac ya ha publicado la lista de finalistas en su concurso de microrrelatos y ya no hace falta que el que yo les envié permanezca inédito, lo dejo aquí para que ustedes lo disfruten, o al menos, lo lean.

 

Tenía un sabor áspero en la boca cuando llegó a la palabra fin a la vez que tomaba el primer sorbo de aquel vino añejo que había guardado durante tanto tiempo. Era el libro de su vida. Durante varios meses un escritor lo había estado entrevistando con la intención de escribir su biografía. Al día siguiente sería la presentación, y la editorial le había enviado aquel ejemplar. Todavía no se explicaba cómo su vida podía interesar a nadie. Se levantó con la dificultad que le daban los años y el reuma y se dirigió a la cocina atravesando los pasillos de una casa demasiado grande para un anciano. Dejó el libro junto al recipiente que acumulaba la fruta fresca y vertió el resto de la copa en el fregadero.

Demasiado viejo, concluyó. Nadie que hubiera podido oírle habría sabido si se refería al vino o a él mismo.

 

Biografía.

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Aprovechando que el Guadalquivir pasa por Sanlúcar (a mí es que el Pisuerga y Valladolid me pillan muy lejos), que quería postear y no se me ocurría qué y que la fnac ya ha publicado la lista de finalistas en su concurso de microrrelatos y ya no hace falta que el que yo les envié permanezca inédito, lo dejo aquí para que ustedes lo disfruten, o al menos, lo lean.

 

Tenía un sabor áspero en la boca cuando llegó a la palabra fin a la vez que tomaba el primer sorbo de aquel vino añejo que había guardado durante tanto tiempo. Era el libro de su vida. Durante varios meses un escritor lo había estado entrevistando con la intención de escribir su biografía. Al día siguiente sería la presentación, y la editorial le había enviado aquel ejemplar. Todavía no se explicaba cómo su vida podía interesar a nadie. Se levantó con la dificultad que le daban los años y el reuma y se dirigió a la cocina atravesando los pasillos de una casa demasiado grande para un anciano. Dejó el libro junto al recipiente que acumulaba la fruta fresca y vertió el resto de la copa en el fregadero.

Demasiado viejo, concluyó. Nadie que hubiera podido oírle habría sabido si se refería al vino o a él mismo.

 

Huecos.

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Déjame un hueco donde vivir.

Déjame, por ejemplo, tus manos cuenco, recipiente perfecto de mi pecho, o el triángulo invertido que enmarca tu sonrisa.

Déjame un espacio entre tus piernas donde deshacerme, donde volver como resaca de un mar de invierno.

Déjame el lugar entre tu pecho y tu espalda, ahí donde te habita el alma, para vestírtela de colores y que cada día a tu lado sea una fiesta.

Déjame tu cuello de hombre con aroma de niño, arca de besos, muro donde lamento las despedidas, jardín de bienvenidas.

Déjame aferrarme a tus caderas, con mis manos, con mis piernas.

Déjame un sitio entre tus palabras tiernas, bramante que hila mi deseo, y atesorarlas y aprenderlas y recitarlas.

Déjame ser el pan de tu hambre.

Déjame hacerte el guardián de mis días, tú, mi mitad, mi yo completo.

 

Photoshó.

Lorah me ha «photoshopeado» un ojo. En un plis plás. Decía que me iba a enseñar, pero lo ha hecho tan rápido que lo único que veía era la flechita correteando por la pantalla abriendo y cerrando pantallas. Y éste es el resultado. A mí me gusta. Mucho.

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