Lorah me ha «photoshopeado» un ojo. En un plis plás. Decía que me iba a enseñar, pero lo ha hecho tan rápido que lo único que veía era la flechita correteando por la pantalla abriendo y cerrando pantallas. Y éste es el resultado. A mí me gusta. Mucho.
Armarios.
Ayer leía esta noticia en la versión digital de El País:
¿Pero qué hace usted en mi armario?
Un japonés descubre que una mujer llevaba varios meses viviendo escondida en su casa.
Inmediatamente, poética que es una, se me vino a la mente este pasaje de La escala de los mapas, de Belén Gopegui:
La noche se había filtrado por las persianas cerradas: negra sala de máquinas, quietos y mudos bultos de los ordenadores, papeleras vacías como pozos en las esquinas de las mesas. Superficie privada de sentido, cuántas oficinas sin nadie, cuántos edificios deshabitados, huecos, durante el fin de semana en la ciudad. Y pensé en nosotros, en todos nosotros, muchachas de terciopelo, hombres que tienen un soplo en el corazón: óiganme, haremos que se establezca un itinerario paralelo. Hombres y mujeres débiles ocupando durante la mañana las casas abandonadas por sus moradores para ir a trabajar, y de noche durmiendo en oficinas, en tiendas cerradas, en los grandes palacios de correos con sus naves de paquetes detenidos; hombres y mujeres débiles habitando en invierno las urbanizaciones huecas de ciertas playas; oyendo la radio en los coches vacíos de los aparcamientos. Hombres y mujeres con el horario cambiado: nunca nos lo consentirían.
Claro que al japonés, no por falta de poesía, sino por simple proximidad, en medio del estupor de encontrar a una desconocida viviendo en su armario, se le vendría a la mente esta película (advierto: si eres miedoso como yo, no le des al play):
Creo que hoy voy a dormir con todas las puertas de los armarios abiertas.
Il Dottore II.
Todos me lo dicen: «Eres muy joven», y no está mal, sobre todo porque en algunos círculos, por chincharme más que nada (¿o no?), me ponen continuamente de viejuna gañana. Pero estaría aún mejor si dejaran la frase ahí y el juramento ese que hacen no les obligara a continuarla con un «pero estás que das asquito, hija».
En fin, que ayer me tocaba revisión y por lo que me vino a decir el señor médico hay piltrafillas en mejor estado que yo. Que no estoy demasiado mal (y eso que ni le guiñé ni nada), y que si sigo así, soy buena y hago todo lo que él me dice (médicamente hablando) el futuro nefasto que me dibujó, y del cual era yo consciente, estará cada vez más lejos. Yo espero que esté tan lejos que no me dé siquiera tiempo a llegar a él. Así que tendré que hacerle caso, que para eso es médico y obedecer, además de a sus recetas, a sus consejos, sobre todo a estos dos: disfruta y mantente alejada de los médicos.
La imagen, de José Pérez.
Cumpleaños.
Felicidades a todos los cumpleañeros, que un dÃa como hoy, en una primavera que no acaba de creérselo, han decidido que es un buen dÃa para tener un año más.
Felicidades a mi hermana mayor, por ser más hermana que mayor y porque aún siendo mayor, está más estupenda que nunca.
Felicidades a 3nity, mi informática favorita, mi salvavidas en esto del blogueo. Un cambio de versión que seguro le va a sentar muy bien.
Felicidades a Sergio, el pequeño indiecito, con todo un mundo por descubrir, un mundo que su mamá se encargará de hacer más bello para él y para Daniel.
Felicidades para todos y que sean muchos, pero que muchos más.
Cumpleaños.
Felicidades a todos los cumpleañeros, que un día como hoy, en una primavera que no acaba de creérselo, han decidido que es un buen día para tener un año más.
Felicidades a mi hermana mayor, por ser más hermana que mayor y porque aún siendo mayor, está más estupenda que nunca.
Felicidades a 3nity, mi informática favorita, mi salvavidas en esto del blogueo. Un cambio de versión que seguro le va a sentar muy bien.
Felicidades a Sergio, el pequeño indiecito, con todo un mundo por descubrir, un mundo que su mamá se encargará de hacer más bello para él y para Daniel.
Felicidades para todos y que sean muchos, pero que muchos más.
Zapatos.
Los que me conocéis, lo sabéis. Algunos incluso lo habéis sufrido. Y es que yo, como Machín, tengo una debilidad, o más bien un vicio (confesable): me gustan los zapatos. Pero no un «me gustan» en plan «¡ay qué bonitos!», sino que más bien es un «los quiero, los quiero todos y los quiero ya» cada vez que entro en una zapatería. Tanto es así que la niña de mis ojos, cada vez que pasamos por delante de alguna, me agarra del brazo y tira de mí antes de que yo me tire de cabeza a su interior. Ya me tiene amenazada con llevarme al «proyecto Hombre» de los zapatos, como ella lo llama. Y yo me imagino entrando en una sala, descalza, amadrinada por Imelda Marcos y Carrie Bradshaw y diciendo aquello de «Hola, soy Ampharou y soy adicta a los zapatos».
Soy incapaz de entrar en una zapatería sin probarme algún par (pequeño consuelo cuando logro resistir) y la inauguración de alguna es motivo de fiesta grande.
Y es que me gustan de todo tipo: de tacón, planos, merceditas, botas de caña alta, sandalias, con hebillas, botines, de medio tacón, de tacón de aguja, de piel curtida, esclavas, playeras, con bordados, con strass, de ante, rojos, azules, atados a la pierna, botas de media caña, forrados de tela, negros, más negros, con adornos, lisos, de salón, zapatillas, topolinos, descubiertos, marrones, de cuña… a ninguno puedo resistirme y todos terminan en una estantería (qué envidia aquel zapatero de La guerra de los Rose. Odio a Michael Douglas desde esa película por razones obvias) que ya se va quedando pequeña.
Lorah y D.
Ya sabéis que Lorah, la niña de mis ojos es motera y que su ídolo supremo es Pedrosa. Todos sus pensamientos están puestos en él (en aprobar el curso ya tiene los pensamientos puestos su mamá, ¿para qué vamos a gastar energías las dos en la misma cosa?).
Pues bien, en una óptica que hay cerca de casa habían puesto en el escaparate un pequeño stand de las gafas que anuncia el muchacho, que consistía en un expositor con su foto. Como la óptica nos queda de camino de casa al colegio (y viceversa), todas las mañanas y todos los medios días la frase al pasar por delante era la misma: «¡Ay, qué guapo!», seguida de un intenso suspiro, hasta que hace unos cuantos días el expositor y la foto desaparecieron para acongoje de la niña de mis ojos.
Resulta que la óptica es nuestra óptica, es decir, la que nos suministra todo lo que nos hace falta para nuestras respectivas miopías, por lo cual, nos conocen desde hace muchos años y algunos de sus dependientes ya son también amigos. Esto, y que cuando va allí recibe todos los mimos necesarios y muchos más, entre los que se encuentran que ya le han pasado en más de una ocasión anuncios en forma de postales, carpetas y cubiletes con la foto del niño de los ojos de la niña de mis ojos, fue lo que la animó a entrar a preguntar qué habían hecho con el que habían retirado del escaparate y saber si es que ya no lo querían se lo podían dar.
Nos atendió M. J., la óptica. Como ella no sabía dónde había ido a parar el expositor, fue a preguntar a sus compañeros.
La niña de mis ojos se mordía los labios porque ya se veía saliendo de allí con «su» foto. M. J. salió con la cara compungida y le dijo que la habían tirado. A la niña de mis ojos se le quedó la carita como a un dibujo japonés. Eso sí, le prometió que preguntaría por las demás ópticas de la compañía, a ver si se lo encontraba. La niña de mis ojos seguía repitiendo «¿por qué, por qué? Esto no puede estar pasando…» mientras volvíamos a casa.
Este sábado, a primera hora de la mañana, recibimos una llamada de la óptica: ¿Ampharou? Soy M. J. Dile a Niña de tus ojos que tengo aquí su foto.
No era la misma, pero una hora más tarde la foto ya estaba en el lugar de honor de la habitación de mi «pequeñina».
Ahora ya sólo le queda éste, que ha aparecido en cada parada de autobús de esta ciudad.
La imagen es gentileza de Lorah.
Barrunto de martes.
Lester Young sonando en el ordenador, interrumpido de vez en cuando por el teléfono, por los gritos de las golondrinas que dan vueltas en el patio y las cotorras, ahora que ya, afortunadamente, sólo se oyen las que están afuera.
De vez en cuando también viene algún interesado (hoy pocos. Ya casi no debe quedar nadie en la provincia que no tenga el carnet). Voy a echarlos de menos cuando dejemos de hacerlos. O cuando me vaya de aquí, lo que suceda primero, aunque por el camino que vamos, lo más posible es que sea yo la que entregue los trastos de matar a la administración que se hará cargo a partir de ahora de «mis» marineros, porque el domingo hizo justito nueve meses que hice aquel examen que luego, contra todos mis pronósticos, supe que había aprobado. Me habría dado tiempo de estar embarazada y tener un bebé, o dos, pero sin embargo, todavía no tengo una plaza. Es más, todavía no sé a qué plazas puedo optar. No sé si me quedaré aquí, en esta oficina que es de una tranquilidad casi indecente o tendré que cambiar. Y si lo hago, ni siquiera sé a dónde, lo que me lleva a no saber tampoco cuándo podré tomar vacaciones este año (y eso sí que fastidia).
Y así estoy, con el sinvivir (es un decir) de la incertidumbre. Buscando cada día entre las páginas en las que se decidirá mi futuro (in)mediato, con una mezcla de optimismo y cautela, de ganas de que se produzca un desenlace y la indecisión de no saber cuál me gustaría realmente que fuera éste.
Ahora suena Billie Holiday. Blue Moon. Y las golondrinas.
¡Cuánta razón tiene Polonio!
¡Cuántas veces con el semblante de la devoción y la apariencia de acciones piadosas, engañamos al diablo mismo!
William Shakespeare, Hamlet, acto III, escena III.
La imagen, de Manuel Boix.
¡Cuánta razón tiene Polonio!
¡Cuántas veces con el semblante de la devoción y la apariencia de acciones piadosas, engañamos al diablo mismo!






