¡Han vuelto!

fotoartessaholinua7.jpg

En realidad llevan aquí algo más de una semana, asombradas como nosotros de este buen tiempo repentino. Han vuelto para alegrarnos las mañanas y los atardeceres con esos gritos y esas cabriolas en el aire. También han vuelto para desespero de mis  gatos, que no se pierden ni uno de sus caracoleos delante de mi ventana y les maúllan atribulados no sé si envidiando su libertad o por simple ansia de cazadores. Y ellas, juguetonas, cada vez se atreven más cerca, casi tocan con las alas los cristales antes de hacer un quiebro aéreo que los deja con la boca abierta y el alma felina en el suelo.


¡Han vuelto!

fotoartessaholinua7.jpg

En realidad llevan aquí algo más de una semana, asombradas como nosotros de este buen tiempo repentino. Han vuelto para alegrarnos las mañanas y los atardeceres con esos gritos y esas cabriolas en el aire. También han vuelto para desespero de mis  gatos, que no se pierden ni uno de sus caracoleos delante de mi ventana y les maúllan atribulados no sé si envidiando su libertad o por simple ansia de cazadores. Y ellas, juguetonas, cada vez se atreven más cerca, casi tocan con las alas los cristales antes de hacer un quiebro aéreo que los deja con la boca abierta y el alma felina en el suelo.


Expiación.

Al observarle durante los primeros minutos de su parlamento, Cecilia experimentó una grata sensación de que se le encogía el estómago mientras contemplaba lo deliciosamente autodestructivo, casi erótico, que sería estar casada con un hombre tan cercano a la belleza, tan sumamente rico, tan insondablemente estúpido. Le daría muchos hijos con la cara grande, todos ellos varones ruidosos y lerdos, apasionados por las pistolas, el fútbol y los aeroplanos. Le observó de perfil cuando él volvía la cabeza hacia Leon. Al hablar se le movía un músculo largo por encima de la línea de la mandíbula. De la ceja le salían unos cuantos pelos negros, espesos y rizados, y de los orificios de las orejas le brotaba idéntica vegetación negra, cómicamente ensortijada como vello púbico. Debería dar instrucciones a su barbero.


No soy yo muy del «Día del libro». Soy más bien de libros todos los días, y así, de vez en cuando, me gusta colgar algún que otro pasaje del libro que me traigo entre manos en ese momento, únicamente por el gusto de compartirlo con vosotros, por dar a conocer o quizá sólo recordaros entre qué páginas podéis deleitaros tal como me recreo yo.

Hoy aprovecho además la fecha para otro libro. A él llegué a través de una tarde planeada de cine, planeada a medias, porque mi maestro de ceremonias tuvo a bien pensar que quizá disfrutaría más viendo otra película que la que previamente habíamos acordado. Como siempre, acertó (no porque me gustara más, que la otra todavía no la he visto, pero seguramente no la habría saboreado tanto). La película casi nos hizo olvidarnos de la tortura de las butacas que más bien parecían palos de gallinero.

En las siguientes semanas, Yo, yomismo se hizo con el libro, y lo fue devorando mientras me ponía los dientes largos. Lo terminó justo a tiempo para que yo pudiera bajármelo en mi última visita a Barna y desde el día de mi vuelta me lo he, prácticamente, bebido.

Así que hoy, además, os dejo un trozo de la película. Quizá no sea su mejor escena, pero la he elegido porque recuerdo pocas imágenes que sean más sensuales que ésta.

El libro, Expiación, de Ian McEwan.
La película, Expiación, de Joe Wright.

Expiación.

Al observarle durante los primeros minutos de su parlamento, Cecilia experimentó una grata sensación de que se le encogía el estómago mientras contemplaba lo deliciosamente autodestructivo, casi erótico, que sería estar casada con un hombre tan cercano a la belleza, tan sumamente rico, tan insondablemente estúpido. Le daría muchos hijos con la cara grande, todos ellos varones ruidosos y lerdos, apasionados por las pistolas, el fútbol y los aeroplanos. Le observó de perfil cuando él volvía la cabeza hacia Leon. Al hablar se le movía un músculo largo por encima de la línea de la mandíbula. De la ceja le salían unos cuantos pelos negros, espesos y rizados, y de los orificios de las orejas le brotaba idéntica vegetación negra, cómicamente ensortijada como vello púbico. Debería dar instrucciones a su barbero.


No soy yo muy del «Día del libro». Soy más bien de libros todos los días, y así, de vez en cuando, me gusta colgar algún que otro pasaje del libro que me traigo entre manos en ese momento, únicamente por el gusto de compartirlo con vosotros, por dar a conocer o quizá sólo recordaros entre qué páginas podéis deleitaros tal como me recreo yo.

Hoy aprovecho además la fecha para otro libro. A él llegué a través de una tarde planeada de cine, planeada a medias, porque mi maestro de ceremonias tuvo a bien pensar que quizá disfrutaría más viendo otra película que la que previamente habíamos acordado. Como siempre, acertó (no porque me gustara más, que la otra todavía no la he visto, pero seguramente no la habría saboreado tanto). La película casi nos hizo olvidarnos de la tortura de las butacas que más bien parecían palos de gallinero.

En las siguientes semanas, Yo, yomismo se hizo con el libro, y lo fue devorando mientras me ponía los dientes largos. Lo terminó justo a tiempo para que yo pudiera bajármelo en mi última visita a Barna y desde el día de mi vuelta me lo he, prácticamente, bebido.

Así que hoy, además, os dejo un trozo de la película. Quizá no sea su mejor escena, pero la he elegido porque recuerdo pocas imágenes que sean más sensuales que ésta.

El libro, Expiación, de Ian McEwan.
La película, Expiación, de Joe Wright.

Perfumes.

280_parfum1.jpg

Supongo que, como todo el mundo, en cuestión de olores, tengo unos gustos muy particulares. Normalmente no uso perfume, me basta con ir bien limpita y las fragancias que ya llevan el gel de baño y las cremas para el cabello y la piel que uso. Pero cuando llevo, y de unos años a esta parte, siempre es perfume masculino, ya que los de mujer me resultan demasiado empalagosos y cargantes. En particular algunos, me parecen atentados contra la pituitaria más que fragancias y algunas señoras son auténticas terroristas de los olores echándose medio frasco de cada vez.

El caso es que en mi último viaje a Barna me dieron a probar (bueno, suavemente me rociaron) un perfume que me pareció delicioso, convincente y respetuoso con el medio ambiente y las narices ajenas, un perfume que, compartido, podría ser el que me acompañara durante una temporada.

El error fue que, por mor de no parecer una terrorista en el aeropuerto de El Prat (bastante tengo con tener que descalzarme cada vez que vuelvo) determinada a acabar con la tripulación y el pasaje de mi avión a fuerza de perfume, no hice por traerme ningún frasco, decidida a buscarlo en este rinconcito del mapa.

Pero resulta que el rinconcito a veces es demasiado rincón y del perfume no tienen ni idea en ninguno de los sitios que he preguntado.

Y aquí es donde viene el motivo de este post: buscándolo, me he metido hoy en una perfumería de esas en las que te cobran por mirar de refilón cuando pasas por el escaparate. El señor, dueño, dolido por no poder acceder a mi deseo, me ha ofrecido un par de muestras de otros perfumes para que «él» los probara (he desistido de sacarle del error diciéndole que era para mí) y, en un sublime esfuerzo de ser amable, ni corto ni perezoso, ha agarrado el frasco de perfume de mujer que tenía detrás y me lo ha vaciado en el escote mientras argumentaba que era de los mejores que existían en el mercado.

De pronto me he sentido como un mosquito en una noche de verano. El señor, orgullosísimo, me ha desvelado la receta de tan magnífica fragancia recitando no sé cuántos nombres de flores. A mí, la verdad, me huele a talco, de ese del que nos cubrían de arriba abajo cuando éramos pequeños.

Ya hace un buen rato del «baño perfumado» y me duele un poco la cabeza. Se me vienen imágenes de ancianitas en misa de ocho o de tías solteras en el baile del pueblo con un prendido de violetas en la solapa. Menos mal que ya queda poco para llegar a casa.

La imagen, de CharlElie.

Altavoz.

dv789038.jpg

Capítulo ocho. Al atardecer, nubes altas en el cielo del oeste formaron una fina capa amarilla que se fue adensando…

... la llevaban monísima, con sus medias amarillo limón, y un vestidito blanco con limones…

Ocho. Al atardecer, nubes altas en el cielo del…

… y Cuca, pues como siempre, no iba mal, demasiado clásica…

Al atardecer, nubes altas en el cielo del oeste formaron…

… una chaqueta gris y una blusa rosa, con los cuellos y los puños blancos, sí, elegante a su estilo…

Al atardecer, nubes altas en el cielo del oeste formaron una fina capa amarilla…

… pero Luli tiene doce años más que él, lo que pasa es que está divina y Nando, el pobre, no puede con su alma…

Capítulo ocho. Al…

… y sobre todo, las ganas de fiesta que tiene siempre…

No hay forma. Cierro el libro y centro la poca atención que me deja esa voz chillona y chillante en perseguir el vuelo de una mosca. ¿Por qué hay gente a la que le gusta particularmente oír su voz? En un lugar casi vacío, con un interlocutor a menos de treinta centímetros, ¿de verdad que es necesario usar ese tono de voz? ¿Habla para la persona que tiene al lado o para un auditorio de cien personas? Porque yo no las veo…

Etreinte.

20080410elpepucul_21.jpg

Mirad ahora. Nunca veréis nada tan hermoso como dos amantes dormidos. Desnudos, sobre la piel tan solo el sudor compartido. Los miembros entrelazados ahora lasos, después de la tensión del placer dado y recibido. Arrullándose recíprocamente con el rumor que sale de las gargantas de los que descansan una vez ahogados los gemidos.

Mirad ahora. No veréis nada más hermoso que este sublime acto de amor de entregarse entera y completamente al amado más allá de la vigilia, vulnerables como somos mientras dormimos, inconscientes y seguros entre sus brazos, entre sus piernas, sobre su pecho, el cuerpo y el sueño en sus manos.

Mirad ahora. Duermen. Se abrazan mientras duermen. Se aman los dormidos.

Tocando techo.

1207741474644.jpg

 

 

Hoy la ciudad amaneció bajo techo. No un techo bonito, lleno de frescos o artesonados. Tampoco un techo de cristal que dejara pasar el sol. Era un techo gris y pesado como de cemento. Y era un techo malo, muy malo, con goteras que han durado todo el día mientras se iba cayendo a trozos.

Espero que mañana haya terminado de caerse. Aunque tengamos que recoger todos los desperfectos y tengamos que achicar el agua. Con sol, seguro que el trabajo será mucho menos pesado.

La foto está tomada del periódico digital La Voz.

Contacto visual.

 

¡Ya vuelvo a poder utilizar mis lentillas! Se acabó eso de pintarme la raya del ojo a tientas, de llenar los cristales de rimel. Se acabó lo de hacer juegos malabares con las gafas ‘de ver’ y las de sol graduadas cada vez que entraba en algún sitio. Se acabó lo de tener que elegir entre ver y oler cuando me acercaba a comprobar el «chup-chup»de uno de mis suculentos guisos. Se acabó ver a puntos cuando me pille la lluvia sin paraguas.

Ahora ya veo el mundo en toda su plenitud, con todos sus colores. Ahora vuelvo a mis gafas de sol 3-D. Ahora ya podría ir a la playa sin temor a perderme cuando salgo del agua. Ahora lo veo todo, alto y claro.

 

Versión oficiosa.

goya_gatos_rinendo-101220021.jpg

¿Nunca has sentido que te han metido en una guerra que no es tuya, no te has visto de pronto entre las trincheras mientras llevas calado un fusil que no quieres utilizar porque tú no tienes bando ni bandera?

¿Nunca has corrido tanto que no sabes cómo parar y mucho menos cómo volver?

¿Nunca te has sentido como un trozo de cuerda en casa de un ahorcado?

¿Nunca has tenido una conversación en la que tu interlocutor te cuenta una mentira con la boca mientras que con los ojos te va diciendo «sí, sé que sabes que te estoy mintiendo, pero sigamos fingiendo que nos creemos lo que decimos aunque sólo sea por el bien común» y tú te vendes a ese pretendido bien común sin tener muy clara tu pertenencia a él y simulas que crees esa mentira mientras vas traduciendo cada palabra pronunciada?

Se adivinan cambios en el horizonte, pero todavía no se divisa si portan pabellón pirata o bandera blanca.