Versión oficiosa.

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¿Nunca has sentido que te han metido en una guerra que no es tuya, no te has visto de pronto entre las trincheras mientras llevas calado un fusil que no quieres utilizar porque tú no tienes bando ni bandera?

¿Nunca has corrido tanto que no sabes cómo parar y mucho menos cómo volver?

¿Nunca te has sentido como un trozo de cuerda en casa de un ahorcado?

¿Nunca has tenido una conversación en la que tu interlocutor te cuenta una mentira con la boca mientras que con los ojos te va diciendo «sí, sé que sabes que te estoy mintiendo, pero sigamos fingiendo que nos creemos lo que decimos aunque sólo sea por el bien común» y tú te vendes a ese pretendido bien común sin tener muy clara tu pertenencia a él y simulas que crees esa mentira mientras vas traduciendo cada palabra pronunciada?

Se adivinan cambios en el horizonte, pero todavía no se divisa si portan pabellón pirata o bandera blanca.

Sentidos.

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Hay colores que huelen, colores que saben. Hay sabores que percibimos antes por el olfato. Hay olores que podemos ver. Hay imágenes que casi podríamos tocar.

Para mí, esta voz tiene textura. La de la arena cálida de una playa deslizándose entre mis manos.

Eyes Wide Shut.

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Tomemos un día desapacible de marzo, de esos que son la mitad de la condición para obtener un mayo florido y hermoso, en Cádiz además, donde el viento, por esa condición de esquina que tenemos, se nos ha resabiao y ya es capaz de soplar en todas las direcciones. A la vez. Bueno, en todas no, que de arriba abajo y viceversa todavía no ha aprendido. Pero está en ello, no creáis.

Tomemos también (como ejemplo, sólo como ejemplo) a un sujeto del género femenino lo suficientemente perra vieja en los menesteres del viento como para no llevar falda, pero no tanto -perra. Lo de vieja sí lo sigue siendo- como para tener el sentido común necesario para cambiar las lentillas por sus gafas de diseño al disponerse a efectuar un recorrido mucho menor que el que le hizo falta a Lawrence de Arabia para llegar a Aqaba, pero con los mismísimos metros cúbicos de arena que el Yunque del Sol.

Y ahí tenemos el resultado: una tarde perdida en urgencias (sí, perdida, que no estaba el Clooney ni nada), muchas lágrimas derramadas, algunas de ellas fluorescentes, un ojo más precioso que el de Malcolm McDowell, una pupila que sobrepasa límites y que absorbe toda la luz habida y por haber, un mundo totalmente desenfocado. Cuatro días sin leer, cuatro días sin ordenador. Cuatro días con poco más que hacer que mirar (sin ver) a las musarañas.

En fin, que ya he vuelto. Seguiremos ojo avizor.

La reina de Saba.

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Si pusieras tu dedo en mi hombro, sería como un reguero de fuego en tus venas. La posesión del mínimo espacio de mi cuerpo te llenará de una alegría más vehemente que la conquista de un imperio. ¡Acerca tus labios! ¡Mis besos tienen el gusto de una fruta que se derretiría en tu corazón! ¡Ah, cómo vas a perderte bajo mis cabellos, aspirar mi pecho, pasmarte de mis miembros y quemarte con mis pupilas, entre mis brazos, en un torbellino!

Gustave Flaubert, La tentación de San Antonio
La ilustración, de Charlie Wen.

¡¡Seguridad!!

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El último bastión de la libertad ha caído. Ya no queda lugar al que poder entrar sin tener que despojarnos de correas, relojes, calderilla y caramelos (que sí, que el papel de los caramelos también hace saltar la alarma. Eso sí, no los soltéis tal cual en la cinta, que cuando llegan al final, hacen que se atasque). Ya no queda lugar donde el contenido de nuestro bolso o cartera sea un asunto privado. Ya no podré hacerme los piercings que tenía pensado y supongo que tampoco podré desayunar una buena ración de lentejas.

Tampoco podrán, eso es cierto, atacarnos a los pobres funcionarios las hordas de desaprensivos armados hasta los dientes a los que estábamos acostumbrados día sí y día también, ni cientos de células terroristas islámicas nos darán opción a abrir dos vías de investigación.

El gran hermano crece y se reproduce. El último organismo público sin arco detector de metales ya tiene el suyo. Debimos imaginarlo cuando desde el año pasado, cada mañana nos encontramos a un señor uniformado en la puerta. Ese fue el principio del fin.

Solo espero que aquí no me hagan quitar los zapatos cada vez que entro.

¡¡Seguridad!!

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El último bastión de la libertad ha caído. Ya no queda lugar al que poder entrar sin tener que despojarnos de correas, relojes, calderilla y caramelos (que sí, que el papel de los caramelos también hace saltar la alarma. Eso sí, no los soltéis tal cual en la cinta, que cuando llegan al final, hacen que se atasque). Ya no queda lugar donde el contenido de nuestro bolso o cartera sea un asunto privado. Ya no podré hacerme los piercings que tenía pensado y supongo que tampoco podré desayunar una buena ración de lentejas.

Tampoco podrán, eso es cierto, atacarnos a los pobres funcionarios las hordas de desaprensivos armados hasta los dientes a los que estábamos acostumbrados día sí y día también, ni cientos de células terroristas islámicas nos darán opción a abrir dos vías de investigación.

El gran hermano crece y se reproduce. El último organismo público sin arco detector de metales ya tiene el suyo. Debimos imaginarlo cuando desde el año pasado, cada mañana nos encontramos a un señor uniformado en la puerta. Ese fue el principio del fin.

Solo espero que aquí no me hagan quitar los zapatos cada vez que entro.

Pequeños placeres.

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Suena el despertador. Te levantas. Madrugas por absoluta obligación, ya que la devoción te la dejas enganchada a ese pico doblado de la funda nórdica que, coqueto y tentador, te permite entrever el hueco todavía caliente de la cama que acabas de dejar. Te diriges a la cocina sin tropezar sólo gracias a que a esta hora el piloto automático te funciona mejor que tú misma, y con una increíble destreza logras poner en marcha la cafetera, aunque quizá sería mejor si le pusieras café dentro. Entras en el cuarto de baño y pisar al gato te recuerda que has de ponerle de comer antes de que te salte al cuello.

Ya estás delante del espejo. Con el medio ojo que has conseguido abrir contemplas la imagen misma del deseo: del deseo de salir corriendo. Porque el pelo, ni cardándolo conseguirías ese volumen, las ojeras ya las quisiera para sí la vecina gótica del tercero. Te desnudas pensando que menos mal que te acordaste de encender el calefactor y ajustando la ducha a sólo dos grados por debajo de la temperatura de escaldamiento de tu piel, entras en ella.  Y entonces piensas que si dios existiera, se manifestaría a través de una alcachofa de ducha. Le pides perdón por todos tus pecados a la ministra de medio ambiente y juras peregrinar al contenedor de vidrio como penitencia a ese minuto que vas a dejar que el agua caliente simplemente caiga sobre tu cabeza y resbale por todo tu cuerpo. Te estiras, giras sobre ti misma, con los ojos cerrados, saboreando el momento. Sientes como el pelo se empapa y va chorreando a su vez el agua y agradeces esa caricia sobre tu espalda. Champú ultra nutriente, gel hiper tonificante y un guante de crin para terminar de despertarte. Y de nuevo el agua cayendo sobre ti y tú inventando un jironcillo de espuma sobre un hombro para demorar el cierre del grifo. Cuando sales, antes de envolverte en tu mullida toalla amarilla, tu piel todavía humea y tu cuarto de baño se ha convertido en la ribera del Támesis. Te sientes nueva, despierta. Y ya, un día más, estás dispuesta a comerte el mundo.

Pequeños placeres.

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Suena el despertador. Te levantas. Madrugas por absoluta obligación, ya que la devoción te la dejas enganchada a ese pico doblado de la funda nórdica que, coqueto y tentador, te permite entrever el hueco todavía caliente de la cama que acabas de dejar. Te diriges a la cocina sin tropezar sólo gracias a que a esta hora el piloto automático te funciona mejor que tú misma, y con una increíble destreza logras poner en marcha la cafetera, aunque quizá sería mejor si le pusieras café dentro. Entras en el cuarto de baño y pisar al gato te recuerda que has de ponerle de comer antes de que te salte al cuello.

Ya estás delante del espejo. Con el medio ojo que has conseguido abrir contemplas la imagen misma del deseo: del deseo de salir corriendo. Porque el pelo, ni cardándolo conseguirías ese volumen, las ojeras ya las quisiera para sí la vecina gótica del tercero. Te desnudas pensando que menos mal que te acordaste de encender el calefactor y ajustando la ducha a sólo dos grados por debajo de la temperatura de escaldamiento de tu piel, entras en ella.  Y entonces piensas que si dios existiera, se manifestaría a través de una alcachofa de ducha. Le pides perdón por todos tus pecados a la ministra de medio ambiente y juras peregrinar al contenedor de vidrio como penitencia a ese minuto que vas a dejar que el agua caliente simplemente caiga sobre tu cabeza y resbale por todo tu cuerpo. Te estiras, giras sobre ti misma, con los ojos cerrados, saboreando el momento. Sientes como el pelo se empapa y va chorreando a su vez el agua y agradeces esa caricia sobre tu espalda. Champú ultra nutriente, gel hiper tonificante y un guante de crin para terminar de despertarte. Y de nuevo el agua cayendo sobre ti y tú inventando un jironcillo de espuma sobre un hombro para demorar el cierre del grifo. Cuando sales, antes de envolverte en tu mullida toalla amarilla, tu piel todavía humea y tu cuarto de baño se ha convertido en la ribera del Támesis. Te sientes nueva, despierta. Y ya, un día más, estás dispuesta a comerte el mundo.