Vuelo VY 5702 Barcelona Jerez de la Frontera.
Cuarenta y cinco minutos de retraso.
Señores pasajeros, tomen asiento y abróchense los cinturones. En breves momentos tomaremos tierra en el aeropuerto de Puerto Hurraco… perdón, de Jerez de la Frontera.
Cada noche al acostarme estiro mi brazo buscándote. Hay noches que te encuentro, y entonces estiro también el resto de mi cuerpo, enroscándome en torno a ti, pegándome a tus hechuras fundiéndome en tu propia piel, buscando tus huecos para respirar de ellos.
Otras veces no estás en ese trozo de cama donde te busco, te adivino en la tuya, y entonces estiro el brazo de la memoria, atrayendo un momento que me acerque más a ti mientras invoco tu nombre.
Hay miles de instantes para escoger, miles de momentos, todos ellos disfrutados a tu lado. Pero quizá mi favorito, el que más evoco, sea uno de nuestras primeras vacaciones juntos, cuando todavía nos mirábamos con el asombro de encontrar en el otro aquello que habíamos imaginado durante tanto tiempo. Una tarde demasiado perezosa para dejarnos salir al frío de la calle, una tarde cómplice de nuestros recién estrenados amores en la que la tele no era más que un sonido de fondo y un par de copas de buen vino respiraban medio olvidadas sobre la mesa del salón el aire que empezaba a faltarnos a nosotros mientras hablábamos de todos y de nadas y las palabras llevaban a los besos y la distancia entre los dos pasaba de ser mínima a ser inexistente, y unos pantalones de terciopelo se deslizaban tan suavemente sobre tus manos como sobre mis caderas y entonces tú te aprendías la esencia de mi piel y descubrías el secreto de mi ombligo mientras yo me quedaba prendida en tus labios y en las yemas de tus dedos, y el sofá se hacía tan grande que cabíamos tú, yo y nuestro deseo.
Hay veces que el brazo de mi memoria me trae estos recuerdos. Y suspiro y cuento los días. Dos. Todavía dos. Sólo dos.
Últimamente me llueven los premios. No la primitiva ni la bonoloto, que entonces estaría escribiéndoos desde una hamaca en las Seychelles. ¡Si ni siquiera me tocó la pedrea en el gordo de Navidad!
Me refiero a otra clase de premios, a esos que hacen que cuando me siento delante del ordenador para escribirlos el culo casi ni me quepa en la silla. A premios que me hacen ver que no escribo para mí sola, que vosotros estáis ahí detrás y acudís a este rinconcito como quien visita a un amigo. Y lo más importante, me hacen ver que os sentís a gusto aquí. Eso lo percibo con cada comentario que me dejáis, con este diálogo virtual que se establece de blog a blog haciendo que esta red deje de ser algo anónimo para convertirse en eso, en una reunión de amigos.
Pero no me enrollo. El premio esta vez me llega de parte de India, que me lo deja en su bitácora con una serie de reglas:
Con vuestro permiso y con el de ella, me voy a saltar la regla número cuatro y voy a romper la cadena. No sabría decir cuál de todos los que leo «no es un mal blog». Todos estáis en esa pestañita de la barra de comandos del navegador, esa que dice «Favoritos». Y sois muchos. Y ninguno es un mal blog. Porque todos sois estupendos.
La niña de mis ojos es motera. Lo lleva en la sangre. Su padre lo es, y sus genes han salido mejorados y ampliados. Durante toda la temporada no deja de ver ni una carrera, ni los entrenamientos, sean a la hora que sean. Compra cada semana las revistas que puede. Conoce a cada piloto, a cada equipo. Sabe quién ganó cada año en cada circuito. Se empapa de toda la información que tiene que ver con las motos como yo quisiera que se empapara en los libros. Tiene chaquetas, gorras, mochilas y la mitad del merchandising de las últimas tres temporadas. Su habitación es un museo lleno de posters, recortes de periódicos y banderas.
Pero la niña de mis ojos, además de ser motera, es adolescente. Y como adolescente, su deber es estar enamorada. Y como no podía ser menos, el «objeto» de su fervor es uno de esos pilotos. Así, la niña de mis ojos es una niña naranja y azul, que porta un veintiséis por donde va (este año me temo que vamos a tener que cortar el seis de todos sitios) y que suspira los domingos en los que hay carreras de moto GP y los que no las hay también.
Y sucede que desde el sábado hay entrenamientos en el circuito de Jerez, los últimos entrenamientos antes de que empiece la temporada. Y como no era cuestión de desaprovechar la ocasión, vestida para tal, cámara en ristre y con unas maravillosísimas entradas de paddock, la niña de mis ojos vio por fin su sueño cumplido. Y he aquí la prueba:
Mayo es el mes del amor, cuando empieza el buen tiempo, cuando todo florece. Eso, más que saberlo, todos lo sentimos. Por eso en febrero tenemos que celebrar tantos cumpleaños.
Si ayer felicitaba a Malatesta, que se encontró favorecido en la foto, hoy se me juntan dos cumpleaños muy importantes. El primero, el de la mujer que me inauguró en el papel de hija cuando ella ya tenÃa un máster en el de madre. La mujer que es el espejo en el que me quiero mirar. La más fuerte y la más tierna. La mejor sin duda alguna.
El segundo, el de mi otra mitad. El del hombre que me hace feliz todos los dÃas, que es el lugar en el que quiero perderme, en el que quiero estar, el aire que quiero respirar y la piel que quiero sentir.
Felicidades a los dos. Que sean muchos más. Que siempre sean asà de felices, como hoy.
Mayo es el mes del amor, cuando empieza el buen tiempo, cuando todo florece. Eso, más que saberlo, todos lo sentimos. Por eso en febrero tenemos que celebrar tantos cumpleaños.
Si ayer felicitaba a Malatesta, que se encontró favorecido en la foto, hoy se me juntan dos cumpleaños muy importantes. El primero, el de la mujer que me inauguró en el papel de hija cuando ella ya tenía un máster en el de madre. La mujer que es el espejo en el que me quiero mirar. La más fuerte y la más tierna. La mejor sin duda alguna.
El segundo, el de mi otra mitad. El del hombre que me hace feliz todos los días, que es el lugar en el que quiero perderme, en el que quiero estar, el aire que quiero respirar y la piel que quiero sentir.
Felicidades a los dos. Que sean muchos más. Que siempre sean así de felices, como hoy.
Empujando a los que se afanaban en aquella porción de barra por conseguir un café se encaramó como pudo, con un grado más que aceptable de dificultad causado a partes iguales por la edad, la estatura, el peso y el abrigo de piel con olor a naftalina en el que iba embutida y que parecía al menos dos tallas mayor de lo que hubiera necesitado al único taburete que quedaba libre en esa cafetería en la que, por tan frecuentada, ya no tenía que abrir la boca siquiera para obtener el café que deseaba. Pintada de manera exagerada para ese carnaval que acababa de quedar atrás en lo que era su maquillaje diario, desplegó sobre la barra toda la parafernalia que necesitaba a aquella hora y ante un café: una cajetilla de tabaco por estrenar y un mechero de propaganda. Estiró el brazo fatigosamente a fin de acercarse un cenicero y le sacó la piel a aquel tesoro de cartón. Con el apuro al que le sometía la artrosis, consiguió sacar uno de los cigarrillos apretados, y tras llevárselo a la boca, lo encendió, mudando la ya máscara de su cara en una mueca imposible que esquivara la primera bocanada de humo. Entonces, como en una coreografía milimétrica, aquella mano comenzó una danza de movimientos repetidos, el minueto de cómo fumar un sólo cigarro en ciento una caladas: de la boca recorrer la mitad del camino hasta el cenicero para volver a subir, un beso sonoro que manche el filtro de carmín, descenso hasta medio camino hacia el cenicero, repetir tres veces y bajar del todo para depositar la ceniza. Repetir todo el proceso las veces que sea necesario.
Cuando el solícito camarero puso delante de ella el café, ya había consumido de esta forma el primer cigarrillo y estaba pronta a encender el segundo, cosa que hizo después de rasgar el sobrecito de sacarina y antes de echar ésta en el líquido caliente. Tras hacer tintinear la cucharilla contra el vidrio, intentando por igual endulzar el brebaje y llamar la atención del ruidoso auditorio como en un improvisado brindis, realizó una nueva versión del baile, consistente en intercalar a cada movimiento del cigarro un sorbo de aquel vaso todavía humeante. Tan ensayada tenía la función que consiguió apurarlo al mismo tiempo que apagaba la colilla contra el cenicero. Pagó antes de los bises y, sin esperar los aplausos, encendió otro cigarro, se descolgó de la cima de aquel taburete con torpeza inversa y se fue exactamente por donde había venido.