¡Premio!

premioarteypico.jpg

Pues resulta que falta una un par de días porque se halla sufriendo en los carnavales el estrés que supone estar todo el día de juerga, que si coplas por aquí, chirigotas en cada rincón, que si una cervecita, que si un platito de ortiguillas, que quítame de ahí esos papelillos; y cuando vuelve a casa se encuentra en la puerta, envuelto para regalo y recién caído de uno de los blogs más divertidos que visita, el de la Mimismidad de Raquel, todo un premio de esos merecedores de la mejor de las alfombras, sea roja o de topos.

Pues que siga la juerga, porque pienso celebrarlo con todos vosotros.

¡Premio!

premioarteypico.jpg

Pues resulta que falta una un par de días porque se halla sufriendo en los carnavales el estrés que supone estar todo el día de juerga, que si coplas por aquí, chirigotas en cada rincón, que si una cervecita, que si un platito de ortiguillas, que quítame de ahí esos papelillos; y cuando vuelve a casa se encuentra en la puerta, envuelto para regalo y recién caído de uno de los blogs más divertidos que visita, el de la Mimismidad de Raquel, todo un premio de esos merecedores de la mejor de las alfombras, sea roja o de topos.

Pues que siga la juerga, porque pienso celebrarlo con todos vosotros.

Desayuno con diamantes.

breakfast.gif

O mejor dicho con perlas. Las perlas que soltaban los compañeros (una especie de Tip y Coll, pero situados a la derecha de la derecha) que se me agregaron, como otras tantas veces, esta mañana en mi cafetería habitual y que hicieron de mi café una versión cutre de las ‘mañanas de la cope’.

La conversación fluyó por los cauces típicos de estos dos personajes: la inconveniencia de que los extranjeros en situación ilegal puedan acceder a la sanidad pública, ya que son los principales causantes del déficit de la Seguridad Social y las listas de espera. Una vez puesto sobre la mesa (en esta ocasión, la barra del bar) el tema de la inmigración, ante la cual los dos se posicionan tajantemente en contra -a pesar de que uno de ellos ha tenido al menos cuatro internas extranjeras en los últimos cinco años cuidando de su casa y de sus hijos- y aprovechando los carteles del señor Durán i Lleida (por lo menos no dijo «Durán y Lérida») la charla roló a levante y arremetiendo, como no, contra los catalanes y el hecho de que «echen» de Cataluña a todo aquél que no hable catalán, cuando, como todo el mundo sabe, la lengua oficial de la nación española es el castellano.

En este punto ya me había colgado el bolso y me disponía a dejarlos, pero claro, ellos también habían terminado su café (nota mental: recordar el próximo día pedir el café frío para poder bebérmelo de un solo sorbo y salir pitando). Interrumpida la animosa charla sobre el nacionalismo, y de camino hacia la oficina, optaron por un tema más banal: la despedida del «tomate»: normal. Todavía no se explican cómo a Jorge Javier no le han partido la cara cuando, como todos los maricones, hace gala de esa mala leche envenenada y además, no le duelen prendas de proclamar a los cuatro vientos su homosexualidad.

Al final, terminaré por aborrecer el café.

La imagen, de aquí.

Déjame en paz.

lempicka.jpg

Déjame en la paz de tu sonrisa cuando te acercas, en la paz de tus ojos cuando me miras.

Déjame en la paz de tu abrazo ciñéndome la cintura, la paz de tus manos bajando por mi espalda.

Déjame en la paz de rodearte con mis piernas, del gemido que me provocas, la paz del ansia de tu boca.

Déjame en la paz de tus mimos, de la caricia en mi pelo, en la paz de mi cabeza en tu regazo.

Déjame en la paz de tu voz, en la calma de tus besos largos.

Déjame en la paz que quererte.

Déjame la paz de que me quieras.

La imagen, Adan y Eva, de Tamara Lempicka.

	

Déjame en paz.

lempicka.jpg

Déjame en la paz de tu sonrisa cuando te acercas, en la paz de tus ojos cuando me miras.

Déjame en la paz de tu abrazo ciñéndome la cintura, la paz de tus manos bajando por mi espalda.

Déjame en la paz de rodearte con mis piernas, del gemido que me provocas, la paz del ansia de tu boca.

Déjame en la paz de tus mimos, de la caricia en mi pelo, en la paz de mi cabeza en tu regazo.

Déjame en la paz de tu voz, en la calma de tus besos largos.

Déjame en la paz que quererte.

Déjame la paz de que me quieras.

La imagen, Adan y Eva, de Tamara Lempicka.

	

Conversaciones.

tirarse-del-pelo.jpg

¡Mira qué pelos!

¡Mira los míos!

Pero tú puedes ir así….

Ya, y tú también.

Yo vivo durante seis horas con un montón de adolescentes ávidos de cotilleos y de bulla, y llevar el pelo así no es precisamente lo más conveniente.

A veces, delante del espejo, me siento tremendamente mayor.

La ilustración, de Luis Parejo.

Los dedos no tienen mucho que ver con el hecho de tocar el piano.

El director de grabaciones de la serie Masterworks de Columbia y los ingenieros de sonido que lo acompañan son veteranos comprensivos que aceptan con total naturalidad el conjunto de rituales, flaquezas y manías de todos los artistas. Sin embargo, hasta estos espíritus curtidos en mil batallas se sorprendieron con la llegada del joven pianista canadiense Glenn Gould y su «equipo de grabación» para llevar a cabo su primera sesión con Columbia. El señor Gould debía pasar una semana grabando una de sus principales especialidades, las Variaciones Goldberg de Bach.

Era un cálido día de junio, peor Gould llegó embozado en su abrigo, provisto además de gorra, bufanda y guantes. El mencionado «equipo» consistía en el típico portafolios musical, al que se sumaba un copioso lote de toallas, dos botellas grandes de agua mineral, cinco frasquitos de pastillas (todas de distinto color y correspondientes a distintas prescripciones médicas) y su silla especial para tocar el piano.

Como se descubrió en su momento, se necesitaban toallas en abundancia porque Glenn pone en remojo las manos y los brazos, hasta la altura del codo, por espacio de veinte minutos, antes de sentarse al teclado, un procedimiento que muy pronto se convirtió en un ritual de camaradería de grupo; todo el mundo se sentaba a charlar, a hacer bromas, a intercambiar pareceres sobre música, literatura y cualquier otra cuestión mientras el «remojo» seguía su curso.

El agua embotellada era una necesidad indispensable, puesto que Glenn no soporta el agua del grifo de Nueva York. Las pastillas tenían todo tipo de justificación: jaqueca, alivio de la tensión, una buena circulación. El técnico que se ocupa del aire acondicionado trabajó cuanto fue humanamente posible en el panel de control del estudio de grabación. Glenn es extremadamente sensible al menor cambio de temperatura, de modo que se producían continuos ajustes del enorme sistema de aire acondicionado del estudio.

Sin embargo, la silla plegable supuso el mayor «desvarío» de todas las «variaciones» Goldberg. Se trata de una silla de jugar al bridge, en esencia, cuyas patas se ajustan individualmente a la altura deseada, de manera que Glenn puede inclinarse hacia delante, hacia atrás y a ambos lados. Los escépticos del estudio pensaban que era una mera extravagancia de primer orden hasta el momento en que se inició la grabación. Entonces vieron cómo Glenn ajustaba la inclinación de la silla antes de ejecutar los poco menos que increíbles pasajes de manos cruzadas de las Variaciones, inclinándose todo lo que la posición exigía. Se reconoció unánimemente que la silla era un aparato magnífico, avalado por una lógica aplastante.

Al piano, Gould se convertía en otro fenómeno: en ocasiones cantando mientras toca, otras cerniéndose sobre el teclado y encorvándose a más no poder, otras veces tocando con los ojos cerrados y echando atrás la cabeza. El público reunido en la sala de controles lo contemplaba embelesado, e incluso el técnico del aire acondicionado empezó a experimentar cierta querencia por Bach. Ni siquiera en los previos de la grabación interrumpía Glenn su incesante movimiento, ni dejaba de dirigir rapsódicamente, componiendo un verdadero ballet para la música. Para subsistir mascaba galletas de arrurruz y bebía leche desnatada, en tanto que fruncía el ceño ante los sustanciosos sándwiches.

Tras una semana de trabajo, Glenn anunció que, por lo que a él concernía, se sentía satisfecho con la grabación. Recogió sus toallas, sus pastillas y su silla plegable. Estrechó la mano a todo el mundo a modo de despedida: el director de grabación, los ingenieros de sonido, el representante del estudio, el técnico del aire acondicionado. Todos coincidieron en que echarían de menos las alegres sesiones de «remojo», el sentido del humor y el entusiasmo de Gould, las pastillas y el agua mineral.

«Bueno –dijo Glenn mientras se embutía en el abrigo, la gorra, la bufanda y los guantes para hacer frente a los aires de junio-, ya sabéis que en enero estaré de vuelta.»

Y así será. El técnico del aire acondicionado se está preparando ya para afrontar tamaña empresa.

Nota de prensa emitida por Columbia Records el 25 de junio de 1955, después de que Glenn Gould pasara cuatro días en el estudio -una antigua iglesia- que Columbia tenía en el centro de Manhattan grabando las Variaciones Goldberg de Bach. Extracto de Vida y Arte de Glenn Gould, de Kevin Bazzara.

 

Birthday.

marc-chagall-birthday-5481.jpg

Antes de que amaneciera este día tenía previsto colgar hoy un post anunciando que renunciaba a mi cumpleaños, que este día sería el de mi aniversario y que, aunque no llegaría tan lejos como para descumplir, tampoco volvería a cumplir años.

En mi descargo alegaría que, aunque bien es verdad que el aspecto exterior no puede negar el paso del tiempo (con un buen cirujano quizá sí, pero es algo que creo que no merece la pena) aunque una, por ahora, lo lleve con bastante dignidad, interiormente, y desde hace poquito más de dos años (qué casualidad), me siento más joven que a mis veinte, más feliz, más… digamos que «mejor» en todo. Y con este alegato esperaba convenceros a todos.

Pero resulta que una se levanta un día como hoy, y apenas abiertos los ojos, la voz que más ama y la única que le resuena en el silencio le desea lo mejor; que ejerciendo de madre como cada mañana, un beso y una felicitación pinta una sonrisa que durará más que el mejor de los maquillajes. Que saliendo a la calle una hermana no puede esperar más para cantarte el cumpleaños feliz y que al llegar al trabajo, la mejor de las amigas y los demás compañeros después la colman de besos y felicitaciones. Que llueven las llamadas, otra hermana y un pequeñajo de ojos azules cantándote el «felí» a voz en grito, y que empiezas a descubrir que esta red se ha convertido en una cadena de felicitaciones auspiciada por un espadachín con moto. Que ya a la tarde la cadena se ha hecho grande, tanto que te pone un nudo en la garganta y lágrimas de felicidad en los ojos.

Gracias, gracias a todos. A los que habéis dedicado tiempo hoy a decir hermosas palabras sobre mí en vuestros espacios. A los que me habéis regalado las cosas que me gustan, a los que habéis pensado que mis escritos merecían estar en vuestra casa, a los que me habéis dedicado vuestras entradas y comentarios. Gracias a los que me habéis felicitado, por aquí y por allá. Gracias por acordaros de mí.

Gracias por hacerme un hueco en vuestras vidas.

PD.: A Malatesta ya le daré yo para el pelo 😉 Además, no pongo «cumpleaños» en el título, que lo britaniza y me hace chistes.

 

La imagen, Birthday, de Marc Chagall.